lunes, 25 de abril de 2011
¿es el mundo demasiado grande para caer?
Noam Chomsky*
Los levantamientos por la democracia en el mundo árabe han sido demostraciones espectaculares de valor, dedicación y compromiso de fuerzas populares que coincidieron, fortuitamente, con un notable levantamiento de decenas de miles de personas en apoyo a los trabajadores y la democracia en Madison, Wisconsin y otras ciudades de EE.UU. Si las trayectorias de protestas en El Cairo y Madison se cruzaron, sin embargo, iban dirigidas en direcciones opuestas: en El Cairo hacia el logro de derechos elementales negados por la dictadura, en Madison hacia la defensa de derechos que se lograron después de largas y duras luchas y que ahora sufren un duro ataque.
Cada una es un microcosmo de tendencias en la sociedad global, que siguió cursos diversos. Es seguro que lo que está ocurriendo tendrá consecuencias trascendentales tanto en el corazón industrial decadente del país más rico y poderoso de la historia del mundo, y en lo que el presidente Dwight Eisenhower llamó “el área más estupenda de poder estratégico del mundo”, “una fuente estupenda de poder estratégico” y “probablemente el premio económico más rico en el campo de la inversión extranjera”, en boca del Departamento de Estado en los años cuarenta, un premio que EE.UU. quería conservar para sí y para sus aliados en el Nuevo Orden Mundial que se revelaba en esos días.
A pesar de todos los cambios ocurridos desde entonces, hay muchos motivos para suponer que los responsables políticos de la actualidad se adhieren básicamente a la opinión del influyente consejero del presidente Franklin Delano Roosevelt, A. A. Berle, de que el control de las incomparables reservas de energía de Medio Oriente producirían un “control sustancial del mundo”. Y respectivamente, esa pérdida de control amenazaría el proyecto de dominación mundial que fue claramente articulado durante la Segunda Guerra Mundial y que se ha mantenido frente a los principales cambios en el orden mundial desde entonces.
Desde el inicio de la guerra, en 1939, Washington previó que terminaría con EE.UU. en una posición de abrumador poder. Funcionarios de alto nivel del Departamento de Estado y especialistas en política exterior se reunieron durante los años de la guerra para preparar planes para el mundo de posguerra. Delinearon una “Gran Área” que sería dominada por EE.UU., incluyendo el hemisferio occidental, Lejano Oriente, y el antiguo imperio británico, con sus recursos energéticos de Medio Oriente. Cuando Rusia comenzó a aplastar a los ejércitos nazis después de Stalingrado, los objetivos de la Gran Área se ampliaron a una parte tan grande de Eurasia como fuera posible, por lo menos su centro económico en Europa Occidental. Dentro del Gran Área, EE.UU. mantendría un “poder incuestionable”, con “supremacía militar y económica”, mientras aseguraba las “limitaciones de cualquier ejercicio de sobeanía” de Estados que pudieran interferir en sus designios globales. Los cuidadosos planes de los tiempos de guerra se implementaron pronto.
Siempre se reconoció que Europa podría preferir un camino independiente. En parte la OTAN tuvo el propósito de contrarrestar esa amenaza. En cuando desapareció el pretexto oficial de la existencia de la OTAN en 1989, ésta fue expandida hacia el este en violación de compromisos verbales con el líder soviético Mijail Gorbachov. Desde entonces se ha convertido en una fuerza de intervención de largo alcance dirigida por EE.UU., aclarado por el secretario general de la OTAN, Jaap de Hoop Scheffer, quien informó en una conferencia de la OTAN de que “las tropas de la OTAN tienen que proteger conductos que transportan petróleo y gas dirigido hacia Occidente”, y más generalmente proteger rutas marítimas utilizadas por buques cisterna y otra “infraestructura crucial” del sistema energético.
Las doctrinas de Gran Área permiten claramente intervenciones militares a voluntad. La conclusión fue claramente articulada por el gobierno de Clinton, que declaró que EE.UU. tiene derecho a utilizar la fuerza militar para asegurar “el acceso libre a mercados clave, suministros de energía, y recursos estratégicos”, y tiene que mantener inmensas fuerzas militares “en posiciones avanzadas” en Europa y Asia “con el fin de conformar las opiniones de la gente sobre nosotros” y “conformar eventos que afectarán nuestra subsistencia y nuestra seguridad”.
Los mismos principios rigieron en la invasión de Iraq. Cuando el fracaso de EE.UU. para imponer su voluntad fue innegable, ya no fue posible ocultar los verdaderos objetivos de la invasión detrás de hermosa retórica. En noviembre de 2007, la Casa Blanca publicó una Declaración de Principios exigiendo que las fuerzas de EE.UU. permanecieran indefinidamente en Iraq y comprometiendo a Iraq a privilegiar a los inversionistas estadounidenses. Dos meses después, el presidente Bush informó al Congreso de que rechazaría la legislación que pudiera limitar el estacionamiento permanente de fuerzas armadas de EE.UU. o “el control de EE.UU. de los recursos petrolíferos de Iraq”, demandas que EE.UU. tuvo que abandonar pronto frente a la resistencia iraquí.
En Túnez y Egipto los recientes levantamientos han logrado victorias impresionantes, pero como informó la Fundación Carnegie, aunque han cambiado, los regímenes subsisten: “Un cambio en las elites gobernantes y del sistema de gobierno sigue siendo un objetivo distante”. El informe discute los obstáculos interiores para la democracia, pero ignora los exteriores, que siempre han sigo significativos.
Es seguro que EE.UU. y sus aliados occidentales harán todo lo que puedan para impedir una auténtica democracia en el mundo árabe. Para comprender el motivo basta con considerar los estudios de la opinión árabe realizados por agencias de sondeo de EE.UU. Aunque apenas se ha informado al respecto, son ciertamente conocidos por los planificadores. Revelan que en su abrumadora mayoría, los árabes consideran a EE.UU. e Israel como las mayores amenazas que enfrentan: EE.UU. es considerado de esa manera por un 90% de los egipcios, en la región generalmente por más de un 75%. Algunos árabes consideran que Irán es una amenaza: un 10%. La oposición a la política de EE.UU. es tan fuerte que una mayoría cree que la seguridad mejoraría si Irán tuviera armas nucleares, en Egipto, un 80%. Otras cifras son similares. Si la opinión pública influenciara la política, no sólo EE.UU. no controlaría la región, sino que sería expulsado de ella, debilitando los principios fundamentales de dominación global.
La mano invisible del poder
El apoyo a la democracia cae dentro de la competencia de ideólogos y propagandistas. En el mundo real, la aversión hacia la democracia de la elite es la norma. La evidencia de que la democracia sólo se apoya mientras contribuye a objetivos sociales y económicas es abrumadora, una conclusión aceptada renuentemente por los eruditos más serios.
El desdén de la elite por la democracia se reveló drásticamente en la reacción a las revelaciones de WikiLeaks. Las que recibieron más atención, con eufóricos comentarios, fueron los cables que informaron sobre el apoyo de los árabes a la posición de EE.UU. con respecto a Irán. Se referían a los dictadores en el poder. No se mencionaban las actitudes del público. El principio guía fue articulado claramente por el especialista de la Fundación Carnegie Medio Oriente Marwan Muasher, ex alto funcionario del gobierno jordano: “No hay nada malo, todo está bajo control”. En pocas palabras, si los dictadores nos apoyan, ¿qué otra cosa podría importar?
La doctrina Muasher es racional y venerable. Para
mencionar un solo caso que es muy relevante en la actualidad, en una discusión interna en 1958, el presidente Eisenhower expresó preocupación por “la campaña de odio” contra nosotros en el mundo árabe, no por los gobiernos, sino por el pueblo. El Consejo Nacional de Seguridad (NSC) explicó que existe una percepción en el mundo árabe de que EE.UU. apoya dictaduras y bloquea la democracia y el desarrollo para asegurar el control de los recursos de la región. Además, la percepción es bastante exacta, concluyó el NSC, y es lo que deberíamos hacer: basarnos en la doctrina Muasher. Estudios del Pentágono realizados después del 11-S confirmaron que lo mismo sigue siendo válido.
Es normal que los vencedores tiren la historia al cubo de la basura y que las víctimas la tomen en serio. Tal vez puedan ser útiles algunas breves observaciones sobre este importante tema. Ésta no es la primera ocasión en la cual Egipto y EE.UU. enfrentan problemas semejantes y se mueven en direcciones opuestas. Lo mismo fue válido a principios del Siglo XIX.
Historiadores económicos han argumentado que Egipto estaba bien colocado para emprender un rápido desarrollo económico al mismo tiempo que EE.UU. Ambos países tenían una rica agricultura, incluido el algodón, base de la temprana revolución industrial, aunque, a diferencia de Egipto, EE.UU. tuvo que desarrollar la producción de algodón y una fuerza laboral mediante la conquista, el exterminio y la esclavitud, con consecuencias que ahora mismo son evidentes en las reservas para los sobrevivientes y las prisiones que se han expandido rápidamente desde los años de Reagan para albergar a la población superflua desechada por la desindustrialización.
Una diferencia fundamental fue que EE.UU. había logrado la independencia y por ello estaba libre para ignorar las prescripciones de la teoría económica, suministrada entones por Adam Smith en términos bastante similares a los que predican actualmente a las sociedades en desarrollo. Smith instó a las colonias liberadas a producir productos primarios para la exportación y a importar manufacturas británicas superiores, y ciertamente a no intentar el monopolio de bienes cruciales, sobre todo algodón. Cualquier otro camino, advirtió Smith, “retardaría en lugar de acelerar el aumento en el valor de su producción anual y obstruiría en lugar de promover el progreso de su país hacia la verdadera riqueza y grandeza”.
Después de lograr su independencia, las colonias pudieron ignorar su consejo y seguir el camino de Inglaterra en el desarrollo guiado por el Estado independiente, con altos aranceles para proteger la industria contra exportaciones británicas, primero textiles, después acero y otros, y para adoptar otros muchos instrumentos con el fin de acelerar el desarrollo industrial. La república independiente también buscó la obtención de un monopolio del algodón para “colocar a todas las demás naciones a nuestros pies”, particularmente al enemigo británico, como anunciaron los presidentes jacksonianos mientras conquistaban Texas y la mitad de México.
Un camino comparable en Egipto fue bloqueado por el poder británico. Lord Palmerston declaró que “ninguna idea de ecuanimidad [hacia Egipto] debería ser un obstáculo para intereses tan grandes y superiores” de Gran Bretaña como la preservación de su hegemonía económica y política, expresando su “odio” hacia el “ignorante bárbaro” Muhammed Ali quien se atrevió a buscar un camino independiente, y el despliegue de la flota y el poder financiero de Gran Bretaña para terminar con la búsqueda de independencia y de desarrollo económico de Egipto.
Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando EE.UU. desplazó a Gran Bretaña como el "hegemón" global, Washington adoptó la misma posición, dejando claro que EE.UU. no suministraría ayuda a Egipto a menos que se adhiriera a las reglas estándar para los débiles, que EE.UU. siguió violando, imponiendo altos aranceles para excluir el algodón egipcio y causando una debilitadora escasez de dólares. La interpretación usual de los principios del mercado.
No es muy sorprendente que la “campaña de odio” contra EE.UU. que preocupó a Eisenhower se haya basado en el reconocimiento de que EE.UU. apoya a los dictadores y bloquea la democracia y el desarrollo, tal como lo hacen sus aliados.
En defensa de Adam Smith, habría que agregar que reconoció lo que pasaría si Gran Bretaña seguía las reglas de la economía sensata, llamada ahora “neoliberalismo”. Advirtió de que si los fabricantes, comerciantes, e inversionistas británicos se volvían hacia el extranjero, podrían beneficiarse pero que Inglaterra sufriría. Pero pensó que se guiarían por un sesgo nacional, de manera que una mano invisible ahorraría a Inglaterra los estragos de la racionalidad económica.
Es difícil dejar de ver el pasaje. Es la única aparición de la famosa frase “mano invisible” en La Riqueza de las Naciones. El otro importante fundador de la economía clásica, David Ricardo, sacó conclusiones semejantes, esperando que la inclinación por el interior llevaría a las personas acaudaladas a “estar satisfechas con la baja tasa de beneficios en su propio país, en lugar de buscar un empleo más ventajoso de su riqueza en países foráneos”, sentimientos que, agregó, “lamentaría que se debilitaran”. Dejando de lado sus predicciones, los instintos de los economistas clásicos eran sanos.
Las “amenazas” china e iraní
El levantamiento por la democracia en el mundo árabe se compara a veces con Europa Oriental en 1989, pero sobre la base de motivos dudosos. En 1989, el levantamiento por la democracia fue tolerado por los rusos y apoyado por las potencias occidentales siguiendo doctrinas estándar: se ajustaba claramente a objetivos económicos y estratégicos, y por lo tanto era un logro noble, muy honorado, a diferencia de las luchas al mismo tiempo “por defender los derechos humanos fundamentales” en Centroamérica, en palabras del asesinado arzobispo de El Salvador, uno de los cientos de miles de víctimas de fuerzas militares armadas y entrenadas por Washington. No hubo ningún Gorbachov en Occidente durante todos esos horrendos años, y no hay ninguno ahora. Y el poder occidental sigue siendo hostil a la democracia en el mundo árabe por buenas razones.
Las doctrinas del Gran Área siguen aplicándose a crisis y confrontaciones contemporáneas. En los círculos que toman las decisiones políticas y en el comentario político occidental, la amenaza iraní se considera la que plantea el mayor peligro para el orden mundial y por lo tanto debe ser el enfoque primordial de la política exterior de EE.UU., y Europa sigue el rastro cortésmente.
¿Cuál es exactamente la amenaza iraní? Una respuesta fidedigna es suministrada por el Pentágono y los servicios de inteligencia de EE.UU. Informando el año pasado sobre la seguridad global, aclaran que la amenaza no es militar. Los gastos militares de Irán son “relativamente bajos en comparación con el resto de la región”, concluyen. Su doctrina militar es “estrictamente defensiva, diseñada para desacelerar una invasión e imponer una solución diplomática a las hostilidades”. Irán tiene “una capacidad limitada de proyectar fuerzas más allá de sus fronteras”. Con respecto a la opción nuclear: “El programa nuclear de Irán y su disposición a mantener abierta la posibilidad de desarrollar armas nucleares es parte central de su estrategia de disuasión”. Todo citas.
El brutal régimen clerical es indudablemente una amenaza para su propio pueblo, aunque difícilmente supera a los aliados de EE.UU. en ese terreno. Pero la amenaza yace en otra parte, y es ciertamente de mal agüero. Un elemento es la capacidad de disuasión de Irán, un ejercicio ilegítimo de soberanía que podría interferir con la libertad de acción de EE.UU. en la región. Salta a la vista por qué Irán buscaría una capacidad disuasiva; una mirada a las bases militares y las fuerzas nucleares de la región basta para explicarlo.
Hace siete años, el historiador militar israelí Martin van Creveld escribió que “El mundo ha presenciado cómo EE.UU. atacó Iraq sin motivos, como se comrpobó. Si los iraníes no intentara producir armas nucleares, estarían locos”, en especial cuando están bajo una amenaza constante de ataque en violación de la Carta de la ONU. Queda por ver si lo están haciendo, pero tal vez sea así.
Pero la amenaza de Irán va más allá de la disuasión. También trata de expandir su influencia a los países vecinos, destacan el Pentágono y los servicios de inteligencia de EE.UU., y “desestabilizar” de esta manera la región (en términos técnicos del discurso de política exterior). La invasión y ocupación militar de los vecinos de Irán es “estabilización”. Los esfuerzos de Irán por extender su influencia a ellos es “desestabilización”, por lo tanto son evidentemente ilegítimos.
Semejante costumbre es rutinaria. Por lo tanto el destacado analista de política exterior James Chace, utilizó correctamente el término “estabilidad” en su sentido técnico cuando explicó que a fin de lograr “estabilidad” en Chile fue necesario “desestabilizar” el país (derrocando al gobierno elegido de Salvador Allende e instalando la dictadura del general Augusto Pinochet). Es igualmente interesante explorar otras preocupaciones sobre Irán, pero tal vez esto baste para revelar los principios guía y su estatus en la cultura imperial. Como subrayaron los planificadores de Franklin Delano Roosevelt en el alba del sistema mundial contemporáneo, EE.UU. no puede tolerar “ningún ejercicio de soberanía” que interfiera en sus designios globales.
EE.UU. y Europa están unidos en el castigo a Irán por su amenaza a la estabilidad, pero es útil recordar cuán aislados están. Los países no alineados han apoyado vigorosamente el derecho de Irán a enriquecer uranio. En la región, la opinión pública árabe incluso favorece vigorosamente las armas nucleares iraníes. La principal potencia regional, Turquía votó contra la última moción de sanciones iniciada por EE.UU. en el Consejo de Seguridad, junto con Brasil, el país más admirado en el Sur. Su desobediencia condujo a una fuerte censura, no por primera vez: Turquía había sido amargamente condenada en 2003, cuando el gobierno siguió la voluntad de un 95% de la población y se negó a participar en la invasión de Iraq, demostrando así su débil comprensión de la democracia al estilo occidental.
Después de su fechoría en el Consejo de Seguridad el año pasado, Turquía recibió la advertencia del máximo diplomático de Obama para asuntos europeos, Philip Gordon, de que debe “demostrar su compromiso de cooperación con Occidente”. Un experto en el Consejo de Relaciones Exteriores preguntó: “¿Cómo mantener a raya a los turcos?” siguiendo órdenes como buenos demócratas. Lula de Brasil fue amonestado por un titular del New York Times diciendo que su esfuerzo junto a Turquía para dar una solución al problema del enriquecimiento de uranio fuera del marco del poder de EE.UU. era una “Mancha en el legado del líder brasileño”. En breve, haz lo que te decimos, o ya verás.
Un aspecto colateral, efectivamente suprimido, es que el acuerdo Irán-Turquía-Brasil fue aprobado por adelantado por Obama, presumiblemente en la suposición de que fracasaría, suministrando un arma ideológica contra Irán. Cuando tuvo éxito, la aprobación se convirtió en censura, y Washington impuso en el Consejo de Seguridad una resolución tan débil que China la aprobó sin problemas y ahora recibe una reprimenda por ajustarse a la letra de la resolución pero no a las directivas unilaterales de Washington, por ejemplo, en la nueva edición de Foreign Affairs.
Aunque EE.UU. puede tolerar la desobediencia turca, aunque con consternación, cuesta más ignorar a China. La prensa advierte de que “inversionistas y comerciantes chinos llenan ahora un vacío en Irán mientras empresas de muchos otros países, especialmente de Europa, se retiran”, y en particular, está expandiendo su papel dominante en las industrias energéticas de Irán. Washington reacciona con un toque de desesperación. El Departamento de Estado advirtió a China de que si quiere que la acepten en la comunidad internacional –un término técnico que se refiere a EE.UU. y a quienquiera esté de acuerdo con este último– no debe “eludir y evadir responsabilidades internacionales [que] son obvias”: es decir, que siga órdenes de EE.UU. No es probable que China se siemta impresionada.
Hay mucha preocupación por la creciente amenaza militar china. Un reciente estudio del Pentágono advirtió de que el presupuesto militar de China se acerca a “un quinto de lo que el Pentágono gastó para operar y realizar las guerras de Iraq y Afganistán”, una fracción del presupuesto militar de EE.UU., por supuesto. La expansión de las fuerzas militares chinas podría “imposibilitar la capacidad de barcos de guerra estadounidenses de operar en aguas internacionales frente a su costa”, agregó el New York Times.
O sea frente a la costa de China; falta solamente que propongan que EE.UU. elimine fuerzas militares que impidan el acceso al Caribe a los barcos de guerra chinos. La falta de entendimiento de China de las reglas de civilidad internacional es ilustrada además por sus objeciones a los planes de que el ultramoderno portaaviones a propulsión nuclear George Washington se una a ejercicios navales a pocos kilómetros frente a la costa de China, con una supuesta capacidad para atacar Pekín.
Al contrario, Occidente comprende que EE.UU. emprende todas esas operaciones para defender la estabilidad y su propia seguridad. El liberal New Republic expresa su preocupación porque “China envió diez barcos de guerra por aguas internacionales frente a la isla japonesa de Okinawa”. Evidentemente es una provocación, a diferencia del hecho, no mencionado, de que Washington ha convertido esa isla en una importante base militar a pesar de las vehementes protestas de sus habitantes. No es una provocación, sobre la base del principio estándar de que somos dueños del mundo.
Dejando de lado la profundamente arraigada doctrina imperial, hay buenos motivos para que los vecinos de China estén preocupados por su creciente poder militar y comercial. Y aunque la opinión árabe apoya un programa iraní de armas nucleares, ciertamente no deberíamos hacerlo. La literatura de política exterior está repleta de propuestas sobre cómo contrarrestar la amenaza. Pocas veces mencionan una manera obvia: trabajar para establecer una zona libre de armas nucleares en la región (NWFZ). El tema se presentó (de nuevo) en la conferencia del Tratado de No Proliferación (TNP) en la sede de las Naciones Unidas en mayo pasado. Egipto, como presidente de las 118 naciones del Movimiento de los No Alineados pidió negociaciones para una NWFZ en Medio Oriente, como fue aceptado por Occidente, incluido EE.UU., en la conferencia de revisión del TNP en 1995.
El apoyo internacional es tan abrumador que Obama lo aceptó, formalmente. Es una excelente idea, informó Washington a la conferencia, pero no ahora. Además, EE.UU. dejó claro que hay que exceptuar a Israel: ninguna propuesta puede pedir que el programa nuclear de Israel se coloque bajo los auspicios del Organismo Internacional de Energía Atómica o que se publique información sobre “las instalaciones y actividades nucleares de Israel”. Y que no se hable más de este método de encarar la amenaza nuclear iraní.
Privatizando el planeta
Aunque la doctrina de la Gran Área sigue prevaleciendo, la capacidad para implementarla ha disminuido. El pico del poder de EE.UU. fue después de la Segunda Guerra Mundial, cuando literalmente poseía la mitad de la riqueza del mundo. Pero eso declinó naturalmente cuando otras economías se recuperaron de la devastación de la guerra y la descolonización emprendió su tormentoso camino. A principios de los años setenta, la parte de EE.UU. en la riqueza global había disminuido a cerca de un 25%, y el mundo industrial se había hecho tripolar: Norteamérica, Europa, y Asia del Este (entonces centrada en Japón).
En los años setenta también hubo un abrupto cambio en la economía de EE.UU., hacia la financialización y la exportación de la producción. Una variedad de factores convergió para crear un ciclo cruel de concentración radical de la riqueza, sobre todo en el 1% superior de la población –en particular directores ejecutivos, gerentes de fondos de alto riesgo, etc.- Eso lleva a la concentración del poder político, de ahí a políticas estatales de aumentar la concentración económica: políticas fiscales, reglas de gobierno corporativo, desregulación, y muchas cosas más. Mientras tanto, los costes de campañas electorales aumentaron enormemente, llevando a los partidos a los bolsillos del capital concentrado, cada vez más financiero: los republicanos por reflejo, los demócratas –ya eran como los que solían ser republicanos moderados– no se quedaron muy atrás.
Las elecciones se han convertido en una charada dirigida por la industria de las relaciones públicas. Después de su victoria de 2008, Obama ganó un premio de la industria por la mejor campaña de mercadeo del año. Los ejecutivos estaban eufóricos. En la prensa empresarial explicaron que habían estado mercadeando candidatos como otras mercancías desde Ronald Reagan, pero 2008 fue su mayor logro y cambiaría el estilo en los consejos corporativos. Se espera que la elección de 2012 cueste 2.000 millones de dólares, sobre todo en fondos de las corporaciones. No es de extrañar que Obama esté seleccionando a hombres de negocios para las máximas posiciones. El público está enojado y frustrado, pero mientras prevalezca el principio Muasher [“Siempre y cuando la gente esté tranquila y pasiva, vamos a hacer lo que queramos”. N. del T.], eso no importa.
Mientras la riqueza y el poder se han concentrado fuertemente, para la mayoría de la población los ingresos reales se estancaron y la gente se las ha arreglado con más horas de trabajo, deudas e inflación de los activos, destruidos regularmente por las crisis financieras que comenzaron cuando el aparato regulador fue desmantelado desde los años ochenta.
Nada de esto es problemático para los muy ricos, que se benefician de una póliza de seguro del gobierno llamada “demasiado grande para caer”. Los bancos y firmas de inversión pueden hacer transacciones arriesgadas, con grandes beneficios, y cuando el sistema se derrumba inevitablemente, pueden ir corriendo donde papá Estado a pedir un rescate con dineros públicos, aferrados a sus copias de Friedrich Hayek y Milton Friedman.
Ése ha sido el proceso regular desde los años de Reagan, cada crisis más extrema que la anterior –es decir, para la población general-. Ahora mismo, el verdadero desempleo está a niveles de la Depresión para gran parte de la población, mientras Goldman Sachs, uno de los principales arquitectos de la actual crisis, es más rico que nunca. Acaba de anunciar tranquilamente 17.500 millones de dólares en compensaciones por el año pasado, y su presidente ejecutivo, Lloyd Blankfein, recibió una bonificación de 12,6 millones mientras que triplica su salario base.
No tendría sentido concentrar la atención en hechos semejantes. Por lo tanto, la propaganda tiene que tratar de culpar a otros; en los últimos meses: los trabajadores del sector público, sus inmensos salarios, exorbitantes jubilaciones, etc.; todo fantasía, basada en el modelo de la imaginería "reaganita" de madres negras conducidas en sus limusinas a cobrar sus cheques de la asistencia social, y otros modelos que sobra mencionar. Todos tenemos que apretarnos los cinturones; es decir, casi todos.
Los maestros constituyen un objetivo particularmente bueno, como parte del esfuerzo deliberado por destruir el sistema de educación desde la guardería infantil hasta las universidades, mediante la privatización, de nuevo, bueno para los ricos, pero un desastre para la población, así como para la salud a largo plazo de la economía, pero es una de las externalidades que se deja de lado mientras prevalezcan los principios del mercado.
Otro excelente objetivo, siempre, son los inmigrantes. Ha sido así durante toda la historia de EE.UU., aún más en tiempos de crisis económica, exacerbada ahora por un sentido de que nos están quitando nuestro país: la población blanca se convertirá pronto en una minoría. Se puede comprender la cólera de individuos agraviados, pero la crueldad de la policía es estremecedora.
¿Quiénes son los inmigrantes en cuestión? En el este de Massachusetts, donde vivo, muchos son mayas que huyeron del genocidio en las tierras altas guatemaltecas realizado por los asesinos favoritos de Reagan. Otros son mexicanos, víctimas del NAFTA de Clinton, uno de esos raros acuerdos gubernamentales que se las han arreglado para dañar a la gente en los tres países afectados. Cuando el NAFTA se aprobó bajo presión en el Congreso en 1994, pasando por alto las objeciones populares, Clinton también inició la militarización de la frontera entre EE.UU. y México, que antes era bastante abierta. Se comprendió que los campesinos mexicanos no pueden competir con la agroindustria estadounidense altamente subvencionada, y que las empresas mexicanas no pueden sobrevivir a la competencia con las multinacionales de EE.UU., que deben recibir “trato nacional” bajo los mal bautizados acuerdos de libre comercio, un privilegio otorgado solo a personas corporativas, no a las de carne y hueso. No es sorprendente que esas medidas hayan llevado a una inundación de refugiados desesperados, y a provocar una histeria contra los inmigrantes por parte de las víctimas de las políticas estatales-corporativas dentro del país.
Parece que en Europa sucede lo mismo, donde es probable que el racismo esté aún más desmandado que en EE.UU. Uno puede quedarse pasmado al ver que Italia se queja del flujo de refugiados de Libia, escenario del primer genocidio posterior a la Primera Guerra Mundial, en el ahora liberado Este, a manos del gobierno fascista de Italia. O cuando Francia, que sigue siendo actualmente el principal protector de las brutales dictaduras en sus antiguas colonias, se las arregla para olvidar sus horrendas atrocidades en África, mientras el presidente francés Nicolas Sarkozy advierte sombríamente contra el “flujo de inmigrantes” y Marine Le Pen objeta que no hace nada para impedirlo. No necesito mencionar a Bélgica que podría ganar el premio de lo que Adam Smith llamó “la salvaje injusticia de los europeos”.
El ascenso de partidos neofascistas en gran parte de Europa sería un fenómeno aterrador incluso si no recordáramos lo que sucedió en el continente en el pasado reciente. Hay que imaginar la reacción si los judíos estuvieran siendo expulsados de Francia hacia la miseria y la opresión, y luego se presencia la falta de reacción ante lo que sucede a los gitanos, también víctimas del Holocausto y la población más brutalizada de Europa.
En Hungría, el partido neofascista Jobbik obtuvo un 17% de los votos en las elecciones nacionales, lo que tal vez no sea sorprendente dado que tres cuartos de la población piensa que les va peor que bajo el régimen comunista. Podríamos sentirnos aliviados de que en Austria el ultraderechista Jörg Haider haya obtenido solo un 10% de los votos en 2008, si no fuera por el hecho que el nuevo Partido de la Libertad, desbordándolo por la extrema derecha, obtuvo más de un 17%. Es escalofriante recordar que, en 1928, los nazis obtuvieron menos de un 3% de los votos en Alemania.
En Inglaterra el Partido Nacional Británico y la Liga Inglesa de Defensa, en la derecha ultra-racista, son fuerzas importantes. (Lo que pasa en Holanda lo sabéis demasiado bien.) En Alemania el lamento de Thilo Sarrazin de que los inmigrantes están destruyendo el país fue un enorme éxito de ventas, mientras la canciller Angela Merkel, aunque condenó el libro, declaró que el multiculturalismo había “fracasado del todo”: los turcos importados para hacer el trabajo sucio en Alemania no se convierten en rubios de ojos azules, verdaderos arios.
Los que tengan sentido de la ironía recordarán que Benjamin Franklin, uno de los personajes principales de la Ilustración, advirtió de que las colonias recién liberadas deberían tener cuidado al permitir la inmigración de alemanes, porque eran demasiado morenos; los suecos también. Llegado el Siglo XX, los mitos ridículos de pureza anglosajona eran comunes en EE.UU., incluso entre presidentes y otras personalidades destacadas. El racismo en la cultura literaria ha sido una obscenidad flagrante; mucho peor en la práctica, sobra decirlo. Es mucho más fácil erradicar la poliomielitis que esa horrenda plaga, que regularmente se vuelve más virulenta en tiempos de penuria económica.
No quiero terminar sin mencionar otra externalidad que se desestima en los sistemas de mercado: la suerte de las especies. Un riesgo sistémico en el sistema financiero puede ser remediado por el contribuyente, pero nadie acudirá al rescate si se destruye el medioambiente. Que hay que destruirlo es casi un imperativo institucional. Los dirigentes empresariales que realizan campañas de propaganda para convencer a la población de que el antropogénico calentamiento global es un engaño liberal saben perfectamente cuán grave es la amenaza, pero tienen que maximizar los beneficios a corto plazo y su penetración en el mercado. Si no lo hacen, algún otro lo hará.
Este ciclo vicioso puede resultar letal. Para ver cuán grave es el peligro, basta con analizar el nuevo Congreso de EE.UU. llevado al poder por la financiación y propaganda de las empresas. Casi todos sus miembros niegan el cambio climático. Ya han comenzado a recortar los fondos para medidas que podrían mitigar una catástrofe ecológica. Peor todavía, algunos son verdaderos creyentes; por ejemplo, el nuevo jefe de un subcomité sobre el medio ambiente explicó que el calentamiento global no puede ser un problema, porque Dios prometió a Noé que no habría otro diluvio.
Si cosas semejantes estuvieran ocurriendo en algún país pequeño y remoto, podríamos morirnos de risa. No cuando suceden en el país más rico y poderoso del mundo. Y antes de reír, también podríamos considerar que la actual crisis económica puede rastrearse en gran medida a la fe fanática en dogmas como la hipótesis del mercado eficiente y en general a lo que el Nobel Joseph Stiglitz, hace quince años, llamó la “religión” que mejor conocen los mercados, que impidió que el banco central y los economistas detectaran una burbuja inmobiliaria de 8 billones [millones de millones] de dólares que no tenía ninguna base en fundamentos económicos, y que devastó al país cuando estalló.
Todo esto, y mucho más, podrá continuar mientras prevalezca la doctrina de Muasher. Mientras la población general sea pasiva, apática, desviada hacia el consumismo o hacia el odio a los vulnerables, los poderosos podrán hacer lo que les dé la gana, y los que sobrevivan tendrán que contemplar el resultado.
viernes, 8 de abril de 2011
jugando con el planeta
Joseph E. Stiglitz*
Las consecuencias del terremoto japonés –especialmente la continua crisis en la planta de energía nuclear en Fukushima– tienen resonancias sombrías para observadores del crash financiero estadounidense que precipitó la Gran Recesión. Ambos eventos proveen duras lecciones sobre riesgos, y sobre las dificultades que enfrentan mercados y sociedades para controlarlos.
Por supuesto en cierto sentido no hay comparación entre la tragedia del terremoto –que ha dejado más de 25.000 personas muertas o desaparecidas– y la crisis financiera, a la cual no se puede atribuir un sufrimiento físico tan agudo. Pero cuando se trata de la fusión nuclear accidental en Fukushima, hay un tema común en los dos sucesos.
Expertos tanto en la industria nuclear como en la financiera nos aseguraron que la nueva tecnología prácticamente había eliminado el riesgo de una catástrofe. Los sucesos han demostrado que se equivocaban: no sólo existen los riesgos, sino que sus consecuencias son tan catastróficas que borran fácilmente todos los supuestos beneficios de los sistemas promovidos por los dirigentes de la industria.
Antes de la Gran Recesión, los gurús económicos de EE.UU. –desde el jefe de la Reserva Federal a los titanes de las finanzas– alardearon que habían aprendido a controlar el riesgo. Instrumentos financieros “innovadores” como los derivados y los seguros de riesgo de la deuda posibilitaban la distribución del riesgo a través de la economía. Ahora sabemos que no sólo engañaron al resto de la sociedad, sino también a sí mismos.
Resulta que esos magos de las finanzas no comprendían las complejidades del riesgo, y menos aún los peligros planteados por “fat-tail distributions” [distribución con grandes variaciones por valores altos en extremos] -un término estadístico para eventos raros con inmensas consecuencias-, también llamados a veces “cisnes negros”. Eventos que supuestamente ocurren sólo una vez en un siglo –o incluso una vez en la vida del universo– parecían ocurrir cada diez años. Peor aún, no sólo se subestimó ampliamente la frecuencia de esos eventos; lo mismo sucedió con el daño astronómico que causarían, como las fusiones nucleares accidentales que acosan continuamente a la industria nuclear.
La investigación en la economía y la psicología nos ayuda a comprender por qué nuestro trabajo en el control de esos riesgos es tan deficiente. Tenemos poca base empírica para juzgar eventos raros, de modo que cuesta hacer buenos cálculos. En tales circunstancias, pueden entrar más en juego ilusiones vanas: podríamos tener pocos incentivos para pensar intensamente. Al contrario, cuando otros soportan los costes de los errores, los incentivos favorecen el autoengaño. Un sistema que socializa las pérdidas y privatiza los beneficios está condenado a administrar mal el riesgo.
Por cierto, todo el sector financiero abundaba en problemas institucionales y externalidades. Las agencias de calificación crediticia tenían incentivos para dar buenas calificaciones a los valores de alto riesgo producidos por los bancos de inversión que les pagaban. Los originadores de hipotecas no soportaban consecuencias por su irresponsabilidad, e incluso los que estaban involucrados en préstamos depredadores o creaban y mercadeaban valores que estaban hechos para perder lo hacían de maneras que los aislaban del procesamiento civil y criminal.
Esto nos lleva a la pregunta siguiente: ¿podemos esperar otros “cisnes negros” que estén al acecho? Desgraciadamente, es muy probable que algunos de los riesgos verdaderamente grandes que enfrentamos actualmente ni siquiera sean eventos raros. La buena noticia es que tales riesgos pueden controlarse a poco o ningún coste. La mala noticia es que hacerlo se enfrenta a una fuert eoposición política, porque existe gente que se beneficia con el statu quo.
Hemos visto dos de los grandes riesgos en los últimos años, pero hemos hecho poco por controlarlos. Según algunos puntos de vista, la forma en que se manejó la última crisis puede haber aumentado el riesgo de una futura catástrofe financiera.
Bancos demasiado grandes para quebrar, y los mercados en los que participan, saben ahora que pueden esperar un rescate si enfrentan problemas. Como resultado de este “peligro moral”, esos bancos pueden pedir prestado en condiciones favorables, recibiendo una ventaja competitiva basada no en mayor rendimiento sino en fuerza política. Mientras algunos de los excesos en la toma de riesgos se han limitado, continúan los préstamos depredadores y el comercio no regulado en derivados tenebrosos no controlados. Las estructuras de incentivos que alientan la toma exagerada de riesgos siguen virtualmente sin cambios.
Por lo tanto, mientras Alemania cierra sus reactores nucleares más antiguos, en EE.UU. y otros sitios,incluso siguen operando plantas que tienen el mismo diseño defectuoso que Fukushima. La existencia misma de la industria nuclear depende de subsidios públicos ocultos –costes con los que corre la sociedad en el evento de desastre nuclear, así como los costes de la eliminación todavía sin solucionar de los desechos nucleares. ¡Basta de capitalismo irrestricto!
Para el planeta, existe otro riesgo más, que, como los otros dos es casi una certeza: el calentamiento global y el cambio climático. Si hubiera otros planetas a los cuales pudiéramos partir a poco coste en caso del resultado casi seguro predicho por los científicos, se podría argumentar que vale la pena tomar ese riesgo. Pero no existen, por lo tanto no existe esa posibilidad.
Los costes de reducir emisiones palidecen en comparación con los posibles riesgos que enfrenta el mundo. Y eso vale incluso si excluimos la opción nuclear (cuyos costes siempre se han subestimado). Sin duda, las compañías carboneras y petroleras sufrirían, y los grandes contaminadores –como EE.UU.– obviamente pagarían un precio mayor que los que tienen un estilo de vida menos derrochador.
A fin de cuentas, los que juegan en Las Vegas pierden más de lo que ganan. Como sociedad estamos jugando –con nuestros grandes bancos, con nuestras instalaciones de energía nuclear– con nuestro planeta. Como en Las Vegas, los pocos afortunados –los banqueros– ponen en peligro nuestra economía y los propietarios de las compañías energéticas que ponen en peligro nuestro planeta podrán terminar con una fortuna en sus manos. Pero es casi seguro que como término medio perderemos, como sociedad, como todos los jugadores.
Es, desgraciadamente, una lección del desastre en Japón que seguimos ignorando por nuestra propia cuenta y riesgo.
http://www2.gsb.columbia.edu/faculty/jstiglitz/index.cfmlunes, 28 de marzo de 2011
libia frente al imperialismo humanitario
Entrevista a Jean Bricmont*
* http://es.wikipedia.org/wiki/Jean_Bricmont
¿Puede recordarnos en qué consiste el imperialismo humanitario?
Es una ideología que pretende legitimar la injerencia militar contra países soberanos en nombre de la democracia y de los derechos del Hombre. La motivación siempre es la misma: una población es víctima de un dictador y por lo tanto hay que actuar. Entonces nos sacan las referencias a la Segunda Guerra mundial, a la guerra de España y otras. Se trata de hacer aceptable la intervención. Es lo que pasó en Kosovo, Irak o Afganistán.
Y ahora ¿es el turno de Libia?
Hay una diferencia, porque en este caso está autorizada por una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Pero esa resolución ha sido votada en contra de los principios mismos de la Carta de las Naciones Unidas. Efectivamente, no veo ninguna amenaza exterior en el conflicto libio. Se ha recurrido a la noción de la “responsabilidad de proteger” a la población, pero quemando un poco las etapas. Además, no hay pruebas de que Gadafi masacre a la población simplemente con el objetivo de masacrarla. Es algo más complicado: se trata más bien de una insurrección armada y no sé de ningún gobierno que no reprima este tipo de insurrección. Evidentemente, hay daños colaterales y muertos entre los civiles. Pero si los Estados Unidos saben cómo evitar tales daños, que vayan a explicarlo a los israelíes y que se lo apliquen a sí mismos en Irak y en Afganistán. Tampoco hay ninguna duda de que los bombardeos de la coalición también van a provocar pérdidas civiles. Por lo tanto, pienso que desde un punto de vista estrictamente legal, la resolución del Consejo de Seguridad es discutible. En realidad, es el resultado de años de presión para el reconocimiento del derecho de injerencia que en este caso se legitima.
Sin embargo, incluso entre las izquierdas mucha gente piensa que había que intervenir en Libia para detener la masacre. ¿Cree que es un error de juicio?
Sí, y por varias razones. En primer lugar, esta campaña establece el reino de la arbitrariedad. En efecto, el conflicto libio no tiene nada de excepcional. Hay muchos otros en el mundo, ya sea en Gaza, Bahrein o, hace algunos años, en el Congo. En este último caso estábamos ante el cuadro de una agresión exterior por parte de Rwanda y de Burundi. La aplicación del derecho internacional habría permitido salvar millones de vidas pero no se hizo. ¿Por qué? Además, si se aplican los principios de injerencia que subyacen en el ataque contra Libia, esto significa que todo e mundo puede intervenir en todas partes. Imaginemos que los rusos intervinieran en Bahrein o los chinos en Yemen: sería la guerra generalizada y permanente. Una gran característica del derecho de ingerencia es, en consecuencia, el no respetar el derecho internacional clásico. Y si hubiera que modificar el derecho internacional con nuevas reglas que legitimaran el derecho de ingerencia, ello desembocaría en la guerra de todos contra todos. Es un argumento al que los partidarios del derecho de ingerencia nunca responden. Finalmente, estas ingerencias refuerzan lo que yo llamo el “efecto barricada”: todos los países que están en el punto de mira de los Estados Unidos van a sentirse amenazados y van a intentar reforzar su armamento. Hemos visto lo que pasó con Saddam. Por cierto, Gadafi declaró a la liga árabe: “Acaban de ahorcar a un miembro de esta liga y no habéis dicho nada. Pero lo mismo puede ocurriros a vosotros, ya que, aunque todos vosotros seáis aliados de los Estados Unidos, Saddam también lo fue anteriormente”. Actualmente se reproduce lo mismo con Gadafi y la amenaza que pende sobre muchos Estados puede relanzar la carrera armamentística. Rusia, que no es precisamente un país desarmado, ya ha anunciado que iba a reforzar sus tropas. Pero esto puede ir incluso más lejos: si Libia tuviera armamento nuclear jamás habría sido atacada. Desde luego, esta es la razón por la que no se ataca a Corea del Norte. La izquierda que apoya la intervención en Libia debería pues darse cuenta de que la consecuencia de la ingerencia humanitaria es el relanzamiento de la carrera armamentística y a largo plazo, la creación de lógicas de guerra.
Sin embargo, esta intervención militar contra Gadafi ¿no podría considerarse un mal menor?
Hay que pensar en las consecuencias. Ahora que las fuerzas occidentales están comprometidas es evidente que tendrán que llegar hasta el fin, derrocar a Gadafi e instalar a los rebeldes en el poder. ¿Qué va a pasar entonces? Libia parece dividida. Si hay resistencia en Trípoli ¿Occidente va a ocupar el país y embarcarse en una guerra sin fin como en Irak o Afganistán? Pero, imaginemos que todo va bien: la coalición se deshace de Gadafi en unos cuantos días, los rebeldes toman el poder y el pueblo libio está unido. Todo l mundo está contento ¿y después? No creo que Occidente vaya a decir: “Ya está, hemos hecho esto porque somos buenos y respetamos los derechos del Hombre. Ahora podéis hacer lo que queráis”. ¿Qué pasará si el nuevo gobierno libio parece demasiado musulmán o no limita correctamente los flujos migratorios? ¿Creéis que se les va a dejar actuar? Es evidente que después de esta intervención el nuevo gobierno libio será prisionero de los intereses occidentales.
Si la intervención militar no es la solución, entonces ¿qué hacer?
En primer lugar habrían debido ensayarse honestamente todas las soluciones pacíficas. Quizás no habría funcionado, pero respecto ha habido una voluntad manifiesta de rechazar estas soluciones. Es desde luego una constante en las guerras humanitarias. Por lo que respecta a Kosovo habían propuestas serbias muy detalladas para llegar a una solución pacífica pero fueron rechazadas. Occidente incluso impuso condiciones que hacían imposible cualquier negociación, como la ocupación de Serbia por tropas de la OTAN. En Afganistán, los talibanes propusieron hacer juzgar a Ben Laden por un tribunal internacional si se les aportaban pruebas de su implicación en el atentado del World Trade Center. Estados Unidos lo rechazaron y bombardearon. En Irak, Saddam había aceptado el retorno de los inspectores de la ONU así como numerosas condiciones enormemente apremiantes. Pero nunca era suficiente. En Libia, Gadafi había aceptado un cese el fuego y había propuesto el envío de observadores internacionales. Los observadores no fueron enviados y se ha dicho que Gadafi no había aceptado el cese el fuego. Occidente también rechazó la propuesta de mediación de Chávez, que sin embargo fue aprobada por numerosos países latinos así como por la Organización para la Unidad Africana. Respecto a esto me enfurezco cuando oigo a gente de izquierda, en Europa, denunciar la horrible Alianza Bolivariana que sostiene al dictador Gadafi. ¡Esta gente no ha comprendido nada! Los dirigentes latinos son personas en el poder con importantes responsabilidades. No son izquierdistas insignificantes que parlotean en su rincón. Y el gran problema de estos dirigentes es la ingerencia de los Estados Unidos; cuanto menos puedan los Estados Unidos hacer lo que quieran en cualquier parte del mundo, mejor será para todos los países que intentan emanciparse de su tutela y para todo el mundo.
El hecho de rechazar sistemáticamente las soluciones pacíficas ¿significa que la ingerencia humanitaria es un pretexto?
Sí, pero funciona con respecto a los intelectuales, tengo más dudas con respecto a la reacción de los pueblos europeos. ¿Van a apoyar a sus dirigentes en el ataque contra Gadafi? A nivel de los pueblos son las guerras por la seguridad las que gozan de una mayor legitimidad; cuando hay, por ejemplo, una amenaza contra nuestras poblaciones, nuestras formas de vida, etc. Pero aquí y en Francia, con todo este clima islamofóbico que hay (que no apruebo, pero que existe) ve a explicarles que vamos a luchar en Cirenaica por unos insurgentes a los que vemos gritando “« Allah U Akbar »&hellip ¡es contradictorio! A nivel político la mayoría de partidos apoyan la intervención. Incluso en la izquierda, trotskistas como Mélenchon. Todos andan con la flor en el fusil. Los más moderados apoyaban únicamente una zona de exclusión aérea, pero si Gadafi envía sus tanques hacia Benghazi ¿qué hacemos? Durante la Segunda Guerra mundial los alemanes perdieron muy rápidamente l control aéreo, pero resistieron todavía varios años. Sin lugar a dudas los moderados debían pensar que, en la medida en que el objetivo es el derrocamiento de Gadafi, se iría más allá del establecimiento de una zona de exclusión aérea. La izquierda, incapaz de apoyar verdaderas soluciones alternativas, está atrapada por la lógica de la ingerencia humanitaria y se ve obligada a apoyar a Sarkozy. Si la guerra se termina rápido y bien, el presidente francés se encontrará en buena posición para 2012 y la izquierda le habrá allanado el camino. Puesto que esta izquierda no asume un discurso coherente opuesto a las guerras, se ve obligada a ir a remolque de la política de ingerencia.
¿Y si la guerra va mal?
Es penoso, pero el único partido francés que se ha opuesto a la intervención en Libia es el Frente Nacional. Ha invocado especialmente la amenaza de los flujos migratorios y lo ha aprovechado para desmarcarse de la UMP y del PS diciendo que el nunca había colaborado con Gadafi. Si la guerra en Libia no funciona como está previsto ello podría beneficiar al Frente Nacional en 2012.
Si la injerencia humanitaria no es más que un pretexto ¿cual es el objetivo de esta guerra?
Las revoluciones árabes han sorprendido a los occidentales que no estaban suficientemente bien informados de lo que ocurría en el Magreb y en Oriente Medio. No pongo en entredicho que haya buenos especialistas de la cuestión, pero con frecuencia no son suficientemente escuchados a un cierto nivel de poder y desde luego se quejan de ello. Ahora pues, puede que los nuevos gobiernos egipcio y tunecino no se alineen con los intereses occidentales y, por consiguiente, podrían ser hostiles a Israel. Para asegurarse el control de la región y proteger a Tel-Aviv, los occidentales probablemente quieran deshacerse de los gobiernos ya hostiles a Israel y a los occidentales. Los tres principales son Irán, Siria y Libia. Puesto que este último es el más débil se le ataca.
¿Puede funcionar eso?
Occidente soñaba con dominar el mundo, pero desde 2003, con el fiasco irakí, se ve que no es capaz de ello. Antes, los Estados Unidos podían permitirse derrocar dirigentes que ellos mismos habían llevado al poder, como Ngô Dinh Diêm en Vietnam del Sur en los años 60. Pero Washington ya no tiene la posibilidad de hacer esto hoy en día. En Kosovo, Estados Unidos deben arreglárselas con un régimen mafioso. En Afganistán todo el mundo dice que Karzaï es un corrupto pero no tienen alternativa. En Irak también deben acomodarse con un gobierno que está lejos de convenirles totalmente. De bien seguro que el problema también se presentará en Libia. Un irakí me dijo una vez: “En esta parte del mundo no hay liberales en el sentido occidental del término, excepto algunos intelectuales bastante aislados”. Como Occidente no puede apoyarse en dirigentes que compartan sus ideas y defiendan totalmente sus intereses, intenta imponer dictaduras por la fuerza. Pero evidentemente esto crea un desfase con las aspiraciones de la base popular. Además, este procedimiento resulta un fracaso y la gente no debería engañarse acerca de lo que pasa. Occidente, que creía poder controlar al mundo árabe con marionetas como Ben Alí y Mubarak, se diría de pronto: “Todo era falso ¿vamos ahora a apoyar la democracia en Túnez, en Egipto y en Libia? “ Es tanto más absurdo teniendo en cuenta que una de las grandes reivindicaciones de las revoluciones árabes es el derecho a la soberanía. Dicho de otra forma ¡no a la injerencia! Occidente debe resignarse: el mundo árabe, lo mismo que África y el Caribe, no le pertenece. De hecho, las regiones donde Occidente interviene más son las menos desarrolladas. Si se respeta su soberanía estas regiones podrán desarrollarse, como lo ha hecho Asia y como sin duda lo hará América latina. La política de injerencia es un fracaso para todo el mundo.
¿Cuál es la alternativa entonces?
En primer lugar hay que saber que la política de injerencia necesita un presupuesto militar importante. Sin el apoyo de Estados Unidos y su presupuesto militar delirante, Francia y Gran Bretaña no se habrían comprometido. Bélgica, todavía menos. Pero todos estos medios puestos a disposición no caen del cielo. Este presupuesto se basa en préstamos de la China que conllevan déficits US y todo tipo de problemas económicos. Raramente se piensa en ello. Además, se nos repite constantemente que no hay dinero para la educación, la investigación, las pensiones, etc. ¡Y de repente aparece una gran cantidad de dinero para hacer la guerra en Libia. Una cantidad ilimitada, puesto que no se sabe cuanto tiempo va a durar esta guerra! Por otra parte ya se está gastando dinero para nada en Afganistán. Hace falta, por lo tanto, otra visión política y, a mi parecer, suiza es un buen ejemplo. Este país consagra su presupuesto militar únicamente a la protección de su territorio. Los suizos tiene una política de no intervención coherente, puesto que su ejército, por principio no puede salir de su territorio. Podría decirse que Suiza deja que Gadafi masacre a los insurgentes pero, en primer lugar, ella nunca ha cometido un genocidio u otras masacres, incluso si su política puede ser criticada a otros niveles (banca o inmigración). Y, en segundo lugar, si todo el mundo hiciera como Suiza, por las razones que ya he explicado anteriormente, el mundo iría mucho mejor. Las guerras y los embargos siempre tienen consecuencias desastrosas. A mi parecer, la mejor alternativa es la cooperación con distintos países, sean cuales sean sus regímenes. A través del comercio, pero no el de armas evidentemente, las ideas circulan y las cosas pueden evolucionar, sin guerra. Se pueden discutir las modalidades: comercio justo, ecológico, etc. Pero el comercio es una alternativa mucho menos sangrienta que las sanciones y los embargos, que son la versión soft de las guerras humanitarias.
Es una ideología que pretende legitimar la injerencia militar contra países soberanos en nombre de la democracia y de los derechos del Hombre. La motivación siempre es la misma: una población es víctima de un dictador y por lo tanto hay que actuar. Entonces nos sacan las referencias a la Segunda Guerra mundial, a la guerra de España y otras. Se trata de hacer aceptable la intervención. Es lo que pasó en Kosovo, Irak o Afganistán.
Y ahora ¿es el turno de Libia?
Hay una diferencia, porque en este caso está autorizada por una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Pero esa resolución ha sido votada en contra de los principios mismos de la Carta de las Naciones Unidas. Efectivamente, no veo ninguna amenaza exterior en el conflicto libio. Se ha recurrido a la noción de la “responsabilidad de proteger” a la población, pero quemando un poco las etapas. Además, no hay pruebas de que Gadafi masacre a la población simplemente con el objetivo de masacrarla. Es algo más complicado: se trata más bien de una insurrección armada y no sé de ningún gobierno que no reprima este tipo de insurrección. Evidentemente, hay daños colaterales y muertos entre los civiles. Pero si los Estados Unidos saben cómo evitar tales daños, que vayan a explicarlo a los israelíes y que se lo apliquen a sí mismos en Irak y en Afganistán. Tampoco hay ninguna duda de que los bombardeos de la coalición también van a provocar pérdidas civiles. Por lo tanto, pienso que desde un punto de vista estrictamente legal, la resolución del Consejo de Seguridad es discutible. En realidad, es el resultado de años de presión para el reconocimiento del derecho de injerencia que en este caso se legitima.
Sin embargo, incluso entre las izquierdas mucha gente piensa que había que intervenir en Libia para detener la masacre. ¿Cree que es un error de juicio?
Sí, y por varias razones. En primer lugar, esta campaña establece el reino de la arbitrariedad. En efecto, el conflicto libio no tiene nada de excepcional. Hay muchos otros en el mundo, ya sea en Gaza, Bahrein o, hace algunos años, en el Congo. En este último caso estábamos ante el cuadro de una agresión exterior por parte de Rwanda y de Burundi. La aplicación del derecho internacional habría permitido salvar millones de vidas pero no se hizo. ¿Por qué? Además, si se aplican los principios de injerencia que subyacen en el ataque contra Libia, esto significa que todo e mundo puede intervenir en todas partes. Imaginemos que los rusos intervinieran en Bahrein o los chinos en Yemen: sería la guerra generalizada y permanente. Una gran característica del derecho de ingerencia es, en consecuencia, el no respetar el derecho internacional clásico. Y si hubiera que modificar el derecho internacional con nuevas reglas que legitimaran el derecho de ingerencia, ello desembocaría en la guerra de todos contra todos. Es un argumento al que los partidarios del derecho de ingerencia nunca responden. Finalmente, estas ingerencias refuerzan lo que yo llamo el “efecto barricada”: todos los países que están en el punto de mira de los Estados Unidos van a sentirse amenazados y van a intentar reforzar su armamento. Hemos visto lo que pasó con Saddam. Por cierto, Gadafi declaró a la liga árabe: “Acaban de ahorcar a un miembro de esta liga y no habéis dicho nada. Pero lo mismo puede ocurriros a vosotros, ya que, aunque todos vosotros seáis aliados de los Estados Unidos, Saddam también lo fue anteriormente”. Actualmente se reproduce lo mismo con Gadafi y la amenaza que pende sobre muchos Estados puede relanzar la carrera armamentística. Rusia, que no es precisamente un país desarmado, ya ha anunciado que iba a reforzar sus tropas. Pero esto puede ir incluso más lejos: si Libia tuviera armamento nuclear jamás habría sido atacada. Desde luego, esta es la razón por la que no se ataca a Corea del Norte. La izquierda que apoya la intervención en Libia debería pues darse cuenta de que la consecuencia de la ingerencia humanitaria es el relanzamiento de la carrera armamentística y a largo plazo, la creación de lógicas de guerra.
Sin embargo, esta intervención militar contra Gadafi ¿no podría considerarse un mal menor?
Hay que pensar en las consecuencias. Ahora que las fuerzas occidentales están comprometidas es evidente que tendrán que llegar hasta el fin, derrocar a Gadafi e instalar a los rebeldes en el poder. ¿Qué va a pasar entonces? Libia parece dividida. Si hay resistencia en Trípoli ¿Occidente va a ocupar el país y embarcarse en una guerra sin fin como en Irak o Afganistán? Pero, imaginemos que todo va bien: la coalición se deshace de Gadafi en unos cuantos días, los rebeldes toman el poder y el pueblo libio está unido. Todo l mundo está contento ¿y después? No creo que Occidente vaya a decir: “Ya está, hemos hecho esto porque somos buenos y respetamos los derechos del Hombre. Ahora podéis hacer lo que queráis”. ¿Qué pasará si el nuevo gobierno libio parece demasiado musulmán o no limita correctamente los flujos migratorios? ¿Creéis que se les va a dejar actuar? Es evidente que después de esta intervención el nuevo gobierno libio será prisionero de los intereses occidentales.
Si la intervención militar no es la solución, entonces ¿qué hacer?
En primer lugar habrían debido ensayarse honestamente todas las soluciones pacíficas. Quizás no habría funcionado, pero respecto ha habido una voluntad manifiesta de rechazar estas soluciones. Es desde luego una constante en las guerras humanitarias. Por lo que respecta a Kosovo habían propuestas serbias muy detalladas para llegar a una solución pacífica pero fueron rechazadas. Occidente incluso impuso condiciones que hacían imposible cualquier negociación, como la ocupación de Serbia por tropas de la OTAN. En Afganistán, los talibanes propusieron hacer juzgar a Ben Laden por un tribunal internacional si se les aportaban pruebas de su implicación en el atentado del World Trade Center. Estados Unidos lo rechazaron y bombardearon. En Irak, Saddam había aceptado el retorno de los inspectores de la ONU así como numerosas condiciones enormemente apremiantes. Pero nunca era suficiente. En Libia, Gadafi había aceptado un cese el fuego y había propuesto el envío de observadores internacionales. Los observadores no fueron enviados y se ha dicho que Gadafi no había aceptado el cese el fuego. Occidente también rechazó la propuesta de mediación de Chávez, que sin embargo fue aprobada por numerosos países latinos así como por la Organización para la Unidad Africana. Respecto a esto me enfurezco cuando oigo a gente de izquierda, en Europa, denunciar la horrible Alianza Bolivariana que sostiene al dictador Gadafi. ¡Esta gente no ha comprendido nada! Los dirigentes latinos son personas en el poder con importantes responsabilidades. No son izquierdistas insignificantes que parlotean en su rincón. Y el gran problema de estos dirigentes es la ingerencia de los Estados Unidos; cuanto menos puedan los Estados Unidos hacer lo que quieran en cualquier parte del mundo, mejor será para todos los países que intentan emanciparse de su tutela y para todo el mundo.
El hecho de rechazar sistemáticamente las soluciones pacíficas ¿significa que la ingerencia humanitaria es un pretexto?
Sí, pero funciona con respecto a los intelectuales, tengo más dudas con respecto a la reacción de los pueblos europeos. ¿Van a apoyar a sus dirigentes en el ataque contra Gadafi? A nivel de los pueblos son las guerras por la seguridad las que gozan de una mayor legitimidad; cuando hay, por ejemplo, una amenaza contra nuestras poblaciones, nuestras formas de vida, etc. Pero aquí y en Francia, con todo este clima islamofóbico que hay (que no apruebo, pero que existe) ve a explicarles que vamos a luchar en Cirenaica por unos insurgentes a los que vemos gritando “« Allah U Akbar »&hellip ¡es contradictorio! A nivel político la mayoría de partidos apoyan la intervención. Incluso en la izquierda, trotskistas como Mélenchon. Todos andan con la flor en el fusil. Los más moderados apoyaban únicamente una zona de exclusión aérea, pero si Gadafi envía sus tanques hacia Benghazi ¿qué hacemos? Durante la Segunda Guerra mundial los alemanes perdieron muy rápidamente l control aéreo, pero resistieron todavía varios años. Sin lugar a dudas los moderados debían pensar que, en la medida en que el objetivo es el derrocamiento de Gadafi, se iría más allá del establecimiento de una zona de exclusión aérea. La izquierda, incapaz de apoyar verdaderas soluciones alternativas, está atrapada por la lógica de la ingerencia humanitaria y se ve obligada a apoyar a Sarkozy. Si la guerra se termina rápido y bien, el presidente francés se encontrará en buena posición para 2012 y la izquierda le habrá allanado el camino. Puesto que esta izquierda no asume un discurso coherente opuesto a las guerras, se ve obligada a ir a remolque de la política de ingerencia.
¿Y si la guerra va mal?
Es penoso, pero el único partido francés que se ha opuesto a la intervención en Libia es el Frente Nacional. Ha invocado especialmente la amenaza de los flujos migratorios y lo ha aprovechado para desmarcarse de la UMP y del PS diciendo que el nunca había colaborado con Gadafi. Si la guerra en Libia no funciona como está previsto ello podría beneficiar al Frente Nacional en 2012.
Si la injerencia humanitaria no es más que un pretexto ¿cual es el objetivo de esta guerra?
Las revoluciones árabes han sorprendido a los occidentales que no estaban suficientemente bien informados de lo que ocurría en el Magreb y en Oriente Medio. No pongo en entredicho que haya buenos especialistas de la cuestión, pero con frecuencia no son suficientemente escuchados a un cierto nivel de poder y desde luego se quejan de ello. Ahora pues, puede que los nuevos gobiernos egipcio y tunecino no se alineen con los intereses occidentales y, por consiguiente, podrían ser hostiles a Israel. Para asegurarse el control de la región y proteger a Tel-Aviv, los occidentales probablemente quieran deshacerse de los gobiernos ya hostiles a Israel y a los occidentales. Los tres principales son Irán, Siria y Libia. Puesto que este último es el más débil se le ataca.
¿Puede funcionar eso?
Occidente soñaba con dominar el mundo, pero desde 2003, con el fiasco irakí, se ve que no es capaz de ello. Antes, los Estados Unidos podían permitirse derrocar dirigentes que ellos mismos habían llevado al poder, como Ngô Dinh Diêm en Vietnam del Sur en los años 60. Pero Washington ya no tiene la posibilidad de hacer esto hoy en día. En Kosovo, Estados Unidos deben arreglárselas con un régimen mafioso. En Afganistán todo el mundo dice que Karzaï es un corrupto pero no tienen alternativa. En Irak también deben acomodarse con un gobierno que está lejos de convenirles totalmente. De bien seguro que el problema también se presentará en Libia. Un irakí me dijo una vez: “En esta parte del mundo no hay liberales en el sentido occidental del término, excepto algunos intelectuales bastante aislados”. Como Occidente no puede apoyarse en dirigentes que compartan sus ideas y defiendan totalmente sus intereses, intenta imponer dictaduras por la fuerza. Pero evidentemente esto crea un desfase con las aspiraciones de la base popular. Además, este procedimiento resulta un fracaso y la gente no debería engañarse acerca de lo que pasa. Occidente, que creía poder controlar al mundo árabe con marionetas como Ben Alí y Mubarak, se diría de pronto: “Todo era falso ¿vamos ahora a apoyar la democracia en Túnez, en Egipto y en Libia? “ Es tanto más absurdo teniendo en cuenta que una de las grandes reivindicaciones de las revoluciones árabes es el derecho a la soberanía. Dicho de otra forma ¡no a la injerencia! Occidente debe resignarse: el mundo árabe, lo mismo que África y el Caribe, no le pertenece. De hecho, las regiones donde Occidente interviene más son las menos desarrolladas. Si se respeta su soberanía estas regiones podrán desarrollarse, como lo ha hecho Asia y como sin duda lo hará América latina. La política de injerencia es un fracaso para todo el mundo.
¿Cuál es la alternativa entonces?
En primer lugar hay que saber que la política de injerencia necesita un presupuesto militar importante. Sin el apoyo de Estados Unidos y su presupuesto militar delirante, Francia y Gran Bretaña no se habrían comprometido. Bélgica, todavía menos. Pero todos estos medios puestos a disposición no caen del cielo. Este presupuesto se basa en préstamos de la China que conllevan déficits US y todo tipo de problemas económicos. Raramente se piensa en ello. Además, se nos repite constantemente que no hay dinero para la educación, la investigación, las pensiones, etc. ¡Y de repente aparece una gran cantidad de dinero para hacer la guerra en Libia. Una cantidad ilimitada, puesto que no se sabe cuanto tiempo va a durar esta guerra! Por otra parte ya se está gastando dinero para nada en Afganistán. Hace falta, por lo tanto, otra visión política y, a mi parecer, suiza es un buen ejemplo. Este país consagra su presupuesto militar únicamente a la protección de su territorio. Los suizos tiene una política de no intervención coherente, puesto que su ejército, por principio no puede salir de su territorio. Podría decirse que Suiza deja que Gadafi masacre a los insurgentes pero, en primer lugar, ella nunca ha cometido un genocidio u otras masacres, incluso si su política puede ser criticada a otros niveles (banca o inmigración). Y, en segundo lugar, si todo el mundo hiciera como Suiza, por las razones que ya he explicado anteriormente, el mundo iría mucho mejor. Las guerras y los embargos siempre tienen consecuencias desastrosas. A mi parecer, la mejor alternativa es la cooperación con distintos países, sean cuales sean sus regímenes. A través del comercio, pero no el de armas evidentemente, las ideas circulan y las cosas pueden evolucionar, sin guerra. Se pueden discutir las modalidades: comercio justo, ecológico, etc. Pero el comercio es una alternativa mucho menos sangrienta que las sanciones y los embargos, que son la versión soft de las guerras humanitarias.
* http://es.wikipedia.org/wiki/Jean_Bricmont
lunes, 14 de marzo de 2011
patología de la ganancia y el planeta desechable
Michael Parenti*
Hace algunos años en Nueva Inglaterra, un grupo de ecologistas le preguntó a un ejecutivo cómo podía su empresa (una fábrica de papel) justificar el vertido de sus efluentes industriales crudos en un río cercano. El río, que le había tomado a la Madre Naturaleza siglos para crear era usado como fuente de agua potable, para pescar, para hacer canotaje y natación, en pocos años, la fábrica de papel lo había convertido en una cloaca a cielo abierto altamente tóxica.
El ejecutivo de la empresa se encogió de hombros y dijo que esa era la forma más rentable de eliminar los desechos de la fábrica. Si la empresa hubiera tenido que absorber el costo adicional de limpiar después de sí misma, no habría podido mantener su ventaja competitiva y hubiera quebrado o se habría mudado a un mercado laboral más barato, lo que habría resultado en la pérdida de puestos de trabajo para la economía local.
Mercado Libre, Über Alles
Era un argumento conocido: la empresa no tenía otra opción. Se vio obligada a actuar de esa manera en un mercado competitivo. La planta no estaba en el negocio de la protección del medio ambiente, sino en el negocio de generar utilidades, el mayor beneficio posible a la mayor tasa de rendimiento posible. Lo único que importa, como los líderes empresariales dejan claro cuando se les pregunta sobre el tema, son las ganancias. El objetivo principal de un negocio es la acumulación de capital.
Para justificar esta actitud especuladora, las corporaciones estadounidenses promueven el clásico laissez-faire, la teoría que afirma que el libre mercado -una congestión de empresas desreguladas y sin restricciones que persiguen sus propios intereses egoístamente- es gobernado por una "mano invisible" benigna que milagrosamente produce resultados óptimos para todos.
Los propulsores del libre mercado tienen una profunda fe en el laissez-faire, porque es una fe que les beneficia. Esto significa que no son supervisados por el gobierno, ni tienen que rendir cuentas por los desastres ambientales que causan. Como ávido niños mimados, que en repetidas ocasiones han sido rescatados por el gobierno (¡que tal libre mercado!) para que puedan seguir asumiendo riesgos irresponsables, saqueando la tierra, envenenando los mares, enfermando comunidades, devastando regiones enteras, y embolsándose beneficios obscenos.
Este sistema corporativo de acumulación de capital trata los recursos de la Tierra, que dan sustento a la vida (las tierras arables, las aguas subterráneas, los humedales, los bosques, la pesca, el suelo marino, las bahías y los ríos y la calidad del aire), como ingredientes desechables de suministro presumiblemente ilimitado, que se consume o envenena a voluntad. Tal como lo demostró el derrame de BP en el Golfo de México, las consideraciones de costos pesan mucho más que las consideraciones de seguridad. Y como concluyó una investigación del Congreso: "Una y otra vez, parece que BP tomó decisiones que aumentaron el riesgo de explosión, sólo para ahorrarse tiempo y dinero".
En efecto, la función de la empresa transnacional no es promover una ecología sana, sino extraer tanto valor del mundo natural como sea posible, incluso si esto significa tratar el medio ambiente como una fosa séptica. Este capitalismo corporativo en expansión y nuestra frágil ecología están en curso de colisión, tanto así que los sistemas de soporte de la delgada exosfera -la delgada capa de aire fresco, agua y tierra vegetal del planeta- están en peligro.
No es cierto que los intereses político-económicos dominantes estén en un estado de negación acerca de todo esto. Mucho peor que la negación, han demostrado un franco antagonismo hacia aquellos que piensan que nuestro planeta es más importante que sus beneficios. Así que difaman a los ambientalistas como "eco-terroristas", "Gestapo de la EPA", "alarmistas del Día de la Tierra", "amantes de los árboles", y promotores de una "histeria verde".
En un gran alejamiento de la ideología de libre mercado, la mayoría de las deseconomías de las grandes empresas son impuestas sobre la población en general, incluyendo los costes de la limpieza de desechos tóxicos, el costo del monitoreo de la producción, el coste de la eliminación de efluentes industriales (que compone 40 a 60 por ciento de las cargas tratadas por las plantas de alcantarillado municipales financiadas por los contribuyentes), el costo de desarrollar nuevas fuentes de agua (mientras que la industria y la agroindustria consume el 80 por ciento del suministro de agua de la nación cada día), y los costos de la atención médica por enfermedades causadas por toda la toxicidad creada. Después de transferir al gobierno muchas de estas deseconomías, el sector privado se jacta de su gran eficiencia, supuestamente superior a la del sector público.
Los super-ricos son diferentes a nosotros
¿No sería un desastre ecológico una amenaza para la salud y la supervivencia de los plutócratas corporativos al igual que lo es para nosotros, los ciudadanos comunes? Podemos entender por qué las grandes corporaciones querrían destruir la vivienda pública, la educación pública, el Seguro Social, Medicare y Medicaid. Estos recortes nos acercarían a una sociedad de libre mercado carente de la financiación pública "socialística" de servicios humanos que tanto detestan los reaccionarios. Y estos recortes no privarían a los super-ricos y sus familias de nada. Los super-ricos tienen más de la riqueza privada suficiente para adquirir cualquiera de los servicios y la protección que necesitan para sí mismos.
Pero el medio ambiente es una historia diferente, ¿no? ¿Acaso estos ricos reaccionarios y sus grupos corporativos de presión no habitan el mismo planeta contaminado que los demás, acaso no comen los mismos alimentos químicamente contaminados, ni respiran el mismo aire tóxico? De hecho, no; no viven exactamente como todos los demás. Experimentan una realidad de clase distinta, a menudo residen en lugares donde el aire es notablemente mejor que en las áreas de ingresos bajos y medios. Tienen acceso a alimentos orgánicos, especialmente transportados y preparados.
Los vertederos tóxicos de la nación y las autopistas por lo general están lejos de sus elegantes vecindarios. De hecho, los super-ricos no viven en vecindarios como tales. Por lo general, residen en extensos terrenos rodeados de áreas boscosas, arroyos, praderas, y sólo unas pocas bien controladas carreteras de acceso. Sus árboles y jardines no son tratados con aerosoles de pesticidas. La tala indiscriminada no afecta sus ranchos, haciendas, y bosques familiares, ni sus lagos y sus centros vacacionales.
No obstante, ¿no deberían temer la amenaza de un apocalipsis ecológico provocado por el calentamiento global? ¿Quieren ver destruida la vida en la Tierra, incluyendo sus propias vidas? En el largo plazo, de hecho están sellando su propio destino, junto con el de todos los demás. Sin embargo, como todos nosotros, no viven en el largo plazo, sino en el aquí y el ahora. ¿Lo que está en juego para ellos es algo más próximo y más urgente que la ecología mundial, son sus ganancias globales. El destino de la biosfera parece una abstracción distante en comparación con el destino inmediato de sus enormes inversiones.
Con la vista puesta en el balance, los líderes de las grandes empresas saben que cada dólar que una empresa gasta en cosas raras como la protección del medio ambiente es un dólar menos de ganancia. Alejarse de los combustibles fósiles y hacia la energía solar, eólica o pelágica podría ayudar a evitar el desastre ecológico, pero seis de las diez mejores empresas industriales del mundo están involucradas principalmente en la producción de petróleo, gasolina y vehículos a motor. La contaminación por combustibles fósiles trae miles de millones de dólares en retornos. Y los grandes productores están convencidos de que las formas ecológicamente sostenibles de producción son una amenaza para dichos beneficios.
La ganancia inmediata para uno mismo es una consideración mucho más convincente que una pérdida futura compartida por el público en general. Cada vez que usted conduce su automóvil, pone su necesidad inmediata de llegar a algún lugar por delante de la necesidad colectiva para evitar el envenenamiento del aire que todos respiramos. Lo mismo es válido con los grandes actores: el costo social de convertir un bosque en un desierto pesa poco en contra de la ganancia inmensa e inmediata que proviene de la cosecha de la madera que representa dinero en efectivo. Y siempre se puede racionalizar: hay muchísimos otros bosques para que la gente se pasee, no necesitan este; la sociedad necesita la madera; los leñadores necesitan los puestos de trabajo, y así sucesivamente.
El futuro es ahora
Pero algunos de los mismos científicos y ecologistas que ven la crisis ecológica como urgente nos advierten de una crisis climática catastrófica "al final de este siglo". Pero para eso falta unos noventa años, cuando todos nosotros, y la mayoría de nuestros hijos, estaremos muertos -lo que hace que el calentamiento global sea un tema mucho menos urgente.
Hay otros científicos que logran ser aún más irritantes al advertirnos de una crisis ecológica inminente, luego poniéndola aún más lejos en el futuro: "Vamos a tener que dejar de pensar en términos de millones de años y comenzar a pensar en términos de siglos", dijo un sabio científico, citado en el New York Times en 2006. ¿Se supone que esto debe ponernos en alerta? Si una catástrofe global está a un siglo o a varios siglos de distancia, ¿quién va a tomar las decisiones terriblemente difíciles y costosas, cuyos efectos se harán sentir en un futuro tan lejano?
A menudo se nos dice que debemos pensar en nuestros nietos, que serán las víctimas de todo esto (llamado que, normalmente, se hace en tono suplicante). Pero la mayoría de los jóvenes con los que converso en las universidades tienen dificultades para imaginar el mundo en el que sus inexistentes nietos vivirán en treinta o cuarenta años.
Debemos olvidarnos de estos llamados. No tenemos siglos o generaciones, ni siquiera décadas, antes de que los desastres estén sobre nosotros. La crisis ecológica no es una urgencia a distancia. La mayoría de quienes estamos vivos hoy probablemente no tendremos el lujo de decir "Après moi, le déluge" porque todavía estaremos aquí cuando empiece la catástrofe. Sabemos que esto es cierto, porque la crisis ecológica ya está actuando sobre nosotros con un efecto acelerado y agravado y que pronto será irreversible.
La locura de la especulación
Es triste decirlo, el medio ambiente no puede defenderse por sí mismo. Depende de nosotros proteger lo que queda de él. Pero todos lo que los súper ricos quieren es continuar transformando la naturaleza viva en mercancías y las mercancías en capital muerto. Los inminentes desastres ecológicos no significan nada para los saqueadores corporativos ya que la naturaleza viva no tiene valor para ellos.
La riqueza es adictiva. La fortuna despierta el apetito por mayor fortuna. No hay fin a la cantidad de dinero que uno podría desear acumular, impulsado por la sagrada fama, la maldita hambre de oro. Así que los adictos al dinero cogen cada vez más para sí mismos, más de lo que se puede gastar en un millar de vidas de ilimitada indulgencia, impulsada por lo que empieza a parecerse a una patología obsesiva, una monomanía que borra toda consideración humana.
Los súper-ricos están más apegados a sus riquezas que a la Tierra en la que viven, más preocupados por el destino de su fortuna que por el destino de la humanidad, tan poseídos por su afán de lucro que no ven el desastre que se avecina. Hay una caricatura del New Yorker que muestra a un ejecutivo corporativo hablando en una reunión de negocios: "Y así, mientras que el escenario del fin del mundo estará lleno de horrores inimaginables, creemos que el período de pre-fin estará lleno de oportunidades de lucro".
No es una broma. Hace años comenté que quienes negaban la existencia del calentamiento global no cambiarían su opinión hasta que el Polo Norte comenzara a derretirse (nunca pensé que empezaría a derretirse en mi vida). Hoy estamos frente al derretimiento del Ártico con sus terribles implicaciones para las corrientes oceánicas del golfo, los niveles de las aguas costeras, toda la zona templada del planeta y la producción agrícola mundial.
Entonces, ¿cómo están respondiendo los capitanes de la industria y las finanzas? Como era de esperarse al igual que los especuladores monomaníacos. Ellos escuchan la música: ca-ching, ca-ching. En primer lugar, el deshielo del Ártico abrirá un paso directo entre los dos grandes océanos, un sueño más antiguo que Lewis y Clark. Esto hará más cortas y más accesibles las rutas del comercio mundial. Ya no tendrán que cruzar por el Canal de Panamá o el Cabo de Hornos. Los menores costos de transporte significan más comercio y mayores beneficios.
En segundo lugar, alegremente notan que el deshielo está abriendo vastas reservas de petróleo a la perforación. Podrán seguir perforando en busca de más de los mismos combustibles fósiles que están causando la calamidad que desciende sobre nosotros. Más deshielo significa más petróleo y más beneficios, tal es el mantra de los propulsores del libre mercado, que piensan que el mundo les pertenece sólo a ellos.
Imaginemos ahora que estamos todos dentro de un gran autobús a toda velocidad por un camino que se dirige hacia una caída fatal en un profundo barranco. ¿Qué harían nuestros adictos a las ganancias? Estarían corriendo de arriba a abajo del pasillo, vendiendo cojines y cinturones de seguridad a precios exorbitantes. Ya estaban preparados para esta oportunidad de venta.
Tenemos que levantarnos de nuestros asientos, y colocarlos bajo la supervisión de adultos, correr al frente del autobús, botar al conductor, agarrar el volante, frenar el autobús y darle la vuelta. No es fácil, pero quizá todavía sea posible. Para mí, ese es un sueño recurrente.
El ejecutivo de la empresa se encogió de hombros y dijo que esa era la forma más rentable de eliminar los desechos de la fábrica. Si la empresa hubiera tenido que absorber el costo adicional de limpiar después de sí misma, no habría podido mantener su ventaja competitiva y hubiera quebrado o se habría mudado a un mercado laboral más barato, lo que habría resultado en la pérdida de puestos de trabajo para la economía local.
Mercado Libre, Über Alles
Era un argumento conocido: la empresa no tenía otra opción. Se vio obligada a actuar de esa manera en un mercado competitivo. La planta no estaba en el negocio de la protección del medio ambiente, sino en el negocio de generar utilidades, el mayor beneficio posible a la mayor tasa de rendimiento posible. Lo único que importa, como los líderes empresariales dejan claro cuando se les pregunta sobre el tema, son las ganancias. El objetivo principal de un negocio es la acumulación de capital.
Para justificar esta actitud especuladora, las corporaciones estadounidenses promueven el clásico laissez-faire, la teoría que afirma que el libre mercado -una congestión de empresas desreguladas y sin restricciones que persiguen sus propios intereses egoístamente- es gobernado por una "mano invisible" benigna que milagrosamente produce resultados óptimos para todos.
Los propulsores del libre mercado tienen una profunda fe en el laissez-faire, porque es una fe que les beneficia. Esto significa que no son supervisados por el gobierno, ni tienen que rendir cuentas por los desastres ambientales que causan. Como ávido niños mimados, que en repetidas ocasiones han sido rescatados por el gobierno (¡que tal libre mercado!) para que puedan seguir asumiendo riesgos irresponsables, saqueando la tierra, envenenando los mares, enfermando comunidades, devastando regiones enteras, y embolsándose beneficios obscenos.
Este sistema corporativo de acumulación de capital trata los recursos de la Tierra, que dan sustento a la vida (las tierras arables, las aguas subterráneas, los humedales, los bosques, la pesca, el suelo marino, las bahías y los ríos y la calidad del aire), como ingredientes desechables de suministro presumiblemente ilimitado, que se consume o envenena a voluntad. Tal como lo demostró el derrame de BP en el Golfo de México, las consideraciones de costos pesan mucho más que las consideraciones de seguridad. Y como concluyó una investigación del Congreso: "Una y otra vez, parece que BP tomó decisiones que aumentaron el riesgo de explosión, sólo para ahorrarse tiempo y dinero".
En efecto, la función de la empresa transnacional no es promover una ecología sana, sino extraer tanto valor del mundo natural como sea posible, incluso si esto significa tratar el medio ambiente como una fosa séptica. Este capitalismo corporativo en expansión y nuestra frágil ecología están en curso de colisión, tanto así que los sistemas de soporte de la delgada exosfera -la delgada capa de aire fresco, agua y tierra vegetal del planeta- están en peligro.
No es cierto que los intereses político-económicos dominantes estén en un estado de negación acerca de todo esto. Mucho peor que la negación, han demostrado un franco antagonismo hacia aquellos que piensan que nuestro planeta es más importante que sus beneficios. Así que difaman a los ambientalistas como "eco-terroristas", "Gestapo de la EPA", "alarmistas del Día de la Tierra", "amantes de los árboles", y promotores de una "histeria verde".
En un gran alejamiento de la ideología de libre mercado, la mayoría de las deseconomías de las grandes empresas son impuestas sobre la población en general, incluyendo los costes de la limpieza de desechos tóxicos, el costo del monitoreo de la producción, el coste de la eliminación de efluentes industriales (que compone 40 a 60 por ciento de las cargas tratadas por las plantas de alcantarillado municipales financiadas por los contribuyentes), el costo de desarrollar nuevas fuentes de agua (mientras que la industria y la agroindustria consume el 80 por ciento del suministro de agua de la nación cada día), y los costos de la atención médica por enfermedades causadas por toda la toxicidad creada. Después de transferir al gobierno muchas de estas deseconomías, el sector privado se jacta de su gran eficiencia, supuestamente superior a la del sector público.
Los super-ricos son diferentes a nosotros
¿No sería un desastre ecológico una amenaza para la salud y la supervivencia de los plutócratas corporativos al igual que lo es para nosotros, los ciudadanos comunes? Podemos entender por qué las grandes corporaciones querrían destruir la vivienda pública, la educación pública, el Seguro Social, Medicare y Medicaid. Estos recortes nos acercarían a una sociedad de libre mercado carente de la financiación pública "socialística" de servicios humanos que tanto detestan los reaccionarios. Y estos recortes no privarían a los super-ricos y sus familias de nada. Los super-ricos tienen más de la riqueza privada suficiente para adquirir cualquiera de los servicios y la protección que necesitan para sí mismos.
Pero el medio ambiente es una historia diferente, ¿no? ¿Acaso estos ricos reaccionarios y sus grupos corporativos de presión no habitan el mismo planeta contaminado que los demás, acaso no comen los mismos alimentos químicamente contaminados, ni respiran el mismo aire tóxico? De hecho, no; no viven exactamente como todos los demás. Experimentan una realidad de clase distinta, a menudo residen en lugares donde el aire es notablemente mejor que en las áreas de ingresos bajos y medios. Tienen acceso a alimentos orgánicos, especialmente transportados y preparados.
Los vertederos tóxicos de la nación y las autopistas por lo general están lejos de sus elegantes vecindarios. De hecho, los super-ricos no viven en vecindarios como tales. Por lo general, residen en extensos terrenos rodeados de áreas boscosas, arroyos, praderas, y sólo unas pocas bien controladas carreteras de acceso. Sus árboles y jardines no son tratados con aerosoles de pesticidas. La tala indiscriminada no afecta sus ranchos, haciendas, y bosques familiares, ni sus lagos y sus centros vacacionales.
No obstante, ¿no deberían temer la amenaza de un apocalipsis ecológico provocado por el calentamiento global? ¿Quieren ver destruida la vida en la Tierra, incluyendo sus propias vidas? En el largo plazo, de hecho están sellando su propio destino, junto con el de todos los demás. Sin embargo, como todos nosotros, no viven en el largo plazo, sino en el aquí y el ahora. ¿Lo que está en juego para ellos es algo más próximo y más urgente que la ecología mundial, son sus ganancias globales. El destino de la biosfera parece una abstracción distante en comparación con el destino inmediato de sus enormes inversiones.
Con la vista puesta en el balance, los líderes de las grandes empresas saben que cada dólar que una empresa gasta en cosas raras como la protección del medio ambiente es un dólar menos de ganancia. Alejarse de los combustibles fósiles y hacia la energía solar, eólica o pelágica podría ayudar a evitar el desastre ecológico, pero seis de las diez mejores empresas industriales del mundo están involucradas principalmente en la producción de petróleo, gasolina y vehículos a motor. La contaminación por combustibles fósiles trae miles de millones de dólares en retornos. Y los grandes productores están convencidos de que las formas ecológicamente sostenibles de producción son una amenaza para dichos beneficios.
La ganancia inmediata para uno mismo es una consideración mucho más convincente que una pérdida futura compartida por el público en general. Cada vez que usted conduce su automóvil, pone su necesidad inmediata de llegar a algún lugar por delante de la necesidad colectiva para evitar el envenenamiento del aire que todos respiramos. Lo mismo es válido con los grandes actores: el costo social de convertir un bosque en un desierto pesa poco en contra de la ganancia inmensa e inmediata que proviene de la cosecha de la madera que representa dinero en efectivo. Y siempre se puede racionalizar: hay muchísimos otros bosques para que la gente se pasee, no necesitan este; la sociedad necesita la madera; los leñadores necesitan los puestos de trabajo, y así sucesivamente.
El futuro es ahora
Pero algunos de los mismos científicos y ecologistas que ven la crisis ecológica como urgente nos advierten de una crisis climática catastrófica "al final de este siglo". Pero para eso falta unos noventa años, cuando todos nosotros, y la mayoría de nuestros hijos, estaremos muertos -lo que hace que el calentamiento global sea un tema mucho menos urgente.
Hay otros científicos que logran ser aún más irritantes al advertirnos de una crisis ecológica inminente, luego poniéndola aún más lejos en el futuro: "Vamos a tener que dejar de pensar en términos de millones de años y comenzar a pensar en términos de siglos", dijo un sabio científico, citado en el New York Times en 2006. ¿Se supone que esto debe ponernos en alerta? Si una catástrofe global está a un siglo o a varios siglos de distancia, ¿quién va a tomar las decisiones terriblemente difíciles y costosas, cuyos efectos se harán sentir en un futuro tan lejano?
A menudo se nos dice que debemos pensar en nuestros nietos, que serán las víctimas de todo esto (llamado que, normalmente, se hace en tono suplicante). Pero la mayoría de los jóvenes con los que converso en las universidades tienen dificultades para imaginar el mundo en el que sus inexistentes nietos vivirán en treinta o cuarenta años.
Debemos olvidarnos de estos llamados. No tenemos siglos o generaciones, ni siquiera décadas, antes de que los desastres estén sobre nosotros. La crisis ecológica no es una urgencia a distancia. La mayoría de quienes estamos vivos hoy probablemente no tendremos el lujo de decir "Après moi, le déluge" porque todavía estaremos aquí cuando empiece la catástrofe. Sabemos que esto es cierto, porque la crisis ecológica ya está actuando sobre nosotros con un efecto acelerado y agravado y que pronto será irreversible.
La locura de la especulación
Es triste decirlo, el medio ambiente no puede defenderse por sí mismo. Depende de nosotros proteger lo que queda de él. Pero todos lo que los súper ricos quieren es continuar transformando la naturaleza viva en mercancías y las mercancías en capital muerto. Los inminentes desastres ecológicos no significan nada para los saqueadores corporativos ya que la naturaleza viva no tiene valor para ellos.
La riqueza es adictiva. La fortuna despierta el apetito por mayor fortuna. No hay fin a la cantidad de dinero que uno podría desear acumular, impulsado por la sagrada fama, la maldita hambre de oro. Así que los adictos al dinero cogen cada vez más para sí mismos, más de lo que se puede gastar en un millar de vidas de ilimitada indulgencia, impulsada por lo que empieza a parecerse a una patología obsesiva, una monomanía que borra toda consideración humana.
Los súper-ricos están más apegados a sus riquezas que a la Tierra en la que viven, más preocupados por el destino de su fortuna que por el destino de la humanidad, tan poseídos por su afán de lucro que no ven el desastre que se avecina. Hay una caricatura del New Yorker que muestra a un ejecutivo corporativo hablando en una reunión de negocios: "Y así, mientras que el escenario del fin del mundo estará lleno de horrores inimaginables, creemos que el período de pre-fin estará lleno de oportunidades de lucro".
No es una broma. Hace años comenté que quienes negaban la existencia del calentamiento global no cambiarían su opinión hasta que el Polo Norte comenzara a derretirse (nunca pensé que empezaría a derretirse en mi vida). Hoy estamos frente al derretimiento del Ártico con sus terribles implicaciones para las corrientes oceánicas del golfo, los niveles de las aguas costeras, toda la zona templada del planeta y la producción agrícola mundial.
Entonces, ¿cómo están respondiendo los capitanes de la industria y las finanzas? Como era de esperarse al igual que los especuladores monomaníacos. Ellos escuchan la música: ca-ching, ca-ching. En primer lugar, el deshielo del Ártico abrirá un paso directo entre los dos grandes océanos, un sueño más antiguo que Lewis y Clark. Esto hará más cortas y más accesibles las rutas del comercio mundial. Ya no tendrán que cruzar por el Canal de Panamá o el Cabo de Hornos. Los menores costos de transporte significan más comercio y mayores beneficios.
En segundo lugar, alegremente notan que el deshielo está abriendo vastas reservas de petróleo a la perforación. Podrán seguir perforando en busca de más de los mismos combustibles fósiles que están causando la calamidad que desciende sobre nosotros. Más deshielo significa más petróleo y más beneficios, tal es el mantra de los propulsores del libre mercado, que piensan que el mundo les pertenece sólo a ellos.
Imaginemos ahora que estamos todos dentro de un gran autobús a toda velocidad por un camino que se dirige hacia una caída fatal en un profundo barranco. ¿Qué harían nuestros adictos a las ganancias? Estarían corriendo de arriba a abajo del pasillo, vendiendo cojines y cinturones de seguridad a precios exorbitantes. Ya estaban preparados para esta oportunidad de venta.
Tenemos que levantarnos de nuestros asientos, y colocarlos bajo la supervisión de adultos, correr al frente del autobús, botar al conductor, agarrar el volante, frenar el autobús y darle la vuelta. No es fácil, pero quizá todavía sea posible. Para mí, ese es un sueño recurrente.
jueves, 10 de marzo de 2011
¿cómo intervenir en libia?
Alberto Piris*
Ante la prolongada resistencia de Gadafi en la capital libia, son bastantes los que, sin detenerse a considerar la complejidad del asunto, se impacientan y reclaman una urgente intervención militar que ponga fin al conflicto que está ensangrentando el vecino país mediterráneo. Para algunos, la solución no requiere muchas disquisiciones: consiste en EEUU y sus ejércitos. Ya que los libios rebeldes no saben salir por sí solos de lo que algunos ven como un estancamiento de la situación, dejémosles a un lado y que sean las victoriosas armas de Occidente las que digan la última palabra.
Este modo de pensar, aparte de revelar cierto residuo colonialista, parece olvidar que las dos revoluciones previas a la libia, que expulsaron del poder a sendos dictadores en países vecinos, alcanzaron plena legitimidad fuera y dentro del país precisamente porque su éxito se debió en exclusiva al esfuerzo de los pueblos rebelados. No hubo necesidad de apoyos ni intervenciones foráneas. Nacieron en el seno del pueblo y éste es el principal protagonista de cada revolución. Ni tunecinos ni egipcios deben nada a nadie. Están sentando por sí mismos las bases de sus nuevas estructuras políticas. Aunque esto les presente ahora serios problemas, que cada país habrá de resolver a su modo, y aunque no se vea fácil el paso desde la revolución hacia la estabilidad, los nuevos gobernantes solo habrán de responder ante sus pueblos, libres de endeudamientos ajenos, materiales o ideológicos.
Tras el bombardeo de Bengasi por aviones gubernamentales el lunes pasado, también los dirigentes de la rebelión libia discuten sobre la conveniencia de una intervención militar extranjera. Discusión que se ha extendido a esa parte de la sociedad libia que se ha sacudido el yugo de Gadafi y comienza a organizarse en libertad en varias zonas del país. Bastantes son los libios que piensan que una intervención militar, incluso bajo los auspicios de Naciones Unidas, serviría para reforzar a Gadafi, quien la utilizaría para excitar el patriotismo libio ante lo que haría aparecer como una conspiración de las potencias hostiles.
La disyuntiva está entre seguir soportando la represión desencadenada por el acorralado dictador, que sigue asesinando a sus compatriotas, o pasar la bandera de la rebelión, hasta ahora en manos libias, a fuerzas armadas extranjeras. No es ajeno a esta tesitura el Gobierno de EEUU; la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, admitió en el Congreso el martes pasado que la oposición libia tenía gran interés en ser reconocida como el agente del pueblo libio, sin intervención alguna de fuerzas extrañas.
Tanto en Washington como en Londres se habla de imponer por la fuerza una zona de exclusión aérea, vigilada por los cazabombarderos de ambos países, para evitar que la aviación gubernamental siga atacando a su propio pueblo. En los estados mayores de ambas capitales todavía se recuerda una operación análoga, al concluir la primera guerra contra Sadam, a fin de proteger a los chiíes iraquíes de la represión desencadenada por el dictador vencido, aunque todavía no depuesto. Apenas tuvo éxito y Sadam pudo continuar su venganza.
Aparte de todo lo anterior, organizar una zona de exclusión aérea presenta problemas intrínsecos que deben tenerse muy en cuenta. No sería el menor conseguir la aprobación del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Rusia ha manifestado ya su oposición a la medida, China probablemente la secundaría y algunos países europeos (Francia e Italia entre ellos) tienen serias dudas. Iniciarla sin el visto bueno de la ONU causaría discrepancias entre los países ahora alineados contra Gadafi; el recuerdo del fiasco iraquí está demasiado próximo como para iniciar nuevas aventuras. También el apoyo de la Liga Árabe sería estimable, pero no imprescindible.
Los elevados costes de la operación habrían de compartirse ¿entre quiénes? ¿Desde dónde se controlaría? ¿Quién tomaría las decisiones necesarias para llevarla a cabo? Entre otras cosas, habría que decidir si afecta a aviones militares o civiles, aviones o helicópteros. ¿Sería el Pentágono el que establecería las llamadas "reglas de enfrentamiento"?
Hay otro escollo difícil de soslayar: la exigencia previa de poner fuera de combate a las defensas antiaéreas libias. Sea cual sea el modo como esto se consiga es muy difícil evitar que se produzcan víctimas inocentes entre la población civil.
En realidad, todos los implicados en el conflicto (desde la ONU hasta las juntas de Gobierno que ya ejercen en Bengasi) desearían que fuese la presión ejercida sobre Gadafi, que ahora parece multiplicarse desde varios ángulos, la que produjese su retirada del poder. Los planes militares que se están aireando parecen tener también como objetivo el aumento de esa presión. No obstante, si esto no se consigue, será necesario adoptar medidas de fuerza que pongan fin a la exterminación del pueblo libio a manos del iluminado dictador, y es en ese caso cuando habremos de desear que no sea peor el remedio que la enfermedad.
En realidad, todos los implicados en el conflicto (desde la ONU hasta las juntas de Gobierno que ya ejercen en Bengasi) desearían que fuese la presión ejercida sobre Gadafi, que ahora parece multiplicarse desde varios ángulos, la que produjese su retirada del poder. Los planes militares que se están aireando parecen tener también como objetivo el aumento de esa presión. No obstante, si esto no se consigue, será necesario adoptar medidas de fuerza que pongan fin a la exterminación del pueblo libio a manos del iluminado dictador, y es en ese caso cuando habremos de desear que no sea peor el remedio que la enfermedad.
sábado, 5 de marzo de 2011
afganistán: una guerra sin fin en un mundo sin conciencia
Rick Rozoff*
La mayor fuerza militar extranjera jamás desplegada en Afganistán se halla ya inmersa en el décimo año de una guerra que se ha convertido en la más larga y en la más letal del siglo XXI.
Alrededor de 154.000 soldados ocupantes, casi dos tercios de ellos estadounidenses y el resto de otras cincuenta naciones, han emprendido un conflicto armado que con cada año que pasa se hace más mortífero.
Al principio de este mes, la Agence France-Press calculaba que en Afganistán habían muerto unas 10.000 personas a lo largo de 2010. Basándose en las cifras oficiales del gobierno afgano y en la página en Internet icasualties, ese número de víctimas que alcanza niveles de record aparecía documentado por categorías:
- EEUU y sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, junto a otras diversas naciones asociadas con la Organización, perdieron 711 soldados, un incremento notable respecto al año precedente cuando la cifra total de muertos fue de 521.
Los restantes 9.370 muertos eran afganos. Según AFP, se distribuían así:
- 810 soldados del gobierno, 1.292 policías, 2.043 civiles y 5.225 personas a las que se refiere como “militantes”. No se sabe bien cuántos de los muertos de la última categoría deberían estar incluidos, de forma mucho más apropiada, en la categoría precedente. Las Naciones Unidas, por ejemplo, informaron que en los primeros diez meses del pasado año habían muerto asesinados 2.412 civiles, más 3.803 heridos, un incremento de un 20% respecto a 2009.
Los combates y los muertos crecieron en intensidad en la medida en que el año llegaba a su fin, a la vez que se incrementaban los ataques con bombardeos y las operaciones terrestres de contrainsurgencia.
El mes de febrero del pasado año, las fuerzas de la OTAN lanzaron la Operación Moshtarak en la provincia de Helmand, la mayor ofensiva hasta la fecha en la guerra que empezó el 7 de octubre de 2001. Al menos 15.000 soldados extranjeros y gubernamentales afganos perpetraron un desproporcionado atraque contra unos pocos cientos de combatientes talibanes convirtiendo a la población de Marjah en la principal víctima.
Al siguiente mes, las fuerzas de EEUU y la OTAN empezaron la Operación Omaid para conseguir el control de la ciudad de Kandahar, capital de la provincia del mismo nombre, y prepararon la Operación Hamkari para la provincia, que se ha venido repetidamente retrasando debido en gran parte al fracaso de la dilatada e inconclusa ofensiva en la vecina Helmand. La ofensiva Hamkari no se puso en marcha hasta septiembre y en una escala menos ambiciosa que la Operación Moshtarak.
Este mes, una delegación de funcionarios afganos, dirigida por el asesor del Presidente Hamid Karzai Mohammad Sadiq Aziz, afirmó que la aún inconclusa Operación Omaid ha causado 100 millones de dólares de daños en las cosechas de frutales (a punto de empezar la estación de la cosecha), en la ganadería y en las propiedades. “La Operación militar Omajid [Esperanza], que se puso en marcha durante algún tiempo en Arghandab, Zhari y los distritos de Panjwai, ha causado daños muy graves a la gente”, dijo Aziz (1).
El 24 de enero, el mismo Presidente Karzai acusó a la OTAN de haber talado unos 4.000 árboles en la provincia de Ghazni. “El Presidente, al condenar este acto, está haciendo hincapié en que las fuerzas internacionales deben evitar ese tipo de acciones, porque constituyen un crimen contra las propiedades públicas afganas, además de destruir el medio ambiente” (2), se leía en un comunicado emitido por la oficina del presidente. Evidentemente, la única planta que la OTAN no tocó fue la adormidera.
A un ritmo diario, EEUU y la OTAN aumentaron los ataques a tres bandas a ambos lados de la frontera afgano-pakistaní: Un nivel sin precedentes de bombardeos, intensificación de los ataques nocturnos de las Fuerzas Especiales y un aumento espectacular de ataques de misiles desde los letales aviones no tripulados en el noroeste de Pakistán.
La Marina de EEUU anunció el primer día de este año que el 28 de diciembre, desde el inmenso portaviones nuclear USS Abrahan Lincoln situado en el Mar Arábigo, se había lanzado la operación de combate número mil de la guerra en Afganistán. Aviones de combate despegaron desde su cubierta alcanzándose casi las 6.000 horas de vuelo en los últimos cuatro meses de 2010.
El pasado año, la Fuerza Aérea estadounidense duplicó la cantidad de controladores de ataques terminales conjuntos (JTACs, por sus siglas en inglés) a la hora de ordenar ataques aéreos en Afganistán, que sólo en el pasado mes de octubre coordinaron alrededor de 1.000 misiones, la mayor cantidad mensual de la guerra hasta ahora.
La Fuerza Aérea planea gastar más de 23 millones de dólares en la construcción de nuevas instalaciones en Alemania e Italia “para pilotos a los que convocar para los ataques aéreos de las tropas de combate del Ejército en Afganistán”. Se tiene pensado duplicar la cantidad de personal de control aéreo táctico, incluyendo controladores de ataques terminales conjuntos, “los aviadores entrenados para lanzar ataques aéreos contra objetivos enemigos” (3).
Hay planificado un complejo para un Escuadrón de Operaciones de Apoyo Aéreo para la base del ejército estadounidense en Vilseck, Alemania, y otra instalación por valor de 10 millones de dólares para la Base Aérea de Aviano, en Italia.
Vilseck alberga al 2º Regimiento Stryker de Caballería y a una brigada de infantería, y Aviano alberga un escuadrón de operaciones de apoyo aéreo que se dedica a asistir al 173º Equipo de Combate de la Brigada Aerotransportada con base en Vicenza.
Las mejoras son parte de un paquete, por valor de 100 millones de dólares, destinado a importantes proyectos de construcción militar estadounidenses en Europa en apoyo de las guerras emprendidas al este y al sur.
Este mes, los aviones de transporte Globemaster III de la Fuerza Aérea C-17 de EEUU alcanzaron sus dos millones de horas de vuelo “sólo cuatro años después de pasar su primera marca de un millón de horas, que les costó 16 años alcanzar” (4). Sus misiones se dedican de forma abrumadora a apoyar la guerra en Afganistán.
El 20 de enero, el Pentágono anunció que “las operaciones de lanzamientos aéreos en Afganistán habían alcanzado un nivel sin precedentes el 2010, con un record de 60,4 millones de libras [1 libra = 453 gramos] de carga arrojadas.
“Los 60,4 millones de libras es casi dos veces el record anterior de 2009, de más de 32,2 millones de libras de carga lanzadas, según muestran las estadísticas de la Central de las Fuerzas Aéreas de EEUU.”
“Desde el año 2006, la cantidad anual de suministros y equipamiento arrojado se ha ido prácticamente duplicando cada año. Las estadísticas publicadas ayer por la Central de la Fuerza Aérea muestran que en 2006 se arrojaron desde el aire 3,5 millones de libras en 2006, 8,12 millones en 2007, 16,57 millones en 2008, 32,26 millones en 2009 y 60,4 millones en 2010.”
El lanzamiento aéreo de equipamiento a las tropas de EEUU y la OTAN se hace mediante aviones Globemaster III C-17, Hercules C-130 y Super Hercules C-130, que operan desde los aeródromos de Bagram y Kandahar en Afganistán.
En palabras del director de la División de Movilidad Aérea del Centro de Operaciones Espaciales y Operaciones Aéreas Combinadas: “Toda este sostenimiento continuado de nuestras fuerzas de combate es un elemento clave para las operaciones de contrainsurgencia que requieren de logística y presencia persistentes” (5).
La página en Internet de la Central de las Fuerzas Aéreas de EEUU afirma:
- “El Sistema de Armamento del Centro de Operaciones Espaciales y Aéreas Combinadas, (CAOC, por sus siglas en inglés) conocido también como el AN/USQ-163 Falconer Weapon System, dirige y controla el amplio espectro de lo que el potencial aéreo aporta a la lucha: Vigilancia Global, Alcance Global y Poder Global. Localizado en el teatro de Operaciones de la Central de las Fuerzas Aéreas, el CAOC proporciona el mando y control del poder aéreo por todo Iraq, Afganistán y otras 18 naciones… El CAOC es un verdadero equipo conjunto de la Coalición, integrada por la Fuerza Aérea de EEUU, el Ejército de EEUU, la Marina de EEUU, el cuerpo de Marines de EEUU y los socios de la Coalición.” (6)
A mediados de este mes, la OTAN desplegó dos aviones del Sistema de Control y Alerta Aerotransportados (AWACS, por sus siglas en inglés) a Afganistán, “donde las tripulaciones se encargarán de rastrear las misiones de la Alianza contra los insurgentes talibanes” (7).
Este mes se reveló también que EEUU está añadiendo los aviones Gordon Stare a su flota de aviones teledirigidos Predator y Reaper, que son más avanzados en alcance y sofisticación que estos últimos y capaces de transmitir hasta diez videos diferentes en tiempo real. “Los Gordon Stare podrán mirar toda una ciudad al completo, por eso no habrá forma de que el enemigo sepa lo que estamos mirando, pero podemos verlo todo”, afirmó recientemente un oficial del Pentágono (8). No se ha informado si el nuevo avión no tripulado irá equipado con los devastadores misiles Hellfire que se lanzan desde los vehículos aéreos teledirigidos Predator, Reaper y Grey Eagle.
Estados Unidos ha desplegado recientemente tanques Abrams M1 a la provincia de Helmand, los primeros tanques de batalla estadounidenses fuertemente blindados utilizados en la guerra de más de nueve años de duración. La medida permite “que las fuerzas terrestres acierten a los insurgentes desde distancias mayores –y con una carga aún más letal- de lo que es posible hacer desde otro vehículo militar estadounidense. Los tanques de 68 toneladas están propulsados por un motor a reacción equipado con un cañón principal de 120mm que puede destruir una casa desde una distancia de casi dos kilómetros” (9).
El General David Petraeus, comandante de todas las fuerzas extranjeras en Afganistán, ha intensificado la guerra de contrainsurgencia en Afganistán hasta niveles de record. Los ataques y asesinatos de las fuerzas de operaciones especiales se triplicaron con creces el pasado otoño.
A primeros de ese mes, el Secretario de Defensa Robert Gates ordenó que se desplegaran 1.400 marines más hacia Afganistán, “temporalmente”, aumentando la cifra de tropas estadounidenses en el escenario de guerra hasta el autorizado nivel actual de 101.000 soldados.
El año pasado, las naciones que oficialmente suministran tropas a la OTAN para sus operaciones de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad en Afganistán alcanzaron la cifra de 48, exactamente la cuarta parte de los miembros de las Naciones Unidas. Ese recuento no incluye a las fuerzas armadas de Afganistán y Pakistán y otros países que han asignado fuerzas a la OTAN para el esfuerzo bélico, entre ellos Bahrain, Colombia, Egipto y Kazajstán.
En total, hay más de 140.000 tropas extranjeras en el país, 130.000 bajo el mando ahora de la OTAN:
El comandante de Misión de Entrenamiento de la OTAN en Afganistán, el Teniente General de EEUU William Caldwell, anunció el 5 de enero que el gasto del bloque militar occidental para construir un ejército-apoderado en Afganistán supondrá un gasto de 20.000 millones de dólares entre el pasado y el presente año.
- “Los 20.000 millones de dólares para 2010 y 2011 se están pagando para entrenamiento, equipamiento e infraestructura. La cifra representa un gran aumento sobre los 20.000 millones de dólares gastados entre 2003 y 2009.”
Caldwell confirmó también que la “misión de entrenamiento de la OTAN se prolongará tanto tiempo como sea necesario, pero al menos hasta 2016, cuando se espera que se haya acabado de desarrollar la fuerza aérea”.
- “No vamos a marcharnos. En todo caso, puede que nuestra organización crezca un poco más en tamaño.” (10)
El 12 de enero, el presidente de la Junta de Estados Mayores de EEUU, el Almirante Michael Mullen, ofreció una conferencia de prensa en Washington DC en la que dijo que la violencia iba a continuar aumentando durante la primavera en Afganistán a un nivel ya sin precedentes cuando la temporada de los combates empiece de nuevo.
El 24 de enero, en su última conferencia de prensa mensual, el Secretario General de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, manifestó estar de acuerdo al afirmar:
- “No creo que 2011 vaya a ser un año fácil. Continuaremos adentrándonos por el territorio de la insurgencia. Y esperamos que continúe la violencia si el enemigo contraataca.”
En su discurso del 25 de enero sobre el Estado de la Unión, el Presidente Barack Obama utilizó un lenguaje similar –“Habrá que seguir luchando duramente”-, a pesar de que enterró el tema de la guerra más grande y más larga al final de su discurso bajo una avalancha de tópicos como familia estadounidense, momento Sputnik, listos para el progreso, el futuro es nuestro para vencer, nuestro sistema de libre empresa es lo que impulsa la innovación, qué hemos hecho los estadounidenses en los últimos 200 años: reinventarnos a nosotros mismos; y otros refinamientos de cara a su campaña para la reelección el próximo año.
Hasta el día 24 de este mes, tradicionalmente tranquilo en el frente de guerra, EEUU y la OTAN habían perdido ya 27 soldados. Un ataque aéreo de la OTAN mató a tres policías afganos a primeros de mes, tras incidentes similares acaecidos el 8 y el 16 de diciembre cuando ocho soldados afganos murieron en dos operaciones de bombardeo. El 15 de enero, un soldado estadounidense disparó y mató a un soldado afgano.
Dos días después, un soldado afgano mató a un militar italiano, resultando herido otro. El soldado italiano era el muerto italiano número 36 en Afganistán. Menos de una semana después, un soldado polaco murió al este de Afganistán, era el soldado polaco número 23 que moría en el país. Un militar francés murió el 8 de enero, el número 53 de ese país.
A primeros de mes, un ataque nocturno de la OTAN en la provincia de Ghazni mató a tres civiles afganos, entre ellos un estudiante, lo que provocó las airadas protestas de cientos de personas.
Sin embargo, según el Almirante Mullen: “Debemos prepararnos para más violencia y más bajas en los próximos meses”.
Mientras, en Afganistán, hace dos semanas, el Vicepresidente Joseph Biden afirmaba que “EEUU está preparado para seguir en Afganistán más allá de 2014, si lo afganos quieren” (11).
Días más tarde, el comandante de la OTAN, el General Petraeus afirmaba: “Algunas tropas internacionales deberían permanecer en Afganistán más allá de 2014”, mientras que la declaración de la última cumbre de la OTAN aclaraba “que el proceso dependería de las condiciones, no del calendario” (12).
- “El Vicepresidente de EEUU Joseph Biden, la Canciller alemana Angela Merkel y algunos otros dirigentes mundiales han prometido que sus tropas seguirán en Afganistán aunque se supere la fecha límite acordada.” (13)
El Ministro de Asuntos Exteriores Guido Westerwelle, cuando se encontraba este mes en Pakistán camino de Afganistán, “prometió apoyar a Afganistán a largo plazo, diciendo que su país continuaría allí comprometido incluso después de 2014…” (14)
En palabras de un analista ruso:
- “No se ha conseguido ninguno de los objetivos fijados antes del despliegue de tropas a Afganistán. No se ha derrotado a los talibanes, aunque se han extendido las operaciones militares. Las fuerzas de EEUU y la OTAN siguen sin poder acceder a muchas de las regiones del país. Por consiguiente, es incorrecto decir que las fuerzas aliadas controlan Afganistán. En estas circunstancias, las fuerzas de EEUU y la OTAN no pueden retirarse del país porque tal retirada supondría una derrota.” (15)
En entrevistas con la Voice of Russia, el portavoz del Ministerio de Defensa afgano, el General Zahir Azimi, y el científico político Nasrullah Stanakzai, que vive en Kabul, aseguraron: “Es improbable que EEUU y la OTAN retiren sus tropas de Afganistán en 2014”. Azimi añadió: “Las fuerzas de seguridad del gobierno local podrán hacerse con el control de Afganistán en 2014, sin embargo, será muy improbable que veamos la retirada de las tropas de EEUU y la OTAN de este país del Sur de Asia” (16).
No sólo solo las tropas estadounidenses y de la OTAN no van a retirarse de Afganistán, ni siquiera a “reducirse” este año, como el Presidente Barack Obama prometió el 1 de diciembre de 2009, sino que sus efectivos han llegado al nivel más alto hasta la fecha y la guerra se ha expandido mientras tanto a Pakistán.
El Centro de Control del Conflictos, un grupo de investigación independiente que se concentra en el Sur de Asia, reveló en un reciente informe que los ataques con misiles de los aviones no tripulados en territorio pakistaní, descritos como “una campaña de asesinatos que se ha convertido en una campaña de venganza”, se han cobrado la vida de 2.043 personas, “en su mayoría civiles, a lo largo de los últimos cinco años (17).
El año pasado fue el más letal hasta ahora, con 134 ataques de misiles en las Áreas Tribales Federalmente Administradas (abrumadoramente en el Norte de Waziristan), asesinando a casi 1.000 personas.
El informe proporciona estos detalles:
- “Las gentes que viven en el cinturón tribal llevan normalmente, como una tradición, armas de fuego y munición. Los aviones teledirigidos estadounidenses identifican como militante a cualquiera que lleve un arma y, en consecuencia, lo matan.”
- “Muchas veces, las personas que están actuando en actividades de rescate son objeto también de ataque. La asunción de que esas personas apoyan a los militantes es completamente errónea.” (18)
Los ataques de misiles dirigidos por la CIA el año anterior mataron a 700 personas, lo que significa las tres cuartas partes del total de muertes perpetradas en los últimos dos años. A principios de 2010, Dawn, el principal periódico pakistaní en lengua inglesa, escribió:
- “Según las estadísticas recopiladas por las autoridades pakistaníes, los aviones teledirigidos estadounidenses asesinaron a 708 personas en 44 ataques de los Predator contra áreas tribales entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 2009.
- “Por cada terrorista talibán o de Al Qaeda alcanzado por los aviones no tripulados de EEUU, tuvieron que morir también 140 inocentes pakistaníes. Alrededor del 90% de los muertos de esos letales ataques con misiles eran civiles, afirman las autoridades.” (19)
El último día de 2010, un comentario aparecido en la página de Internet de la agencia de noticias china Xinhua afirmaba:
- “La cifra de ataques aéreos se duplicó este año con respecto al año anterior, y la cifra de personas asesinadas en estos ataques también, lo que muestra la creciente influencia y presencia estadounidense en el territorio pakistaní.”
- “Las fuerzas de seguridad pakistaníes y los oficiales estadounidenses suelen identificar como insurgentes o sospechosos de pertenecer a la insurgencia a las personas que matan en los ataques de los aviones teledirigidos. Pero los hechos reales se pierden siempre en la distancia. En los medios de comunicación no aparecen nunca detalles tales como los nombres de los asesinados en esos ataques aéreos ni se confirman sus identidades ni se muestran sus rostros. El recuento es siempre inexacto. Junto a esos posibles militantes, una gran cifra de civiles se convierte también en víctima de los ataques de los aviones teledirigidos contra los militantes. Las personas cercanas a las víctimas alzan su voz en protesta, pero la mayoría de las veces todo es en vano.” (20)
Además de las protestas locales, el pasado mes se celebraron manifestaciones en la capital de Pakistán, Islamabad, contra los sangrientos y cobardes asesinatos perpetrados en las áreas tribales. Unas 10.000 personas se manifestaron en Peshawar al comienzo de esta semana exigiendo que pararan los ataques.
Para demostrar cuánto se preocupa EEUU por el rechazo de los pakistaníes ante los ataques de misiles y las víctimas que provocan, la CIA, en las cuatro últimas semanas:
- El 31 de diciembre pasado, lanzaron un misil contra unos vehículos cerca de la ciudad de Ghulam Khan, en el Norte de Waziristan, matando a ocho personas.
- Mataron a 19 personas en tres ataques de misiles en la misma región el primer día del presente año.
- El 7 de enero, masacraron a cuatro personas más en el Norte de Waziristan.
- Cinco días después, mataron a otras seis en cuatro ataques de misiles.
- El 18 de enero mataron al menos a cinco personas más en el Norte de Waziristan, en un ataque contra “una casa en la que se sospechaba que había militantes albergados” (21).
- El 23 de enero lanzaron tres ataques desde aviones teledirigidos que mataron a trece personas en el Norte de Waziristan. Los objetivos incluyeron una casa, una motocicleta y dos personas que iban en motocicleta.
Con 62 asesinatos en 24 días, EEUU todavía está a tiempo de matar también este año a otros mil pakistaníes en lo que Harold Koh, del Departamento de Estado, llama muertes selectivas en oposición a asesinatos selectivos. El uso del último término, aunque no en su práctica, está mal visto por la ley estadounidense.
…
El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, al aprobar varias resoluciones sobre Afganistán desde septiembre de 2001 condenando el terrorismo pero no la guerra, se ha erigido en cómplice de la expansión de una guerra que se cobra ya las vidas de 10.000 afganos al año y tres pakistaníes al día. Una guerra que incluye 1.000 salidas aéreas de EEUU y la OTAN (bombardeos, ataques de misiles y de vuelos rasantes con ametralladoras) sobre Afganistán y una media de dos letales ataques semanales con misiles en Pakistán.
A nivel oficial, no existe prácticamente oposición a una guerra que, si calculamos por días, está en su décimo año, y por el calendario en su undécimo. Y podrían contarse con los dedos de una sola mano la cifra de países entre los 192 estados miembros de las Naciones Unidas que de alguna manera se han opuesto a la guerra en Afganistán y Pakistán.
Cuando la Unión Soviética intervino en Afganistán a finales de 1979 (con el apoyo de ambas facciones del gobernante Partido Democrático Popular de Afganistán), EEUU convocó al resto de naciones –en la Asamblea General, no en el Consejo de Seguridad- para que condenaran la acción. Se aprobó una resolución que exigía “la retirada total, inmediata e incondicional de las tropas extranjeras de Afganistán”, en una votación de 104-18 sólo 18 días después de que las tropas extranjeras llegaran al país. Según destacados funcionarios militares y políticos occidentales, las tropas de EEUU y la OTAN permanecerán en Afganistán al menos quince años tras la invasión de 2001.
Los muyahaidines de Afganistán y del Noroeste de Pakistán suponían una amenaza potencial mucho mayor para la Unión Soviética, que tenía fronteras con Afganistán, que la que los talibanes pueden representar, incluso en teoría, para EEUU, Canadá y sus socios europeos de la OTAN.
Incluso el más fanático defensor de la actual guerra no podría contener la risa cuando se afirma que más de 150.000 soldados extranjeros están en el Centro y Sur de Asia para “cazar a Osama bin Laden” y “combatir a al-Qaida”. Imposible, después de diez años. (Aunque Obama en su discurso sobre el Estado de la Unión persistió en asegurar que “al-Qaida y sus socios sigue planificando ataques contra nosotros”.)
El mundo está acusado –y condenado- por tolerar y apoyar activamente una guerra de duración desmesurada con un uso desproporcionadamente bestial de la fuerza por la mayoría de las potencias militares más importantes del mundo (tres de ellas naciones con armas nucleares). Por aceptar el concepto de guerra indefinida, en términos prácticos permanente, como un estado natural de cosas en el siglo XXI, como la prerrogativa exclusiva de la autoproclamada única superpotencia militar del mundo y su falange de socios miembros de la OTAN.
NOTAS:
1) Reuters, 11 enero 2011.
2) Agence France-Presse, 24 enero 2011.
3) Stars and Stripes, 18 enero 2011
4) WAVY, 3 enero 2011
5) Afghanistan Airdrop Levels Reach New Frontier, Departmento de Defensa, 20 enero 2011
6) “U.S. Air Forces Central Combined Air and Space Operations Center”
7) Aero-News.net/Agence France-Presse, 14 enero 2011
8) Daily Telegraph, 26 enero 2011
9) Washington Post, 19 noviembre 2010
10) Associated Press, 5 enero 2011
11) Voice of America News, 11 enero 2011
12) Pajhwok Afghan News, 17 enero 2011
13) Ibid
14) Deutsche Presse-Agentur, 9 enero 2011
15) Yevgeny Kryshkin, “U.S. troops to stay in Afghanistan” Voice of Russia, 12 enero 2011, http://english.ruvr.ru/2011/ 01/12/39462890.html
16) Pyotr Goncharov: US, NATO to stay on in Afghanistan?
Voice of Russia, 31 diciembre 2010, http://english.ruvr.ru/2010/ 12/31/38429252.html
17) Sify News: http://www.sify.com/topics/ Conflict-Monitoring-Centre. html
2010, The Year of Assassination by Drones, Conflict Monitoring Center, enero 2011
18) Asian News International, 3 enero 2011
19) Dawn, 2 enero 2010
20) Misbah Saba Malik: “Drone strikes lead to disaster in Pakistan”, Xinhua News Agency, 31 diciembre 2010
21) Xinhua News Agency, 19 enero 2011
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