miércoles, 2 de noviembre de 2011
hasta el próximo sobresalto de los mercados
Michael R. Krätke*
Danzando el baile de San Vito, de cumbre en cumbre, desde hace semanas. Con el discurso descuidado de Merkel, las ociosas declaraciones de Sarkozy y contribuciones parecidas, la caravana viaja en círculo. Ninguna sorpresa que para los participantes se haya cargado la atmósfera. El primer ministro de Luxemburgo Jean-Claude Juncker reprueba el 'muddling through' (salir del paso) porque sabe que al público no le gusta el espectáculo.
Con los nuevos planes de la Cumbre de Bruselas –desde la condonación de parte de la deuda a Grecia hasta la recapitalización de los bancos y el “apalancamiento” del fondo de rescate– las manos podrían irse al cuello de los que hasta ahora pertenecían a los ganadores de la crisis. Entre ellos se encuentran los airados contribuyentes alemanes, los holandeses, los franceses y los británicos tanto como sus respectivas élites.
Que son los beneficiarios de la crisis, es cosa que no gusta oír a los alemanes. Y por buenas razones: beneficiarios, sólo unos pocos, que ahora salen más reforzados aún, si cabe, de la crisis. En primer lugar, el estado y los bancos. Es algo que puede verse en el caso de Holanda. El pequeño país europeo, que navega viento en popa a la sombra de su vecino alemán, se ha aprovechado de la crisis europea desde su comienzo. Y no en poca medida. Entre enero de 2009 y octubre de 2011 el Ministerio de Economía en La Haya se ha ahorrado 7'6 mil millones de euros en intereses, y ello a pesar del aumento de la deuda del estado. Para los préstamos a diez años, el estado holandés paga un 1% menos de intereses que antes del estallido de la crisis europea en marzo de 2010. Y hasta la fecha la participación de Holanda en las sucesivas medidas de rescate no le ha costado ni un céntimo. Todo lo contrario: el país gana con los intereses a pagar por griegos, irlandeses y portugueses. Las ganancias multimillonarias para el fisco crecen con cada mes que el euro se aproxima al borde del precipicio.
Los intereses bajan a mínimos históricos
Lo mismo vale para Alemania. El ministro de Finanzas [Wolfgang] Schäuble puede endeudarse más barato que nunca, gracias a la enorme demanda de bonos alemanes debido a la fuga de capitales en el marco de Europa, donde los inversores evitan a toda costa a Grecia, el país más endeudado. Así como la economía exportadora alemana se ha aprovechado del euro, así se ha aprovechado el estado alemán de la crisis europea. Empresas y bancos, pero también constructoras, han sacado igualmente su tajada, y lo seguirán haciendo mientras el Banco Central Europeo (BCE) mantenga los intereses mínimos históricos. Sólo quienes tienen un salario decente o precario salen perdiendo.
Sin embargo, de lo que ahora se trata –a la vista de una amenazadora fusión del núcleo de la Eurozona– de algo más que repartir las ganancias de la crisis. Con las decisiones tomadas en Bruselas debería de alcanzarse sobre todo una cosa: ganar tiempo para poder proseguir desde el comienzo con una política anticrisis en pequeñas dosis hasta el próximo sobresalto de los mercados.
Las consecuencias de esta mala gestión, de la que son especialmente responsables Alemania y Francia, han traspasado entre tanto las fronteras de la Eurozona y los daños colaterales se hacen notar especialmente en las islas británicas, donde residen los opositores más virulentos al euro y el Primer ministro David Cameron debe aplacar la insurrección de los euroescépticos en la Cámara baja. Los que no quieren saber nada del euro en el Reino Unido son ya mayoría.
Demasiado tarde y demasiado poco
No es que uno no se pudiera hacer desde hace tiempo una composición de las debilidades y los fallos en la construcción de esta unión de estados y moneda única. Ya con el Tratado de Maastricht (1992), y aún más con el Tratado de Lisboa (2007), todos los estados europeos se alinearon con el mercado y la competencia como únicos criterios políticos racionales. No sólo el euro ha salido dañado. El modelo de un capitalismo dominado por las altas finanzas internacionales ha sido desacreditado, un modelo que no era mejor ni peor, sólo un poco más aerodinámico y posmoderno que otros modelos de capitalismo a los que sustituyó. Equipado con un marco institucional en el que no encajaba, la Unión Europea se debate aquí y allá entre ser una potencia mundial o volver al regionalismo. Cuando se trata solamente del capitalismo transnacional la cosa funciona. Pero sin unión económica y fiscal toda unión monetaria está destinada al fracaso. Y quien dice una unión fiscal quiere decir algo más que lo que hasta ahora tenemos: una pizca de autoridad impositiva aquí, algo de redistribución allá y un poco de burocracia transnacional acullá.
En toda federación justa que se precie de ese nombre existe un equilibrio financiero. Y eso no significa otra cosa que una unión de transferencias. Una unión que existe –oculta y avergonzada– desde hace años en la UE en la política agraria y la promoción regional, sólo que ahora se hace indispensable en las finanzas públicas.
Comparados con los estados anglosajones, los países del euro –incluso Grecia y acaso Portugal– son aún solventes. Si estados en quiebra como los Estados Unidos o el Reino Unido siguen existiendo es porque pueden permitirse un banco central que en caso de necesidad concede créditos al gobierno sin atenerse a las pérdidas y que inunda el mercado con liquidez (léase: créditos baratos). En medio de la crisis, donde todo padece bajo la sobrecapacidad, algo así apenas tiene consecuencias inflacionarias. Esto es justamente lo que necesita Europa y eso es lo que ahora recibe Europa, podría pensarse tras el apalancamiento del Fondo de rescate europeo. El tiempo en el que el BCE se comportaría como un Banco central quedaría a voluntad de los caprichos de los alemanes. En cualquier caso, debería de llevar a cabo una política económica conjunta como la de la Reserva Federal (Fed) o el Bank of England. El recién jubilado Presidente del BCE Jean-Claude Trichet ha comenzado esta tarea. De comprar el BCE títulos de deuda europeos, la emisión de Bonos se reduciría a un detalle técnico, pero con un potencial parecido al de los bonos del tesoro estadounidenses, con los cuales unos destartalados Estados Unidos pueden aún impresionar y domar al mundo de las finanzas.
Pero debido a que ninguno de los protagonistas de las ya prácticamente diarias cumbres europeas quiere ponerse en contra a los ciudadanos o a la propia clientela conservadora en su país, al final nos dan un popurrí de medidas de efectividad reducida en sus tres cuartas partes, demasiado tarde y demasiado pequeñas, demasiado como para salir de la crisis, pero que nos permiten sobrevivir. Alegría para quienes, en los mercados financieros, están ganando. A los ciudadanos de Europa, mientras tanto, ya no les queda nada en el bolsillo que puedan rascar.
lunes, 24 de octubre de 2011
la banca, el fraude fiscal y el new york times
Vicenç Navarro*
El New York Times ha ido publicando una serie de artículos sobre Emilio Botín, presentado por tal rotativo como el banquero más influyente de España, y Presidente del Banco de Santander, que tienen inversiones financieras de gran peso en Brasil, en Gran Bretaña y en Estados Unidos, además de en España. En EEUU el Banco de Santander es propietario de Sovereign Bank.
Lo que le interesa al rotativo estadounidense no es, sin embargo, el comportamiento bancario del Santander, sino el de su Presidente y el de su familia, así como su enorme influencia política y mediática en España. Un indicador de esto último es que ninguno de los cinco rotativos más importantes del país ha citado o hecho comentarios sobre esta serie de artículos en el diario más influyente de EEUU y uno de los más influyentes del mundo. Es de suponer que si se escribieran artículos semejantes, por ejemplo, sobre el Presidente Zapatero, tales reportajes serían noticia. No así en el caso Emilio Botín.
Una discusión importante de tales artículos es el ocultamiento por parte de Emilio Botín y de su familia de unas cuentas secretas establecidas desde la Guerra Civil en la banca suiza HSBC. Por lo visto, en las cuentas de tal banco había 2.000 millones de euros que nunca se habían declarado a las autoridades tributarias del Estado español. Pero, un empleado de tal banco suizo, despechado por el maltrato recibido por tal banco, decidió publicar los nombres de las personas que depositaban su dinero en dicha banca suiza, sin nunca declararlo en sus propios países. Entre ellos había nada menos que 569 españoles, incluyendo a Emilio Botín y su familia, con grandes nombres de la vida política y empresarial (entre ellos, por cierto, el padre del President de la Generalitat, el Sr. Artur Mas).
Según el New York Times, esta práctica es muy común entre las grandes familias, las grandes empresas y la gran banca. El fraude fiscal en estos sectores es enorme. Según la propia Agencia Tributaria española, el 74% del fraude fiscal se centra en estos grupos, con un total de 44.000 millones de euros que el Estado español (incluido el central y los autonómicos) no ingresa. Esta cantidad, por cierto, casi alcanza la cifra del déficit de gasto público social de España respecto la media de la UE-15 (66.000 millones de euros), es decir, el gasto que España debería gastarse en su Estado del Bienestar (sanidad, educación, escuelas de infancia, servicios a personas con dependencia, y otros) por el nivel de desarrollo económico que tiene y que no se gasta porque el Estado no recoge tales fondos. Y una de las causas de que no se recojan es precisamente el fraude fiscal realizado por estos colectivos citados en el New York Times. El resultado de su influencia es que el Estado no se atreve a recogerlos. En realidad, la gran mayoría de investigaciones de fraude fiscal de la Agencia Tributaria se centra en los autónomos y profesionales liberales, cuyo fraude fiscal representa –según los técnicos de la Agencia Tributaria del Estado español- sólo el 8% del fraude fiscal total.
Es también conocida la intervención de autoridades públicas para proteger al Sr. Emilio Botín de las pesquisas de la propia Agencia Tributaria. El caso más conocido es la gestión realizada por la ex Vicepresidenta del Gobierno español, la Sra. De la Vega, para interrumpir una de tales investigaciones. Pero el Sr. Botín no es el único. Como señala el New York Times, hace dos años, César Alierta, presidente de Telefónica, que estaba siendo investigado, dejó de estarlo. Como escribe el New York Times con cierta ironía, “el Tribunal desistió de continuar estudiando el caso porque, según el juez, ya había pasado demasiado tiempo entre el momento de los hechos y su presentación al tribunal”. Una medida que juega a favor de los fraudulentos es la ineficacia del Estado así como su temor a realizar la investigación. Fue nada menos que el Presidente del Gobierno español, el Sr. José Mª Aznar, que en un momento de franqueza admitió que “los ricos no pagan impuestos en España”.
Tal tolerancia por parte del Estado con el fraude fiscal de los súper ricos se justifica con el argumento de que, aún cuando no pagan impuestos, las consecuencias de ello son limitadas porque son pocos. El Presidente de la Generalitat de Catalunya, el Sr. Artur Mas, ha indicado que la subida de impuestos de los ricos y súper ricos tiene más un valor testimonial que práctico, pues su número es escaso. La solidez de tal argumento, sin embargo, es nula. En realidad, alcanza niveles de frivolidad. Ignora la enorme concentración de las rentas y de la propiedad existente en España (y en Catalunya), uno de los países donde las desigualdades sociales son mayores y el impacto redistributivo del Estado es menor. Los 44.000 millones de euros al año que no se recaudan de los súper ricos por parte del Estado hubieran evitado los enormes recortes de gasto público social que el Estado español está hoy realizando.
Pero otra observación que hace el New York Times sobre el fraude fiscal y la banca es el silencio que existe en los medios de información sobre tal fraude fiscal. Tal rotativo cita a Salvador Arancibia, un periodista de temas financieros en Madrid, que trabajó para el Banco Santander, que señala como causas de este silencio el hecho de que el Banco Santander gasta mucho dinero en anuncios comerciales, siendo la banca uno de los sectores más importantes en la financiación de los medios, no sólo comprando espacio de anuncios comerciales, sino también proveyendo créditos –aclara el Sr. Salvador Arancibia- “….medidas de enorme importancia en un momento como el actual, donde los medios están en una situación financiera muy delicada”. De ahí que tenga que agradecer al diario que se atreva a publicarlo, porque hoy, artículos como los que publica el New York Times y el mío propio, no tienen fácil publicación en nuestro país. Es lo que llaman “libertad de prensa”.
Una discusión importante de tales artículos es el ocultamiento por parte de Emilio Botín y de su familia de unas cuentas secretas establecidas desde la Guerra Civil en la banca suiza HSBC. Por lo visto, en las cuentas de tal banco había 2.000 millones de euros que nunca se habían declarado a las autoridades tributarias del Estado español. Pero, un empleado de tal banco suizo, despechado por el maltrato recibido por tal banco, decidió publicar los nombres de las personas que depositaban su dinero en dicha banca suiza, sin nunca declararlo en sus propios países. Entre ellos había nada menos que 569 españoles, incluyendo a Emilio Botín y su familia, con grandes nombres de la vida política y empresarial (entre ellos, por cierto, el padre del President de la Generalitat, el Sr. Artur Mas).
Según el New York Times, esta práctica es muy común entre las grandes familias, las grandes empresas y la gran banca. El fraude fiscal en estos sectores es enorme. Según la propia Agencia Tributaria española, el 74% del fraude fiscal se centra en estos grupos, con un total de 44.000 millones de euros que el Estado español (incluido el central y los autonómicos) no ingresa. Esta cantidad, por cierto, casi alcanza la cifra del déficit de gasto público social de España respecto la media de la UE-15 (66.000 millones de euros), es decir, el gasto que España debería gastarse en su Estado del Bienestar (sanidad, educación, escuelas de infancia, servicios a personas con dependencia, y otros) por el nivel de desarrollo económico que tiene y que no se gasta porque el Estado no recoge tales fondos. Y una de las causas de que no se recojan es precisamente el fraude fiscal realizado por estos colectivos citados en el New York Times. El resultado de su influencia es que el Estado no se atreve a recogerlos. En realidad, la gran mayoría de investigaciones de fraude fiscal de la Agencia Tributaria se centra en los autónomos y profesionales liberales, cuyo fraude fiscal representa –según los técnicos de la Agencia Tributaria del Estado español- sólo el 8% del fraude fiscal total.
Es también conocida la intervención de autoridades públicas para proteger al Sr. Emilio Botín de las pesquisas de la propia Agencia Tributaria. El caso más conocido es la gestión realizada por la ex Vicepresidenta del Gobierno español, la Sra. De la Vega, para interrumpir una de tales investigaciones. Pero el Sr. Botín no es el único. Como señala el New York Times, hace dos años, César Alierta, presidente de Telefónica, que estaba siendo investigado, dejó de estarlo. Como escribe el New York Times con cierta ironía, “el Tribunal desistió de continuar estudiando el caso porque, según el juez, ya había pasado demasiado tiempo entre el momento de los hechos y su presentación al tribunal”. Una medida que juega a favor de los fraudulentos es la ineficacia del Estado así como su temor a realizar la investigación. Fue nada menos que el Presidente del Gobierno español, el Sr. José Mª Aznar, que en un momento de franqueza admitió que “los ricos no pagan impuestos en España”.
Tal tolerancia por parte del Estado con el fraude fiscal de los súper ricos se justifica con el argumento de que, aún cuando no pagan impuestos, las consecuencias de ello son limitadas porque son pocos. El Presidente de la Generalitat de Catalunya, el Sr. Artur Mas, ha indicado que la subida de impuestos de los ricos y súper ricos tiene más un valor testimonial que práctico, pues su número es escaso. La solidez de tal argumento, sin embargo, es nula. En realidad, alcanza niveles de frivolidad. Ignora la enorme concentración de las rentas y de la propiedad existente en España (y en Catalunya), uno de los países donde las desigualdades sociales son mayores y el impacto redistributivo del Estado es menor. Los 44.000 millones de euros al año que no se recaudan de los súper ricos por parte del Estado hubieran evitado los enormes recortes de gasto público social que el Estado español está hoy realizando.
Pero otra observación que hace el New York Times sobre el fraude fiscal y la banca es el silencio que existe en los medios de información sobre tal fraude fiscal. Tal rotativo cita a Salvador Arancibia, un periodista de temas financieros en Madrid, que trabajó para el Banco Santander, que señala como causas de este silencio el hecho de que el Banco Santander gasta mucho dinero en anuncios comerciales, siendo la banca uno de los sectores más importantes en la financiación de los medios, no sólo comprando espacio de anuncios comerciales, sino también proveyendo créditos –aclara el Sr. Salvador Arancibia- “….medidas de enorme importancia en un momento como el actual, donde los medios están en una situación financiera muy delicada”. De ahí que tenga que agradecer al diario que se atreva a publicarlo, porque hoy, artículos como los que publica el New York Times y el mío propio, no tienen fácil publicación en nuestro país. Es lo que llaman “libertad de prensa”.
martes, 18 de octubre de 2011
llega el turno de pakistán
Alberto Piris*
Una enseñanza clásica de la historia bélica de la humanidad es que las guerras se inician de modo deliberado, aunque su curso posterior sea a menudo imprevisible. Puede haber discrepancias políticas más o menos agudas entre los dirigentes del país que propugna resolver sus conflictos en el campo de batalla, pero la guerra siempre se desencadena con propósitos claramente establecidos, que se consideran positivos y ventajosos para el propio país. No hubo, naturalmente, discusión política en Alemania en 1939 sobre la decisión de Hitler de invadir Polonia, pero no fue tan sencillo para el Congreso de EE.UU. entrar en la misma guerra: es la naturaleza del régimen la que determina el mecanismo político que abre en cada Estado el camino a la guerra. Salvo cuando ésta viene impuesta, como hubo de hacer forzadamente la URSS en 1941, invadida por el Tercer Reich.
La Primera Guerra Mundial es el ejemplo paradigmático de cómo se pueden torcer las cosas y cómo el recurso a la guerra puede convertirse en un tiro por la culata para el país que a ella recurre. El asesinato en Sarajevo del heredero al trono imperial austrohúngaro, a manos de un extremista serbio, incitó al jefe militar del Imperio, el conde Conrad von Hötzendorf, a declarar la guerra a Serbia, con dos objetivos definidos, como recuerda Vicens Vives en su "Historia general moderna": robustecer el trono imperial de Viena, que pasaba por una época de crisis, y eliminar el perturbador foco de intranquilidad balcánica que era entonces Belgrado. En los últimos días de julio y primeros de agosto de 1914, las imprevistas repercusiones de la decisión tomada por el Gobierno de Austria-Hungría incendiaron Europa en la que fue la primera contienda de carácter universal que ha conocido la humanidad. Cuatro años después, el mismo Imperio que inició la guerra se había desintegrado a causa de ella.
Las dos guerras que el anterior presidente de EE.UU. desencadenó sucesivamente en Afganistán e Iraq a partir de 2001 ofrecen, a su estilo y en otras condiciones, un caso similar al anterior, lo que viene a confirmar la enseñanza histórica aludida al principio de este comentario. Cuesta creer que el cuarteto responsable de llevar la guerra a Oriente Medio tras los atentados terroristas del 11-S (el presidente George W. Bush, el vicepresidente Dick Cheney, el jefe del Pentágono Donald Rumsfeld y el secretario de Estado Colin Powell) no hubiera asumido tan evidente lección de la Historia, aunque la oleada de patrioterismo que invadió EE.UU., la tosca política de su Presidente, la duplicidad astuta de Cheney, el arrogante planteamiento militar de Rumsfeld y la inocencia del engañado Powell hicieron mucho para perturbar su capacidad de juicio: "los dioses ciegan a quienes quieren perder".
El caso es que hoy, diez años después del inicio de las sucesivas invasiones, las repercusiones alcanzan ya gravemente a quien fuera un buen aliado de Occidente y, sobre todo, de EE.UU.: Pakistán. El pasado 22 de septiembre, el almirante Mullen, que cesó en su cargo de Jefe del Estado Mayor Conjunto de EE.UU., afirmó en una comparecencia ante el Senado que el grupo insurgente afgano dirigido por Jalaluddin Haqqani "estaba actuando como el brazo del ISI [el servicio de inteligencia militar pakistaní]". Le atribuyó, ayudado por el ISI, el prolongado asalto contra la embajada de EE.UU. en Kabul y el Cuartel General de la OTAN del 13 de septiembre, que causó 24 muertos, y el atentado con un camión bomba que hirió a 77 soldados estadounidenses.
Así pues, el tiro por la culata ahora hiere a Pakistán. Durante algún tiempo se venía sospechando que el ISI apoyaba secretamente a los talibanes afganos o, al menos, toleraba su presencia como medio para mantener a Kabul bajo su control. Pero la acusación directa del almirante Mullen tiene una inocultable gravedad y las autoridades pakistaníes han negado rotundamente cualquier implicación.
El ministro de asuntos exteriores de Pakistán, Rabbani, aprovechó la ocasión para recordar que el grupo hoy considerado terrorista "había sido la niña de los ojos de la CIA durante muchos años; es decir, que fue creada por ella, podríamos asegurar". Jalaluddin dirigía una fuerza muyahidín muy eficaz durante la guerra contra los soviéticos de Afganistán, apoyado por EE.UU., y luego se unió a los talibanes y a Al Qaeda.
Para complicar más el asunto, el presidente Karzai ha insistido en que el origen del terrorismo afgano hay que buscarlo en Pakistán y no en Afganistán. Así pues, vuelve a aparecer la constante histórica antes citada: nadie pensó en Pakistán -salvo para considerarlo como otro aliado en la zona- cuando Washington decidió soltar sobre Oriente Medio la plaga de la guerra, y ahora es ese país el que se encuentra en el ojo del huracán.
En Washington no se desea que las cosas se compliquen demasiado y la Secretaria de Estado no ha tardado en insistir sobre los intereses comunes que unen a sus dos países en la lucha contra el terrorismo. Pero las palabras de la diplomacia no pueden ocultar la creciente gravedad de la situación en este importante país musulmán, provisto de armas nucleares y con aspiraciones hegemónicas en la zona, que se ha convertido en la principal amenaza para los intereses de EE.UU..
jueves, 13 de octubre de 2011
la cura para la economía
Joseph E. Stiglitz*
La crisis económica iniciada en 2007 continúa; mientras tanto, una pregunta obvia ronda las cabezas de todos: ¿por qué? Si no logramos una mejor comprensión de las causas de la crisis no podremos implementar una estrategia eficaz de recuperación. Y por el momento no tenemos ni lo uno ni lo otro.
Se nos dijo que fue una crisis financiera y que por eso los Gobiernos de ambos lados del Atlántico se concentraron en los bancos. Se nos aseguró, además, que los planes de estímulo eran un paliativo temporal necesario para pasar el mal momento, hasta que el sector financiero se recuperara y resurgiera el crédito privado. Pero mientras el sector bancario tiene otra vez su rentabilidad y sus bonus, el crédito no se ha recuperado, a pesar de que los tipos de interés a corto y largo plazo están en mínimos históricos.
Los bancos aseguran que lo que restringe el crédito es la falta de acreedores fiables, producto del mal estado de la economía. Y algunos datos clave indican que tienen razón, al menos en parte. Las grandes empresas atesoran unos cuantos billones de dólares en reservas de efectivo, o sea, que no es la falta de dinero lo que les impide invertir y tomar trabajadores. Pero para algunas empresas pequeñas, quizá para muchas, la situación es muy diferente: están tan necesitadas de fondos que no pueden crecer, y muchas se ven obligadas a menguar.
Sea como sea, la inversión empresarial en términos generales (sin contar la construcción) está otra vez en un 10% del PIB (antes de la crisis era del 10,6%). Con el excedente que hay en el sector inmobiliario, no es de esperar que la confianza vuelva pronto a los niveles de antes de la crisis (independientemente de las medidas que se tomen en relación con el sector bancario).
El factor evidente que precipitó la crisis fue la imprudencia imperdonable del sector financiero, sumada a la insensatez de una desregulación que le dio rienda suelta. La herencia que nos dejó (excedente en el sector inmobiliario y hogares demasiado endeudados) dificulta todavía más la recuperación.
Pero la economía ya se encontraba muy mal antes de la crisis, y la burbuja inmobiliaria no hizo más que ocultar sus debilidades. Si no se hubiera inflado la burbuja para estimular el consumo, se habría producido una enorme escasez de demanda agregada. Lo que ocurrió, en cambio, fue que la tasa de ahorro personal se redujo a apenas el 1%, mientras que el 80% de los estadounidenses menos pudientes gastaban cada año aproximadamente el 110% de sus ingresos. Incluso si el sector financiero se recuperara completamente y estos estadounidenses pródigos no hubieran aprendido nada sobre la importancia del ahorro, su consumo no superaría el 100% de sus ingresos. Así que todos los que hablan de un regreso del consumo (incluso después del desendeudamiento) viven en un mundo de fantasía.
Es cierto que para una recuperación económica era necesario poner en orden el sector financiero, pero esto no es suficiente. Para comprender las medidas que hay que tomar debemos entender los problemas que afectaban a la economía antes de la crisis.
En primer lugar, EE UU y el mundo fueron víctimas de su propio éxito. El acelerado aumento de la productividad en el sector industrial superó el crecimiento de la demanda, lo que supuso una reducción del nivel de empleo en ese sector. Esto implicaba un desplazamiento de mano de obra al sector de los servicios.
El problema es similar al que se presentó a principios del siglo XX, cuando un rápido crecimiento de la productividad en el sector agrícola obligó a la mano de obra a mudarse de las áreas rurales a los centros fabriles urbanos. Con una caída de los ingresos agrícolas superior al 50% entre 1929 y 1932, era de esperar que se produjera una migración a gran escala. Pero los trabajadores quedaron atrapados en el sector rural porque no tenían recursos para trasladarse, y la caída de sus ingresos debilitó de tal modo la demanda agregada que el desempleo industrial y urbano se disparó.
La necesidad que tienen EE UU y Europa de retirar mano de obra del sector industrial se agrava por el cambio de las ventajas comparativas: además de que hay un límite global para la cantidad de empleos fabriles, una proporción mayor de esos puestos de trabajo se irá a otros países.
Mientras tanto, la globalización fue uno de los factores (aunque no el único) que contribuyeron a que surgiera el segundo problema clave: el aumento de la desigualdad. Como una parte de los ingresos se trasladó de personas que los gastan a personas que no los gastan, la demanda agregada se redujo. Asimismo, el enorme encarecimiento de la energía derivó poder adquisitivo de EE UU y Europa a los países productores de petróleo, que al darse cuenta de la volatilidad de sus precios eligieron acertadamente ahorrar gran parte de esta renta.
El tercer y último problema que contribuye a la debilidad de la demanda agregada global es la masiva acumulación de reservas en divisa extranjera por parte de los mercados emergentes (que en parte es una reacción a los errores cometidos por el Fondo Monetario Internacional y el Tesoro de EE UU en el manejo de la crisis asiática de 1997 y 1998). Al darse cuenta de que la falta de reservas los ponía en riesgo de perder la soberanía económica, muchos países se dijeron: “Nunca más”. Pero si bien la acumulación de reservas los protegió (acumulación que en las economías emergentes y en vías de desarrollo actualmente anda por los 7,6 billones de dólares), el dinero que se destina a reservas es dinero que no se gasta.
En cuanto a la solución de estos problemas subyacentes, ¿dónde nos encontramos? En relación con el primero, como los países que acumularon grandes reservas pudieron capear mejor la crisis económica, el incentivo a seguir acumulando aumenta todavía más. Paralelamente, los banqueros tienen otra vez sus bonus, pero los trabajadores ven cómo sus salarios pierden valor y sus horas de trabajo se reducen, lo que amplía la brecha de ingresos. Encima, EE UU no se ha librado de su dependencia del petróleo. Este verano [del hemisferio norte] el precio del petróleo volvió a subir por encima de los 100 dólares por barril (y todavía se mantiene alto), lo que significa una nueva transferencia de divisas a los países exportadores de petróleo. Mientras tanto, la transformación estructural de las economías avanzadas, necesaria para poder retirar mano de obra de los sectores industriales tradicionales, avanza muy lentamente.
El Estado es un actor protagonista en la financiación de los servicios que necesita la gente, por ejemplo, la educación y la atención de la salud. Y para restaurar la competitividad en Europa y EE UU, los programas de educación y formación con fondos estatales serán fundamentales. Pero a ambos lados del Atlántico se optó por la austeridad fiscal, con lo que prácticamente está garantizado que la transición de esas economías será lenta.
La receta para el mal que aqueja a la economía global se deduce inmediatamente a partir del diagnóstico: hacen falta sólidos programas de gasto público que apunten a facilitar la reestructuración, promover el ahorro energético y reducir la desigualdad; y junto con esto, una reforma del sistema financiero internacional que cree alternativas a la acumulación de reservas.
Tarde o temprano, los líderes mundiales (y los votantes que los eligen) se darán cuenta de que es así, ya que, conforme las perspectivas de crecimiento sigan empeorando, no les quedará otra alternativa. ¿Pero cuánto sufrimiento deberemos soportar hasta que eso ocurra?
domingo, 11 de septiembre de 2011
11/S: preguntas que esperan respuestas
Wayne Madsen*
El jefe de las operaciones anti-terrorismo del ex-presidente Bush, asesor Richard Clarke reveló que la CIA, bajo el mandato de George Tenet, trató de reclutar algunos de los terroristas de Al Qaeda involucrados en el 11 de septiembre antes del ataque que tuvo lugar en 2001, pero después de fracasar en su intento, Tenet y su equipo de la CIA encubrieron los esfuerzos fallidos para dicho reclutamiento.
Esta revelación es otro elemento más que se añade a lo que se ha convertido en el informe de mayor descrédito del gobierno de los EE.UU. desde el tristemente célebre Informe Warren sobre el asesinato del Presidente John F. Kennedy en 1963. En realidad, el Informe Warren recibió un golpe de descrédito cuando se supo que la Primera Dama Jacqueline había revelado al historiador Arthur Schlesinger Junior en 1964 que el Vicepresidente Lyndon B. Johnson estaba detrás del asesinato de su esposo en Dallas.
La revelaciones hechas por la Señora Kennedy y por Clarke muestran que el gobierno de los Estados Unidos no es confiable para llevar a cabo investigaciones de fechorías hechas con pleno conocimiento y total apoyo de altos funcionarios de la CIA y de la Casa Blanca. Los ataques del 11 de septiembre no son más que acciones encubiertas a esos altos niveles del gobierno.
Las recientes declaraciones de Clarke sobre el conocimiento por parte de la CIA sobre las células de Al Qaeda involucradas en los hechos del 11 de septiembre antes de que estos sucedieran en 2001 en Nueva York y Washington sólo nos dejan ver la mera superficie del mundo de la inteligencia, los grupos altamente compartimentados, que planearon cuidadosamente los ataques y como los medios encubrieron el desarrollo de dichos acontecimientos.
El individuo que sobresale entre todos los funcionarios de la inteligencia y agentes de la ley que trataron de buscar activamente la red criminal que llevarían a cabo los atentados del 9/11 era el jefe anti-terrorismo del FBI John O´Neil. Desde que ocurrió el primer atentado con bomba contra el “World Trade Center” en 1993, O´Neil emprendió una empecinada búsqueda de Osama bin Laden y de Al Qaeda. Y después de ocurrir otros ataques terroristas contra las Torres Khobar, en Dharan, Arabia Saudita; contra las embajadas de EE.UU. en Kenia y Tanzania, y contra el buque USS Cole en el puerto de Adén, el mayor problema de O´Neil ya no era Al Qaeda, sino la resistencia de altos funcionarios en el seno del gobierno estadounidense.
La mayor teoría de la conspiración de todos ellos, el reporte (informe) de la comisión oficial sobre el 9/11, que concluyó que diecinueve hombres, mayoritariamente de Arabia Saudita, secuestradores con cuchillas fueron capaces de burlar al multimillonario sistema de defensa e inteligencia de los EE.UU. en tan sólo unas horas, en una mañana de de martes del 2001, ha sido desacreditada en parte por los dos copresidentes de la Comisión 9/11: el ex-gobernador de Nueva Jersey, Thomas Kean, y el ex –representante demócrata por Indiana, Lee Hamilton. Ambos dijeron que funcionarios del gobierno mintieron a su comisión y que se ocultó información importante que no fue entregada a los investigadores…
La ira de Kean y de Hamilton sería mejor empleada contra Philip Zelikow, ayudante de la consejera para la Seguridad Nacional de Bush, Condoleezza Rice, que aseguró bajo juramento que nadie podría esperar el uso de aviones de pasajeros como armas. Zelikow fue designado director ejecutivo de la Comisión 9/11 y tenía la misión de evitar cualquier investigación sobre el papel de la CIA, de los sauditas, y de los intereses de Wall Street en la creación de los ingredientes que permitieron que los ataques del 11 de septiembre ocurrieran sin complicación o obstáculo alguno. Es conocida la conducta que ha mantenido Zelikow de desacreditar cualquier teoría que no se ajuste a la doctrina del gobierno, incluyendo ataques a cualquiera que se no crea en los mitos de la Comisión Warren sobre el asesinato del Presidente Kennedy.
Desgraciadamente, los ataques del 9/11 contra el “World Trade Center” no constituyeron la primera vez que el gobierno de EE.UU. se involucró en un gran encubrimiento de un ataque contra dichos edificios. Según fuentes de inteligencia norteamericanas, el FBI y el Departamento de Justicia ocultaron volúmenes de traducciones de mensajes telefónicos en idioma árabe interceptados antes de que ocurriera el atentado con bomba en 1993 contra el “Trade Center”, en el interior de los EE.UU. y desde Sudan, donde se encontraban militantes islámicos que una vez trabajaron para la inteligencia norteamericana durante la guerra de los mujadhines contra la Unión Soviética, en Afganistán.
Los importantes servicios de inteligencia, que demostraron la existencia de una relación entre la CIA y las fuerzas Mujadhines “afgano-árabes”, incluidos los que eran fieles a Osama bin Laden, nunca aparecieron en el juicio de la célula de Brooklyn y Jersey, en la que estaban el clérigo egipcio ciego Shaikh Omar Abdul Rahman, Ramzi Yousef y Eyad Ismail. La célula de Nueva York y Nueva Jersey también incluía a Ali Mohammed, un graduado de la Escuela de las Fuerzas Especiales del Ejército, en Fort Bragg, Carolina del Norte. Este hombre, cuando estaba en servicio activo como miembro de las Fuerzas Especiales, viajó en secreto a Afganistán a entrenar a las fuerzas de Bin Laden y brindarles información de inteligencia sobre los “objetivos blandos” norteamericanos para llevar a cabo ataques terroristas; en la célula también aparecía Wadih el Hage, secretario personal de Bin Laden, residente en los EE.UU.
Es irónico que, los dos hombres responsables de la no presentación de la información de inteligencia sobre el ataque de 1993 contra el “World Trade Center” ante el jurado y el Gran Jurado—los principales fiscales federales en Nueva York y Nueva Jersey en el caso del atentado con bomba—fueran Patrick J. Fitzgerald y Michael Chertoff, respectivamente. Fitzgerald llegó a ser el Fiscal del Distrito Norte de Illinois y comenzó sus actividades con la acusación y castigo de dos gobernadores de Illinois por corrupción: el Republicano George Ryan y el Demócrata Rod Blagojevich. Ambos casos fueron shows de trasfondo político.
Ahora se añade a las atrocidades cometidas por el gobierno de EE.UU. el hecho de que, según una fuente del FBI, el jefe investigador de esta instancia contra Al Qaeda en los años 90, el desaparecido John O´Neil, estaba furioso porque una gran parte de las informaciones de inteligencia sobre las llamadas telefónicas nunca fue presentada como evidencia y quedó sin traducir y clasificada.
Existen otros vínculos de la CIA con Bin Laden y Al Qaeda que son muy numerosos para describirlos.
Sin embargo, hay uno que sobresale porque involucra a una figura clave en el Pentágono que dirigió Donald Rumsfeld cuando ocurrieron los ataques del 11 de septiembre. Una fuente de la CIA relacionada con el Fondo para la Defensa de Bosnia, recogía donaciones de los países árabes y musulmanes para la guerra de Bosnia contra Serbia y Croacia, y reveló que la Red contra Delitos Financieros del Departamento del Tesoro (FINCEN) tenía preocupaciones que las transferencias de dinero hechas por le Banco Riggs a la cuenta del Fondo para la Defensa de Bosnia en el Banco Central de Sarajevo estuvieran beneficiando a elementos terroristas que se creía que estaban relacionados con Osama bin Laden y Al Qaeda. Riggs era el banco principal que brindaba servicios al embajador saudita en EE.UU., el príncipe Bandar y su esposa la princesa Haifa y era también el banco que tenía vínculos con la familia de George H.W. y George W. Bush.
Cuando la fuente CIA se quejó de que los Fondos de Defensa para Bosnia estaban pasando a las manos de terroristas islámicos, incluyendo personas relacionadas con bin Laden, recibió la respuesta de uno de los principales funcionarios del Fondo: “Sólo tienes que hacer que suceda!
El vínculo de Bosnia con Al Qaeda era importante. En realidad, bin Laden no sólo había visitado Bosnia—según informes—sino que portaba al menos un pasaporte diplomático de Bosnia y había interactuado con diplomáticos bosnios en Viena, Austria.
Pero no se puede ignorar la relación entre Mossad y el 9/11. Dos documentos internos del gobierno estadounidense revelaron que entre los 120 “estudiantes de arte” israelíes que trataron de penetrar la seguridad de decenas de edificios de oficinas federales y que visitaron las residencias de muchos funcionarios del sistema de justicia en el 2000 y 2001 utilizaban direcciones residenciales y postales en el Sur de la Florida y en Texas, cerca de otras utilizadas por los secuestradores de los aviones del 9/11.
La información trascendió en un informe de la Oficina Antidroga (DEA) redactado en junio de 2001 sobre las actividades de los estudiantes de arte y de una lista del FBI con los nombres de los secuestradores y otros sospechosos, incluyendo un conocido agente del Mossad, Dominick Suter, que dirigía una compañía israelí en Weehawken, Nueva Jersey. La lista del FBI se dio a conocer accidentalmente a principios del mes de octubre de 2001 en un sitio web del gobierno Finlandés.
Cinco israelíes que trabajaban para la compañía “Urban Moving Systems” de Suter fueron arrestados por la policía y el FBI en la tarde del 11 de septiembre mientras conducían una camioneta sospechosa cerca del Giant Stadium, en Secaucus, Nueva Jersey. Los cinco israelíes eran los únicos sospechosos arrestados el día 11 de septiembre de 2001 por supuesto vínculo con los ataques de ese día. Los cinco fueron deportados a Israel sin jamás ser formalmente acusados de nada. El memo de la DEA decía específicamente que los israelíes que intentaron penetrar oficinas federales y residencias de empleados del sistema legal pudieron haber tenido vínculos con un “grupo fundamentalista islámico.”
Incluso diez años más tarde, el gobierno de los EE.UU. y los gobiernos de Nueva York y de la ciudad de Nueva York no tienen en cuenta a los veteranos que participaron en los acontecimientos relacionados con los ataques de 9/11 quienes, a diferencia de O´Neill, tuvieron la suerte de sobrevivir el catastrófico ataque. Sobrevivientes del desplome del “World Trade Center” y los hombres del Departamento de Policía de Nueva York, que dieron la primera respuesta a los acontecimientos y de la Policía Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey, del Departamento de Bomberos de Nueva York y otros, no fueron invitados a las ceremonias por el décimo aniversario a “Ground Zero” el 11 de septiembre de 2011.
Durante una década, los ataques del 9/11, junto a los que tuvieron lugar en Londres, Madrid, Bali y otros lugares han sido utilizados por los medios corporativos para apoyar las campañas del gobierno contra las libertades civiles, los derechos humanos, la protección de la privacidad, las guerras de liberación por grupos étnicos y partidos políticos, y la libertad de información. Estadounidenses de todas las edades y orígenes sociales ahora son sometidos a molestos registros corporales en los aeropuertos que hubieran sido considerados como atroces abusos por parte de las autoridades unos quince años atrás.
Al reconsiderar los acontecimientos del 11 de septiembre, nos dicen que Bin Laden fue aniquilado en un asalto de Operaciones Especiales en Abbotabad, Paquistan. Hubo muy poca evidencia forense para probar que fue Bin Laden el muerto. En cualquier caso, la mayoría de los miembros del Equipo 6, de los SEAL de la Marina de EE.UU. que llevó a cabo el ataque contra Bin Laden murieron recientemente en un ataque contra su helicóptero en Afganistán.
Al igual que en el asesinato del Presidente Kennedy y del escándalo Irán-Contras veinte años más tarde, el 11 de septiembre quedará relegado a los libros de historia como un acontecimiento envuelto en el misterio y escaso de evidencias reales, mucha de la cual fue destruida o quedó clasificada, que impide descubrir sus verdaderos autores.
(Continuará…)
domingo, 21 de agosto de 2011
cambiar el sistema
Ignacio Ramonet*
Los eurófilos más extasiados lo machacan sin cesar: si no dispusiéramos del euro, dicen, las consecuencias de la crisis serían peores para muchos países europeos. Divinizan un euro “fuerte y protector”. Es su doctrina y la defienden fanáticamente. Pero lo cierto es que tendrían que explicarles a los griegos (y a los irlandeses, a los portugueses, a los españoles, a los italianos y a tantos otros ciudadanos europeos vapuleados por los planes de ajuste) qué entienden por “consecuencias peores”... De hecho, estas consecuencias son ya tan insoportables socialmente que, en varios países de la eurozona, está subiendo, y no sin argumentos, una radical hostilidad hacia la moneda única y hacia la propia Unión Europea (UE).
No les falta razón a estos indignados. Porque el euro, moneda de 17 países y de sus 350 millones de habitantes, es una herramienta con un objetivo: la consolidación de los dogmas neoliberales (1) en los que se fundamenta la UE. Estos dogmas, que el Pacto de Estabilidad (1997) ratifica y que el Banco Central Europeo (BCE) sanciona, son esencialmente tres: estabilidad de los precios, equilibrio presupuestario y estímulo de la competencia. Ninguna preocupación social, ningún propósito de reducir el paro, ninguna voluntad de garantizar el crecimiento, y obviamente ningún empeño en defender el Estado del bienestar.
Con la vorágine actual, los ciudadanos van entendiendo que tanto el corsé de la Unión Europea, como el propio euro, han sido dos añagazas para hacerles entrar en una trampa neoliberal de la que no hay fácil salida. Se hallan ahora en manos de los mercados porque así lo han querido explícitamente los dirigentes políticos (de izquierda y derecha) que, desde hace tres decenios, edifican la Unión Europea. Ellos han organizado sistemáticamente la impotencia de los Estados con el fin de conceder cada vez más espacio y mayor margen de maniobra a mercados y especuladores.
Por eso se decidió (a insistencia de Alemania) que el BCE fuese “totalmente independiente” de los Gobiernos (2). Lo cual concretamente significa que queda fuera del perímetro de la democracia. De ese modo, ni los ciudadanos ni los Gobiernos elegidos por éstos pueden entorpecer sus opciones liberales.
Hoy, esas características (impotencia de los políticos, independencia del BCE) son en parte responsables de la incapacidad europea para resolver el drama de la deuda griega. La otra causa es que, bajo su aparente unidad, la UE (en este caso particular la eurozona) está profundamente dividida en dos bandos casi irreconciliables: por una parte, Alemania y su área de influencia (Benelux, Austria y Finlandia); por la otra: Francia, Italia, España, Irlanda, Portugal y Grecia.
El origen de la deuda griega (como el de la de los demás países periféricos afectados por la crisis de la deuda soberana, incluida España) es conocido. Cuando Grecia fue admitida en la zona euro (3), las instituciones financieras consideraron inmediatamente que este pequeño Estado presentaba, a pesar de su evidente fragilidad y de sus escasos recursos, todas las garantías necesarias para recibir créditos masivos y baratos. Llovieron sobre Atenas ofertas de financiación a tipos de interés de ganga, en particular por parte de bancos alemanes y franceses que incitaron a los gobernantes helenos a endeudarse a bajo coste y a largo plazo para adquirir principalmente material militar (4) alemán y francés...
Cuando estalla la crisis financiera de 2008 (llamada “de las subprimes”), ésta se extiende rápidamente al sector bancario europeo. Los establecimientos financieros carecen pronto de liquidez y restringen drásticamente el crédito. Lo que amenaza con asfixiar el conjunto de la economía. Para evitarlo, los Estados ayudan masivamente a la banca. Y la salvan. Para ello se endeudan aún más comprando dinero en el mercado internacional (ya que el BCE se niega a ayudarlos). Ahí, de repente, intervienen las agencias de calificación que sancionan el excesivo endeudamiento de los Estados (¡realizado para salvar a los bancos!)... Inmediatamente los tipos de interés de los préstamos a los Estados más endeudados se disparan... Y se produce la crisis de la deuda soberana.
En sí misma, la deuda griega es insignificante si se tiene en cuenta que el PIB de Grecia representa menos del 3% del PIB de la eurozona. El problema, técnicamente, podía haberse resuelto hace ya más de un año sin gran dificultad. Pero el gobierno conservador alemán, que enfrentaba entonces unas complicadas elecciones locales (finalmente perdidas), estimó que no sería moralmente justo que los griegos, acusados de “corrupción” y de “laxismo”, saliesen tan rápidamente del mal paso. Había que castigarlos para que no cundiese “el mal ejemplo”.
Una ayuda demasiado rápida a Atenas, declaró Angela Merkel, “tiene el efecto negativo de que otros países en dificultades podrían dejar de hacer esfuerzos” (5). Por eso, con el apoyo de sus aliados, Berlín empezó a poner pegas de todo tipo. Dejando pasar los meses.
Plazo que los mercados, excitados por el desacuerdo político europeo, aprovecharon para cebarse en Grecia. Todo se complicó entonces. Finalmente, Alemania acabó por aceptar un (incompleto) plan de ayuda con una condición: que participase en él el Fondo Monetario Internacional (FMI). ¿Por qué? Por dos razones. Primero porque se estimaba que las instituciones europeas carecían de un verdugo lo suficientemente severo para escarmentar a los griegos. Segundo, porque la especialidad del FMI, desde hace cuarenta años, consiste en exigir siempre esfuerzos antisociales a los países endeudados. Sus recetas (aplicadas con saña en América Latina durante los años 1970 y 1980) son siempre las mismas: alza de las tasas al consumo, recortes brutales de los presupuestos públicos, estricto control de los salarios, privatizaciones masivas...(6).
El Gobierno de Papandreu tuvo que resignarse a adoptar un salvaje plan de austeridad. Pero el mal estaba hecho. El ritmo de la política europea es lento y largo, cuando el de los mercados es inmediato. Los especuladores entendieron que la Unión Europea era un gigante sin cerebro político, y el euro una “moneda fuerte” con estructura débil (no hay ejemplo en la historia, de una moneda que no esté encuadrada por una autoridad política). Atacaron a Irlanda, pasó lo mismo y volvieron a ganar. Atacaron a Portugal e ídem. Atacaron a España y a Italia, y los Gobiernos de estos países se apresuraron a autoimponerse las impopulares recetas del FMI.
Por toda Europa se extiende ahora la “doctrina de la austeridad expansiva”, que sus propagandistas presentan como un elixir económico universal cuando en realidad está causando un estrepitoso daño social. Peor aún, esas políticas de recortes agravan la crisis, asfixian a las empresas de todo tamaño al encarecer su financiación, y entierran la perspectiva de una pronta recuperación económica. Empujan a los Estados hacia la espiral de la autodestrucción, sus ingresos se reducen, el crecimiento no arranca, el paro aumenta, las (impresentables) agencias de calificación rebajan su nota de confianza, los intereses de la deuda soberana aumentan, la situación general empeora y los países vuelven a solicitar ayuda (7). Tanto Grecia, como Irlanda y Portugal –los tres únicos Estados “ayudados” hasta ahora por la Unión Europea (mediante el Fondo Europeo de Estabilización) y el FMI– han sidos precipitados, por los que Paul Krugman llama los “fanáticos del dolor” (8), a ese fatal tobogán.
Y el “Pacto del euro”, establecido en marzo pasado, tampoco resuelve nada. En realidad es una vuelta de tuerca suplementaria a la austeridad, un acuerdo “de competitividad” que prevé más recortes del gasto público, más medidas de disciplina fiscal, y penaliza principalmente –de nuevo– a los asalariados. Con amenazas de sanciones a los Estados que no cumplan el Pacto de Estabilidad (9). Propone la tutela de la deuda pública y un ritmo fijo de reducción, o sea: una limitación de la soberanía. “Los países europeos deben ser menos libres de emitir deuda”, afirma, por ejemplo, Lorenzo Bini Smaghi, miembro del directorio del BCE. Algunos eurócratas van más lejos, proponen que se le retire a un gobierno que no haya respetado el Pacto de Estabilidad, la responsabilidad de dirigir sus propias finanzas públicas...
Todo esto es absurdo y nefando. El resultado es una sociedad europea empobrecida en beneficio de la banca, de las grandes empresas y de la especulación internacional. Por ahora la legítima protesta de los ciudadanos se focaliza contra sus propios gobernantes, complacientes marionetas de los mercados. ¿Qué pasará cuando se decidan a concentrar su ira contra el verdadero responsable, o sea el sistema, es decir: la Unión Europea?
(1) Definidos en los Tratados de Maastricht (1993), de Amsterdam (1999), de Niza (2003) y de Lisboa (2009).
(2) Entre otras limitaciones, el BCE no puede prestar dinero a los Estados, sólo a la banca privada.
(2) Entre otras limitaciones, el BCE no puede prestar dinero a los Estados, sólo a la banca privada.
(3) Merced a un balance de su situación económica falseado y maquillado por el anterior gobierno conservador con la ayuda del banco estadounidense Goldman Sachs.
(4) Grecia es el principal importador de material militar de la Unión Europea y el Estado que consagra a su defensa (por razones de rivalidad con Turquía) el mayor porcentage de su PIB.
(5) El País, Madrid, 18 de julio de 2011.
(6) Léase Philippe Askenazy, “L’austérité imposée à la Grèce, de Charybde en Scylla”, Le Monde, París, 19 de julio de 2011.
(7) Aunque ha sido recibido con alivio por la prensa neoliberal, el nuevo plan de rescate a Grecia, anunciado el pasado 21 de julio, de poco servirá. Los mercados y los fondos buitres han olido la sangre y no detendrán sus ataques mientras no se les frene con auténticos cambios estructurales.
(8) Paul Krugman, “Cuando la austeridad falla”, El País, Madrid, 24 de mayo de 2011.
(9) Que fija el límite para el déficit presupuestario en un 3% del PIB, y el de la deuda soberana en un 60% del PIB.
* http://es.wikipedia.org/wiki/Ignacio_Ramonet
lunes, 25 de julio de 2011
la crisis ideológica del capitalismo occidental
Joseph Stiglitz*
Tan sólo unos años atrás, una poderosa ideología –la creencia en los mercados libres y sin restricciones– llevó al mundo al borde de la ruina. Incluso en sus días de apogeo, desde principios de los años ochenta hasta el año 2007, el capitalismo desregulado al estilo estadounidense trajo mayor bienestar material sólo para los más ricos en el país más rico del mundo. De hecho, a lo largo de los 30 años de ascenso de esta ideología, la mayoría de los estadounidenses vieron que sus ingresos declinaban o se estancaban año tras año.
Es más, el crecimiento de la producción en los Estados Unidos no fue económicamente sostenible. Con tanto del ingreso nacional de los EE.UU. yendo destinado para tan pocos, el crecimiento sólo podía continuar a través del consumo financiado por una creciente acumulación de la deuda.
Yo estaba entre aquellos que esperaban que, de alguna manera, la crisis financiera pudiera enseñar a los estadounidenses (y a otros) una lección acerca de la necesidad de mayor igualdad, una regulación más fuerte y mejor equilibrio entre el mercado y el gobierno. Desgraciadamente, ese no ha sido el caso. Al contrario, un resurgimiento de la economía de la derecha, impulsado, como siempre, por ideología e intereses especiales, una vez más amenaza a la economía mundial – o al menos a las economías de Europa y América, donde estas ideas continúan floreciendo.
En los EE.UU., este resurgimiento de la derecha, cuyos partidarios, evidentemente, pretenden derogar las leyes básicas de las matemáticas y la economía, amenaza con obligar a una moratoria de la deuda nacional. Si el Congreso ordena gastos que superan a los ingresos, habrá un déficit, y ese déficit debe ser financiado. En vez de equilibrar cuidadosamente los beneficios de cada programa de gasto público con los costos de aumentar los impuestos para financiar dichos beneficios, la derecha busca utilizar un pesado martillo – no permitir que la deuda nacional se incremente, lo que fuerza a los gastos a limitarse a los impuestos.
Esto deja abierta la interrogante sobre qué gastos obtienen prioridad – y si los gastos para pagar intereses sobre la deuda nacional no la obtienen, una moratoria es inevitable. Además, recortar los gastos ahora, en medio de una crisis en curso provocada por la ideología de libre mercado, simple e inevitablemente sólo prolongaría la recesión.
Hace una década, en medio de un auge económico, los EE.UU. enfrentaba un superávit tan grande que amenazó con eliminar la deuda nacional. Incosteables reducciones de impuestos y guerras, una recesión importante y crecientes costos de atención de salud –impulsados en parte por el compromiso de la administración de George W. Bush de otorgar a las compañías farmacéuticas rienda suelta en la fijación de precios, incluso con dinero del gobierno en juego– rápidamente transformaron un enorme superávit en déficits récord en tiempos de paz.
Los remedios para el déficit de EE.UU. surgen inmediatamente de este diagnóstico: se debe poner a los Estados Unidos a trabajar mediante el estímulo de la economía; se debe poner fin a las guerras sin sentido; controlar los costos militares y de drogas; y aumentar impuestos, al menos a los más ricos. Pero, la derecha no quiere saber nada de esto, y en su lugar de ello, está presionando para obtener aún más reducciones de impuestos para las corporaciones y los ricos, junto con los recortes de gastos en inversiones y protección social que ponen el futuro de la economía de los EE.UU. en peligro y que destruyen lo que queda del contrato social. Mientras tanto, el sector financiero de EE.UU. ha estado presionando fuertemente para liberarse de las regulaciones, de modo que pueda volver a sus anteriores formas desastrosas y despreocupadas de proceder.
Pero las cosas están un poco mejor en Europa. Mientras Grecia y otros países enfrentan crisis, la medicina en boga consiste simplemente en paquetes de austeridad y privatización desgastados por el tiempo, los cuales meramente dejarán a los países que los adoptan más pobres y vulnerables. Esta medicina fracasó en el Este de Asia, América Latina, y en otros lugares, y fracasará también en Europa en esta ronda. De hecho, ya ha fracasado en Irlanda, Letonia y Grecia.
Hay una alternativa: una estrategia de crecimiento económico apoyada por la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional. El crecimiento restauraría la confianza de que Grecia podría reembolsar sus deudas, haciendo que las tasas de interés bajen y dejando más espacio fiscal para más inversiones que propicien el crecimiento. El crecimiento por sí mismo aumenta los ingresos por impuestos y reduce la necesidad de gastos sociales, como ser las prestaciones de desempleo. Además, la confianza que esto engendra conduce aún a más crecimiento.
Lamentablemente, los mercados financieros y los economistas de derecha han entendido el problema exactamente al revés: ellos creen que la austeridad produce confianza, y que la confianza produce crecimiento. Pero la austeridad socava el crecimiento, empeorando la situación fiscal del gobierno, o al menos produciendo menos mejoras que las prometidas por los promotores de la austeridad. En ambos casos, se socava la confianza y una espiral descendente se pone en marcha.
¿Realmente necesitamos otro experimento costoso con ideas que han fracasado repetidamente? No deberíamos, y sin embargo, parece cada vez más que vamos a tener que soportar otro. Un fracaso en Europa o en Estados Unidos para volver al crecimiento sólido sería malo para la economía mundial. Un fracaso en ambos lugares sería desastroso – incluso si los principales países emergentes hubieran logrado un crecimiento auto-sostenible. Lamentablemente, a menos que prevalezcan las mentes sabias, este es el camino al cual el mundo se dirige.
domingo, 10 de julio de 2011
no se trata sólo del euro. es la propia democracia en europa lo que está en juego
Amartya Sen*
Europa ha encabezado el mundo en lo referente a la práctica de la democracia. Resulta, por tanto, preocupante que los peligros para la gobernabilidad democrática de hoy, que se cuelan por la puerta trasera de las prioridades financieras, no reciban la atención que merecen. Hay cuestiones de calado que han de afrontarse respecto a cómo el gobierno democrático de Europa podría verse minado por el papel enormemente acrecentado de las instituciones financieras y las agencias de calificación de riesgos, que hoy se enseñorean a su antojo de ciertas partes del terreno político de Europa.
Hay que separar dos cuestiones diferenciadas. La primera se refiere al lugar de las prioridades democráticas, incluyendo lo que Walter Bagehot y John Stuart Mill consideraban la necesidad de la "gobernación por medio de la discusión". Supongamos que aceptamos que los poderosos jefazos de las finanzas poseen una comprensión realista de lo que hay que hacer. Con ello se fortalecería el argumento favorable a prestar atención a sus voces en un diálogo democrático. Pero eso no es lo mismo que dejar a las instituciones financieras internacionales y las agencias de calificación de riesgo el poder unilateral de mandar sobre gobiernos elegidos democráticamente.
En segundo lugar, resulta difícil ver que los sacrificios que los comandantes financieros han estado exigiendo de los países en precario vayan a lograr la viabilidad final de estos países y garanticen la continuidad del euro dentro de un modelo sin reformar de fusión financiera y un conjunto de miembros sin cambios del euro club. El diagnóstico de los problemas económicos por parte de las agencias de calificación no es la voz de la verdad que ellos pretenden. Vale la pena recordar que el historial de las agencias de calificación en las instituciones de certificación financiera y de negocios con anterioridad anteriores a la crisis económica de 2008 era tan abismal que el Congreso de los EE. UU. debatió seriamente si debían ser procesadas.
Dado que gran parte de Europa se encuentra ahora empeñada en lograr una rápida reducción del déficit público mediante la reducción drástica del gasto público, resulta fundamental examinar con realismo qué posibles repercusiones podrían tener las medidas políticas escogidas, tanto en el caso de la población como en el de la generación de ingresos públicos a través del crecimiento económico. La alta moral de "sacrificio" tiene, por supuesto, un efecto embriagador. Esta es la filosofía del corsé "correcto": "Si la señora se siente muy cómoda con él, entonces la señora ciertamente necesita un tamaño más pequeño". Sin embargo, si las exigencias de adecuación financiera se vinculan demasiado mecánicamente a los recortes inmediatos, el resultado podría consistir en matar a la gallina que pone los huevos de oro del crecimiento económico.
Esta preocupación se aplica a una serie de países, desde Gran Bretaña a Grecia. La comunidad de la estrategia de "sangre, sudor y lágrimas" de reducción del déficit otorga una aparente plausibilidad a lo que se está imponiendo a los países más precarios, como Grecia o Portugal. También hace que sea más difícil tener una voz política unida en Europa que pueda hacer frente al pánico generado en los mercados financieros.
Además de una visión más política, hay necesidad de un pensamiento económico más claro. La tendencia a ignorar la importancia del crecimiento económico en la generación de ingresos públicos debería ser un asunto importante de análisis. La sólida conexión entre crecimiento e ingresos públicos es cosa observada en muchos países, desde China y la India a los EE. UU. y Brasil. También de aquí se sacan lecciones de historia. La gran deuda pública de muchos países al término de la Segunda Guerra Mundial provocó una enorme ansiedad, pero el gravamen disminuyó rápidamente gracias a un rápido crecimiento económico. Del mismo modo, el enorme déficit al que se enfrentó el presidente Clinton cuando asumió su cargo en 1992 se disipó durante su presidencia, en gran medida gracias a la ayuda de un rápido crecimiento económico.
El temor de una amenaza a la democracia no se aplica, por supuesto, a Gran Bretaña, ya que estas medidas políticas han sido las escogidas por un gobierno investido por el poder de las elecciones democráticas. A pesar de que el desarrollo de una estrategia no revelada en el momento de las elecciones puede ser razón para una cierta pausa, este es el tipo de libertad que un sistema democrático permite a los que salen vencedores en las elecciones. Pero con ello no se elimina la necesidad de una mayor discusión pública, hasta en Gran Bretaña. También existe la necesidad de reconocer de qué modo las políticas restrictivas por propia elección en Gran Bretaña parecen dar verosimilitud a las medidas políticas aún más drásticas que se imponen a Grecia.
¿Cómo se metieron los países del euro en este lío? La rara singularidad de ir a una moneda unida sin una mayor integración política y económica sin duda ha tenido parte en ello, aun después de tomar nota de las transgresiones financieras que sin duda cometieron en el pasado países como Grecia o Portugal (e incluso después de tomar nota de la importante advertencia de Mario Monti de que una cultura de "excesiva deferencia" en la UE ha permitido que estas transgresiones pasaran sin control). Se le ha de reconocer inmensamente al gobierno griego – y a Yorgos Papandreu, el primer ministro, en particular - que esté haciendo lo que puede a pesar de la resistencia política, pero la afligida voluntad de Atenas de cumplir no elimina la necesidad de los europeos de estudiar lo sensato de los requisitos - y los tiempos - que se imponen a Grecia. No me resulta ningún consuelo recordar que yo me opuse firmemente al euro, pese a estar fuertemente a favor de la unidad europea. Mi preocupación por el euro guardaba en parte relación con el hecho de que cada país renunciara a la libertad de su política monetaria y de los ajustes en el tipo de cambio, que han ayudado enormemente a países en dificultades en el pasado, y evitó la necesidad de una desestabilización masiva de vidas humanas en los frenéticos esfuerzos por estabilizar los mercados financieros. Esa libertad monetaria podría cederse cuando existiera también una integración política y fiscal (como tienen los estados de los EE. UU.), pero el tener la casa a medio hacer en la zona euro ha supuesto una receta desastrosa. Se ha obligado a incorporar a la maravillosa idea política de una Europa democrática unida un precario programa de incoherente fusión financiera. Reordenar la zona euro ahora supondría muchos problemas, pero las cuestiones difíciles se han de discutir de manera inteligente, en lugar de permitir una Europa a la deriva en medio de los vientos financieros alimentada por un pensamiento de mentalidad estrecha con un terrible historial. El proceso tiene que comenzar con cierta restricción inmediata del poder sin oposición de las agencias calificadoras de emitir mandatos unilaterales. Estas agencias resultan difíciles de disciplinar pese a su pésimo historial, pero la voz bien meditada de los gobiernos legítimos puede suponer una gran diferencia para la confianza financiera mientras se elaboran soluciones, sobre todo si las instituciones financieras internacionales prestan su apoyo. Detener la marginación de la tradición democrática de Europa conlleva una urgencia que es difícil de exagerar. La democracia europea es importante para Europa… y para el mundo.
el saqueo de grecia: preludio de grandes acontecimientos
Rafael Poch*
El crack del capitalismo neoliberal –léase, “la crisis”- abrió en 2008 una oportunidad óptima para construir una Europa mejor. Para ello había que poner coto al dictado financiero y meterse en una profunda revisión institucional que diera un carácter ciudadano y social a una Unión Europea que fue construida a la medida de los negocios. Un “New Green Deal”, como se decía entonces, que utilizara la crisis para afrontar la super crisis del cambio climático y la transición energética. Para meterse en algo así había que arriesgarse, como hizo Gorbachov en la URSS, tener ideales y ser valiente. Demasiado para los políticos rutinarios que dominan el paisaje entre Lisboa y Varsovia. Así que siguieron con lo mismo. Con ello repiten la conducta de la era Brezhnev en la URSS, que evitó una crisis por la vía de negarla, lo que condujo a una crisis mucho mayor, con quiebra del superestado soviético veinte años después. No hay duda: esta gente nos lleva ahora a un segundo batacazo. Y no será en veinte, sino en bien pocos años.
Hacen creer que la crisis consiste en la insolvencia de los países del sur, sugiriendo colisiones de interés entre ciudadanos griegos y alemanes, cuando el problema está en el capital en su conjunto, porque los principales bancos europeos alemanes, franceses y británicos están implicados y expuestos hasta el cuello por la explosión de las burbujas inmobiliarias de todos ellos. En lugar de actuar en el orden de cosas que llevó a la crisis, es decir contra la desregulación neoliberal, Bruselas y Berlín, y detrás todos los demás, mantienen ese orden poniendo dinero en los países periféricos. Con ello sólo ganan tiempo con un mecanismo que se parece mucho a una pirámide financiera que sólo altera la estructura de la deuda, nacionalizándola, y no su monto.
El negocio de la financiación privada de los estados
En Grecia la deuda no disminuye, sino que crece. Lo único que disminuye es la exposición del sector privado (bancos, aseguradoras y fondos), gracias a la nacionalización de los riesgos que practica el Banco Central Europeo (BCE) con sus compras. Uno de los problemas es que los estados se financian a través de los mercados, y no directamente vía el BCE.
El BCE presta dinero a un interés de 1,25% a los bancos, que a su vez se lo prestan a los estados a intereses mucho mayores. A Austria, por ejemplo, se lo prestan a un interés del 4,05%. Si el país hubiera sido financiado directamente por el BCE en 2010 se habría ahorrado 4600 millones de euros. En el mismo escenario Alemania se ahorraría 25.000 millones anuales. Y el fardo de Grecia sería menos pesado.
Actualmente Grecia está pagando un interés medio del 4,68% por su deuda, lo que representa que Atenas paga 15.900 millones anuales sólo de intereses, sin reducir un céntimo su deuda. Es decir, dedica el 29% de sus ingresos anuales (55.600 millones) al pago de intereses: casi un euro de cada tres va para los bancos, sin cuya desregulación e irresponsabilidad (invirtiendo en negocios meridionales tan estúpidos y fantasiosos como rentables) nunca se habría llegado al actual problema. Si en lugar de ese esquema el BCE prestara el dinero a un interés, digamos, del 0,5%, Grecia habría pagado por intereses 1700 millones en lugar de los 15.900 y se habría endeudado por 6.400 millones en lugar de por 20.600 millones.
Manda el politburó
Desde hace casi tres años, el BCE viene practicando esta subvención a la banca privada a cuenta del contribuyente sin que las instituciones digan ni pío al respecto. Desde hace un año el seudónimo de esta subvención pública a los bancos se llama “rescate de Grecia”, “rescate de Irlanda”, “rescate de Portugal” (con mucho dinero español en riesgo), etc.
Nuestros parlamentos e “instituciones democráticas” tienen en este proceso un papel parecido al de la Asamblea Suprema del Pueblo de Corea del Norte sobre el devenir del país, es decir igual a cero. Quien manda es un politburó no electo de poderes fácticos oligárquicos. Desde la central (Bruselas, Berlín, FMI) ese politburó ha chantajeado descaradamente a Grecia diciéndole textualmente que si no aprobaba nuevos recortes sociales y privatizaciones no le concedería los nuevos créditos del segundo rescate e incluso le retiraría los ya acordados. Es lo que Marlon Brando designa en “El Padrino”, como hacerle a alguien,“una propuesta que no podrá rechazar”.
El nuevo ministro de finanzas griego, Evangelos Venizelos, reconoce que el gabinete de Atenas no gobierna sino que se limita a “cumplir órdenes”. El diario Kathimerini constata que, “un país al completo ha sido convertido en provincia de un imperio más económico que político, que, a su vez, está secuestrado por toda una serie de compañías de inversión y agencias de calificación con monstruosos poderes y codiciosas aspiraciones”.
Recortar, privatizar, enloquecer
Con el segundo paquete de rescate, Grecia deberá recortar gastos por valor de 28.000 millones hasta el año 2015, el 12% de su PIB. Esa nueva mordaza asfixiará aun más toda perspectiva de crecimiento. Los impuestos aumentarán, pero no se recaudará más porque muchos ciudadanos se negarán a pagarlos en protesta. Otros 50.000 millones se deberán obtener mediante privatizaciones de 850 puertos, 39 aeropuertos, autopistas, ferrocarriles, casinos, bancos, compañías eléctricas y hasta de la lotería nacional, pero muchos observadores consideran que, incluso a precios de ganga, todo eso será complicado de vender. El motivo es que en el politburó ya no se discute si Grecia quebrará, sino cuando lo hará y en qué condiciones. Ante la perspectiva de una quiebra y de un regreso al dracma, nadie comprará nada griego, por barato que se lo ofrezcan.
El saqueo de Grecia es una empresa puramente destructiva y cortoplacista. Más allá de una defensa inercial de intereses egoístas, lo más probable es que el politburó no tenga ni idea de adonde nos lleva. De lo que se trata ahora es de organizar una “quiebra suave” para Grecia, lo menos traumática posible para el conjunto del sistema europeo y seguir tirando. Después ya se verá.
El horizonte es un colapso social en Grecia. Se invita a toda una sociedad a enloquecer y postrarse. El régimen político acorde con una sociedad enloquecida no es la democracia, ni siquiera su actual caricatura, sino la dictadura. Eso es lo que ocurre cuando los ahorros de toda una vida pasan de alcanzar para una jubilación digna a costear un par de zapatos, como ocurrió en 1992 en la Rusia de Boris Yeltsin, instaurador, en 1993, de la actual autocracia presidencial-oligárquica rusa con el aplauso de Occidente. La actual política europea apunta a desmantelar las conquistas y logros de medio siglo. Ya ocurrió en América Latina, ya ocurrió en Rusia. Ahora lo están imponiendo en Grecia, pero después de Grecia vienen los demás, primero Irlanda y Portugal, luego España, Italia. Detrás aparece Francia. Hasta en la supuestamente exitosa Alemania es patente la degradación laboral y social.
Estamos en los primeros compases de una reacción, conservadora y catastrófica, de ámbito europeo. No creo que los europeos sean tan mansos como los rusos de los años noventa. Con su próximo gobierno postfranquista de mayoría absoluta y sus indignados, que han venido para quedarse, España podría ser un escenario central. Ha quedado claro que el “New Green Deal” europeo es completamente imposible sin intervención de la ciudadanía. Nos esperan grandes acontecimientos.
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