jueves, 5 de noviembre de 2009

la crisis económica liquida el modelo de capitalismo global desregulado

Laura Corcuera* entrevista a Manuel Castells, Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política 2009

Como catedrático de Sociología y de Urbanismo, ¿puede dar una explicación a la actual crisis?

Es una crisis financiera, resultante de la volatilidad estructural de los mercados financieros globales como consecuencia de su carácter global, interdependiente y desregulado.

La tecnología de modelos financieros basados en la creación de capital virtual, tales como derivados, opciones y futuros, así como la titularización de cualquier bien y servicios y la colateralización de activos financieros e inmobiliarios, han llevado a la destrucción de más de la mitad del valor financiero creado en el mundo desde 2003 y a la insolvencia actual o potencial de algunas de las principales entidades financieras. Por tanto el crédito se seco y la economía se detuvieron porque 2/3 del crecimiento en Europa y 3/4 en Estados Unidos es inducido por la demanda de los consumidores y dicha demanda se ha hecho esencialmente mediante la expansión del crédito sin garantías de solvencia de los endeudados. La crisis es estructural y liquida, en la práctica, el modelo de capitalismo global desregulado que había triunfado en las dos ultimas décadas.

¿Podría describir los mecanismos estructurales que está utilizando la sociedad occidental hoy para salir de esa crisis?


El más importante es la intervención sistemática del Estado sobre los mercados financieros, procediendo a un nuevo ciclo de regulación y control de la economía. Excepto entre algunos fundamentalistas del mercado, en la conciencia publica se ha terminado la confianza en la capacidad del mercado de auto-regularse y corregir excesos y desequilibrios. Al mismo tiempo, para sustituir al flujo de crédito, se ha inyectado, tanto en Europa como en Estados Unidos o China, una enorme masa de capital público (la mayor parte obtenido mediante préstamos o emisión de títulos de deuda hacia el futuro), más de dos billones de euros en Estados Unidos, un billón en Europa y otro tanto en China. Esa inyección ha servido para frenar la caída libre de la producción y el empleo (crecimiento negativo durante los últimos 12 meses en Europa y EEUU). Pero como es insostenible mantener ese nivel de estímulo fiscal las causas de la crisis no se han resuelto y lo que se plantea es la reforma del modelo de crecimiento de la economía de mercado, algo que nadie realmente sabe cómo hacer. Y como la crisis es global y no hay regulador global, los desequilibrios seguirán acentuándose.

Usted sugiere que la futura estructura social estará fragmentada por la gran flexibilización e individualización del trabajo…


No digo que estará, digo que está, yo nunca hablo en futuro. La mayoría de los trabajadores tienen empleos y realizan actividades definidas por proyectos empresariales concretos, que son temporales o intermitentes, sobre todo si se incluyen los trabajadores autónomos y de servicios especializados. La plantilla fija en la gran fábrica es ahora la excepción, no la regla, entre otras cosas porque las grandes fábricas en Europa o Estados Unidos están desapareciendo. Las trayectorias profesionales no son previsibles, dependen de proyectos de las personas y de acuerdos puntuales con sus empleadores. En esas condiciones lo esencial es contar con una buena formación de base que permita reprogramar la propia actividad en función de los intereses propios y de la demanda del mercado.

Hoy la fuente de la productividad se basa en la tecnología que genera conocimiento, en el procesamiento de la información y en la comunicación de símbolos, pero Occidente sigue orientado al crecimiento y aceleración económica (propio de la sociedad industrial), ¿cómo está evolucionando el modelo capitalista?

La información y la comunicación de símbolos son actividades económicas fundamentales en nuestra sociedad. La industria de la comunicación y el ocio son el doble, en el mundo, en términos de valor y empleo que las industrias del automóvil y de la electrónica juntas. El modelo capitalista se transforma mediante la globalización de la producción y mercados y la flexibilización del trabajo y la gestión basándose en tecnologías de comunicación en red. Ahora bien, el modelo capitalista desregulado y liberalizado de hace dos décadas está cambiando rápidamente hacia una mayor regulación e intervención del Estado en todos los ámbitos, porque hemos visto que los mercados no se regulan a si mismos, más aun cuando los ejecutivos se ocupan de sus ganancias sin pensar ni en la empresa, ni en sus trabajadores ni en la economía. Parece que la era de las gratificaciones de escándalo llega a su fin.

Ha afirmado que “en un mundo de flujos globales de salud, poder, e imágenes, la búsqueda de la identidad colectiva o individual, asignada o construida, se vuelve la fuente fundamental de sentido social”. ¿Puede explicarse un poco más?


No es tan difícil. Si las personas pierden el control de sus vidas que depende de flujos financieros globales, cuyo origen y destino ignoran, y de sistemas de comunicación de símbolos que priorizan la cultura global sobre la local, entonces se refugian en aquello que conocen y en que se reconocen: su casa, su familia, su lugar, su religión, su lengua, o sea, todo lo que los sociólogos llamamos identidades primarias históricamente construidas.

En medio de los cambios que están viviendo los medios de comunicación (precarización, cambios de formas de producción informativa, de formatos, nuevas “virtualidades reales”…) ¿Qué límites y potencialidades ve en los llamados medios 2.0?


No tienen límites: crecen exponencialmente y se han convertido en los canales fundamentales de sociabilidad y comunicación entre la gente, al menos en las generaciones jóvenes que son las que (eso sí es seguro) serán el futuro de la sociedad. La potencialidad está en que cada persona puede construir su red de redes de comunicación y en que cada colectivo puede escapar en gran medida el control ejercido por las empresas y los gobiernos sobre la comunicación procesada a través de los medios de comunicación. Se crea un blog cada segundo y se visionan 100 millones de vídeos al mes en YouTube. Ningún medio de comunicación es comparable.

* http://www.plataformasinc.es/index.php/esl

miércoles, 28 de octubre de 2009

krugman, el "post autista"

Alberto Montero Soler*

Ya en el año 2000 un grupo de estudiantes franceses de economía respaldados por algunos profesores lo habían advertido: la economía se aleja cada vez más de la realidad y está convirtiéndose en una rama de las matemáticas aplicadas. Iniciaron entonces un movimiento con un nombre muy expresivo, “Post-Autistics Economics” (o economía post-autista, en español), en clara alusión a la necesidad de superar lo que ellos consideraban que era el estado de autismo en el que había caído la economía, completamente ensimismada y alejada de los problemas sociales.

El movimiento saltó de Francia y se extendió por el mundo y, como en tantas otras cuestiones, correspondió a los estudiantes galos el honor de haber sido los primeros en denunciar el fiasco intelectual en el que se habían convertido los estudios de economía en aquel país y, por ende, en el resto del mundo.

En su manifiesto (que puede leerse en inglés pinchando aquí) criticaban cuatro grandes tendencias en la evolución reciente de los estudios de economía.

La primera, el tremendo distanciamiento existente entre la teoría económica que se explica en las aulas –que es, fundamentalmente, la teoría neoclásica- y la realidad social: los estudios de economía actuales han dejado de lado el análisis de los comportamientos sociales o el funcionamiento de las instituciones económicas más allá de la empresa. Se está enseñando, por tanto, una teoría económica sin referentes concretos y reales, en la que se sacrifica la utilidad social del conocimiento transmitido y aprehendido en aras de una presunta capacidad de análisis y aplicabilidad universal impropia de cualquier ciencia social que se precie.

La segunda, el uso incontrolado de las matemáticas. Se ha olvidado el carácter instrumental de éstas para convertirlas en un fin en sí mismas, recurriéndose a la formalización y a la construcción de modelos elegantes y de una impecable lógica interna, pero completamente ajenos a la realidad y de dudosa aplicabilidad en un mundo crecientemente complejo que necesita, precisamente, de análisis complejos y no de estilizaciones que antepongan la elegancia matemática a la capacidad explicativa.

La tercera, el dogmatismo en el que han incurrido los estudios de economía como consecuencia de la carencia de pluralismo en la presentación de los enfoques sobre lo económico. En las facultades de economía no se enseña a mirar la realidad desde distintos prismas, desde distintos enfoques económicos (no digamos ya desde distintas disciplinas), a pesar de haberlos, sino que se suele presentar un único enfoque al que se le atribuye capacidad explicativa omnímoda.

Y, por último, hacían un llamamiento a los profesores animándolos a despertarse antes de que fuera demasiado tarde y las aulas quedaran despobladas de alumnos cansados de la distancia que media entre la economía que les estaban enseñando y los problemas y debates del mundo real. Un llamamiento que terminaba con un grito de rabia: “¡No queremos que nos sigan imponiendo esta ciencia autista!”.

Pues bien, se ve que aquellos alumnos y todos los profesores que los apoyamos fuera y dentro de Francia no iban demasiado desencaminados y que sus demandas son ahora, en términos muy parecidos, retomadas hasta por premios Nobel de Economía.

En concreto, Paul Krugman escribió hace un par de meses un artículo en el New York Times Magazine en el que, textualmente, afirmaba que “Pocos economistas vieron venir la crisis actual, pero este error de predicción no es el problema principal del que adolece la disciplina. Mucho más importante es la ceguera de la profesión ante la posibilidad de que puedan presentarse fallos catastróficos en una economía de mercado. (…), la Economía se extravió porque los economistas, como grupo, confundieron la belleza, encarnada en unas matemáticas deslumbrantes, con la verdad. (…) los economistas volvieron a enamorarse de la vieja e idealizada visión de una economía en la que individuos racionales interactúan en mercados perfectos, visión ataviada esta vez con ecuaciones de fantasía. (…). Desafortunadamente, esta visión romántica y desinfectada de la economía condujo a la mayoría de los economistas a ignorar todas las cosas que pueden ir mal. Cerraron los ojos a las limitaciones de la racionalidad humana que tan a menudo conduce a burbujas y estallidos; a los problemas de las instituciones que pierden todo control; a las imperfecciones de los mercados –especialmente de los mercados financieros- que pueden causar que el sistema operativo de la economía se descomponga de forma repentina e impredecible; y a los peligros generados cuando los reguladores no creen en la regulación. (…). Cuando se trata del problema demasiado humano de las recesiones y depresiones, los economistas necesitan abandonar la pulcra pero errónea solución de asumir que todo el mundo es racional y que los mercados funcionan perfectamente”.

El artículo es mucho más largo y muy interesante (puede leerlo en inglés aquí o en la versión reducida publicada en la prensa española aquí) y pone sobre la mesa, con honestidad y valentía, los grandes problemas que tiene la disciplina. En ese sentido, es muy de agradecer.

Es más, el párrafo que he transcrito se ha convertido en una especie de manifiesto al que se han adscrito ya más de dos mil profesores de economía, entre ellos varios premios Nobel.

Y es que esta crisis ha puesto a la Teoría Económica frente a sus propias miserias; frente a su incapacidad para explicar la realidad que constituye su objeto de estudio; frente a su confianza en unos supuestos teóricos completamente erróneos pero sobre los que se elaboran teorías que son publicadas en revistas académicas que los avalan haciendo pervivir la estafa intelectual en la que vive la Economía.

Todos esos problemas ya los habían avanzado los estudiantes franceses hace casi una década. A ellos nadie les escuchó entonces; probablemente ni siquiera Krugman. Ha llegado esta crisis y muchos de quienes antes los ignoraron, cuando no menospreciaron, se encuentran como reyes que acabaran de descubrir que están desnudos. Su conocimiento se revela tan inútil para explicarnos ocurrido como lo fue para predecirlo y pasa a asimilarse más a la astrología o a la nigromancia que a las ciencias puras.

Si de esta crisis no se aprende nada; si en lugar de taparse las vergüenzas, derrumbar las torres de marfil y ponerse a tejer unas nuevas vestimentas esos economistas se dedican a parchear y remendar esperando que el mundo deje de ser como es para que acabe siendo como ellos quisiera que fuese seguiremos abocados, como disciplina, al desprestigio y nuestro conocimiento será tan útil a la sociedad como el de quien predice el futuro abriéndole las entrañas a una cabra: pura superstición.

* Alberto Montero Soler profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga

domingo, 18 de octubre de 2009

obama y sus generales

Alberto Piris

Las operaciones militares en tierras extranjeras pueden estar preñadas de riesgos políticos para el Gobierno que las promueve. La primera dictadura que gobernó España fue resultado directo de la guerra colonial librada en Marruecos. La derrota de las fuerzas expedicionarias en el llamado "desastre de Anual", en 1921, obligó a incoar un expediente para analizar las causas de tan catastrófico fracaso. Ante las graves implicaciones descubiertas, que alcanzaban al mismo Rey, el entonces capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, se alzó en 1923 contra el Gobierno y, con el apoyo del ejército y la aquiescencia de amplios sectores de la población, encabezó el golpe de Estado que le llevó al poder y en cuyas fuentes ideológicas bebieron muchos de los militares sublevados contra la República en 1936.

No se le va a pedir a Obama que conozca estos pormenores de la Historia de España, pero es seguro que no ignorará los problemas que al presidente Truman causó la arrogancia del popular general Douglas MacArthur, a quien hubo de relevar en el mando en 1951, durante la Guerra de Corea. Una carta del general, leída en el Congreso, donde expresaba sus puntos de vista sobre el desarrollo de la guerra, opuestos a los de la presidencia, fue la gota que hizo desbordar el vaso de la paciencia de Truman. La democracia americana no corrió peligro, pero el nerviosismo dominó Washington durante algún tiempo hasta que las aguas volvieron a su cauce.

También conocerá Obama los problemas que, al presidente Johnson primero y a Nixon después, les crearon los mandos militares que dirigían la guerra de Vietnam, que empantanó a EEUU en un conflicto sin salida razonable y en el que la ansiada "vietnamización" de la guerra fue un objetivo inalcanzable que acabó minando la moral de las tropas de EEUU y soliviantando a gran parte de su población, cansada de la guerra.

Obama tendrá que andarse ahora con pies de plomo en relación con la guerra en Afganistán. Entre el Congreso, la Presidencia, el Pentágono y los altos mandos militares se viene observando el cruce de algunos disparos que pudieran causar bajas, no precisamente colaterales. Por un lado, el comandante en jefe de EEUU en Afganistán, el general McChrystal, ha solicitado un aumento de 40.000 efectivos en las tropas destinadas a ese país y, a la vez, ha tildado de "miopes" las propuestas de reducirlas.

Además, un informe suyo saltó a la prensa hace un mes; en él afirmaba que, si la OTAN no vencía en los próximos 12 meses, sería imposible ganar esta guerra. Con esto dejó a Obama en una difícil posición, al coartar su capacidad de decisión, aunque el Pentágono salió pronto al quite: "En este asunto es indispensable que todos los que deliberamos sobre él, civiles y militares, asesoremos al presidente con sinceridad, pero en privado", declaró Gates. Y aunque el jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, el general Casey, hubo de aceptar sin rechistar esta recomendación del jefe del Pentágono, se sabe que muchos altos mandos militares apoyan a McChrystal.

Es a Obama a quien corresponde, naturalmente, la última palabra. La deliberación se anuncia ardua. No se trata sólo de decidir si se aumenta o disminuye el contingente militar desplegado en Afganistán, ni en qué fecha habría que prever el inicio de una retirada; se trata de definir cuál ha de ser la estrategia a seguir, pues esto determinará la naturaleza y el número de las unidades militares que hayan de ejecutarla.

Entre las variables más confusas a tener en cuenta se halla la nueva valoración del riesgo que suponen para EEUU, por separado, el terrorismo talibán y el de Al Qaeda, hasta ahora englobados en una sola amenaza unitaria. También se empieza a considerar por separado la actuación de ambos grupos en Afganistán y en Pakistán. Obama no desea apresurarse a tomar decisiones poco maduradas, para no caer en los errores cometidos por Bush.

Se piensa en algunos círculos de Washington, próximos a la Presidencia, que mientras Al Qaeda sí representa un peligro para EEUU, no se puede decir lo mismo de los talibanes, aunque en ciertas ocasiones ambos puedan actuar combinadamente. Influyen en esta nueva valoración los recientes informes sobre la debilidad de Al Qaeda y el hecho de que mientras ésta es ajena al país y a sus gentes, los talibanes están implantados entre el pueblo afgano. No todos coinciden en estas apreciaciones, y sobre la difícil y discutible valoración de la situación planea la inevitable confrontación política y los intereses, menos visibles, de los grupos de presión que actúan sobre la Presidencia y el Capitolio.

En tiempos de guerra y de respeto por los que mueren en acto de servicio, se suele observar una fuerte tendencia a la mitificación de los ejércitos y un extendido temor a criticar sus errores, para no ser tachado de antipatriota. Pero los generales se pueden equivocar tanto como los políticos que los dirigen. Unos y otros serán, a la larga, responsables conjuntos del resultado de sus acciones. Sólo nos queda desear que éstas permitan confirmar lo acertada que fue la concesión del Nobel de la Paz a quien tiene la exclusiva y no delegable responsabilidad de decidir sobre la paz y la guerra, asunto que ya no concierne a los generales sino sólo a Obama.

sueños y pesadillas

Robert Fisk

Su política para Medio Oriente está colapsando. Los israelíes se burlan de él ignorando por completo sus pedidos de detener la construcción de asentamientos en territorio palestino. A su enviado especial, George Mitchell, Tel Aviv le dice sin rodeos que un acuerdo de paz global llevará muchos años. Ahora él quiere que la dirigencia palestina se siente a negociar la paz sin ninguna clase de precondiciones. Por si fuera poco, hace algunos días presionó al presidente de la Autoridad palestina, Mahmud Abbas, para que se olvide del informe del relator de la ONU –el juez Goldstone– sobre los crímenes en Gaza al mismo tiempo que su secretario de Estado Adjunto descalificaba al informe por considerarlo imparcial.

Tras romper su promesa de campaña de llamar a las masacres de armenios en 1915 por parte de la Turquía otomana “genocidio”, ahora urge a los armenios a normalizar sus relaciones con Turquía, nuevamente sin precondiciones. Su Ejército aún enfrenta una insurgencia potente en Irak. No puede decidirse acerca de cómo encarar la guerra en Afganistán. Y la situación en Pakistán empeora con cada día que pasa.

Ahora el presidente Barack Obama acaba de ser distinguido con el Premio Nobel de la Paz. Tan sólo ocho meses después de asumir el cargo. Con razón afirmó sentirse “asombrado” cuando se enteró de la noticia. Debería haberse sentido humillado. Pero quizá la debilidad y la falta de resultados sean la nueva clave para ganar este Nobel. Al israelí Shimon Peres también se lo dieron y nunca ganó una elección en su país. Yasser Arafat también lo obtuvo. Y miren lo que le sucedió. Por primera vez en la historia, el comité noruego del Premio Nobel le otorgó el premio a un hombre que no logró absolutamente nada con la vana esperanza de que logre algo en un futuro. Así de mal están las cosas. Así de explosivo está el asunto en Medio Oriente.

Y encima Irán. Después de intentar congraciarse con Teherán la semana pasada en Ginebra, Obama redescubrió las garras del felino cuando, a fines de la semana, un comandante de la Guardia Revolucionaria volvió a advertir que Irán destruiría Israel si este país o Washington osaban atacarlos. Lo dudo. Si destruyen Israel, destruyen Palestina. Son más inteligentes, y su política en caso de apocalipsis es otra: si los israelíes los atacan, los iraníes se limitarán a atacar intereses estadounidenses: tropas y bases en Irak y Afganistán, bases norteamericanas en los países del Golfo y buques de guerra en el estrecho de Hormuz. No harían nada contra Israel, y, de ese modo, según Teherán, Washington conocería el precio por arrodillarse ante sus amos israelíes.

Pero por favor, nada de ataques el 10 de diciembre. Ese día Barack Obama irá a Oslo a recibir su premio por logros que todavía no alcanzó y por sueños que se convertirán en pesadillas.

sábado, 10 de octubre de 2009

desigualdades sociales en españa

Vicenç Navarro*

Según las cifras de Eurostat (la agencia de datos de la Unión Europea), publicadas en el último informe del Observatorio Social de España, OSE, (La Situación Social en España, volumen III), España es el país más desigual de la Unión Europea. Mírese como se mire, los datos hablan por sí mismos. El Coeficiente Gini (que mide el grado de desigualdad de un país) es el más alto de la UE y la distancia en el nivel de renta entre el 20% de la población de renta superior (que incluye la burguesía, la pequeña burguesía y las clases medias de renta alta) y el 20% de la población de renta inferior (la mayoría de clase trabajadora no cualificada) es la más elevada de la UE.

Las diferencias en la calidad de vida entre las clases sociales son también las más acentuadas de la UE. En indicadores que reflejan tal calidad, como son las cifras de mortalidad, las diferencias son enormes. Un burgués en España vive casi dos años más que un pequeño burgués, que vive casi dos años más que una persona de clase media de renta media alta, que vive dos años más que una persona de clase trabajadora cualificada, que vive dos años más que una persona de clase trabajadora no cualificada, que vive dos años más que una persona de clase trabajadora no cualificada con más de cinco años en el paro. La distancia en años de vida entre el último y el primero son diez años (repito, no diez días, o diez meses, sino diez años). El promedio de la UE son siete.

¿Por qué estas desigualdades? La causa mayor es el enorme poder económico, mediático y político que ha tenido históricamente y continúa teniendo el 20% de la población de la renta superior del país (que incluye, entre otros grupos sociales, a los creadores de opinión). Este grupo social (que en España se le llama clase alta) tiene una enorme influencia en el Estado español, causa de que sea el menos redistributivo de todos los estados de la UE. Según los mismos datos de Eurostat, las intervenciones del Estado español reducen la pobreza sólo 4 puntos, pasando de ser un 24% de la población (casi uno de cada cuatro españoles) antes de que intervenga el Estado a un 20% de la población (uno de cada cinco). En el promedio de la UE-15, el grupo de países de la UE de semejante nivel de desarrollo que España, la pobreza pasa de un 26% de la población a un 16%, una reducción de 10 puntos. Suecia (país donde históricamente las izquierdas han sido más fuertes) pasa de un 29% a un 12%, una reducción de 17 puntos. Esta reducción se da no sólo entre ricos y pobres sino entre todas las clases sociales.

Una causa importante de que el Estado español sea tan poco redistributivo se debe al escaso desarrollo de su Estado del bienestar, es decir, de las transferencias públicas (como las pensiones) y de los servicios públicos (como sanidad, educación, servicios del cuarto pilar del bienestar –como escuelas de infancia y servicios domiciliarios a las personas con dependencias–, servicios sociales, vivienda social, prevención de la exclusión social y otros), que tienen una gran importancia para explicar la calidad de vida de la ciudadanía y muy en particular de las clases populares, que son las que más utilizan tales transferencias y servicios. Ejemplo de la importancia de estas transferencias es que sin las pensiones, por ejemplo, el 62% de los ancianos en este país serían pobres.

Este subdesarrollo del Estado del bienestar se debe a su subfinanciación. El gasto público social por habitante es el más bajo de la UE-15. Y esta subfinanciación se debe a que los ingresos del Estado son reducidos, consecuencia de que la carga fiscal en España es la más baja de la UE-15, el 36% del PIB (el promedio de la UE-15 es el 46%; el de Suecia es el 55,5%). Decir que los impuestos son bajos, sin embargo, no es suficiente. Es cierto que la mayoría de impuestos en España son más bajos que en la UE. Pero en algunos tipos y para algunos grupos de la población los impuestos en España son mucho más bajos que en la UE-15. Y aquí no me refiero a los tipos (que a través de las exenciones se anula su efecto progresivo) sino a toda la carga fiscal, que es la más regresiva que existe en la UE-15. El 20% de la población de renta superior en España contribuye al fisco menos que sus homólogos en la UE-15 (parte de ello se debe al enorme fraude fiscal, entre otros, de la Banca, que tiene los beneficios más altos de la UE-15 y de los más altos del mundo, lo cual no se debe a su eficiencia sino a su enorme poder y excesiva influencia sobre el Estado). De ahí que, mientras lo que paga en impuestos un obrero en España no es mucho menos (en términos porcentuales) que lo que paga un obrero en la UE-15, lo que paga un burgués, sin embargo, es mucho más bajo que lo que paga su homólogo en el promedio de la UE-15.

Y ahí está el meollo de la cuestión. Las políticas fiscales en España son las más regresivas de la UE-15. Nuestro país es donde menos se respeta aquel principio –que fue la guía de las izquierdas– de que las políticas públicas debieran ir creando una sociedad en la que “a cada uno, según sus necesidades y de cada uno, según sus habilidades”. Indicar, como lo dijo recientemente Miguel Sebastián, que “los impuestos no están para redistribuir la riqueza, sino para obtener ingresos” (Público, 29-09-09),es no sólo abandonar unas intervenciones claves para redistribuir recursos, sino también renunciar al principio que debiera ser guía para un Gobierno socialdemócrata. Parecía que, por un momento, el presidente Rodríguez Zapatero, cuando habló de enfrentarse a los poderosos, así lo entendía. Por desgracia, las propuestas hechas no traducen este compromiso. Los “poderosos” no verán sus rentas afectadas seriamente y el Estado español continuará siendo el que en la UE menos redistribuya las riquezas del país, con lo cual un burgués continuará viviendo diez años más que un obrero.

* http://www.vnavarro.org/?p=3488

domingo, 4 de octubre de 2009

políticas económicas frente a la crisis: ¿basta con volver a Keynes o hay que cambiar el mundo?

Alberto Montero Soler*


La crisis económica en la que nos encontramos inmersos carece de precedentes en la historia del capitalismo contemporáneo.

De entrada, existen rasgos de carácter cuantitativo que marcan una diferencia sustantiva con otras crisis anteriores. Entre ellos podrían destacarse la virulencia con la que ha sacudido a la economía mundial y, especialmente, al selecto grupo de economías desarrolladas; la magnitud de las turbulencias que han hecho tambalearse a los mercados financieros internacionales provocando pérdidas de riqueza financiera de incalculable valor; el efecto encadenado que ha afectado a casi todos los mercados de productos financieros internacionales sin que se sepa aún cuando tocará fondo ni si dejará alguno de ellos sin afectar; o la rapidez con la que esas turbulencias se han trasladado hacia la economía real incidiendo de forma desproporcionada en el empleo y sin que se perciban perspectivas ciertas de recuperación de éste a corto y medio plazo.

Sin embargo, si hay algo que diferencia radicalmente esta crisis de las precedentes es que, más allá de encontrarnos ante una crisis coyuntural, nos hallamos ante una crisis de carácter estructural que marca el declive definitivo de la potencia que ha ejercido su hegemonía sobre el modelo de acumulación capitalista generado tras la Segunda Guerra Mundial: los Estados Unidos de América.

Pocas dudas pueden caber a estas alturas de que la hegemonía estadounidense ha entrado en declive y si no se asume el análisis y la comprensión de esta crisis en esos términos estaremos engañándonos acerca de los términos de su trascendencia y, lo que es más grave, acerca de las vías para superarla.

En este sentido, es útil recordar que la crisis estructural de los años setenta, cuando los Estados Unidos ya gozaban de una posición hegemónica en el mundo capitalista, se solventó a través de una huida hacia delante que estuvo caracterizada por la retirada de las bridas keynesianas que regulaban la economía desde el Estado y la dotaban de una elevada estabilidad.

Para ello se procedió a la progresiva liberalización de las relaciones económicas tanto a nivel nacional como internacional; a la retirada del Estado de los ámbitos productivos y redistributivos; y a la privatización masiva de empresas y servicios públicos. Y, al mismo tiempo, se crearon las condiciones para que el patrón de acumulación trasladara su centro de gravedad desde la producción de bienes y servicios al ámbito de las finanzas. En concreto, la ruptura del vínculo que mantenía unido al dólar, que era la divisa clave del sistema, con el oro, fue uno de los elementos centrales de la estrategia que permitiría a los Estados Unidos seguir manteniendo su hegemonía en esa nueva etapa del capitalismo financierizado por la vía de liberarlo de la restricción externa sobre sus finanzas internas.

Finalmente, el neoliberalismo de la década de los ochenta y noventa intensificó la preeminencia de lo financiero frente a lo productivo y dotó de soporte ideológico a los procesos de ingeniería social, económica y cultural que acabaron por homogeneizar un mundo en donde la búsqueda de alternativas se marginalizó y tachó de inviable.

La conclusión es que la salida de aquella crisis estructural, aunque prolongó la hegemonía estadounidense, también sentó las condiciones para la inestabilidad sistémica global. La resultante fue una nueva fase del capitalismo caracterizada por la recurrencia de crisis financieras que no sólo se trasladaban con celeridad a la esfera productiva sino que cada vez iban siendo más frecuentes y se iban aproximando peligrosamente al núcleo del sistema.

Esa aproximación se ha consumado con esta crisis, que por este motivo no puede caracterizarse tan sólo por su intensidad, sino sobre todo por el hecho de que ha golpeado por primera vez al músculo del sistema financiero, hasta entonces cuartel de invierno al que retornaban los capitales cuando se producían turbulencias en cualquier otra parte del mundo.

A partir de esta constatación, es fácil intuir que el tipo de lectura que se haga de esta crisis determinará decisivamente las posiciones frente a la misma, las posibilidades de intervención a corto y medio plazo y los escenarios previsibles a largo plazo.

Del dicho al hecho…

Así, resulta evidente que a los Estados Unidos y a la mayor parte de las economías occidentales les interesa atribuir a esta crisis una dimensión meramente coyuntural, destacando a lo sumo su magnitud, pero no que la misma pudiera estar alterando radicalmente las relaciones de poder en el mundo.

Por ello sus recetas para enfrentarla no plantean una salida que no sea, en el mejor de los casos, un retorno a posiciones de “neoliberalismo regulado” (si se me permite el oxímoron).

Son propuestas que parten de un acto de contrición por los errores cometidos y se acompañan de unas tímidas líneas de reforma del sistema, pero sin entrar a cuestionar, en ningún caso, algunos de los pilares básicos que lo han llevado hasta la situación de crisis actual.

Tal es así que, por ejemplo, las medidas de regulación del sistema financiero que se plantean no llegan a poner en tela de juicio la hipertrofia existente en lo que a mercados, agentes y productos financieros se refiere, a pesar de ser éste uno de los principales factores desencadenantes de la crisis.

Además, ignoran que este sector tiene una tendencia innata a recurrir a la innovación para huir de las regulaciones que debiera ser radicalmente cercenada si se aspira a una mínima estabilidad en ese ámbito.

Si esos dos aspectos no son enfrentados con voluntad transformadora, tratando de eliminar la dimensión especulativa de carácter autorreferencial en la que se desenvuelven ahora las finanzas y buscando la recuperación de su función básica en tanto que intermediarios entre ahorradores e inversores productivos, muy poco o casi nada se habrá logrado.

Esa misma impresión se tiene cuando se comprueba que también en el ámbito del comercio internacional la apuesta sigue siendo de carácter neoliberal: la profundización en el proceso liberalizador y la denuncia de las actitudes proteccionistas a pesar de que muchos de los mismos gobiernos participantes en el G-20, desde donde se denuncian las mismas, son los mismos que las han aplicado para salvar su sistema financiero o su cada vez más debilitado sector industrial. De esta forma, al tiempo que se imponen políticas proteccionistas de defensa de los mercados nacionales por parte de las economías más avanzadas del mundo, se trata de obligar al resto de países a seguir prácticas librecambistas. El objetivo último sería recuperar por la vía comercial lo que hundieron las finanzas internacionales.

Sin embargo, esa opción es profundamente cortoplacista e ignora la contribución que el desmantelamiento de las barreras comerciales ha tenido en el empobrecimiento de los países en vías de desarrollo gracias a su carácter funcional al proceso de drenaje de sus recursos hacia las economías desarrolladas.

Y, finalmente, también se anuncian los intentos de recuperación del hasta ahora denostado papel del Estado en las economías. El desmantelamiento de su papel en los procesos productivos como consecuencia de la privatización de todas o casi todas las empresa públicas; el debilitamiento de su capacidad reguladora por la vía de su renuncia explícita a la misma y la transferencia de esa función hacia los mercados de los que se esperaba que acabarían imponiendo un orden natural y eficiente; o la jibarización de los Estados de Bienestar y, con ello, la disminución de su capacidad redistribuidora son tendencias que, al menos ahora, son tímidamente puestas en entredicho.

Sin embargo, nuevamente prima la retórica sobre la realidad de lo hechos y las encendidas proclamas por retornar a posiciones pre-neoliberales, en donde el Estado tenía una participación crucial en las economías, van menguando en su intensidad conforme la crisis se apacigua en su dimensión financiera a pesar de la persistencia de su gravedad en sus dimensiones productiva y laboral.

Estos tres ejemplos constituyen una buena muestra de hasta qué punto las políticas frente a la crisis la están tratando como si ésta tuviera una dimensión meramente coyuntural en un marco de normalidad estructural que no es el actual.

Políticas para la coyuntura en tiempos de crisis de la estructura

Lo que entendemos que ocurre es, precisamente, que estamos perdiendo de vista que las distintas fases de cambio profundo por las que ha pasado el sistema capitalista –y que, además, se caracterizaban porque se producía simultáneamente un cambio en la potencia hegemónica que lo lideraba-, se han producido bajo la forma de crisis estructurales.

Pero, además, no debemos tampoco olvidar que esas crisis dieron lugar a cambios de paradigma en la teoría económica y, consiguientemente, en la política económica. Sólo cuando se percibía que el capitalismo había entrado una nueva fase y se reformulaba todo el marco cognitivo que permitía entenderlo y gestionarlo se podía comenzar a articular una política económica acorde a los nuevos tiempos.

Sin embargo, en estos momentos sigue sin percibirse que los tiempos han cambiado, que la geopolítica y la geoeconomía del capitalismo del siglo XXI es muy diferente a la de la segunda mitad del siglo XX y que ello requiere, en consecuencia, de una reformulación absoluta del marco teórico y de las propuestas de política económica al respecto.

La respuesta que se está dando es, por el contrario, el retorno al paradigma teórico que permitió la salida de la gran crisis del siglo XX, la de 1929. Se ha tratado así de resucitar forzadamente el keynesianismo -aunque en una dimensión conservadora que no duda en recurrir al gasto público para ayudar al sector financiero pero que pone en cuestión el uso de recursos para el mantenimiento de rentas de los desempleados o su reincorporación a la producción-, como si el mundo siguiera siendo el de los años cincuenta o sesenta del siglo pasado.

Se obvian, de esa manera, todos los cambios estructurales producidos en el capitalismo desde el último cuarto del siglo XX y las consecuencias que los mismos tienen sobre la viabilidad y efectividad de las políticas keynesianas, diseñadas para un mundo mucho menos volátil.

Es por ello que el retorno al keynesianismo como paradigma teórico desde el que se diseñan las políticas económicas para este período de crisis y para los tiempos que deban seguirla debería comenzar, precisamente, por hacer que las relaciones económicas nacionales y mundiales se acomoden a las existentes cuando Keynes y los keynesianos elaboraron su teoría, si es que tal cosa es posible.

Nada de ello se vislumbra en el horizonte. No es ya que no exista conciencia de que el capitalismo está llegando a sus límites y que es necesario buscar fórmulas alternativas de gestión de la vida social y económica en su conjunto. No es tampoco que el socialismo se haya casi borrado de la faz de la tierra acusado de inviabilidad o, en el mejor de los casos, de proyecto utópico al que es preciso renunciar en aras de un mayor realismo.

Se trata, más bien, de que la crisis se está tratando de superar con políticas anticuadas que buscan reanimar a un enfermo anciano y en fase terminal. En tanto que no seamos conscientes de esto, los tratamientos se sucederán sin éxito y el mundo se irá aproximando cada vez más a la barbarie. ¿Llegará entonces la hora del socialismo? ¿O será entonces demasiado tarde?

* Alberto Montero Soler es profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga

lunes, 28 de septiembre de 2009

el dilema del capitalismo con la "población sobrante": mercancía sin rentabilidad

INFORME DE LA ONU SOBRE EL HAMBRE

Manuel Freytas *

En medio de la euforia desatada por lo que los analistas del sistema llaman el “comienzo del fin” de la crisis recesiva internacional, la ONU advirtió el miércoles, que el hambre aumentó “significativamente” y ha batido un récord en los dos últimos años.

En un primer capítulo, en 2008, y a causa del aumento de los precios del petróleo, hubo una escalada mundial del precio de los alimentos que incrementó el proceso de hambruna que padecen habitualmente las poblaciones más desprotegidas de Asia, África y América Latina.

En un segundo capítulo, con el desarrollo de la crisis recesiva global, ese proceso se agudizó arrojando a más población desposeída a la marginalidad y a la carencia de alimentos para subsistir, aunque sólo sea a escala precaria.

Según la ONU, en el mundo ya hay más de 1.000 millones de personas que padecen hambre, la cifra más alta de la historia, y en todo el planeta hay 3.000 millones de desnutridos, lo que representa casi la mitad de la población mundial, de 6.500 millones.

Los datos fueron difundidos casi al mismo tiempo por la directora del Programa Mundial de Alimentos (PMA), Josette Sheeran, en Londres, y el relator especial de la ONU sobre el Derecho a la Alimentación, Olivier de Schutter, en un foro en México.

La directora del PMA cifró la cantidad de hambrientos, es decir, personas que no acceden ni siquiera a los requerimientos básicos de alimentación, en 1.020 millones, y advirtió que el flujo de ayuda humanitaria está en “un mínimo histórico”.

Para Sheeran: “Este año tenemos más personas hambrientas que nunca” y remarcó que “muchos se despiertan y no cuentan ni con una taza de comida”.

“El problema con la crisis alimentaria y la crisis financiera es que se han permeado silenciosamente en todo el mundo, afectando selectivamente a los miles de millones que se encuentran en el fondo del mundo (en términos de pobreza), que son los más vulnerables”, dijo Sheeran a Reuters en una entrevista.

De acuerdo con la funcionaria responsable del organismo humanitario de la ONU, esa situación es una “receta para el desastre” y resulta “crítica para la paz, seguridad y estabilidad en muchos lugares del mundo”.

Además, Sheeran avisó de que el PMA afronta “un grave déficit presupuestario”, pues este año sólo recibió 2.600 millones de dólares de un total de 6.700 millones de dólares necesarios para dar de comer a 108 millones de personas en 74 países. Sobre el terreno, esa falta de fondos se traduce en el recorte de programas que se desarrollan en distintos países.

Hay que aclarar, a modo de ejemplo más esclarecedor, que los 6.700 millones de dólares del programa para “combatir el hambre mundial”, equivalen solamente a un 10% de la fortuna personal de Bill Gates, el hombre que encabeza la lista de millonarios a escala global.

La directora del PMA remarcó que, con “menos del 1%” de las inyecciones económicas que han hecho los gobiernos para salvar al sistema financiero global, se podría resolver la calamidad de millones de personas que son víctimas de la hambruna.

Las fábricas del hambre

Dentro del mercado y de la sociedad de consumo capitalista, la lógica de producción no se mide por la satisfacción de las necesidades básicas de la sociedad (comida, vivienda salud, educación etc.) sino por los parámetros de optimización de la rentabilidad privada.

La producción de bienes y servicios (esenciales para la supervivencia) controlada por el capitalismo está socializada, pero su utilización está privatizada: No responde a fines sociales de distribución equitativa de la riqueza producida por el trabajo social, sino a objetivos de búsqueda de rentabilidad capitalista privada.

En este marco, y fuera de la orbita del control estatal de los gobiernos, los recursos esenciales para la supervivencia están supeditados a la lógica de rentabilidad capitalista de un puñado de corporaciones trasnacionales (con capacidad informática, financiera y tecnológica) que los controlan a nivel global, y con protección militar–nuclear de EEUU y las superpotencias.

En ese escenario, la producción y comercialización de alimentos no está supeditada a la lógica del “bien social”, sino a la más cruda lógica de la rentabilidad capitalista.

Según la FAO, diez corporaciones trasnacionales controlan actualmente el 80% del comercio mundial de los alimentos básicos, y similar número de megaempresas controlan el mercado internacional del petróleo, de cuyo impulso especulativo se nutre el proceso de subida de los alimentos, causal de la hambruna que ya se extiende por todo el planeta.

Detrás de este fabuloso negocio con los recursos esenciales para la supervivencia humana, se encuentran los principales bancos y grupos financieros de Wall Street, que juegan un rol determinante en la especulación que se ejerce en los mercados energéticos y de materias primas y que impulsan la actual escalada de los precios de los alimentos.

Entre los primeros pulpos trasnacionales de la alimentación, se encuentran la empresa suiza Nestlé SA., la francesa Groupe Danone SA y la Monsanto Co., que lideran mundialmente la comercialización de alimentos y que, además de controlar la comercialización y las fuentes de producción, poseen todos los derechos a escala global sobre semillas e insumos agrícolas.

Los niveles de producción no se realizan atendiendo a las necesidades humanas de la población, sino atendiendo a las necesidades del mercado y de la ganancia capitalista.

Despojados de su condición de “bien social” de supervivencia, esos recursos se convierten en mercancía capitalista con un valor fijado por la especulación en el mercado, y los precios no se fijan sólo por la demanda del consumo masivo, sino básicamente por la demanda especulativa en los mercados financieros y agro–energéticos.

Y los gobiernos, al no tener poder de gerencia sobre sus recursos agroenergéticos se convierten en títeres de las corporaciones que los controlan y que se apoderan de la renta producida por el trabajo social de esos países.

Y como el capitalismo trasnacional (las corporaciones que controlan el petróleo y los alimentos) sólo produce para quien tiene capacidad de comprar esos productos, la falta de poder adquisitivo de las mayorías empobrecidas del planeta, lleva su vez a que las corporaciones reduzcan la producción para achicar costos y preservar la rentabilidad vendiendo menos pero más caro.

El mundo atraviesa por una sobredemanda de alimentos y de petróleo que, a su vez, reproduce la rentabilidad de los grupos que hegemonizan el poder sobre la producción y comercialización, y sobre los mercados de la especulación financiera de las materias primas.

De esta manera, a los pulpos petroleros y alimentarios no les interesa producir más, sino ganar más produciendo lo mismo con rebaja de costos de personal e infraestructura.

Y por más apelaciones que hagan las instituciones “asistencialistas” del sistema capitalista como la ONU y la FAO (que suceden a la caridad religiosa) las corporaciones transnacionales establecen su dinámica productiva a partir de la relación costo–beneficio.

Esto es, y atendiendo a la lógica esencial que guía el desarrollo histórico del capitalismo, sólo producen atendiendo a la ley de la rentabilidad, a la ley del beneficio privado, y no a la lógica del beneficio social.

Por lo tanto, no hay “crisis alimentaria” (como sostienen la FAO, la ONU, el Banco Mundial y las organizaciones del capitalismo como el G–8) sino un incremento de la hambruna mundial por la especulación financiera y la búsqueda de rentabilidad capitalista con el precio del petróleo y los alimentos.

El control de las fuentes, de la producción, de la comercialización internacional y de la masa de recursos financieros emergentes por las corporaciones trasnacionales, vuelven impotentes a los gobiernos dependientes (sin poder de gerencia sobre esos recursos) para resolver los problemas de la hambruna que aquejan a sus pueblos.

Por otra parte, los fondos que destinan la ONU, el Banco Mundial y demás organizaciones del capitalismo trasnacional, son mendrugos comparados con la ganancias multimillonarias de los pulpos petroleros y de la alimentación y el crecimiento de las fortunas personales de sus directivos y accionistas.

El dilema con la “población sobrante”

En este escenario, y dentro de los parámetros funcionales del sistema capitalista (establecido como “civilización única”) la “población sobrante” (los desposeídos y famélicos de la tierra) son las masas expulsadas del circuito del consumo como emergente de la dinámica de concentración de riqueza en pocas manos.

Estas masas desposeídas, que se multiplican por las periferias de Asia, África y América Latina, no reúnen los estándares del consumo básico (supervivencia mínima) que requiere la estructura funcional del sistema para generar rentabilidad y nuevos ciclos de concentración de activos empresariales y fortunas personales.

Pero de esta cuestión estratégica, vital para la comprensión de la crisis global y de su impacto social masivo en el planeta, la prensa internacional no se ocupa. Los medios locales e internacionales están ocupados en dilucidar cómo la crisis produce la disminución de las fortunas de los ricos y la pérdida de rentabilidad de las empresas.

Tanto el “milagro asiático” como el “milagro latinoamericano” (del crecimiento económico sin reparto social) se construyeron con mano de obra esclava y con salarios en negro. Esto lleva a que, al caerse el “modelo” por efecto de la crisis recesiva global, el grueso de la crisis social emergente con despidos laborales en masa se vuelque en esas regiones.

Además, esas masas expulsadas del circuito del consumo, requieren (para darle una pantalla “compasiva” al sistema) de una estructura “asistencialista” compuesta por la ONU y las organizaciones internacionales que representan una carga y un “pasivo indeseable” en los balances de gobiernos y empresas trasnacionales a escala global.

Durante las crisis (como la que hoy vive el sistema capitalista) las empresas y bancos preservan sus rentabilidad “achicando costos”.

Y las primeras víctimas, las variables de ajuste, son las masas asalariadas y los sectores más vulnerables de la sociedad que pagan la crisis de los ricos con despidos y reducción de sus salarios, mientras que los sectores más desprotegidos sufren el impacto directo de los recortes de los planes sociales y de ayuda a la pobreza de los gobiernos.

Quien trate de quitarles el control de los recursos esenciales a las empresas y bancos trasnacionales, antes deberá derrotar al poder militar nuclear de EEUU y de las potencias aliadas de la Unión Europea, gendarmes y reaseguros políticos de las corporaciones capitalistas que han convertido el planeta en una economía de enclave al servicio de la rentabilidad privada.

Dentro de esta ecuación (de un sistema de producción mundial sólo orientado a la búsqueda de rentabilidad) se desarrollan dos efectos inversamente proporcionales: Un crecimiento récord de las fortunas personales y de los activos empresariales capitalistas, y un crecimiento récord (como consigna la ONU) de los pobres y hambrientos que ya alcanzan la mitad de la población mundial.

En el desenlace de este proceso (de concentración de riqueza con “población sobrante”) se incuban las bases y el detonante de un “Apocalipsis social” que el sistema y sus analistas todavía no registran ni prestan atención.

Es un dilema que no figura en ningún debate ni discusión internacional, sencillamente, porque el pobre, el hambriento, no es mercancía rentable, está fuera del circuito del consumo y no genera dividendos.

Y el desenlace, no es profético sino matemático: ¿Qué va a pasar cuando la mitad de la humanidad que no come avance sobre sus verdugos?

La plaga del hambre que ya se extiende como una epidemia por las áreas empobrecidas del planeta genera las condiciones para un “Apocalipsis social”.

Casi la mitad de la población del planeta –según la ONU– sobrevive en estado de pobreza o por debajo de la escala de supervivencia, sin satisfacer sus necesidades básicas de alimentación.

No hace falta mucha imaginación (el fenómeno ya se verifica en la realidad) para mensurar el factor apocalíptico masivo que representaría para el sistema el avance de ejércitos de hambrientos buscando comida para sobrevivir en las grandes urbes, enfrentándose con la violencia a la represión militar o policial.

¿Qué puede detener a un hambriento? ¿Qué puede perder un hambriento más allá de su vida que ya casi ni la tiene? Se trata del instinto de conservación, el primer sistema de señales que guía la conducta de un ser humano o de un animal en situaciones extremas de lucha por la supervivencia.

¿Acaso se utilizarían tanques, aviones y arsenales nucleares para detener a los miles de millones de pobres atacados de “hambre celular” que se abalanzarían masivamente sobre las ciudades para conseguir alimentos por los medios que fuesen?

¿Con qué discurso los políticos del sistema podrían contener a los atacados de incontinencia alimentaria y reencauzarlos por la senda de la “civilización” y de la “gobernabilidad democrática” capitalista?

¿Cuánta propiedad privada concentraría un “empresario” capitalista antes de que las multitudes de hambrientos saqueen su casa y destruyan todo lo que encuentran a su paso, incluso su vida y la de su familia?

¿Cuántas balas o misiles alcanzarían a disparar las tropas militares antes de ser destrozadas por las multitudes enfurecidas por el hambre y la reacción instintiva de la búsqueda de supervivencia a cualquier precio?

No se trata de una revolución racional y planificada por la toma del poder político, se trata de la “barbarie” en su escala primitiva, una regresión al hombre prehistórico, sin ningún molde de “civilización” o de “convención social” que lo contenga en su búsqueda de alimentos para sobrevivir en la inmediatez.

Se trata, en última instancia, de una reacción inconmensurable de la masa de “población sobrante”, que el estúpido, irracional y criminal sistema capitalista todavía no registra.

* http://www.socialismo-o-barbarie.org/economia/090920_i_informeonusobrehambre.htm

domingo, 20 de septiembre de 2009

socialismo para estados unidos

Joseph E. Stiglitz*

Si bien los políticos hablan de su compromiso con la reforma normativa para prevenir una recurrencia de la crisis, esta es un área donde lo importante realmente está en los detalles, y los bancos harán uso de toda la fuerza que les resta para asegurarse de tener un amplio margen de maniobra para seguir actuando como en el pasado.

El viejo sistema funcionaba bien para los bancos (si bien no para sus accionistas), así es que ¿por qué tendrían que apoyar el cambio? De hecho, las iniciativas por rescatarlos dedicaron tan poco esfuerzo a pensar en cómo ha de ser el tipo de sistema financiero poscrisis que queremos, que terminaremos teniendo un sistema bancario menos competitivo, en que los grandes bancos que eran demasiado grandes como para caer se volverán todavía más grandes.

Por largo tiempo se ha reconocido que los bancos estadounidenses que eran demasiado grandes como para caer también eran demasiado grandes como para poder ser administrados, y esa es una de las razones de que el desempeño de varios de ellos haya sido tan deslucido. Cuando fracasan, el gobierno diseña una reestructuración financiera y proporciona seguros para los depósitos, ganando voz y voto en su futuro. Las autoridades saben que, si esperan demasiado, es probable que los bancos zombie o cuasi zombies —con poco o ningún valor neto, pero a los que se trata como si fueran instituciones viables— “apostarán a la resurrección”. Si hacen grandes apuestas y ganan, se irán con las ganancias; si pierden, el gobierno tendrá que hacerse cargo.

Esto no sólo es teoría; es una lección que aprendimos, a un gran costo, durante la crisis de las Cajas de Ahorro de los años 80. Cuando la máquina expendedora de dinero dice “fondos insuficientes”, el gobierno no quiere que esto signifique que el banco, en lugar de la cuenta de la persona, está sin dinero, así que interviene antes de que la bandeja se vacíe. En una reestructuración financiera, por lo general los accionistas quedan fuera de la mesa, y los tenedores de bonos se convierten en los nuevos accionistas. Algunas veces, el gobierno debe proporcionar fondos adicionales, o un nuevo inversionista debe estar dispuesto a hacerse cargo del banco fallido.

Sin embargo, la administración Obama ha introducido un nuevo concepto: “Demasiado grande como para ser reestructurado financieramente”, bajo el argumento de que sería un desastre si intentáramos aplicar las reglas habituales a estos grandes bancos. Los mercados entrarían en pánico. Así es que no sólo no podemos tocar a los tenedores de bonos, sino que ni siquiera podemos afectar a los accionistas, incluso si el valor actual de la mayoría de las acciones no hace más que reflejar una apuesta sobre un rescate del gobierno.

Creo que este juicio es erróneo. Pienso que la administración Obama ha sucumbido a la presión política y al amedrentamiento de los grandes bancos. Como resultado, la administración ha confundido rescatar a los banqueros y sus accionistas con rescatar los bancos.

La reestructuración da a los bancos la oportunidad de comenzar de nuevo: los nuevos potenciales inversionistas (ya sea tenedores de capital patrimonial o de instrumentos de deuda) tendrán más confianza, otros bancos estarán más dispuestos a prestarles, y ellos estarán más dispuestos a prestar a otros. Los tenedores de bonos se beneficiarán de una reestructuración ordenada, y si el valor de los activos es realmente mayor a lo que cree el mercado (y los analistas externos), terminarán por cosechar las ganancias.

No obstante, lo que está claro es que los costos actuales y futuros de la estrategia de Obama son muy altos, y que hasta ahora no han logrado su limitado objetivo de hacer que los bancos vuelvan a prestar. El contribuyente ha tenido que aportar miles de millones y ha dado miles de millones más en garantías, y lo más probable es que el momento de pagar la factura llegue en el futuro.

Reescribir las reglas de la economía de mercado —de un modo que ha beneficiado a quienes han causado tanto sufrimiento a toda la economía global— es peor que financieramente costoso. La mayoría de los estadounidenses lo ven como algo obscenamente injusto, en especial después de ver cómo los bancos desviaban los fondos destinados a resucitar los préstamos y los usaban para pagar bonificaciones y dividendos exagerados. Quebrar el contrato social es algo que no se debe hacer a la ligera.

Sin embargo, este nuevo sucedáneo del capitalismo, en que las pérdidas se socializan y las utilidades se privatizan, está condenado al fracaso. Los incentivos se distorsionan y no hay disciplina de mercado. Los bancos “demasiado grandes como para ser reestructurados” saben que pueden apostar con impunidad y, con una Reserva Federal que pone los fondos a su disposición a tipos cercanos a cero, tienen amplios recursos para hacerlo.

Algunos han llamado a este nuevo régimen “socialismo con características estadounidenses”. No obstante, al socialismo le preocupan las personas comunes y corrientes, mientras que Estados Unidos ha dado poca ayuda a los millones de estadounidenses que están perdiendo sus casas. Los trabajadores que pierden sus empleos reciben sólo 39 semanas de beneficios de desempleo limitados, y después quedan a su suerte. Y, cuando pierden sus empleos, también pierden su seguro de salud.

Estados Unidos ha ampliado su red de seguridad para las corporaciones de una manera sin precedentes, desde los bancos comerciales a los bancos de inversión, luego a los seguros y tras ellos a la industria automotriz, sin que esté a la vista dónde se detendrá. En realidad, esto no es socialismo, sino la ampliación de una prolongada política de Estado de bienestar para las corporaciones. Los ricos y los poderosos recurren al gobierno para que los ayude siempre que pueden, mientras que las personas en situación de necesidad reciben poca protección social.

Tenemos que fragmentar los bancos “demasiado grandes como para caer”; no hay evidencias de que estos mastodontes conlleven beneficios para la sociedad que sean proporcionales a los costos que han impuesto a los demás. Y, si no los dividimos, entonces tenemos que limitar severamente lo que hacen. No se les puede permitir hacer lo que hicieron en el pasado: apostar a cuenta de los demás.

Esto plantea otra pregunta acerca de los bancos “demasiado grandes como para caer” y “demasiado grandes como para reestructurarlos” de Estados Unidos: tienen demasiado poder político. Sus estrategias de influencia funcionaron bien, primero para desregular y después para hacer que los contribuyentes pagaran la limpieza. Ahora esperan que, una vez más, les funcione el truco para quedar libres de hacer lo que les plazca, independientemente de los riesgos para los contribuyentes y la economía. No podemos permitir que eso ocurra.

* http://www2.gsb.columbia.edu/faculty/jstiglitz/index.cfm

viernes, 11 de septiembre de 2009

"lo más prudente es pedir una nueva investigación, pero la hipótesis más plausible es la del golpe de estado"

Entrevista sobre el 11-S con el profesor de filosofía del derecho en la Universidad de Barcelona José Luis Gordillo.

Salvador López Arnal*

En una nota editorial, magnífica en mi opinión, publicada en el número 110-111 de mientras tanto, informabas que en la revista The Open Chemical Physics Journal, se había publicado en abril de 2009 un artículo titulado: “Active Thermitic Material Discovered in Dust from the 9/11 World Trade Center Castastrophe” (“Material de termita activa descubierto en el polvo de la catástrofe del WTC del 11-S”). ¿Qué nuevas informaciones de interés contenía este artículo?

Básicamente, como el mismo título indica, que se han encontrado restos de un explosivo denominado “nano-thermite” en el polvo generado por el hundimiento de los edificios del World Trade Center. Más en concreto, el artículo concluye diciendo: “Basándonos en estas observaciones, llegamos a la conclusión de que las capas rojas de las esquirlas rojo/gris que hemos descubierto en el polvo generado en el WTC es material termítico activo sin reaccionar que incorpora tecnología nanotermítica y se trata de un material altamente energético, pirotécnico o explosivo.” El artículo incluye fotografías de esos restos. La “termita” es un explosivo que se utiliza para la demolición controlada de edificios. Ese hallazgo corrobora la principal tesis defendida por la asociación norteamericana “Arquitectos e ingenieros por la verdad sobre el 11-S” (que ya tiene más de 700 miembros), según la cual la forma en que se derrumbaron la Torre Norte, la Torre Sur y el Edificio nº 7 (un edificio con estructura de acero contra el que no se estrelló ningún avión y que se derrumbó a las 17’20h. en 6’60 segundos de manera totalmente simétrica), sólo pudo ocurrir como resultado de una serie de explosiones en secuencia. Richard Gage, arquitecto y presidente de dicha asociación, lo explicó con mucho detalle en una conferencia de tres horas pronunciada en el Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, el 7 de noviembre del año pasado. Tele 5 ofreció un breve pero fiel resumen de su contenido en el telediario del mediodía del día posterior (ver http://www.youtube.com/watch?v=Ngw1YWvzjgc).

¿Quién o quiénes firmaban el artículo, un trabajo que, según apuntas en tu nota, fue entregado en mano por un activista estadounidense a Biden, el vicepresidente de Estados Unidos?

La referencia del artículo es “Active Thermitic Material Discovered in Dust from the 9/11 World Trade Center”, The Open Chemical Physics Journal, 2009; 2:7-31. doi: 10.2174/1874412500902010007. Esta revista es de libre acceso, se publica online, utiliza revisores por pares (peer reviewed Journal) e incluye artículos originales sobre todas las áreas de la físico-química.

Los autores del artículo son: Niels H. Harrit, profesor del Departamento de Química de la Universidad de Copenhague; Jeffrey Farrer, profesor del Departamento de Física y Astronomía de la Brigham Young University de EE.UU; Steve Jones, físico y antiguo profesor de la universidad citada anteriormente; Kevin R. Ryan, ingeniero estadounidense y antiguo empleado de la empresa Underwriters Laboratories a la que se pidió que colaborara con la investigación oficial sobre las causas del derrumbe de las torres del WTC (Ryan fue despedido cuando denunció que esa investigación no se fundamentaba en datos contrastados); Frank M. Legge, químico empleado en la empresa australiana Logical Systems Consulting; Daniel Farnsworth, profesor del Departamento de Física y Astronomía de la Brigham Young University; Gregg Roberts, psicólogo y colaborador de “Arquitectos e Ingenieros por la verdad sobre el 11-S”; James R. Gourley, ingeniero químico y colaborador del International Center for 9/11 Studies de Dallas; y Bradley R. Larsen, colaborador de “científicos por la verdad y por la justicia sobre el 11-S(ver www.911truth.org).

El artículo fue entregado efectivamente a Joseph Biden por activistas del grupo We Are Change (Somos el cambio). El mismo grupo repitió la misma operación con varios congresistas norteamericanos hacia mediados de julio. Existe una grabación de la acción muy divertida que se puede encontrar en la web de “investigar11-S” (www.investigar11s.org/). Los activistas de We Are Change persiguen por los pasillos del Congreso a todos los congresistas que encuentran y les entregan una copia del artículo de manera muy educada. En España, activistas de “investigar11-S” se fueron a la redacción de El País y entregaron una nota de prensa, con registro de entrada, en la que se informaba que Niels H. Harrit pronunciaría una conferencia sobre el contenido del artículo el 21 de julio pasado en el Ateneo de Madrid. Si el diario más leído de España no ha dicho ni una sola palabra sobre dicha conferencia o sobre el artículo, está claro que no ha sido por ignorancia, sino por decisión de sus jefes de redacción.

¿Cómo hay que interpretar que el director del equipo científico investigador trabaje en una Universidad danesa?

No hay que darle un significado especial. Como sabes, los científicos se relacionan entre sí a nivel internacional. A Niels H. Harrit, como buen científico, lo que le interesa es la verdad sobre el 11-S. Harrit explicó por televisión (ver: http://www.youtube.com/watch?v=pgcvZQcMSdM) que cuando vio el hundimiento del Edificio nº 7 (un hecho que el informe de la Comisión ni siquiera menciona) se quedó boquiabierto y pensó que el 11 de septiembre de 2001 habían sucedido cosas muy extrañas en EE.UU que convenía estudiar. A Harrit le sucedió lo que a muchos otros a lo largo y ancho del mundo: que a poco de interesarse por la cuestión, descubren que la versión oficial es una tomadura de pelo del tamaño de la Catedral de Burgos. Eso sí: hay que meterse en el asunto, leer, estudiar y buscar información por canales alternativos. Una vez que lo has hecho es muy fácil, por cierto, saber quién se ha metido en el asunto y quién no: basta con preguntar cuántos edificios del WTC se hundieron el 11-S en cuestión de segundos. Si la respuesta es “las Torres Gemelas”, ya sabes que se trata de alguien que del 11-S no sabe casi nada.

¿Ha habido hasta la fecha alguna reacción de la nueva administración usamericana ante estas nuevas investigaciones?

Ninguna que yo sepa. Para el gobierno de EE.UU el 11-S es tabú, no se habla ni se discute sobre él. Obama ha dado por buena y ha repetido como un loro la versión sobre su autoría difundida por Bush, Cheney, Rumsfeld y compañía tres días después de los atentados, ¡cómo si en tres días fuera posible investigar en serio unos atentados de esa magnitud! La versión oficial del 11-S es cuestión de fe (en última instancia, de fe en el poder norteamericano), no de raciocinio. En nombre del 11-S se han justificado guerras, como la de Iraq, en las que están en juego grandes intereses que tienen que ver, directa o indirectamente, con el aprovisionamiento energético de las sociedades occidentales. Si dudas sobre la versión oficial del 11-S estás cuestionando también la guerra de Afganistán y, más en general, la penetración occidental en Asia Central que tiene como objetivo prioritario controlar las reservas y las rutas de transporte del petróleo y el gas del Mar Caspio. Y recuerda que la era del petróleo abundante y barato está dando sus últimas boqueadas.

Señalas en tu nota que el resultado de la investigación “supone una bofetada monumental al informe del gubernamental NIST (Instituto Nacional sobre Estándares y Tecnología) que atribuyó el hundimiento de las tres torres del WTC al efecto combinado del impacto de los aviones y los incendios consiguientes”. ¿Por qué? ¿Quieres decir con ello que lo que se nos ha contado una y mil veces oficialmente en mentira, una mentira diseñada con todo detalle y con malévola intención?

Hay muchos elementos para pensar que así es. El NIST -una institución cuyos directivos son designados por el gobierno- afirmó que el impacto de los aviones provocó un incendio pavoroso que fundió y/o debilitó las vigas de acero de los pisos afectados por el choque, provocando después un derrumbe en cadena de los pisos inferiores. Pero ni antes ni después del 11-S se han hundido edificios con estructura de acero como consecuencia de un incendio en unos pocos segundos, de forma perpendicular, simétrica y sobre sus propios cimientos (la Torre Norte y la Torre Sur se hundieron en 10 segundos, el Edificio 7 en 6’60 segundos como ya se ha dicho). La increíble afirmación del gubernamental NIST llamó la atención, para decirlo de forma suave, de científicos de varios países. Lo cual es bastante lógico, porque si fuese cierto que un edificio con un esqueleto de vigas de acero puede colapsar en cuestión de segundos a causa de un incendio, las empresas que se dedican a la demolición controlada de edificios deberían echar el cierre y los arquitectos e ingenieros de todo el mundo deberían celebrar un congreso internacional para revisar las reglas de construcción de rascacielos, algo que no ha sucedido que yo sepa.

La mala intención fue notoria cuando la Administración Bush intentó convencer al mundo de que Sadam Husein era uno de los conspiradores del 11-S. Hay un video en youtube (titulado: “bush wmd lies”) que denuncia de forma magistral las mentiras de la guerra de Iraq, incluidas las que hacían referencia a Al Qaeda. Para la propaganda bélica occidental, el 11-S, el 7-J, el 11-M y otros atentados similares –con independencia de su real o supuesta autoría- se han convertido en “atentados multiusos” que igual sirven para un fregado que para un barrido; igual sirven para justificar la invasión de Iraq que el envío de más soldados a Afganistán; igual para justificar la aprobación de un montón de nuevas leyes antiterroristas que una tanda de bombardeos en Somalia. Después de los atentados de Nueva York y Washington, el gobierno estadounidense hizo pública una lista en la que se nombraban decenas de organizaciones “terroristas” muy bien repartidas por el mundo. A continuación, Bush y sus cómplices dijeron que esas organizaciones eran los objetivos a abatir en la “guerra contra el terrorismo”. El problema era que el 99’9% de ellas no tenía nada que ver con el 11-S: ni ETA, ni el Partido Comunista de las Filipinas, ni los paramilitares colombianos, ni los lealistas irlandeses, ni Sendero Luminoso, ni Hamas, ni Hezbolá, para citar sólo algunas que se mencionaban en la lista, tenían relación alguna con el 11-S. Ningún gobernante europeo alzó la voz para denunciar una manipulación tan grosera y escandalosa. Todos dijeron amén. Y no sólo los gobernantes. Rodríguez Zapatero, entonces en la oposición, llegó a decir que la sociedad norteamericana había dado una lección de “patriotismo constitucional” después del 11-S. Josep Piqué, por entonces ministro de asuntos exteriores, literalmente dijo: “cualquier acción de EE.UU tendrá su justificación”. Más recientemente Obama ha dicho, con motivo del sesenta aniversario de la fundación de la OTAN, que los Estados europeos debían enviar más soldados a Afganistán porque Al Qaeda podía volver a atentar y lo haría seguramente en Europa. Eso fue, como diría Al Gore, “política del miedo” (incluso sonaba como una amenaza). Los dirigentes occidentales no tienen buena opinión sobre las poblaciones que gobiernan: piensan que son como niños atontados a quienes hay que asustar para obtener su sumisión y obediencia. Sí, los gobernantes occidentales mienten como bellacos y también lo han hecho en relación con el 11-S.

¿Hay que creer entonces la hipótesis, a la que haces también referencia, apuntada por testimonios de centenares de personas que afirmaron haber oído y/o padecidos explosiones antes y mientras se hundían los edificios? ¿Los tres rascacielos fueron destruidos mediante una demolición controlada?

No es cuestión de creencias, sino de hechos, pruebas y leyes científicas. Como dicen los arquitectos por la verdad sobre el 11-S, no hay muchas más opciones de acuerdo con las leyes de la física y las reglas de la ingeniería y de la arquitectura. Además de la investigación dirigida por Niels Harrit, existen efectivamente los testimonios de cientos de personas entrevistadas en vivo y en directo inmediatamente después de los colapsos. Uno de ellos es el de William Rodríguez, un portero de la Torres Gemelas que padeció –y no sólo escuchó- una explosión en los sótanos de la Torre Norte momentos antes de que se estrellara el primer avión. Un compañero suyo, llamado Felipe David, resultó gravemente herido, con quemaduras en su cara y en sus brazos. Rodríguez ayudó después a salir del edificio a decenas de personas. Fue recibido por Bush en la Casa Blanca y alcanzó cierta notoriedad porque los medios le bautizaron como uno de los “héroes del 11-S”. Fue llamado a declarar ante la Comisión y explicó lo de la explosión en los sótanos previa al impacto del primer avión. Mientras la declaración de otros testimonios fue televisada, la suya fue a puerta cerrada. En el Informe final, su testimonio y su nombre no aparecen por ninguna parte.

Pero hay más datos que apuntan en la misma dirección: en un documental muy interesante de Massimo Mazzucco, titulado Engaño global, se pueden ver el hundimiento de las Torres Gemelas a cámara lenta (ver: http://www.nodo50.org/rebeldemule/foro/viewtopic.php?f=4&t=5244). En esas imágenes se ven claramente estelas del humo horizontales procedentes de explosiones. A esto hay que añadir los charcos enormes de metal fundido que se formaron en los cimientos tras los derrumbes. Ante la estupefacción general, semanas después del 11-S todavía persistían esos charcos con el metal al rojo vivo. El físico Steve E. Jones, mencionado más arriba, se planteó la cuestión en su artículo “¿Por qué se derrumbaron realmente los edificios del WTC?”, que se puede consultar en la web www.journalof911studies.com, donde ya se apuntaba que la respuesta más probable a ese fenómeno tenía que ver con el uso de la termita, un explosivo que permite cortar y fundir fácilmente el acero.

¿Una conjetura así no olvida los otros aviones y las otras explosiones, algunas de ellas no exitosas desde el punto de vista de su aparente finalidad?

No, porque lo uno no es incompatible con lo otro. Dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas y provocaron daños graves, así como unos incendios que al cabo de quince minutos ya emitían humo grisáceo, lo que era indicativo de que al fuego le faltaba oxígeno y por tanto que no eran unos incendios pavorosos. Con todo lo terribles que pudieron ser para quienes se vieron atrapados en ellos, no fueron unos grandes incendios que consiguieran fundir los cientos de vigas de acero.

El avión del Pentágono resultó ser un avión muy extraño: no dejó rastros visibles de su existencia después de chocar contra la fachada del edificio más vigilado del mundo. En la primera versión oficial que se dio del incidente se dijo literalmentee que el avión se había evaporado o “gasificado”. Había 86 cámaras de video que filmaron la escena del impacto, pero esas filmaciones fueron requisadas por el FBI inmediatamente después del ataque. En 2006, el Pentágono accedió a hacer públicas algunas imágenes de vídeo para intentar acallar la polémica. Pero éstas tuvieron el efecto contrario, ya que en esas imágenes (que, repito, son las imágenes “oficiales”, dadas por buenas por el gobierno de Bush) no se ve por ningún lado un Boeing 757, que es un armatoste considerable. Únicamente se ve una explosión, pero no lo que la provoca.

El avión de Pensilvania dejó restos en un radio de 15 kilómetros, lo que sugiere que estalló a gran altura y no que se estrelló contra el suelo. Y aún hay más cosas de una larga lista de temas muy poco claros: el mismo FBI, por ejemplo, ha reconocido que en 2001 no se había comercializado todavía la tecnología que hubiera permitido hacer o recibir llamadas con teléfonos móviles desde los aviones de pasajeros cuando éstos estaban volando.

Cuando uno cuenta estas cosas, siempre hay quien pregunta por el verdadero destino del avión del Pentágono o por quién o qué pudo hacer estallar el avión de Pensilvania. También yo me lo pregunto porque, la verdad, no conozco ninguna versión alternativa a la oficial completa, redonda y creíble que dé razón de todo lo ocurrido el 11-S. Pero sí conozco muchos asuntos oscuros de ese acontecimiento que merecerían ser investigados a fondo por periodistas que sean críticos y no acepten una versión oficial tan poco verosímil. Les animo a hacerlo. Después de todo, se supone que eso forma parte de su trabajo.

¿Hay que desechar entonces a Al Qaeda, una organización que se movía en la clandestinidad en el país más vigilado del mundo, según tú mismo recuerdas, como autora del atentado?


No necesariamente, pero conviene reflexionar sobre lo que sabemos de Al Qaeda y Osama Bin Laden. Sabemos que Al Qaeda fue fundada por la CIA al final de la invasión soviética de Afganistán. Como es notorio, la guerra contó con abundante apoyo financiero y militar de Estados Unidos y Arabia Saudí con el reclutamiento de miles de voluntarios islámicos, con fuerte presencia de egipcios, saudíes, pakistaníes y yemeníes (como el propio Bin Landen, hijo de un multimillonario constructor saudita de origen yemení) y el apoyo logístico de Pakistán. Algunos miembros de Al Qaeda reaparecieron en la guerra de los Balcanes contratados por la compañía privada de seguridad MPRI (Military Profesional Resources Incorporated), que es una empresa subcontratista del Pentágono. Por el testimonio de Michael Springman, empleado del cuerpo diplomático de EE.UU, sabemos que muchos de los secuestradores suicidas entraron en EE.UU gracias a unas visas expedidas por la oficina consular estadounidense de Jeddah, en Arabia Saudí, gracias a un plan organizado por la CIA que Springman denomina “visados para terroristas”. Springman es un testigo muy importante porque cuando eso ocurría él estaba trabajando en el consulado de Jeddah. Sabemos que el FBI dice que no tiene pruebas para inculpar a Osama Bin Laden, antiguo colaborador de la CIA, como responsable del 11-S y que por eso no lo acusa en su página web (ver: www.fbi.gov/wanted/terrorists/terbinladen.htm) de ser responsable de esos atentados, pero sí en cambio de los de Kenia y Tanzania de 1998, pues sobre esos atentados sí dispone de pruebas.

Es posible que Bin Laden y personas vinculadas a Al Qaeda tuvieron algo que ver con el 11-S, pero no sabemos en calidad de qué. Pudo ser en calidad de tontos útiles, de figurantes o de chivos expiatorios. En Madrid he visto pintadas que dicen “Al Qaeda=CIA”. ¿Nos atrevemos a pensar sobre ello? Por lo demás, la Al Qaeda de la que hablan los medios de comunicación es una cosa muy rara. De entrada posee el don de la ubicuidad, como el dios de los católicos. Si nos hemos de creer todo lo que dicen los medios, Al Qaeda está en todas partes: en Afganistán, en Iraq, en Indonesia, en las islas Filipinas, en Balí, en Argelia, en Marruecos, en Somalia, en la China, en Pakistán, en Arabia Saudí, en Líbano, en EE.UU., en Barcelona, en Madrid, en Santa Coloma de Gramenet … Para los medios de comunicación occidentales, todo grupo islámico que practica la violencia política es Al Qaeda, está relacionado con Al Qaeda o hay alguien de ese grupo que tiene un primo que conoce a uno que es de Al Qaeda. Por cierto, si alguien quiere videos de Al Qaeda puede entrar en la página web de la empresa “IntelCenter” (www.intelcenter.com/audio-video/index.html) y comprarlos a un precio asequible.

Los historiadores del futuro, cuando analicen la política occidental de la primera década del siglo XXI, señalas en tu nota, deberán optar como mínimo entre tres líneas de interpretación. ¿Qué líneas interpretativas son esas? ¿Por qué como mínimo? ¿Tienes en mente alguna más o es simple precaución intelectual?

Es precaución intelectual, como muy bien dices, pero también recurso retórico, para dar perspectiva al lector, y un poco de ironía amarga, sobre todo lo de “los historiadores de dentro de 50 años”: dado el conformismo generalizado, la verdad sobre 11-S es probable que se conozca en un tiempo superior al que hemos tardado en saber que no hubo “incidente de Tonkin”, el hecho que fue invocado para justificar el envío masivo de tropas norteamericanas a la guerra de Vietnam. Lo de las tres líneas de interpretación es otra manera de hablar de la versión de los gobiernos (todo se explica como una reacción al 11-S, siendo éste un ataque externo), la percepción mayoritaria que tiene ahora la opinión pública europea (reacción al 11-S como ataque externo más aplicación de una agenda política decidida con anterioridad) y el 11-S como acto decisivo de un plan golpista, como ha defendido con mucho coraje el movimiento norteamericano por la verdad sobre el 11-S y es convicción muy extendida en los países musulmanes, en Rusia y en la América Latina “bolivariana”.

¿Qué aspectos te parecen más débiles en la primera línea que propones?


El más débil es algo en lo que no pongo suficiente énfasis en la nota y debería haberlo hecho: la absoluta falta de fundamentación empírica de la afirmación de que el 11-S fue un ataque externo. La versión oficial no se sostiene en pruebas creíbles. Cinco o seis de los diecinueve secuestradores “suicidas”, por ejemplo, están vivitos y coleando, como informaron The Independent, el 17 de septiembre de 2001, The Daily Telegraph, el 23 de septiembre de 2001 y la CBS el 27 de septiembre del mismo año. Tras el ataque a Pearl Harbour, se llevaron a cabo ocho investigaciones para determinar responsabilidades. A consecuencia de ellas, dimitieron o fueron depuestos varios generales y responsables políticos. Respecto al 11-S, sólo ha habido una investigación que, si se caracteriza por algo, es por sus muchas omisiones y por los muchos misterios que deja sin resolver. De ella han renegado hasta sus principales responsables: Thomas Kean y Lee Hamilton, presidente y vicepresidente de la Comisión del 11-S. Estos dos políticos publicaron un artículo en el The New York Times, el 2 de enero de 2008, en el que acusaban a la Administración Bush de haber obstaculizado las investigaciones sobre los atentados. Si Bush y los suyos hicieron eso, entonces toda la investigación es una tomadura de pelo monumental porque no puede contestar, con datos fiables, a una de las preguntas más importantes que siempre hay que hacer en relación con el 11-S: ¿por qué durante dos horas se mostró tan ineficaz el rigidísimo sistema de protección del espacio aéreo de los EE.UU? Vale la pena recordar que si un avión entra en el espacio aéreo de EE.UU y se desvía de su ruta o desconecta el transponder -la emisora de radar que le mantiene permanentemente localizable-, en diez minutos como máximo se va a encontrar escoltado por dos cazas que tienen la potestad autónoma de pegarle un pepinazo si no obedece las órdenes de los pilotos militares. Durante el 11-S, cuatro aviones se desviaron de su ruta y apagaron los transponders pero ninguno fue interceptado. Nadie dimitió o fue destituido por ello. Es más: algunos de los principales responsables militares fueron ascendidos. Cada vez que un responsable político occidental invoca el 11-S para justificar una barbaridad, pongamos por caso enviar más soldados a la guerra de Afganistán, los parlamentarios que se tienen por personas decentes le deberían preguntar a ese responsable quién cree que llevó a cabo el 11-S y qué pruebas tiene de ello. Si el debate fuera serio y riguroso, todos los responsables políticos occidentales sudarían la gota gorda para contestar a esa y a otras muchas preguntas.

La segunda línea de interpretación, señalas, debería resolver “la escasa preocupación por la seguridad nacional que mostró el gobierno de Bush después de haber padecido una agresión tan brutal”. ¿Por qué la precaución fue tan escasa? ¿No se tomaron medidas, numerosas medidas, en ese sentido?


Si te refieres a las medidas internas, se puede pensar que fue así, pero si piensas en las decisiones referidas al ámbito internacional, la cosa no hay por donde cogerla. ¿Cómo puede ser que el día siguiente a lo que se supone fue la peor agresión padecida por EE.UU, el presidente y sus principales consejeros estuvieran discutiendo sobre los planes de ataque a Iraq sin tener una sola prueba que relacionase a este país con los atentados? Eso muestra que el gobierno de los EE.UU estaba pensando en otras cosas, no en la protección de su país, repito: ¡el día siguiente!, ¡sin haber transcurrido ni 24 horas desde los atentados!

La tercera opción, ¿no nos remite a la teoría conspirativa o conspiranoica de la historia? ¿Admitirías una adjetivación así?

No, porque la teoría conspirativa de la historia es otra cosa, al menos para quienes hemos leído a Marx: es el absurdo de presentar, por ejemplo, la transición del feudalismo al capitalismo como el resultado de un complot. Aquí estamos hablando de cosas más concretas y más limitadas en el tiempo: de decisiones adoptadas tras unos atentados que no se pudieron perpetrar sin preparación y planificación previas. Si sus autores fueron Bin Laden y los 19 suicidas, también tuvieron que prepararlos con mucha antelación. Dicho con otras palabras: sin conspiración no hay atentados del 11-S, sean quienes sean sus autores. La versión oficial es también una teoría de la conspiración. No puede ser de otra manera. En ese sentido, todos los que se la creen son también “conspiranoicos”. Lo que ocurre es que la expresión “conspiración” se usa para deslegitimar, para ridiculizar, para quitar importancia a un tema, para hacer creer que se produjeron un conjunto de actos de forma casi automática. Pero si los edificios del WTC fueron demolidos, como cabe deducir de la investigación de Harrit y sus colegas, eso sólo se pudo hacer con la complicidad de los responsables de seguridad de los edificios y, en última instancia, de las autoridades. Harrit ha declarado en la televisión danesa que se debieron necesitar varias toneladas de explosivos para destruir los edificios. En el Edificio nº7 había oficinas de la CIA. ¿Colocó Al Qaeda explosivos en las columnas de ese edificio sin que los agentes de la CIA se dieran cuenta? Si fuera así, esos agentes serían más ineptos que Mortadelo y Filemón, los famosos agentes de la TIA.

Hablas en tu nota, al dar cuenta de esta tercera opción, de “golpe de Estado” que había dado paso a un régimen político autoritario. ¿Podrías precisar esta afirmación?

Tras el 11-S se aprobó, entre otras cosas, la Patriot Act, con el voto favorable de los dos partidos. En 2006 se renovó su vigencia con el voto favorable nuevamente de los dos partidos o de las dos corrientes principales del partido único que gobierna EE.UU desde hace más de un siglo, como prefieras. Esa ley viola derechos tan fundamentales como el derecho a no ser detenido arbitrariamente por la policía o el derecho al habeas corpus. En virtud de la Patriot Act, en EE.UU cualquiera puede ser detenido y encarcelado por tiempo indefinido por decisión del gobierno, sin que se le hagan acusaciones concretas y sin que un juez pueda revisar su caso. Cuando un Estado hace eso, no hay que dudar: se está ante alguna clase de despotismo.

Tal como lo veo, las medidas legales que toma la junta de Bush tienen un “carácter preventivo”: se trataba de aprobar toda una serie de medidas con las que poder afrontar las tensiones sociales generadas por el final de la era de petróleo abundante y barato. Un autor norteamericano, Michael Ruppert, lo ha expuesto con mucha lucidez en su libro: Crossing the Rubicon: The Decline of the American Empire at the End of the Age of Oil, (Gabriola Island, Canada, New Society Publisher, 2004). Entre las medidas legales a las que aludía se encuentra la National Security Presidencial Directive 51, promulgada el 9 de mayo de 2007, en virtud de la cual el Presidente se arroga la potestad de “coordinar” la dirección de los tres poderes del Estado en caso de “emergencia catastrófica”, siendo ésta: “un incidente, sin importar su ubicación geográfica, que produzca niveles extraordinarios de desastre masivo, daño o perturbación que afecten severamente a la población de EEUU, su infraestructura, medio ambiente, economía o funciones de gobierno”. La competencia para determinar si se está o no ante un supuesto de “emergencia catastrófica” es del propio presidente. La directiva, además, tiene unos anexos secretos. Cuando el poder ejecutivo se prepara para asumir el control de los otros dos poderes del Estado, tampoco hay que dudar: se está a las puertas de una dictadura pura y dura, en el sentido más clásico de la palabra.

¿Cuál de las tres posibilidades señaladas te parece más plausible? ¿Crees que tenemos elementos de juicio suficientes en la actualidad para apostar por ella?

Lo más prudente y sensato es pedir una nueva investigación sobre el 11-S, como lo están haciendo decenas de miles de ciudadanos de Nueva York en este momento (por cierto, ¿dónde están, para apoyarles, todos aquellos que en 2001 gritaban “Todos somos americanos” dándose muchos golpes en el pecho?). Pero si me preguntas por mis intuiciones racionales (si es que se puede hablar en estos términos), desde que en 2005 escuché al profesor Mariano Marzo explicar el problema del pico del petróleo, considero la hipótesis del golpe de estado como la más plausible. Y de datos para apoyarla hay muchos. Volviendo, por ejemplo, a la pregunta que hacía más arriba sobre la protección del espacio aéreo de EE.UU. ¿Por qué no funcionó? Por el documental de Michael Moore, Fahrenheit 9/11, sabemos que Bush, el Comandante en Jefe del ejército de EE.UU, estuvo más de veinte minutos leyendo un cuento a los niños de una escuela después de que le comunicaran que un segundo avión se había estrellado contra la Torre Sur. No se levantó inmediatamente y dijo algo así como: “¡venga, vamos a defender a este país!”. Siguió leyendo un rato más, y eso que su propia vida se suponía que también estaba en peligro. El vicepresidente Cheney estuvo metido en un bunker junto a Norman Mineta, el que entonces era secretario de transporte. Por el testimonio de éste, expuesto ante la Comisión del 11-S, sabemos que Cheney se negó a interceptar el vuelo 77 que supuestamente se dirigía hacia Washington D.C, la ciudad donde se encontraba el propio Cheney. Donald Rumsfeld, el secretario de defensa, estuvo ilocalizable hasta después de que se estrellara el último avión. ¿Por qué no funcionó el sistema de protección del espacio aéreo de EE.UU.? Verde y con asas, alcarraza: porque los principales responsables políticos de ponerlo en marcha no lo pusieron en marcha, así de claro. Todo eso lo sabe mucha gente, pero hay un miedo irracional a hablar de ello y a extraer las oportunas conclusiones.

Apuntas en tu nota, por otra parte, dos problemas en la tercera interpretación: señalar los hechos y pruebas que fundamenten la afirmación de que el 11-S fue un acto criminal realizado por redes estatales y/o paraestatales y hacer frente al ambiente inquisitorial que demoniza todo cuestionamiento de la versión oficial del 11-S. ¿No son demasiados problemas para que sean superados por una posición crítica señalada con dedos, manos y órganos represivos?


Quienes seguimos la actividad de los arquitectos e ingenieros por la verdad sobre el 11-S o la de los científicos por el mismo objetivo, sentimos una gran admiración por todos ellos y estamos gratamente sorprendidos por la eficacia de su trabajo. Con todo, acepto que investigar crímenes de Estado es algo muy difícil. Nosotros todavía estamos desenterrando a los republicanos asesinados tras el golpe de estado del 18 de julio de 1936. Es posible que lo más realista sea, para el corto plazo, denunciar las mentiras sobre el 11-S para conseguir de esta manera que, al menos, dejen de invocarlo como pretexto para intentar justificar más destrucción y muerte. En cualquier caso, las familias de las víctimas del 11-S exigen simplemente la verdad y hay que apoyarles por una cuestión de principio. Ahora bien, la verdad no se impone por sí sola, necesita de agentes que la defiendan y que la den a conocer. La actividad de los científicos no es suficiente. Se necesita de un amplio movimiento sociopolítico de alcance planetario que exija aclaraciones y responsabilidades a la Administración norteamericana. Recuerda que en la Torres Gemelas murieron miles de personas de nacionalidades diferentes. Los gobiernos de cada una de ellas tienen la obligación de averiguar quiénes asesinaron a sus ciudadanos. Richard Falk, profesor de Derecho Internacional en la Universidad de Princenton y relator especial de la ONU, ha propuesto la formación de una Comisión Internacional que lleve a cabo una nueva investigación sobre el 11-S similar a la que se formó para investigar el asesinato de Rafik Hariri, el que fuera primer ministro del Líbano.

¿Por qué el artículo, el trabajo que citas en tu nota, no ha merecido, como tú mismo recuerdas, ni una sola línea en ningún gran medio de comunicación, europeo o usamericano?


Habría que preguntárselo a los responsables de esos medios de comunicación. Es posible que si pudiéramos hablar a solas con el más cínico de ellos, nos diría que las dudas sobre la autoría del 11-S son razonables, pero que no conviene hablar sobre estos asuntos porque podría afectar a la fortaleza del dólar, la moneda del comercio internacional, y que eso podría agravar la crisis económica mundial. Así que hay que apechugar con las mentiras y los muertos y confiar en que Obama vaya desactivando los aspectos más escandalosos de las políticas adoptadas tras el 11-S. Pero seguramente nos diría algo parecido si le preguntásemos sobre el carácter catastrófico de algunas de las consecuencias del 11-S, como por ejemplo las guerras de Iraq y Afganistán. Seguramente nos diría que sí, que estas guerras son una catástrofe, pero que no hay que crearle problemas a Obama porque es un tipo simpático y porque sin un papel activo de EE.UU no va a haber recuperación económica a nivel mundial. Personalmente estimo que no hay solución buena a ninguno de los grandes problemas que afronta la humanidad (el hambre, la pobreza, el desempleo, el cambio climático y la crisis ecológica, el cambio de modelo energético, la crisis financiera, la militarización del mundo, etc.) que no pase por la pérdida de poder e influencia de EE.UU y sus aliados. El 11-S ha sido la gran excusa para intentar imponer el unilateralismo de los EE.UU, pero también es el principal talón de Aquiles de ese proyecto.

El filósofo estadounidense David Ray Griffin, recuerdas tú mismo, ha sostenido que la única verdad que podemos afirmar ahora sobre el 11-S es que la versión oficial sobre su autoría es mentira. ¿Estás de acuerdo con esta consideración?


Sí, totalmente. Por eso he traducido al castellano, junto con mi amigo Toni Giménez, la lista de diálogos del documental ZERO-Investigación sobre el 11-S, en el que participan Dario Fo y Gore Vidal y que ilustra con mucho detalle esa afirmación.

Perdona, José Luis. ¿Puede darnos la referencia de esa traducción?

La versión castellana de ese documental italiano todavía no ha sido comercializada en España, así que no te puedo dar las referencias. Hicimos la traducción de la lista de diálogos gratia et amore y encargamos al servicio de audiovisuales de la Universidad de Barcelona la versión doblada al castellano. Pensamos que sería una buena contribución a la transmisión de conocimiento de la universidad a la sociedad, ese objetivo por el que tanto suspiran los rectores de nuestras universidades. Pero ZERO todavía está buscando un distribuidor en España y no lo encuentra. Hemos hablado con algunas empresas productoras y distribuidoras de documentales y nos han dicho que el tema “no encajaba en su línea” y cosas así. Hemos enviado copias a responsables de programación de cines muy conocidos de Barcelona y, salvo en un solo caso, ni siquiera nos han respondido. El documental lo ha visto un productor de programas de televisión y tampoco le ha parecido “programable” en TV. Por eso, junto con los compañeros de “Barcelona 11-S” e “investigar 11-S”, hemos organizado diversos pases gratuitos de ese documental en cines, Facultades, Escuelas de Ingenieros y centros cívicos.

Prosigue por favor. Te preguntaba por las declaraciones de David Ray Griffin.

Decía que estoy tan de acuerdo con ellas que también he aceptado formar parte de la lista de profesores que cuestionan la versión oficial del 11-S. Somos unos 400 Professors Question 9/11 (a sumar a los más de 200 militares, agentes de inteligencia o altos funcionarios; 200 pilotos y aviadores profesionales; 230 supervivientes y familiares de víctimas; 200 artistas y profesionales de los medios de comunicación; así como los 700 arquitectos e ingenieros de los que hablaba más arriba). No estoy en mala compañía: Gianni Vattimo, Francis Boyle, Richard Falk, Daniel Berrigan, Michel Chossudovsky o Jean Bricmont también están en la lista. Por ahora, soy el único profesor universitario español que aparece en ella. Como, por lo que parece, eso no está bien visto y tampoco está de moda, estoy muy orgulloso de ello.

No, no estás en mala compañía, en absoluto. ¿Y por qué crees que no se han sumado más profesores universitarios españoles a esa lista de personas críticas y razonables? Estoy pensando en muchos amigos y amigas que se adherirían con gusto y con ganas.


Me olvidaba mencionar que para estar en ella hay que haber expresado en público, en una entrevista o en un artículo por ejemplo, dudas razonadas sobre la versión oficial del 11-S. Estoy seguro que muchos amigos y conocidos nuestros harán eso cuando estén seguros de que hay buenas razones para formular esas dudas. Para lo cual hay que proporcionarles buena información. Yo lo intento hacer con los que tengo más cerca y ya he conseguido que, al menos, me tomen en serio. Vamos lentos pero seguros.

¿Qué nuevas investigaciones podían realizarse, en tu opinión, para esclarecer lo sucedido?

Los diferentes aspectos que deberían ser considerados en una investigación seria sobre el 11-S están muy bien explicados en diferentes artículos publicados en la revista electrónica Journal of 911 Studies (ver http://www.journalof911studies.com/), y a ellos me remito. Lo que sí creo que se debería hacer es divulgar los hechos, pruebas y testimonios que ya se conocen. Para lo cual se podría organizar un “Tribunal Russell” sobre el 11-S con un jurado compuesto por intelectuales y científicos de prestigio, e invitar a declarar a Niels Harrit y sus colegas, así como a todas las personas que escucharon y/o padecieron las explosiones en los edificios del WTC. Te aseguro que sólo con eso unos cuantos se pondrían muy nerviosos.

Por lo demás, señalas también que las teorías oficiales sirven para intentar justificar lo injustificable, como, por ejemplo, el envío de más soldados españoles a la guerra de Afganistán. ¿Qué petición o exigencia debería realizarse al gobierno español en este sentido? ¿Debería dejarse Afganistán en manos de los talibanes?

Al gobierno español hay que exigirle que retire las tropas españolas de Afganistán y que deje de intentar legitimar con mentiras esa desdichada aventura neocolonial. La ministra Chacón ha dicho que las tropas españolas deben estar ahí para evitar otro 11-S y otro 11-M. Con ello ha sugerido que hubo una relación entre el 11-M y Afganistán, cuando es notorio que en marzo de 2004 hacía casi tres años que ese país había sido “liberado” por las tropas de la OTAN y muchos columnistas celebraban, a bombo y platillo, la “llegada de la democracia” a ese desgraciado país. Por otra parte, los jueces de la Audiencia Nacional dijeron en su sentencia que los atentados del 11-M fueron perpetrados por un grupo local sin conexión orgánica con Al Qaeda. ¿Qué relación hay, pues, entre el 11-M y Afganistán? Ninguna, según los jueces de la Audiencia Nacional. A la ministra Chacón, por lo tanto, le está empezando a crecer la nariz como a Pinocho. Y sobre el 11-S, el gobierno español, antes de repetir el dogma de que Afganistán fue la cuna del “terrorismo internacional”, debería exigir a Obama que lleve a cabo una nueva investigación sobre el 11-S en la que, entre otras cosas, se pregunte a Bush, Cheney y Rumsfeld por qué no funcionó el sistema de protección del espacio aéreo aquel día.

En Afganistán existe una guerra civil desde hace treinta años. La intervención occidental de 2001 consistió en apoyar a un bando de esa guerra civil en contra del otro por razones puramente geoestratégicas. Si eso es una “misión humanitaria y de paz”, que baje dios y lo vea. Karzai y los “señores de la guerra” que le apoyan son igual de bestias, brutales, corruptos, fundamentalistas y misóginos que los talibanes. Los dos bandos sacan provecho del cultivo y el tráfico de opio. Como ha escrito Tariq Ali, lo mejor que se podría hacer es retirar todas las tropas de la OTAN y convocar una conferencia regional en la que estuvieran presentes todos los vecinos de Afganistán, para lograr de ellos el compromiso de no seguir armando a los grupos afganos afines a sus intereses. Sin armas no se puede continuar la guerra. Y si hicieran falta fuerzas de interposición durante un tiempo limitado, que envíen tropas países como Bolivia, Ecuador, Túnez, Siria, Cuba, Venezuela o Sudáfrica, esto es, países que no tienen ningún interés geoestratégico en Afganistán.

No es una mala idea; gracias por tus respuestas, José Luis. ¿Quieres añadir algo más? Si no fuera así, y no te pareciese un error, además de agradecer la ayuda de Joan Benach, podríamos dedicar la conversación a las víctimas del 11 de septiembre neoyorquino y a las otras víctimas de aquel 11 de septiembre de 1973 en que tanto tuvo que ver los deseos y finalidades de un imperio siempre insaciable.


Gracias a ti por la entrevista y a Joan Benach por sus comentarios a la misma. Me parece una idea fantástica lo de acabar esta conversación invocando el recuerdo de las víctimas de los dos 11 de septiembre. Al final, a lo mejor, va a resultar que tienen más cosas en común que lo que parecía hace ocho años.


* http://es.wikipedia.org/wiki/Salvador_L%C3%B3pez_Arnal