jueves, 26 de mayo de 2011
bienvenidos a la internacional
Rafael Poch*
Las emociones que rodean a la aparición de "Democracia real, ya", contrastan con el tamaño, aun pequeño, de la iniciativa, pero dicen mucho sobre la fuerte demanda sicológica que había en la sociedad. Hacía mucho tiempo que mucha gente asistía, pasiva e impotente, al atraco perfecto con el que se está saldando la quiebra neoliberal. Era consciente de que su propia pasividad inicial hacía posible ese desenlace, lo que, junto con la kafkiana narrativa que los medios de comunicación ofrecen de todo el asunto, incrementaba la ansiedad, la indignación y la frustración. Ahora se respira. Lo primero es tomar aire. Lo segundo es pensar en clave internacional.
La iniciativa que acaba de arrancar en España sólo será efectiva si se internacionaliza. Las elecciones del domingo son una anécdota, al lado de la profunda reforma que se sugiere en la plaza. Todos los problemas apuntados se generaron en un contexto internacional. El ladrillo español, la corrupción inmobiliaria y la degradación política de España, no son más que modalidades de una enfermedad mucho más general. Así que la internacionalización es imprescindible para enderezar los propios problemas españoles. Todo lo que la actual iniciativa apunta; la falta de contenido de la actual democracia, la desigualdad e injusticia, la corrupción y su impunidad, el latrocinio especulador del sistema financiero, etc., etc., superan ampliamente el ámbito de la soberanía nacional, y no se pueden resolver sin una intervención internacional. La llamada "crisis del euro" de la que formamos parte, resultado de los desequilibrios internos entre países de la unión monetaria que han estallado por la quiebra del casino, sólo puede atajarse en su marco europeo.
Por eso, la refundación de Europa, derribando buena parte de lo que se levantó a la medida de las empresas y del negocio, y sustituyéndolo por una nueva arquitectura ciudadana, es una tarea ineludible. La crisis ha demostrado que la actual Europa "de los mercados" conduce al siglo XIX, convierte en rutina toda una serie de criminales "guerras lejanas", siempre humanitarias, y apunta hacia un mundo inviable. Esa Europa, simplemente, no vale la pena, a menos que se reinvente a la medida de los ciudadanos, es decir con relaciones menos injustas y menos agresivas, hacia dentro y hacia fuera.
Para internacionalizarse, el movimiento civil español debería comprender la situación específica de nuestro desarrollo socioeconómico; las servidumbres franquistas de nuestra transición, del corrupto ladrillo, del sistema bancario y de nuestro sistema de partidos, tan caudillista y poco democrático como la época en que se forjó, el esfuerzo contra la siempre necesaria revisión y actualización de nuestra historia… Libritos como el de José Manuel Naredo El modelo inmobiliario español y su culminación en el caso valenciano (Editorial Icaria), que relacionan muchos de esos aspectos, vienen muy a propósito.
Lo tercero es construir un puente generacional entre los actuales jóvenes, y los "jóvenes de antes", que participaron en cosas parecidas hace treinta o cuarenta años, los llamados "progres" del antifranquismo. Era una gente culturalmente muy franquista; sectaria, proclive a la violencia, muy ideologizada. Muchos de ellos han suspendido estrepitosamente en las instituciones, pero su impulso ético era claro y la experiencia de muchos otros puede inspirar. Los jóvenes de ahora son mucho más pragmáticos y menos sectarios que los de entonces, pero, seguramente, también tienen nuevos defectos. El diálogo y la interacción generacional no harán más que enriquecer. Para cambiar el país es deseable algo más que un "movimiento de jóvenes". Se necesita algo verdaderamente de toda la sociedad. Esa sociedad acostumbrada a ser espectadora, debe tomar la palabra y aprender a ejercer su legitimidad.
La legalidad -sino su espíritu, desde luego sí su aplicación práctica- suele ser un envoltorio que protege privilegios. Un recurso de los poderosos para mantener la situación en cintura. La impunidad que el robo y la estafa a gran escala tienen en esta crisis, han sido un buen ejemplo de ello. La situación creada por la crisis – la evidencia de la impunidad del robo a gran escala- es una invitación directa a la ilegalidad de la gente común. Sin embargo, quienes están protestando estos días demuestran un notable respeto a la ley. La legitimidad social ofrece ahora un amplio crédito en derecho a la contestación. Conjugar sin complejos ese derecho con una estricta no violencia, es fundamental.
La democracia actual se parece, mucho más de lo que pretende, al antiguo régimen anterior a la Revolución Francesa, en el que una pequeña minoría acaparaba el grueso del poder, la riqueza y los privilegios. Por eso, los defensores del orden vigente, injusto e insostenible, insisten en el carácter fundamentalmente perfecto, cerrado y definitivo del actual sistema. Su dogmatismo legal, en materia de utilización de espacios públicos, invasión de oficinas e infraestructuras vinculadas al abuso económico, etc., contrasta descaradamente con su indulgencia y/o justificación del atraco. Es así como la "democracia", un sistema por definición abierto a su enmienda permanente a cargo de la soberanía popular, va a ser utilizada y mencionada hasta la saciedad para impedir su más genuina expresión, lo que está, teóricamente, en el origen de todo el edificio: el poder de la ciudadanía.
Y para acabar: no hay que obsesionarse por lo que muchos definen como "ambigüedad", "falta de programa", "inconsistencia", de lo que está surgiendo. El ingenio, la imaginación y la inventiva de la gente que pone en común sus ideas y propósitos, es sorprendente en estas situaciones. El potencial del ciudadano que en lugar de consumir telebasura y medios de comunicación se pone a discutir con sus semejantes sobre los problemas comunes, es extraordinario. Todo se andará. Bienvenidos a la Internacional.
domingo, 15 de mayo de 2011
rusia y china desafían a la otan
M.K.Bhadrakumar*
Se esperaba que las consultas del ministro de Exteriores chino Yang Jiechi en Moscú durante el fin de semana preparasen el terreno para la visita del presidente Hu Jintao a Rusia el próximo mes. Finalmente resultó, sin embargo, que tomaron un carácter de inmensa importancia para la seguridad internacional.
Los continuos esfuerzos ruso-chinos por “coordinar” su posición sobre temas regionales e internacionales han conducido a un nivel cualitativamente nuevo respecto a la situación que se desarrolla en Medio Oriente.
La agencia oficial de noticias rusa utilizó una expresión poco usual –“estrecha cooperación”– para caracterizar el nuevo modelo al que ha llevado su coordinación de las políticas regionales. Esto tenderá a plantear un fuerte desafío a la agenda unilateralista de Occidente en Medio Oriente.
La visita de Hu a Rusia tiene lugar, en principio, para asistir al despliegue en San Petersburgo del 16 al 18 de junio, que el Kremlin está coreografiando cuidadosamente como un evento anual al estilo de un “Davos de Rusia” –intitulado Foro Económico Internacional-. Ambos países están muy excitados ante la posibilidad de que la visita de Hu sea un momento crucial en la cooperación energética entre China y Rusia.
El gigante ruso de la energía, Gazprom, espera bombear 30.000 millones de metros cúbicos de gas natural al año a China hasta 2015 y las negociaciones sobre los precios están en una etapa avanzada. Los funcionarios chinos sostienen que las negociaciones paralizadas por fin se ultimarán con un acuerdo cuando Hu llegue a Rusia.
Por cierto, cuando la economía importante de más rápido crecimiento del mundo y el mayor exportador de energía del mundo llegan a un acuerdo, el asunto va más allá de un acuerdo de cooperación bilateral. Habrá desasosiego en Europa, que ha sido históricamente el principal mercado de Rusia de las exportaciones de energía, por el hecho de que un “competidor” aparezca en Oriente y que el negocio energético de Occidente con Rusia pueda tener a China como “socio comanditario”. Este cambio de paradigma provee un trasfondo a las tensiones Este-Oeste por el Medio Oriente.
Posición idéntica
Medio Oriente y el Norte de África resultaron ser el
motivo central de las conversaciones de Yang en Moscú con su anfitrión Sergei Lavrov. Rusia y China decidieron trabajar juntas para encarar los problemas que provienen de la agitación en Medio Oriente y el Norte de África. Lavrov dijo: “Hemos acordado coordinar nuestras acciones utilizando las capacidades de ambos Estados a fin de ayudar a la estabilización más rápida posible y la prevención de más consecuencias negativas imprevisibles en la zona”.
Lavrov dijo que Rusia y China tienen una “posición idéntica” y que “toda nación debería determinar su futuro independientemente, sin interferencia extranjera”. Presumiblemente, los dos países han acordado ahora una posición común para oponerse a cualquier acción de la OTAN para realizar una operación terrestre en Libia.
Hasta ahora, la posición rusa ha sido que Moscú no aceptará que se dé algún mandato del Consejo de Seguridad de la ONU a la OTAN para una operación terrestre sin una “posición claramente expresada” que la apruebe por parte de la Liga Árabe y de la Unión Africana (de la cual forma parte Libia).
Evidentemente, existe un “déficit de confianza” en este caso, que se hace cada día más insuperable a menos que la OTAN decida un inmediato alto el fuego en Libia. Dicho en pocas palabras, Rusia ya no confía en que EE.UU. o sus aliados de la OTAN sean transparentes sobre sus intenciones respecto a Libia y Medio Oriente. Hace unos días, Lavrov habló largamente sobre Libia en una entrevista con el canal de televisión ruso Tsentr. Expresó gran frustración por la ambigüedad y los subterfugios de Occidente al interpretar unilateralmente la Resolución 1973 de la ONU para hacer prácticamente todo lo que le da la gana.
Lavrov reveló en esa entrevista: “Nos llegan informes sobre la preparación de una operación terrestre [en Libia] y sugieren que los planes adecuados se desarrollan en la OTAN y en la Unión Europea”. Y dejó entrever públicamente la sospecha de Moscú de que el plan estadounidense sería evitar la necesidad de un contacto con el Consejo de Seguridad para obtener un debido mandato para operaciones terrestres de la OTAN en Libia y en vez de eso presionar al secretario general de la ONU Ban Ki-Moon para sacar una “solicitud” a la alianza occidental para que suministre escoltas para la misión humanitaria de la ONU y utilizarla como una tapadera para iniciar operaciones terrestres.
La posición pública de Rusia y China impediría que los funcionarios del secretariado de Ban faciliten subrepticiamente por la puerta trasera una operación terrestre de la OTAN. Ban visitó recientemente Moscú y algunos informes rusos sugirieron que “recibió una bronca” por su forma de dirigir el organismo mundial. Un experto comentarista moscovita, Dmirty Kosyrev, escribió con hiriente sarcasmo:
Hay muchas maneras de decir políticamente a un invitado por cuenta propia y por cuenta de los propios socios internacionales: “No estamos muy contentos con su desempeño, estimado señor Ban”. A menudo las palabras ni siquiera son necesarias en estos casos. Es obvio que al secretario general le gusta el romanticismo revolucionario de las guerras civiles y que apoya a los combatientes por la libertad en general. Como resultado, a menudo se pone de parte de los archiliberales de Europa o EE.UU.
Sin embargo, el secretario general de la ONU no debería adoptar posiciones políticas extremas, y mucho menos aún ponerse de parte de la minoría de los Estados miembros de la ONU respecto a un tema, como lo ha hecho en el caso de Libia y de Costa de Marfil. No fue elegido para eso. El punto no es obligar al señor Ban a cambiar sus convicciones o posición, sino más bien a que ajuste ligeramente su visión a favor de más neutralidad.
Moscú y Pekín parecen contemplar al denominado Grupo de Contacto Libia (formado por 22 países y seis organizaciones internacionales) con mucha sospecha. Refiriéndose a la decisión del grupo en su reunión de Roma el jueves pasado, de poner a disposición de inmediato un fondo temporario de 250 millones de dólares como ayuda a los rebeldes libios, Lavrov dijo cáusticamente que el grupo “incrementa sus esfuerzos para adoptar el papel dirigente en la determinación de la política de la comunidad internacional hacia Libia” y advirtió de que no debería “tratar de reemplazar al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y que no debería tomar partido por una de las partes”.
Se ha convertido en motivo de inquietud para Moscú y Pekín que el grupo de contacto se convierta gradualmente en un verdadero proceso regional soslayando a la ONU a fin de modular el levantamiento árabe que se ajuste a las estrategias occidentales. El grupo de Estados del Consejo de Cooperación del Golfo (y de la Liga Árabe) que están presentes en el grupo de contacto permite que Occidente proclame que el proceso es una voz colectiva de opinión regional. (Irónicamente, Francia ha invitado a Rusia a unirse al grupo de contacto.)
Punta del iceberg
En la conferencia conjunta de prensa con Yang en Moscú el viernes, Lavrov fue directo al grano: “El grupo de contacto se ha establecido solo. Y ahora trata de arrogarse la responsabilidad por la política de la comunidad internacional hacia Libia. Y no solo Libia, estamos escuchando voces que llaman a que este grupo decida qué hacer en otros Estados de la región”. Lo que preocupa a Rusia en términos inmediatos sería que el grupo de contacto podría estar gateando hacia Siria para realizar también en ese país un cambio de régimen.
China ha sido hasta ahora muy diplomática respecto al tema de Libia y ha dejado que Rusia ponga el cascabel al gato occidental, pero ahora se hace más y más elocuente. Yang fue bastante directo en la conferencia de prensa en Moscú en su crítica de la intervención occidental en Libia. Hace apenas tres semanas, el People's Daily comentó que la guerra en Libia estaba en un punto muerto; el régimen de Muamar Gadafi había mostrado su resistencia; y la oposición libia fue sobrestimada por Occidente. El periódico comentó:
“La guerra libia se ha convertido en una situación delicada para Occidente. Primero, Occidente no se puede permitir la guerra económica y estratégicamente… La guerra cuesta demasiado a los países europeos y a EE.UU. que no han salido completamente de la crisis económica. Cuanto más dure la guerra, más países en Occidente se verán ante una desventaja.
“Segundo, Occidente encontrará muchos problemas militares y legales… Si Occidente se sigue involucrando, será considerado como parcial a favor de una parte… Respecto a alas cciones militares, los países occidentales tendrán que enviar fuerzas terrestres a fin de deponer a Gadafi… Eso va mucho más allá del alcance de la autoridad de las Naciones Unidas, y es probable que repita los errores de la Guerra de Iraq… En una palabra, la solución militar al problema en Libia ha llegado a su fin y hay que poner en la agenda la solución política.”
Las conversaciones de Yang en Moscú significan que Pekín ya se da cuenta de que Occidente está determinado a aguantar la delicada situación cueste lo que cueste, hacer que se “tranquilice” a cualquier precio y luego consumirla sin compartirla con nadie. Por lo tanto, parece que hay una revisión de la posición china y una aproximación a la de Rusia (que ha sido mucho más abiertamente crítica de la intervención occidental en Libia).
Moscú podría haber alentado a Pekín a ver lo que se avecina. Pero el argumento decisivo parece que es el creciente sentido de intranquilidad de que la intervención occidental en Libia sólo es la punta del iceberg y que lo que se está desarrollando podría ser una geoestrategia orientada a perpetuar la dominación histórica de Occidente sobre el nuevo Medio Oriente en la era posterior a la Guerra Fría. Entretejido con ello está el precedente extremadamente preocupante de una acción militar de la OTAN sin un mandato específico de la ONU.
Desde entonces, Lavrov y Yang han ido a Astana a una conferencia de ministros de exteriores de la Organización de Cooperación de Shanghái (SCO) que negociará la agenda para una reunión en la cumbre del organismo regional, que tendrá lugar en la capital kazaja el 15 de junio. La gran pregunta es si el acuerdo ruso-chino sobre “estrecha cooperación” en los temas de Medio Oriente y el Norte de África se convertirá en la posición común de la SCO. Parece que la probabilidad es elevada.
* El embajador M. K. Bhadrakumar fue diplomático de carrera del Servicio Exterior de la India. Ejerció sus funciones en la extinta Unión Soviética, Corea del Sur, Sri Lanka, Alemania, Afganistán, Pakistán, Uzbekistán, Kuwait y Turquía.
domingo, 1 de mayo de 2011
¿aquí no hay nada que investigar?
Juan Torres López*
Con fecha 13 de abril se publicó en Estados Unidos el informe del Senado sobre la crisis que lleva como explícito título "Wall Street y la crisis financiera: Anatomía de un colapso financiero". No se puede decir que en sus 652 páginas se encuentren informaciones sustancialmente novedosas o más relevantes que las ya sabidas para conocer las causas de la crisis pues las investigaciones y análisis que se han venido realizando hasta ahora han desvelado ya con suficiente claridad lo que ha ocurrido. Incluso basta con ver el documental “Inside Job” para que cualquiera pueda hacerse una idea veraz y rigurosa del modo en que se urdió la colosal estafa de los bancos y los grandes poderes financieros que dio lugar a la crisis. Pero, al menos, es justo reconocer que el Senado estadounidense ha proporcionado una información interesante que viene a corroborar que lo sucedido no puede considerarse ni mucho menos como un simple accidente ni como algo inevitable sino como la consecuencia de la pasividad de las autoridades, de fallos buscados en la regulación y de la degeneración del negocio financiero que los bancos habían promovido en los últimos años para satisfacer sin límite su sed de beneficios. Y, sobre todo, hay que apreciar el mero hecho de que se haya tratado de investigar lo que ocurrió, manifestando así el interés por mostrar al pueblo que una institución que lo representa se sentía concernida por los hechos que han producido tanto daño económico y personal. Se pueden valorar de cualquier forma sus conclusiones, que, obviamente, no pueden ser ajenas al abanico de intereses que siempre envuelve la tarea legislativa en aquel país, pero el hecho de que Estados Unidos pueda mostrar al mundo que su Senado se propuso investigar lo sucedido debería llevar a reflexionar sobre lo que ocurre en otras latitudes.
Sin ir más lejos, el caso español es bien significativo.
La crisis nos ha producido uno de los impactos más fuertes. Mantenemos los registros más altos de nuestro entorno en aspectos tan vitales como el desempleo, el paro juvenil, la pobreza, desigualdad, universitarios subempleados, fracaso escolar, endeudamiento familiar, empresarial y bancario... y también batimos record por lo bajo en gasto educativo, en I+D+I, en el dedicado a políticas familiares, o en niveles salariales. Mientras que, al mismo tiempo, aquí circulan la tercera parte de los billetes de 500 euros, las grandes empresas abominan del Estado pero viven de él y usan el poder que eso les da para hundir a los miles de pequeños y medianos empresarios que son los que crean el empleo, nuestros bancos son los más rentables del mundo financiando el mayor volumen de viviendas del planeta que en mayor proporción que en ningún otro lugar no son habitadas por nadie...
En los juzgados españoles comienzan a acumularse miles de demandas contra los bancos que ponen de relieve que éstos han engañado a sus clientes ofreciéndoles productos especulativos muy arriesgados de tapadillo (clips, swaps,...) y como si fueran bicocas financieras. Miles de personas de todas las categorías sociales, albañiles, viudas, pensionistas, amas de casa, catedráticos de universidad... han perdido miles de euros en manos de los bancos sin saber ni siquiera por qué y sin que ahora puedan hacer nada para recuperarlos porque el Banco de España hace la misma vista gorda que antes para proteger a los bancos en cuya patronal o consejos de administración se sentarán muchos de sus directivos cuando acaben su mandato de supervisores "independientes", como ha venido sucediendo hasta ahora.
Los bancos españoles han estado haciendo el negocio de su vida alterando durante años artificialmente el precio del suelo y de las viviendas para que de esa forma tuviese que aumentar la demanda de créditos, respondiendo a ello multiplicando su oferta (su negocio) sin respetar los principios elementales de prudencia y responsabilidad, y provocando al final un endeudamiento que asombra al mundo y que nos pone al pie de los caballos a la hora de refinanciarlo. Y mientras que hacían ese gigantesco negocio, urdían al mismo tiempo los hilos para generar una estructura de mercados aún más oligopolista controlando no solo más bancos sino más empresas industriales y de servicios, o incluso universidades y más medios de comunicación para ir parapetándose en un poder político y social decisivo que no renuncian a visibilizar siempre que se da la ocasión, sea diciéndole al rey lo que se debe hacer con España, aunque eso sea a costa de saltarse a la torera la constitución, sea llenando los centros universitarios de sucursales bancarias, o bordando sus logos en el mismísimo manto de la Virgen del Pilar, como hizo el inefable Emilio Botín para que se advierta que la influencia que le da su capital va incluso mucho más lejos de los avatares de este mundo.
Pero nada de eso parece que llame suficientemente la atención. Nada parece que haya tenido que ser investigado para determinar si todo ello se hubiese realizado, como la inmensa mayoría de la ciudadanía sospecha con todo realismo, saltándose leyes, cometiendo delitos, manipulando los mercados y soslayando los intereses nacionales a cada instante.
El presidente de la Junta de Andalucía reconocía que se practicaba terrorismo financiero con España pero no propuso ni una sola medida para hacerle frente. Las agencias de calificación han manipulado los mercados para alterar el precio de las cosas, después de haber engañado a medio mundo dando por buenos los negocios bancarios con las hipotecas basura, pero solo han sido unas cuantas asociaciones civiles las que han denunciado su comportamiento ante los juzgados. Los inspectores del Banco de España acusan a sus directivos de no hacer nada para impedir el desastre que luego se nos vino encima pero nadie hace nada por saber más del asunto y exigir responsabilidades.
Ninguno de estos comportamientos, entre otros muchos que es imposible mencionar aquí, ha parecido ser sospechoso para las docenas de legisladores españoles con capacidad para poner en marcha comisiones de investigación parlamentarias que con todos los medios y legitimidad pudieran haber determinado qué es lo que de verdad ha pasado en España para que al final los ricos terminen siendo más ricos, los bancos que provocaron la crisis más fuertes y poderosos haciendo lo mismo que antes pero dominando ahora un segmento aún mayor del mercado, mientras que los daños de sus despropósitos y crímenes financieros los tenemos que pagar los ciudadanos de a pie.
Ni a los poderes públicos ni a los legisladores parece que les llame la atención el hecho de que sean las grandes empresas que dominan los mercados y a las que no ha afectado la crisis las que terminan ganando aún más dinero logrando que los gobiernos recorten cada día más derechos sociales.
Y ni siquiera a los parlamentarios que sostienen un gobierno legítimo elegido por más de diez millones de españoles parece que les duela nada al ver que su presidente es extorsionado por los mercados, es decir, por los banqueros y financieros que junto con la gran patronal han provocado la crisis, que se le culpe de los desastres que éstos han producido, que se le insulte hasta la saciedad achacándole destrozos que de ninguna manera son de su responsabilidad y que quede en una situación verdaderamente patética de sumisión ante todos ellos porque los suyos no levantan la voz para defenderlo como debieran y para hacer que sus votantes y simpatizantes entiendan lo que de verdad ha ocurrido con la economía de nuestro país.
Al revés. En lugar de tratar de poner de relieve lo que realmente ha ocurrido, la gran mayoría de los parlamentarios de quienes cabría esperar respuestas progresistas se han acomodado en silencio cerrando filas esperando que escampe de la mejor manera posible para cada uno de ellos y han dejado solo al gobierno que, para colmo, en esas condiciones tampoco ha podido o no ha querido, quién lo sabe, decir la verdad y enfrentarse con valor a los poderes que se han empeñado en destrozarlo. Y preso de ellos, para visualizar ante la sociedad que se hace frente a la crisis, el presidente del gobierno sienta a su mesa a los bancos y empresas que la han producido, a las que exigen que se aumente la edad de jubilación y sin embargo quieren prejubilar a miles de sus empleados cuando ganan miles de millones de euros, a las que más empleo destruyen, a las que más impuestos defraudan, a las que utilizan los paraísos fiscales para evitar contribuir al progreso del país que dicen querer sacar adelante, a las que tienen consejos de administración presididos por quienes solo se han salvado de ser delincuentes convictos gracias a retrasos judiciales que permiten que puedan prescribir sus conductas penalmente reprobables, a las que más riqueza natural destrozan, a las que han cometido más atentados urbanísticos, a las que se van a Marruecos o Mauritania para poder contratar mujeres o niñas por unas pocas rupias y sin contrato.
Aquí no hay nada que investigar, no hay responsabilidades que depurar y el gobierno y el partido que lo sustenta incluso se sienten satisfechos de la generosidad con que conceden canales televisivos a la extrema derecha o se financian los púlpitos desde los que se tergiversa la historia para extender por todas las esquinas del país la idea de que ZP es la causa de todos nuestros malos, la infamia que pregonan sin cesar para ocultar la responsabilidad de los auténticos causantes del desastre. Es lo que pasa cuando cunde el cesarismo y se renuncia a situarse incómodamente contra la corriente, y a investigar y a promover la información y el debate colectivo sobre nuestra historia.
http://www.juantorreslopez.com/
La crisis nos ha producido uno de los impactos más fuertes. Mantenemos los registros más altos de nuestro entorno en aspectos tan vitales como el desempleo, el paro juvenil, la pobreza, desigualdad, universitarios subempleados, fracaso escolar, endeudamiento familiar, empresarial y bancario... y también batimos record por lo bajo en gasto educativo, en I+D+I, en el dedicado a políticas familiares, o en niveles salariales. Mientras que, al mismo tiempo, aquí circulan la tercera parte de los billetes de 500 euros, las grandes empresas abominan del Estado pero viven de él y usan el poder que eso les da para hundir a los miles de pequeños y medianos empresarios que son los que crean el empleo, nuestros bancos son los más rentables del mundo financiando el mayor volumen de viviendas del planeta que en mayor proporción que en ningún otro lugar no son habitadas por nadie...
En los juzgados españoles comienzan a acumularse miles de demandas contra los bancos que ponen de relieve que éstos han engañado a sus clientes ofreciéndoles productos especulativos muy arriesgados de tapadillo (clips, swaps,...) y como si fueran bicocas financieras. Miles de personas de todas las categorías sociales, albañiles, viudas, pensionistas, amas de casa, catedráticos de universidad... han perdido miles de euros en manos de los bancos sin saber ni siquiera por qué y sin que ahora puedan hacer nada para recuperarlos porque el Banco de España hace la misma vista gorda que antes para proteger a los bancos en cuya patronal o consejos de administración se sentarán muchos de sus directivos cuando acaben su mandato de supervisores "independientes", como ha venido sucediendo hasta ahora.
Los bancos españoles han estado haciendo el negocio de su vida alterando durante años artificialmente el precio del suelo y de las viviendas para que de esa forma tuviese que aumentar la demanda de créditos, respondiendo a ello multiplicando su oferta (su negocio) sin respetar los principios elementales de prudencia y responsabilidad, y provocando al final un endeudamiento que asombra al mundo y que nos pone al pie de los caballos a la hora de refinanciarlo. Y mientras que hacían ese gigantesco negocio, urdían al mismo tiempo los hilos para generar una estructura de mercados aún más oligopolista controlando no solo más bancos sino más empresas industriales y de servicios, o incluso universidades y más medios de comunicación para ir parapetándose en un poder político y social decisivo que no renuncian a visibilizar siempre que se da la ocasión, sea diciéndole al rey lo que se debe hacer con España, aunque eso sea a costa de saltarse a la torera la constitución, sea llenando los centros universitarios de sucursales bancarias, o bordando sus logos en el mismísimo manto de la Virgen del Pilar, como hizo el inefable Emilio Botín para que se advierta que la influencia que le da su capital va incluso mucho más lejos de los avatares de este mundo.
Pero nada de eso parece que llame suficientemente la atención. Nada parece que haya tenido que ser investigado para determinar si todo ello se hubiese realizado, como la inmensa mayoría de la ciudadanía sospecha con todo realismo, saltándose leyes, cometiendo delitos, manipulando los mercados y soslayando los intereses nacionales a cada instante.
El presidente de la Junta de Andalucía reconocía que se practicaba terrorismo financiero con España pero no propuso ni una sola medida para hacerle frente. Las agencias de calificación han manipulado los mercados para alterar el precio de las cosas, después de haber engañado a medio mundo dando por buenos los negocios bancarios con las hipotecas basura, pero solo han sido unas cuantas asociaciones civiles las que han denunciado su comportamiento ante los juzgados. Los inspectores del Banco de España acusan a sus directivos de no hacer nada para impedir el desastre que luego se nos vino encima pero nadie hace nada por saber más del asunto y exigir responsabilidades.
Ninguno de estos comportamientos, entre otros muchos que es imposible mencionar aquí, ha parecido ser sospechoso para las docenas de legisladores españoles con capacidad para poner en marcha comisiones de investigación parlamentarias que con todos los medios y legitimidad pudieran haber determinado qué es lo que de verdad ha pasado en España para que al final los ricos terminen siendo más ricos, los bancos que provocaron la crisis más fuertes y poderosos haciendo lo mismo que antes pero dominando ahora un segmento aún mayor del mercado, mientras que los daños de sus despropósitos y crímenes financieros los tenemos que pagar los ciudadanos de a pie.
Ni a los poderes públicos ni a los legisladores parece que les llame la atención el hecho de que sean las grandes empresas que dominan los mercados y a las que no ha afectado la crisis las que terminan ganando aún más dinero logrando que los gobiernos recorten cada día más derechos sociales.
Y ni siquiera a los parlamentarios que sostienen un gobierno legítimo elegido por más de diez millones de españoles parece que les duela nada al ver que su presidente es extorsionado por los mercados, es decir, por los banqueros y financieros que junto con la gran patronal han provocado la crisis, que se le culpe de los desastres que éstos han producido, que se le insulte hasta la saciedad achacándole destrozos que de ninguna manera son de su responsabilidad y que quede en una situación verdaderamente patética de sumisión ante todos ellos porque los suyos no levantan la voz para defenderlo como debieran y para hacer que sus votantes y simpatizantes entiendan lo que de verdad ha ocurrido con la economía de nuestro país.
Al revés. En lugar de tratar de poner de relieve lo que realmente ha ocurrido, la gran mayoría de los parlamentarios de quienes cabría esperar respuestas progresistas se han acomodado en silencio cerrando filas esperando que escampe de la mejor manera posible para cada uno de ellos y han dejado solo al gobierno que, para colmo, en esas condiciones tampoco ha podido o no ha querido, quién lo sabe, decir la verdad y enfrentarse con valor a los poderes que se han empeñado en destrozarlo. Y preso de ellos, para visualizar ante la sociedad que se hace frente a la crisis, el presidente del gobierno sienta a su mesa a los bancos y empresas que la han producido, a las que exigen que se aumente la edad de jubilación y sin embargo quieren prejubilar a miles de sus empleados cuando ganan miles de millones de euros, a las que más empleo destruyen, a las que más impuestos defraudan, a las que utilizan los paraísos fiscales para evitar contribuir al progreso del país que dicen querer sacar adelante, a las que tienen consejos de administración presididos por quienes solo se han salvado de ser delincuentes convictos gracias a retrasos judiciales que permiten que puedan prescribir sus conductas penalmente reprobables, a las que más riqueza natural destrozan, a las que han cometido más atentados urbanísticos, a las que se van a Marruecos o Mauritania para poder contratar mujeres o niñas por unas pocas rupias y sin contrato.
Aquí no hay nada que investigar, no hay responsabilidades que depurar y el gobierno y el partido que lo sustenta incluso se sienten satisfechos de la generosidad con que conceden canales televisivos a la extrema derecha o se financian los púlpitos desde los que se tergiversa la historia para extender por todas las esquinas del país la idea de que ZP es la causa de todos nuestros malos, la infamia que pregonan sin cesar para ocultar la responsabilidad de los auténticos causantes del desastre. Es lo que pasa cuando cunde el cesarismo y se renuncia a situarse incómodamente contra la corriente, y a investigar y a promover la información y el debate colectivo sobre nuestra historia.
http://www.juantorreslopez.com/
lunes, 25 de abril de 2011
¿es el mundo demasiado grande para caer?
Noam Chomsky*
Los levantamientos por la democracia en el mundo árabe han sido demostraciones espectaculares de valor, dedicación y compromiso de fuerzas populares que coincidieron, fortuitamente, con un notable levantamiento de decenas de miles de personas en apoyo a los trabajadores y la democracia en Madison, Wisconsin y otras ciudades de EE.UU. Si las trayectorias de protestas en El Cairo y Madison se cruzaron, sin embargo, iban dirigidas en direcciones opuestas: en El Cairo hacia el logro de derechos elementales negados por la dictadura, en Madison hacia la defensa de derechos que se lograron después de largas y duras luchas y que ahora sufren un duro ataque.
Cada una es un microcosmo de tendencias en la sociedad global, que siguió cursos diversos. Es seguro que lo que está ocurriendo tendrá consecuencias trascendentales tanto en el corazón industrial decadente del país más rico y poderoso de la historia del mundo, y en lo que el presidente Dwight Eisenhower llamó “el área más estupenda de poder estratégico del mundo”, “una fuente estupenda de poder estratégico” y “probablemente el premio económico más rico en el campo de la inversión extranjera”, en boca del Departamento de Estado en los años cuarenta, un premio que EE.UU. quería conservar para sí y para sus aliados en el Nuevo Orden Mundial que se revelaba en esos días.
A pesar de todos los cambios ocurridos desde entonces, hay muchos motivos para suponer que los responsables políticos de la actualidad se adhieren básicamente a la opinión del influyente consejero del presidente Franklin Delano Roosevelt, A. A. Berle, de que el control de las incomparables reservas de energía de Medio Oriente producirían un “control sustancial del mundo”. Y respectivamente, esa pérdida de control amenazaría el proyecto de dominación mundial que fue claramente articulado durante la Segunda Guerra Mundial y que se ha mantenido frente a los principales cambios en el orden mundial desde entonces.
Desde el inicio de la guerra, en 1939, Washington previó que terminaría con EE.UU. en una posición de abrumador poder. Funcionarios de alto nivel del Departamento de Estado y especialistas en política exterior se reunieron durante los años de la guerra para preparar planes para el mundo de posguerra. Delinearon una “Gran Área” que sería dominada por EE.UU., incluyendo el hemisferio occidental, Lejano Oriente, y el antiguo imperio británico, con sus recursos energéticos de Medio Oriente. Cuando Rusia comenzó a aplastar a los ejércitos nazis después de Stalingrado, los objetivos de la Gran Área se ampliaron a una parte tan grande de Eurasia como fuera posible, por lo menos su centro económico en Europa Occidental. Dentro del Gran Área, EE.UU. mantendría un “poder incuestionable”, con “supremacía militar y económica”, mientras aseguraba las “limitaciones de cualquier ejercicio de sobeanía” de Estados que pudieran interferir en sus designios globales. Los cuidadosos planes de los tiempos de guerra se implementaron pronto.
Siempre se reconoció que Europa podría preferir un camino independiente. En parte la OTAN tuvo el propósito de contrarrestar esa amenaza. En cuando desapareció el pretexto oficial de la existencia de la OTAN en 1989, ésta fue expandida hacia el este en violación de compromisos verbales con el líder soviético Mijail Gorbachov. Desde entonces se ha convertido en una fuerza de intervención de largo alcance dirigida por EE.UU., aclarado por el secretario general de la OTAN, Jaap de Hoop Scheffer, quien informó en una conferencia de la OTAN de que “las tropas de la OTAN tienen que proteger conductos que transportan petróleo y gas dirigido hacia Occidente”, y más generalmente proteger rutas marítimas utilizadas por buques cisterna y otra “infraestructura crucial” del sistema energético.
Las doctrinas de Gran Área permiten claramente intervenciones militares a voluntad. La conclusión fue claramente articulada por el gobierno de Clinton, que declaró que EE.UU. tiene derecho a utilizar la fuerza militar para asegurar “el acceso libre a mercados clave, suministros de energía, y recursos estratégicos”, y tiene que mantener inmensas fuerzas militares “en posiciones avanzadas” en Europa y Asia “con el fin de conformar las opiniones de la gente sobre nosotros” y “conformar eventos que afectarán nuestra subsistencia y nuestra seguridad”.
Los mismos principios rigieron en la invasión de Iraq. Cuando el fracaso de EE.UU. para imponer su voluntad fue innegable, ya no fue posible ocultar los verdaderos objetivos de la invasión detrás de hermosa retórica. En noviembre de 2007, la Casa Blanca publicó una Declaración de Principios exigiendo que las fuerzas de EE.UU. permanecieran indefinidamente en Iraq y comprometiendo a Iraq a privilegiar a los inversionistas estadounidenses. Dos meses después, el presidente Bush informó al Congreso de que rechazaría la legislación que pudiera limitar el estacionamiento permanente de fuerzas armadas de EE.UU. o “el control de EE.UU. de los recursos petrolíferos de Iraq”, demandas que EE.UU. tuvo que abandonar pronto frente a la resistencia iraquí.
En Túnez y Egipto los recientes levantamientos han logrado victorias impresionantes, pero como informó la Fundación Carnegie, aunque han cambiado, los regímenes subsisten: “Un cambio en las elites gobernantes y del sistema de gobierno sigue siendo un objetivo distante”. El informe discute los obstáculos interiores para la democracia, pero ignora los exteriores, que siempre han sigo significativos.
Es seguro que EE.UU. y sus aliados occidentales harán todo lo que puedan para impedir una auténtica democracia en el mundo árabe. Para comprender el motivo basta con considerar los estudios de la opinión árabe realizados por agencias de sondeo de EE.UU. Aunque apenas se ha informado al respecto, son ciertamente conocidos por los planificadores. Revelan que en su abrumadora mayoría, los árabes consideran a EE.UU. e Israel como las mayores amenazas que enfrentan: EE.UU. es considerado de esa manera por un 90% de los egipcios, en la región generalmente por más de un 75%. Algunos árabes consideran que Irán es una amenaza: un 10%. La oposición a la política de EE.UU. es tan fuerte que una mayoría cree que la seguridad mejoraría si Irán tuviera armas nucleares, en Egipto, un 80%. Otras cifras son similares. Si la opinión pública influenciara la política, no sólo EE.UU. no controlaría la región, sino que sería expulsado de ella, debilitando los principios fundamentales de dominación global.
La mano invisible del poder
El apoyo a la democracia cae dentro de la competencia de ideólogos y propagandistas. En el mundo real, la aversión hacia la democracia de la elite es la norma. La evidencia de que la democracia sólo se apoya mientras contribuye a objetivos sociales y económicas es abrumadora, una conclusión aceptada renuentemente por los eruditos más serios.
El desdén de la elite por la democracia se reveló drásticamente en la reacción a las revelaciones de WikiLeaks. Las que recibieron más atención, con eufóricos comentarios, fueron los cables que informaron sobre el apoyo de los árabes a la posición de EE.UU. con respecto a Irán. Se referían a los dictadores en el poder. No se mencionaban las actitudes del público. El principio guía fue articulado claramente por el especialista de la Fundación Carnegie Medio Oriente Marwan Muasher, ex alto funcionario del gobierno jordano: “No hay nada malo, todo está bajo control”. En pocas palabras, si los dictadores nos apoyan, ¿qué otra cosa podría importar?
La doctrina Muasher es racional y venerable. Para
mencionar un solo caso que es muy relevante en la actualidad, en una discusión interna en 1958, el presidente Eisenhower expresó preocupación por “la campaña de odio” contra nosotros en el mundo árabe, no por los gobiernos, sino por el pueblo. El Consejo Nacional de Seguridad (NSC) explicó que existe una percepción en el mundo árabe de que EE.UU. apoya dictaduras y bloquea la democracia y el desarrollo para asegurar el control de los recursos de la región. Además, la percepción es bastante exacta, concluyó el NSC, y es lo que deberíamos hacer: basarnos en la doctrina Muasher. Estudios del Pentágono realizados después del 11-S confirmaron que lo mismo sigue siendo válido.
Es normal que los vencedores tiren la historia al cubo de la basura y que las víctimas la tomen en serio. Tal vez puedan ser útiles algunas breves observaciones sobre este importante tema. Ésta no es la primera ocasión en la cual Egipto y EE.UU. enfrentan problemas semejantes y se mueven en direcciones opuestas. Lo mismo fue válido a principios del Siglo XIX.
Historiadores económicos han argumentado que Egipto estaba bien colocado para emprender un rápido desarrollo económico al mismo tiempo que EE.UU. Ambos países tenían una rica agricultura, incluido el algodón, base de la temprana revolución industrial, aunque, a diferencia de Egipto, EE.UU. tuvo que desarrollar la producción de algodón y una fuerza laboral mediante la conquista, el exterminio y la esclavitud, con consecuencias que ahora mismo son evidentes en las reservas para los sobrevivientes y las prisiones que se han expandido rápidamente desde los años de Reagan para albergar a la población superflua desechada por la desindustrialización.
Una diferencia fundamental fue que EE.UU. había logrado la independencia y por ello estaba libre para ignorar las prescripciones de la teoría económica, suministrada entones por Adam Smith en términos bastante similares a los que predican actualmente a las sociedades en desarrollo. Smith instó a las colonias liberadas a producir productos primarios para la exportación y a importar manufacturas británicas superiores, y ciertamente a no intentar el monopolio de bienes cruciales, sobre todo algodón. Cualquier otro camino, advirtió Smith, “retardaría en lugar de acelerar el aumento en el valor de su producción anual y obstruiría en lugar de promover el progreso de su país hacia la verdadera riqueza y grandeza”.
Después de lograr su independencia, las colonias pudieron ignorar su consejo y seguir el camino de Inglaterra en el desarrollo guiado por el Estado independiente, con altos aranceles para proteger la industria contra exportaciones británicas, primero textiles, después acero y otros, y para adoptar otros muchos instrumentos con el fin de acelerar el desarrollo industrial. La república independiente también buscó la obtención de un monopolio del algodón para “colocar a todas las demás naciones a nuestros pies”, particularmente al enemigo británico, como anunciaron los presidentes jacksonianos mientras conquistaban Texas y la mitad de México.
Un camino comparable en Egipto fue bloqueado por el poder británico. Lord Palmerston declaró que “ninguna idea de ecuanimidad [hacia Egipto] debería ser un obstáculo para intereses tan grandes y superiores” de Gran Bretaña como la preservación de su hegemonía económica y política, expresando su “odio” hacia el “ignorante bárbaro” Muhammed Ali quien se atrevió a buscar un camino independiente, y el despliegue de la flota y el poder financiero de Gran Bretaña para terminar con la búsqueda de independencia y de desarrollo económico de Egipto.
Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando EE.UU. desplazó a Gran Bretaña como el "hegemón" global, Washington adoptó la misma posición, dejando claro que EE.UU. no suministraría ayuda a Egipto a menos que se adhiriera a las reglas estándar para los débiles, que EE.UU. siguió violando, imponiendo altos aranceles para excluir el algodón egipcio y causando una debilitadora escasez de dólares. La interpretación usual de los principios del mercado.
No es muy sorprendente que la “campaña de odio” contra EE.UU. que preocupó a Eisenhower se haya basado en el reconocimiento de que EE.UU. apoya a los dictadores y bloquea la democracia y el desarrollo, tal como lo hacen sus aliados.
En defensa de Adam Smith, habría que agregar que reconoció lo que pasaría si Gran Bretaña seguía las reglas de la economía sensata, llamada ahora “neoliberalismo”. Advirtió de que si los fabricantes, comerciantes, e inversionistas británicos se volvían hacia el extranjero, podrían beneficiarse pero que Inglaterra sufriría. Pero pensó que se guiarían por un sesgo nacional, de manera que una mano invisible ahorraría a Inglaterra los estragos de la racionalidad económica.
Es difícil dejar de ver el pasaje. Es la única aparición de la famosa frase “mano invisible” en La Riqueza de las Naciones. El otro importante fundador de la economía clásica, David Ricardo, sacó conclusiones semejantes, esperando que la inclinación por el interior llevaría a las personas acaudaladas a “estar satisfechas con la baja tasa de beneficios en su propio país, en lugar de buscar un empleo más ventajoso de su riqueza en países foráneos”, sentimientos que, agregó, “lamentaría que se debilitaran”. Dejando de lado sus predicciones, los instintos de los economistas clásicos eran sanos.
Las “amenazas” china e iraní
El levantamiento por la democracia en el mundo árabe se compara a veces con Europa Oriental en 1989, pero sobre la base de motivos dudosos. En 1989, el levantamiento por la democracia fue tolerado por los rusos y apoyado por las potencias occidentales siguiendo doctrinas estándar: se ajustaba claramente a objetivos económicos y estratégicos, y por lo tanto era un logro noble, muy honorado, a diferencia de las luchas al mismo tiempo “por defender los derechos humanos fundamentales” en Centroamérica, en palabras del asesinado arzobispo de El Salvador, uno de los cientos de miles de víctimas de fuerzas militares armadas y entrenadas por Washington. No hubo ningún Gorbachov en Occidente durante todos esos horrendos años, y no hay ninguno ahora. Y el poder occidental sigue siendo hostil a la democracia en el mundo árabe por buenas razones.
Las doctrinas del Gran Área siguen aplicándose a crisis y confrontaciones contemporáneas. En los círculos que toman las decisiones políticas y en el comentario político occidental, la amenaza iraní se considera la que plantea el mayor peligro para el orden mundial y por lo tanto debe ser el enfoque primordial de la política exterior de EE.UU., y Europa sigue el rastro cortésmente.
¿Cuál es exactamente la amenaza iraní? Una respuesta fidedigna es suministrada por el Pentágono y los servicios de inteligencia de EE.UU. Informando el año pasado sobre la seguridad global, aclaran que la amenaza no es militar. Los gastos militares de Irán son “relativamente bajos en comparación con el resto de la región”, concluyen. Su doctrina militar es “estrictamente defensiva, diseñada para desacelerar una invasión e imponer una solución diplomática a las hostilidades”. Irán tiene “una capacidad limitada de proyectar fuerzas más allá de sus fronteras”. Con respecto a la opción nuclear: “El programa nuclear de Irán y su disposición a mantener abierta la posibilidad de desarrollar armas nucleares es parte central de su estrategia de disuasión”. Todo citas.
El brutal régimen clerical es indudablemente una amenaza para su propio pueblo, aunque difícilmente supera a los aliados de EE.UU. en ese terreno. Pero la amenaza yace en otra parte, y es ciertamente de mal agüero. Un elemento es la capacidad de disuasión de Irán, un ejercicio ilegítimo de soberanía que podría interferir con la libertad de acción de EE.UU. en la región. Salta a la vista por qué Irán buscaría una capacidad disuasiva; una mirada a las bases militares y las fuerzas nucleares de la región basta para explicarlo.
Hace siete años, el historiador militar israelí Martin van Creveld escribió que “El mundo ha presenciado cómo EE.UU. atacó Iraq sin motivos, como se comrpobó. Si los iraníes no intentara producir armas nucleares, estarían locos”, en especial cuando están bajo una amenaza constante de ataque en violación de la Carta de la ONU. Queda por ver si lo están haciendo, pero tal vez sea así.
Pero la amenaza de Irán va más allá de la disuasión. También trata de expandir su influencia a los países vecinos, destacan el Pentágono y los servicios de inteligencia de EE.UU., y “desestabilizar” de esta manera la región (en términos técnicos del discurso de política exterior). La invasión y ocupación militar de los vecinos de Irán es “estabilización”. Los esfuerzos de Irán por extender su influencia a ellos es “desestabilización”, por lo tanto son evidentemente ilegítimos.
Semejante costumbre es rutinaria. Por lo tanto el destacado analista de política exterior James Chace, utilizó correctamente el término “estabilidad” en su sentido técnico cuando explicó que a fin de lograr “estabilidad” en Chile fue necesario “desestabilizar” el país (derrocando al gobierno elegido de Salvador Allende e instalando la dictadura del general Augusto Pinochet). Es igualmente interesante explorar otras preocupaciones sobre Irán, pero tal vez esto baste para revelar los principios guía y su estatus en la cultura imperial. Como subrayaron los planificadores de Franklin Delano Roosevelt en el alba del sistema mundial contemporáneo, EE.UU. no puede tolerar “ningún ejercicio de soberanía” que interfiera en sus designios globales.
EE.UU. y Europa están unidos en el castigo a Irán por su amenaza a la estabilidad, pero es útil recordar cuán aislados están. Los países no alineados han apoyado vigorosamente el derecho de Irán a enriquecer uranio. En la región, la opinión pública árabe incluso favorece vigorosamente las armas nucleares iraníes. La principal potencia regional, Turquía votó contra la última moción de sanciones iniciada por EE.UU. en el Consejo de Seguridad, junto con Brasil, el país más admirado en el Sur. Su desobediencia condujo a una fuerte censura, no por primera vez: Turquía había sido amargamente condenada en 2003, cuando el gobierno siguió la voluntad de un 95% de la población y se negó a participar en la invasión de Iraq, demostrando así su débil comprensión de la democracia al estilo occidental.
Después de su fechoría en el Consejo de Seguridad el año pasado, Turquía recibió la advertencia del máximo diplomático de Obama para asuntos europeos, Philip Gordon, de que debe “demostrar su compromiso de cooperación con Occidente”. Un experto en el Consejo de Relaciones Exteriores preguntó: “¿Cómo mantener a raya a los turcos?” siguiendo órdenes como buenos demócratas. Lula de Brasil fue amonestado por un titular del New York Times diciendo que su esfuerzo junto a Turquía para dar una solución al problema del enriquecimiento de uranio fuera del marco del poder de EE.UU. era una “Mancha en el legado del líder brasileño”. En breve, haz lo que te decimos, o ya verás.
Un aspecto colateral, efectivamente suprimido, es que el acuerdo Irán-Turquía-Brasil fue aprobado por adelantado por Obama, presumiblemente en la suposición de que fracasaría, suministrando un arma ideológica contra Irán. Cuando tuvo éxito, la aprobación se convirtió en censura, y Washington impuso en el Consejo de Seguridad una resolución tan débil que China la aprobó sin problemas y ahora recibe una reprimenda por ajustarse a la letra de la resolución pero no a las directivas unilaterales de Washington, por ejemplo, en la nueva edición de Foreign Affairs.
Aunque EE.UU. puede tolerar la desobediencia turca, aunque con consternación, cuesta más ignorar a China. La prensa advierte de que “inversionistas y comerciantes chinos llenan ahora un vacío en Irán mientras empresas de muchos otros países, especialmente de Europa, se retiran”, y en particular, está expandiendo su papel dominante en las industrias energéticas de Irán. Washington reacciona con un toque de desesperación. El Departamento de Estado advirtió a China de que si quiere que la acepten en la comunidad internacional –un término técnico que se refiere a EE.UU. y a quienquiera esté de acuerdo con este último– no debe “eludir y evadir responsabilidades internacionales [que] son obvias”: es decir, que siga órdenes de EE.UU. No es probable que China se siemta impresionada.
Hay mucha preocupación por la creciente amenaza militar china. Un reciente estudio del Pentágono advirtió de que el presupuesto militar de China se acerca a “un quinto de lo que el Pentágono gastó para operar y realizar las guerras de Iraq y Afganistán”, una fracción del presupuesto militar de EE.UU., por supuesto. La expansión de las fuerzas militares chinas podría “imposibilitar la capacidad de barcos de guerra estadounidenses de operar en aguas internacionales frente a su costa”, agregó el New York Times.
O sea frente a la costa de China; falta solamente que propongan que EE.UU. elimine fuerzas militares que impidan el acceso al Caribe a los barcos de guerra chinos. La falta de entendimiento de China de las reglas de civilidad internacional es ilustrada además por sus objeciones a los planes de que el ultramoderno portaaviones a propulsión nuclear George Washington se una a ejercicios navales a pocos kilómetros frente a la costa de China, con una supuesta capacidad para atacar Pekín.
Al contrario, Occidente comprende que EE.UU. emprende todas esas operaciones para defender la estabilidad y su propia seguridad. El liberal New Republic expresa su preocupación porque “China envió diez barcos de guerra por aguas internacionales frente a la isla japonesa de Okinawa”. Evidentemente es una provocación, a diferencia del hecho, no mencionado, de que Washington ha convertido esa isla en una importante base militar a pesar de las vehementes protestas de sus habitantes. No es una provocación, sobre la base del principio estándar de que somos dueños del mundo.
Dejando de lado la profundamente arraigada doctrina imperial, hay buenos motivos para que los vecinos de China estén preocupados por su creciente poder militar y comercial. Y aunque la opinión árabe apoya un programa iraní de armas nucleares, ciertamente no deberíamos hacerlo. La literatura de política exterior está repleta de propuestas sobre cómo contrarrestar la amenaza. Pocas veces mencionan una manera obvia: trabajar para establecer una zona libre de armas nucleares en la región (NWFZ). El tema se presentó (de nuevo) en la conferencia del Tratado de No Proliferación (TNP) en la sede de las Naciones Unidas en mayo pasado. Egipto, como presidente de las 118 naciones del Movimiento de los No Alineados pidió negociaciones para una NWFZ en Medio Oriente, como fue aceptado por Occidente, incluido EE.UU., en la conferencia de revisión del TNP en 1995.
El apoyo internacional es tan abrumador que Obama lo aceptó, formalmente. Es una excelente idea, informó Washington a la conferencia, pero no ahora. Además, EE.UU. dejó claro que hay que exceptuar a Israel: ninguna propuesta puede pedir que el programa nuclear de Israel se coloque bajo los auspicios del Organismo Internacional de Energía Atómica o que se publique información sobre “las instalaciones y actividades nucleares de Israel”. Y que no se hable más de este método de encarar la amenaza nuclear iraní.
Privatizando el planeta
Aunque la doctrina de la Gran Área sigue prevaleciendo, la capacidad para implementarla ha disminuido. El pico del poder de EE.UU. fue después de la Segunda Guerra Mundial, cuando literalmente poseía la mitad de la riqueza del mundo. Pero eso declinó naturalmente cuando otras economías se recuperaron de la devastación de la guerra y la descolonización emprendió su tormentoso camino. A principios de los años setenta, la parte de EE.UU. en la riqueza global había disminuido a cerca de un 25%, y el mundo industrial se había hecho tripolar: Norteamérica, Europa, y Asia del Este (entonces centrada en Japón).
En los años setenta también hubo un abrupto cambio en la economía de EE.UU., hacia la financialización y la exportación de la producción. Una variedad de factores convergió para crear un ciclo cruel de concentración radical de la riqueza, sobre todo en el 1% superior de la población –en particular directores ejecutivos, gerentes de fondos de alto riesgo, etc.- Eso lleva a la concentración del poder político, de ahí a políticas estatales de aumentar la concentración económica: políticas fiscales, reglas de gobierno corporativo, desregulación, y muchas cosas más. Mientras tanto, los costes de campañas electorales aumentaron enormemente, llevando a los partidos a los bolsillos del capital concentrado, cada vez más financiero: los republicanos por reflejo, los demócratas –ya eran como los que solían ser republicanos moderados– no se quedaron muy atrás.
Las elecciones se han convertido en una charada dirigida por la industria de las relaciones públicas. Después de su victoria de 2008, Obama ganó un premio de la industria por la mejor campaña de mercadeo del año. Los ejecutivos estaban eufóricos. En la prensa empresarial explicaron que habían estado mercadeando candidatos como otras mercancías desde Ronald Reagan, pero 2008 fue su mayor logro y cambiaría el estilo en los consejos corporativos. Se espera que la elección de 2012 cueste 2.000 millones de dólares, sobre todo en fondos de las corporaciones. No es de extrañar que Obama esté seleccionando a hombres de negocios para las máximas posiciones. El público está enojado y frustrado, pero mientras prevalezca el principio Muasher [“Siempre y cuando la gente esté tranquila y pasiva, vamos a hacer lo que queramos”. N. del T.], eso no importa.
Mientras la riqueza y el poder se han concentrado fuertemente, para la mayoría de la población los ingresos reales se estancaron y la gente se las ha arreglado con más horas de trabajo, deudas e inflación de los activos, destruidos regularmente por las crisis financieras que comenzaron cuando el aparato regulador fue desmantelado desde los años ochenta.
Nada de esto es problemático para los muy ricos, que se benefician de una póliza de seguro del gobierno llamada “demasiado grande para caer”. Los bancos y firmas de inversión pueden hacer transacciones arriesgadas, con grandes beneficios, y cuando el sistema se derrumba inevitablemente, pueden ir corriendo donde papá Estado a pedir un rescate con dineros públicos, aferrados a sus copias de Friedrich Hayek y Milton Friedman.
Ése ha sido el proceso regular desde los años de Reagan, cada crisis más extrema que la anterior –es decir, para la población general-. Ahora mismo, el verdadero desempleo está a niveles de la Depresión para gran parte de la población, mientras Goldman Sachs, uno de los principales arquitectos de la actual crisis, es más rico que nunca. Acaba de anunciar tranquilamente 17.500 millones de dólares en compensaciones por el año pasado, y su presidente ejecutivo, Lloyd Blankfein, recibió una bonificación de 12,6 millones mientras que triplica su salario base.
No tendría sentido concentrar la atención en hechos semejantes. Por lo tanto, la propaganda tiene que tratar de culpar a otros; en los últimos meses: los trabajadores del sector público, sus inmensos salarios, exorbitantes jubilaciones, etc.; todo fantasía, basada en el modelo de la imaginería "reaganita" de madres negras conducidas en sus limusinas a cobrar sus cheques de la asistencia social, y otros modelos que sobra mencionar. Todos tenemos que apretarnos los cinturones; es decir, casi todos.
Los maestros constituyen un objetivo particularmente bueno, como parte del esfuerzo deliberado por destruir el sistema de educación desde la guardería infantil hasta las universidades, mediante la privatización, de nuevo, bueno para los ricos, pero un desastre para la población, así como para la salud a largo plazo de la economía, pero es una de las externalidades que se deja de lado mientras prevalezcan los principios del mercado.
Otro excelente objetivo, siempre, son los inmigrantes. Ha sido así durante toda la historia de EE.UU., aún más en tiempos de crisis económica, exacerbada ahora por un sentido de que nos están quitando nuestro país: la población blanca se convertirá pronto en una minoría. Se puede comprender la cólera de individuos agraviados, pero la crueldad de la policía es estremecedora.
¿Quiénes son los inmigrantes en cuestión? En el este de Massachusetts, donde vivo, muchos son mayas que huyeron del genocidio en las tierras altas guatemaltecas realizado por los asesinos favoritos de Reagan. Otros son mexicanos, víctimas del NAFTA de Clinton, uno de esos raros acuerdos gubernamentales que se las han arreglado para dañar a la gente en los tres países afectados. Cuando el NAFTA se aprobó bajo presión en el Congreso en 1994, pasando por alto las objeciones populares, Clinton también inició la militarización de la frontera entre EE.UU. y México, que antes era bastante abierta. Se comprendió que los campesinos mexicanos no pueden competir con la agroindustria estadounidense altamente subvencionada, y que las empresas mexicanas no pueden sobrevivir a la competencia con las multinacionales de EE.UU., que deben recibir “trato nacional” bajo los mal bautizados acuerdos de libre comercio, un privilegio otorgado solo a personas corporativas, no a las de carne y hueso. No es sorprendente que esas medidas hayan llevado a una inundación de refugiados desesperados, y a provocar una histeria contra los inmigrantes por parte de las víctimas de las políticas estatales-corporativas dentro del país.
Parece que en Europa sucede lo mismo, donde es probable que el racismo esté aún más desmandado que en EE.UU. Uno puede quedarse pasmado al ver que Italia se queja del flujo de refugiados de Libia, escenario del primer genocidio posterior a la Primera Guerra Mundial, en el ahora liberado Este, a manos del gobierno fascista de Italia. O cuando Francia, que sigue siendo actualmente el principal protector de las brutales dictaduras en sus antiguas colonias, se las arregla para olvidar sus horrendas atrocidades en África, mientras el presidente francés Nicolas Sarkozy advierte sombríamente contra el “flujo de inmigrantes” y Marine Le Pen objeta que no hace nada para impedirlo. No necesito mencionar a Bélgica que podría ganar el premio de lo que Adam Smith llamó “la salvaje injusticia de los europeos”.
El ascenso de partidos neofascistas en gran parte de Europa sería un fenómeno aterrador incluso si no recordáramos lo que sucedió en el continente en el pasado reciente. Hay que imaginar la reacción si los judíos estuvieran siendo expulsados de Francia hacia la miseria y la opresión, y luego se presencia la falta de reacción ante lo que sucede a los gitanos, también víctimas del Holocausto y la población más brutalizada de Europa.
En Hungría, el partido neofascista Jobbik obtuvo un 17% de los votos en las elecciones nacionales, lo que tal vez no sea sorprendente dado que tres cuartos de la población piensa que les va peor que bajo el régimen comunista. Podríamos sentirnos aliviados de que en Austria el ultraderechista Jörg Haider haya obtenido solo un 10% de los votos en 2008, si no fuera por el hecho que el nuevo Partido de la Libertad, desbordándolo por la extrema derecha, obtuvo más de un 17%. Es escalofriante recordar que, en 1928, los nazis obtuvieron menos de un 3% de los votos en Alemania.
En Inglaterra el Partido Nacional Británico y la Liga Inglesa de Defensa, en la derecha ultra-racista, son fuerzas importantes. (Lo que pasa en Holanda lo sabéis demasiado bien.) En Alemania el lamento de Thilo Sarrazin de que los inmigrantes están destruyendo el país fue un enorme éxito de ventas, mientras la canciller Angela Merkel, aunque condenó el libro, declaró que el multiculturalismo había “fracasado del todo”: los turcos importados para hacer el trabajo sucio en Alemania no se convierten en rubios de ojos azules, verdaderos arios.
Los que tengan sentido de la ironía recordarán que Benjamin Franklin, uno de los personajes principales de la Ilustración, advirtió de que las colonias recién liberadas deberían tener cuidado al permitir la inmigración de alemanes, porque eran demasiado morenos; los suecos también. Llegado el Siglo XX, los mitos ridículos de pureza anglosajona eran comunes en EE.UU., incluso entre presidentes y otras personalidades destacadas. El racismo en la cultura literaria ha sido una obscenidad flagrante; mucho peor en la práctica, sobra decirlo. Es mucho más fácil erradicar la poliomielitis que esa horrenda plaga, que regularmente se vuelve más virulenta en tiempos de penuria económica.
No quiero terminar sin mencionar otra externalidad que se desestima en los sistemas de mercado: la suerte de las especies. Un riesgo sistémico en el sistema financiero puede ser remediado por el contribuyente, pero nadie acudirá al rescate si se destruye el medioambiente. Que hay que destruirlo es casi un imperativo institucional. Los dirigentes empresariales que realizan campañas de propaganda para convencer a la población de que el antropogénico calentamiento global es un engaño liberal saben perfectamente cuán grave es la amenaza, pero tienen que maximizar los beneficios a corto plazo y su penetración en el mercado. Si no lo hacen, algún otro lo hará.
Este ciclo vicioso puede resultar letal. Para ver cuán grave es el peligro, basta con analizar el nuevo Congreso de EE.UU. llevado al poder por la financiación y propaganda de las empresas. Casi todos sus miembros niegan el cambio climático. Ya han comenzado a recortar los fondos para medidas que podrían mitigar una catástrofe ecológica. Peor todavía, algunos son verdaderos creyentes; por ejemplo, el nuevo jefe de un subcomité sobre el medio ambiente explicó que el calentamiento global no puede ser un problema, porque Dios prometió a Noé que no habría otro diluvio.
Si cosas semejantes estuvieran ocurriendo en algún país pequeño y remoto, podríamos morirnos de risa. No cuando suceden en el país más rico y poderoso del mundo. Y antes de reír, también podríamos considerar que la actual crisis económica puede rastrearse en gran medida a la fe fanática en dogmas como la hipótesis del mercado eficiente y en general a lo que el Nobel Joseph Stiglitz, hace quince años, llamó la “religión” que mejor conocen los mercados, que impidió que el banco central y los economistas detectaran una burbuja inmobiliaria de 8 billones [millones de millones] de dólares que no tenía ninguna base en fundamentos económicos, y que devastó al país cuando estalló.
Todo esto, y mucho más, podrá continuar mientras prevalezca la doctrina de Muasher. Mientras la población general sea pasiva, apática, desviada hacia el consumismo o hacia el odio a los vulnerables, los poderosos podrán hacer lo que les dé la gana, y los que sobrevivan tendrán que contemplar el resultado.
viernes, 8 de abril de 2011
jugando con el planeta
Joseph E. Stiglitz*
Las consecuencias del terremoto japonés –especialmente la continua crisis en la planta de energía nuclear en Fukushima– tienen resonancias sombrías para observadores del crash financiero estadounidense que precipitó la Gran Recesión. Ambos eventos proveen duras lecciones sobre riesgos, y sobre las dificultades que enfrentan mercados y sociedades para controlarlos.
Por supuesto en cierto sentido no hay comparación entre la tragedia del terremoto –que ha dejado más de 25.000 personas muertas o desaparecidas– y la crisis financiera, a la cual no se puede atribuir un sufrimiento físico tan agudo. Pero cuando se trata de la fusión nuclear accidental en Fukushima, hay un tema común en los dos sucesos.
Expertos tanto en la industria nuclear como en la financiera nos aseguraron que la nueva tecnología prácticamente había eliminado el riesgo de una catástrofe. Los sucesos han demostrado que se equivocaban: no sólo existen los riesgos, sino que sus consecuencias son tan catastróficas que borran fácilmente todos los supuestos beneficios de los sistemas promovidos por los dirigentes de la industria.
Antes de la Gran Recesión, los gurús económicos de EE.UU. –desde el jefe de la Reserva Federal a los titanes de las finanzas– alardearon que habían aprendido a controlar el riesgo. Instrumentos financieros “innovadores” como los derivados y los seguros de riesgo de la deuda posibilitaban la distribución del riesgo a través de la economía. Ahora sabemos que no sólo engañaron al resto de la sociedad, sino también a sí mismos.
Resulta que esos magos de las finanzas no comprendían las complejidades del riesgo, y menos aún los peligros planteados por “fat-tail distributions” [distribución con grandes variaciones por valores altos en extremos] -un término estadístico para eventos raros con inmensas consecuencias-, también llamados a veces “cisnes negros”. Eventos que supuestamente ocurren sólo una vez en un siglo –o incluso una vez en la vida del universo– parecían ocurrir cada diez años. Peor aún, no sólo se subestimó ampliamente la frecuencia de esos eventos; lo mismo sucedió con el daño astronómico que causarían, como las fusiones nucleares accidentales que acosan continuamente a la industria nuclear.
La investigación en la economía y la psicología nos ayuda a comprender por qué nuestro trabajo en el control de esos riesgos es tan deficiente. Tenemos poca base empírica para juzgar eventos raros, de modo que cuesta hacer buenos cálculos. En tales circunstancias, pueden entrar más en juego ilusiones vanas: podríamos tener pocos incentivos para pensar intensamente. Al contrario, cuando otros soportan los costes de los errores, los incentivos favorecen el autoengaño. Un sistema que socializa las pérdidas y privatiza los beneficios está condenado a administrar mal el riesgo.
Por cierto, todo el sector financiero abundaba en problemas institucionales y externalidades. Las agencias de calificación crediticia tenían incentivos para dar buenas calificaciones a los valores de alto riesgo producidos por los bancos de inversión que les pagaban. Los originadores de hipotecas no soportaban consecuencias por su irresponsabilidad, e incluso los que estaban involucrados en préstamos depredadores o creaban y mercadeaban valores que estaban hechos para perder lo hacían de maneras que los aislaban del procesamiento civil y criminal.
Esto nos lleva a la pregunta siguiente: ¿podemos esperar otros “cisnes negros” que estén al acecho? Desgraciadamente, es muy probable que algunos de los riesgos verdaderamente grandes que enfrentamos actualmente ni siquiera sean eventos raros. La buena noticia es que tales riesgos pueden controlarse a poco o ningún coste. La mala noticia es que hacerlo se enfrenta a una fuert eoposición política, porque existe gente que se beneficia con el statu quo.
Hemos visto dos de los grandes riesgos en los últimos años, pero hemos hecho poco por controlarlos. Según algunos puntos de vista, la forma en que se manejó la última crisis puede haber aumentado el riesgo de una futura catástrofe financiera.
Bancos demasiado grandes para quebrar, y los mercados en los que participan, saben ahora que pueden esperar un rescate si enfrentan problemas. Como resultado de este “peligro moral”, esos bancos pueden pedir prestado en condiciones favorables, recibiendo una ventaja competitiva basada no en mayor rendimiento sino en fuerza política. Mientras algunos de los excesos en la toma de riesgos se han limitado, continúan los préstamos depredadores y el comercio no regulado en derivados tenebrosos no controlados. Las estructuras de incentivos que alientan la toma exagerada de riesgos siguen virtualmente sin cambios.
Por lo tanto, mientras Alemania cierra sus reactores nucleares más antiguos, en EE.UU. y otros sitios,incluso siguen operando plantas que tienen el mismo diseño defectuoso que Fukushima. La existencia misma de la industria nuclear depende de subsidios públicos ocultos –costes con los que corre la sociedad en el evento de desastre nuclear, así como los costes de la eliminación todavía sin solucionar de los desechos nucleares. ¡Basta de capitalismo irrestricto!
Para el planeta, existe otro riesgo más, que, como los otros dos es casi una certeza: el calentamiento global y el cambio climático. Si hubiera otros planetas a los cuales pudiéramos partir a poco coste en caso del resultado casi seguro predicho por los científicos, se podría argumentar que vale la pena tomar ese riesgo. Pero no existen, por lo tanto no existe esa posibilidad.
Los costes de reducir emisiones palidecen en comparación con los posibles riesgos que enfrenta el mundo. Y eso vale incluso si excluimos la opción nuclear (cuyos costes siempre se han subestimado). Sin duda, las compañías carboneras y petroleras sufrirían, y los grandes contaminadores –como EE.UU.– obviamente pagarían un precio mayor que los que tienen un estilo de vida menos derrochador.
A fin de cuentas, los que juegan en Las Vegas pierden más de lo que ganan. Como sociedad estamos jugando –con nuestros grandes bancos, con nuestras instalaciones de energía nuclear– con nuestro planeta. Como en Las Vegas, los pocos afortunados –los banqueros– ponen en peligro nuestra economía y los propietarios de las compañías energéticas que ponen en peligro nuestro planeta podrán terminar con una fortuna en sus manos. Pero es casi seguro que como término medio perderemos, como sociedad, como todos los jugadores.
Es, desgraciadamente, una lección del desastre en Japón que seguimos ignorando por nuestra propia cuenta y riesgo.
http://www2.gsb.columbia.edu/faculty/jstiglitz/index.cfmlunes, 28 de marzo de 2011
libia frente al imperialismo humanitario
Entrevista a Jean Bricmont*
* http://es.wikipedia.org/wiki/Jean_Bricmont
¿Puede recordarnos en qué consiste el imperialismo humanitario?
Es una ideología que pretende legitimar la injerencia militar contra países soberanos en nombre de la democracia y de los derechos del Hombre. La motivación siempre es la misma: una población es víctima de un dictador y por lo tanto hay que actuar. Entonces nos sacan las referencias a la Segunda Guerra mundial, a la guerra de España y otras. Se trata de hacer aceptable la intervención. Es lo que pasó en Kosovo, Irak o Afganistán.
Y ahora ¿es el turno de Libia?
Hay una diferencia, porque en este caso está autorizada por una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Pero esa resolución ha sido votada en contra de los principios mismos de la Carta de las Naciones Unidas. Efectivamente, no veo ninguna amenaza exterior en el conflicto libio. Se ha recurrido a la noción de la “responsabilidad de proteger” a la población, pero quemando un poco las etapas. Además, no hay pruebas de que Gadafi masacre a la población simplemente con el objetivo de masacrarla. Es algo más complicado: se trata más bien de una insurrección armada y no sé de ningún gobierno que no reprima este tipo de insurrección. Evidentemente, hay daños colaterales y muertos entre los civiles. Pero si los Estados Unidos saben cómo evitar tales daños, que vayan a explicarlo a los israelíes y que se lo apliquen a sí mismos en Irak y en Afganistán. Tampoco hay ninguna duda de que los bombardeos de la coalición también van a provocar pérdidas civiles. Por lo tanto, pienso que desde un punto de vista estrictamente legal, la resolución del Consejo de Seguridad es discutible. En realidad, es el resultado de años de presión para el reconocimiento del derecho de injerencia que en este caso se legitima.
Sin embargo, incluso entre las izquierdas mucha gente piensa que había que intervenir en Libia para detener la masacre. ¿Cree que es un error de juicio?
Sí, y por varias razones. En primer lugar, esta campaña establece el reino de la arbitrariedad. En efecto, el conflicto libio no tiene nada de excepcional. Hay muchos otros en el mundo, ya sea en Gaza, Bahrein o, hace algunos años, en el Congo. En este último caso estábamos ante el cuadro de una agresión exterior por parte de Rwanda y de Burundi. La aplicación del derecho internacional habría permitido salvar millones de vidas pero no se hizo. ¿Por qué? Además, si se aplican los principios de injerencia que subyacen en el ataque contra Libia, esto significa que todo e mundo puede intervenir en todas partes. Imaginemos que los rusos intervinieran en Bahrein o los chinos en Yemen: sería la guerra generalizada y permanente. Una gran característica del derecho de ingerencia es, en consecuencia, el no respetar el derecho internacional clásico. Y si hubiera que modificar el derecho internacional con nuevas reglas que legitimaran el derecho de ingerencia, ello desembocaría en la guerra de todos contra todos. Es un argumento al que los partidarios del derecho de ingerencia nunca responden. Finalmente, estas ingerencias refuerzan lo que yo llamo el “efecto barricada”: todos los países que están en el punto de mira de los Estados Unidos van a sentirse amenazados y van a intentar reforzar su armamento. Hemos visto lo que pasó con Saddam. Por cierto, Gadafi declaró a la liga árabe: “Acaban de ahorcar a un miembro de esta liga y no habéis dicho nada. Pero lo mismo puede ocurriros a vosotros, ya que, aunque todos vosotros seáis aliados de los Estados Unidos, Saddam también lo fue anteriormente”. Actualmente se reproduce lo mismo con Gadafi y la amenaza que pende sobre muchos Estados puede relanzar la carrera armamentística. Rusia, que no es precisamente un país desarmado, ya ha anunciado que iba a reforzar sus tropas. Pero esto puede ir incluso más lejos: si Libia tuviera armamento nuclear jamás habría sido atacada. Desde luego, esta es la razón por la que no se ataca a Corea del Norte. La izquierda que apoya la intervención en Libia debería pues darse cuenta de que la consecuencia de la ingerencia humanitaria es el relanzamiento de la carrera armamentística y a largo plazo, la creación de lógicas de guerra.
Sin embargo, esta intervención militar contra Gadafi ¿no podría considerarse un mal menor?
Hay que pensar en las consecuencias. Ahora que las fuerzas occidentales están comprometidas es evidente que tendrán que llegar hasta el fin, derrocar a Gadafi e instalar a los rebeldes en el poder. ¿Qué va a pasar entonces? Libia parece dividida. Si hay resistencia en Trípoli ¿Occidente va a ocupar el país y embarcarse en una guerra sin fin como en Irak o Afganistán? Pero, imaginemos que todo va bien: la coalición se deshace de Gadafi en unos cuantos días, los rebeldes toman el poder y el pueblo libio está unido. Todo l mundo está contento ¿y después? No creo que Occidente vaya a decir: “Ya está, hemos hecho esto porque somos buenos y respetamos los derechos del Hombre. Ahora podéis hacer lo que queráis”. ¿Qué pasará si el nuevo gobierno libio parece demasiado musulmán o no limita correctamente los flujos migratorios? ¿Creéis que se les va a dejar actuar? Es evidente que después de esta intervención el nuevo gobierno libio será prisionero de los intereses occidentales.
Si la intervención militar no es la solución, entonces ¿qué hacer?
En primer lugar habrían debido ensayarse honestamente todas las soluciones pacíficas. Quizás no habría funcionado, pero respecto ha habido una voluntad manifiesta de rechazar estas soluciones. Es desde luego una constante en las guerras humanitarias. Por lo que respecta a Kosovo habían propuestas serbias muy detalladas para llegar a una solución pacífica pero fueron rechazadas. Occidente incluso impuso condiciones que hacían imposible cualquier negociación, como la ocupación de Serbia por tropas de la OTAN. En Afganistán, los talibanes propusieron hacer juzgar a Ben Laden por un tribunal internacional si se les aportaban pruebas de su implicación en el atentado del World Trade Center. Estados Unidos lo rechazaron y bombardearon. En Irak, Saddam había aceptado el retorno de los inspectores de la ONU así como numerosas condiciones enormemente apremiantes. Pero nunca era suficiente. En Libia, Gadafi había aceptado un cese el fuego y había propuesto el envío de observadores internacionales. Los observadores no fueron enviados y se ha dicho que Gadafi no había aceptado el cese el fuego. Occidente también rechazó la propuesta de mediación de Chávez, que sin embargo fue aprobada por numerosos países latinos así como por la Organización para la Unidad Africana. Respecto a esto me enfurezco cuando oigo a gente de izquierda, en Europa, denunciar la horrible Alianza Bolivariana que sostiene al dictador Gadafi. ¡Esta gente no ha comprendido nada! Los dirigentes latinos son personas en el poder con importantes responsabilidades. No son izquierdistas insignificantes que parlotean en su rincón. Y el gran problema de estos dirigentes es la ingerencia de los Estados Unidos; cuanto menos puedan los Estados Unidos hacer lo que quieran en cualquier parte del mundo, mejor será para todos los países que intentan emanciparse de su tutela y para todo el mundo.
El hecho de rechazar sistemáticamente las soluciones pacíficas ¿significa que la ingerencia humanitaria es un pretexto?
Sí, pero funciona con respecto a los intelectuales, tengo más dudas con respecto a la reacción de los pueblos europeos. ¿Van a apoyar a sus dirigentes en el ataque contra Gadafi? A nivel de los pueblos son las guerras por la seguridad las que gozan de una mayor legitimidad; cuando hay, por ejemplo, una amenaza contra nuestras poblaciones, nuestras formas de vida, etc. Pero aquí y en Francia, con todo este clima islamofóbico que hay (que no apruebo, pero que existe) ve a explicarles que vamos a luchar en Cirenaica por unos insurgentes a los que vemos gritando “« Allah U Akbar »&hellip ¡es contradictorio! A nivel político la mayoría de partidos apoyan la intervención. Incluso en la izquierda, trotskistas como Mélenchon. Todos andan con la flor en el fusil. Los más moderados apoyaban únicamente una zona de exclusión aérea, pero si Gadafi envía sus tanques hacia Benghazi ¿qué hacemos? Durante la Segunda Guerra mundial los alemanes perdieron muy rápidamente l control aéreo, pero resistieron todavía varios años. Sin lugar a dudas los moderados debían pensar que, en la medida en que el objetivo es el derrocamiento de Gadafi, se iría más allá del establecimiento de una zona de exclusión aérea. La izquierda, incapaz de apoyar verdaderas soluciones alternativas, está atrapada por la lógica de la ingerencia humanitaria y se ve obligada a apoyar a Sarkozy. Si la guerra se termina rápido y bien, el presidente francés se encontrará en buena posición para 2012 y la izquierda le habrá allanado el camino. Puesto que esta izquierda no asume un discurso coherente opuesto a las guerras, se ve obligada a ir a remolque de la política de ingerencia.
¿Y si la guerra va mal?
Es penoso, pero el único partido francés que se ha opuesto a la intervención en Libia es el Frente Nacional. Ha invocado especialmente la amenaza de los flujos migratorios y lo ha aprovechado para desmarcarse de la UMP y del PS diciendo que el nunca había colaborado con Gadafi. Si la guerra en Libia no funciona como está previsto ello podría beneficiar al Frente Nacional en 2012.
Si la injerencia humanitaria no es más que un pretexto ¿cual es el objetivo de esta guerra?
Las revoluciones árabes han sorprendido a los occidentales que no estaban suficientemente bien informados de lo que ocurría en el Magreb y en Oriente Medio. No pongo en entredicho que haya buenos especialistas de la cuestión, pero con frecuencia no son suficientemente escuchados a un cierto nivel de poder y desde luego se quejan de ello. Ahora pues, puede que los nuevos gobiernos egipcio y tunecino no se alineen con los intereses occidentales y, por consiguiente, podrían ser hostiles a Israel. Para asegurarse el control de la región y proteger a Tel-Aviv, los occidentales probablemente quieran deshacerse de los gobiernos ya hostiles a Israel y a los occidentales. Los tres principales son Irán, Siria y Libia. Puesto que este último es el más débil se le ataca.
¿Puede funcionar eso?
Occidente soñaba con dominar el mundo, pero desde 2003, con el fiasco irakí, se ve que no es capaz de ello. Antes, los Estados Unidos podían permitirse derrocar dirigentes que ellos mismos habían llevado al poder, como Ngô Dinh Diêm en Vietnam del Sur en los años 60. Pero Washington ya no tiene la posibilidad de hacer esto hoy en día. En Kosovo, Estados Unidos deben arreglárselas con un régimen mafioso. En Afganistán todo el mundo dice que Karzaï es un corrupto pero no tienen alternativa. En Irak también deben acomodarse con un gobierno que está lejos de convenirles totalmente. De bien seguro que el problema también se presentará en Libia. Un irakí me dijo una vez: “En esta parte del mundo no hay liberales en el sentido occidental del término, excepto algunos intelectuales bastante aislados”. Como Occidente no puede apoyarse en dirigentes que compartan sus ideas y defiendan totalmente sus intereses, intenta imponer dictaduras por la fuerza. Pero evidentemente esto crea un desfase con las aspiraciones de la base popular. Además, este procedimiento resulta un fracaso y la gente no debería engañarse acerca de lo que pasa. Occidente, que creía poder controlar al mundo árabe con marionetas como Ben Alí y Mubarak, se diría de pronto: “Todo era falso ¿vamos ahora a apoyar la democracia en Túnez, en Egipto y en Libia? “ Es tanto más absurdo teniendo en cuenta que una de las grandes reivindicaciones de las revoluciones árabes es el derecho a la soberanía. Dicho de otra forma ¡no a la injerencia! Occidente debe resignarse: el mundo árabe, lo mismo que África y el Caribe, no le pertenece. De hecho, las regiones donde Occidente interviene más son las menos desarrolladas. Si se respeta su soberanía estas regiones podrán desarrollarse, como lo ha hecho Asia y como sin duda lo hará América latina. La política de injerencia es un fracaso para todo el mundo.
¿Cuál es la alternativa entonces?
En primer lugar hay que saber que la política de injerencia necesita un presupuesto militar importante. Sin el apoyo de Estados Unidos y su presupuesto militar delirante, Francia y Gran Bretaña no se habrían comprometido. Bélgica, todavía menos. Pero todos estos medios puestos a disposición no caen del cielo. Este presupuesto se basa en préstamos de la China que conllevan déficits US y todo tipo de problemas económicos. Raramente se piensa en ello. Además, se nos repite constantemente que no hay dinero para la educación, la investigación, las pensiones, etc. ¡Y de repente aparece una gran cantidad de dinero para hacer la guerra en Libia. Una cantidad ilimitada, puesto que no se sabe cuanto tiempo va a durar esta guerra! Por otra parte ya se está gastando dinero para nada en Afganistán. Hace falta, por lo tanto, otra visión política y, a mi parecer, suiza es un buen ejemplo. Este país consagra su presupuesto militar únicamente a la protección de su territorio. Los suizos tiene una política de no intervención coherente, puesto que su ejército, por principio no puede salir de su territorio. Podría decirse que Suiza deja que Gadafi masacre a los insurgentes pero, en primer lugar, ella nunca ha cometido un genocidio u otras masacres, incluso si su política puede ser criticada a otros niveles (banca o inmigración). Y, en segundo lugar, si todo el mundo hiciera como Suiza, por las razones que ya he explicado anteriormente, el mundo iría mucho mejor. Las guerras y los embargos siempre tienen consecuencias desastrosas. A mi parecer, la mejor alternativa es la cooperación con distintos países, sean cuales sean sus regímenes. A través del comercio, pero no el de armas evidentemente, las ideas circulan y las cosas pueden evolucionar, sin guerra. Se pueden discutir las modalidades: comercio justo, ecológico, etc. Pero el comercio es una alternativa mucho menos sangrienta que las sanciones y los embargos, que son la versión soft de las guerras humanitarias.
Es una ideología que pretende legitimar la injerencia militar contra países soberanos en nombre de la democracia y de los derechos del Hombre. La motivación siempre es la misma: una población es víctima de un dictador y por lo tanto hay que actuar. Entonces nos sacan las referencias a la Segunda Guerra mundial, a la guerra de España y otras. Se trata de hacer aceptable la intervención. Es lo que pasó en Kosovo, Irak o Afganistán.
Y ahora ¿es el turno de Libia?
Hay una diferencia, porque en este caso está autorizada por una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Pero esa resolución ha sido votada en contra de los principios mismos de la Carta de las Naciones Unidas. Efectivamente, no veo ninguna amenaza exterior en el conflicto libio. Se ha recurrido a la noción de la “responsabilidad de proteger” a la población, pero quemando un poco las etapas. Además, no hay pruebas de que Gadafi masacre a la población simplemente con el objetivo de masacrarla. Es algo más complicado: se trata más bien de una insurrección armada y no sé de ningún gobierno que no reprima este tipo de insurrección. Evidentemente, hay daños colaterales y muertos entre los civiles. Pero si los Estados Unidos saben cómo evitar tales daños, que vayan a explicarlo a los israelíes y que se lo apliquen a sí mismos en Irak y en Afganistán. Tampoco hay ninguna duda de que los bombardeos de la coalición también van a provocar pérdidas civiles. Por lo tanto, pienso que desde un punto de vista estrictamente legal, la resolución del Consejo de Seguridad es discutible. En realidad, es el resultado de años de presión para el reconocimiento del derecho de injerencia que en este caso se legitima.
Sin embargo, incluso entre las izquierdas mucha gente piensa que había que intervenir en Libia para detener la masacre. ¿Cree que es un error de juicio?
Sí, y por varias razones. En primer lugar, esta campaña establece el reino de la arbitrariedad. En efecto, el conflicto libio no tiene nada de excepcional. Hay muchos otros en el mundo, ya sea en Gaza, Bahrein o, hace algunos años, en el Congo. En este último caso estábamos ante el cuadro de una agresión exterior por parte de Rwanda y de Burundi. La aplicación del derecho internacional habría permitido salvar millones de vidas pero no se hizo. ¿Por qué? Además, si se aplican los principios de injerencia que subyacen en el ataque contra Libia, esto significa que todo e mundo puede intervenir en todas partes. Imaginemos que los rusos intervinieran en Bahrein o los chinos en Yemen: sería la guerra generalizada y permanente. Una gran característica del derecho de ingerencia es, en consecuencia, el no respetar el derecho internacional clásico. Y si hubiera que modificar el derecho internacional con nuevas reglas que legitimaran el derecho de ingerencia, ello desembocaría en la guerra de todos contra todos. Es un argumento al que los partidarios del derecho de ingerencia nunca responden. Finalmente, estas ingerencias refuerzan lo que yo llamo el “efecto barricada”: todos los países que están en el punto de mira de los Estados Unidos van a sentirse amenazados y van a intentar reforzar su armamento. Hemos visto lo que pasó con Saddam. Por cierto, Gadafi declaró a la liga árabe: “Acaban de ahorcar a un miembro de esta liga y no habéis dicho nada. Pero lo mismo puede ocurriros a vosotros, ya que, aunque todos vosotros seáis aliados de los Estados Unidos, Saddam también lo fue anteriormente”. Actualmente se reproduce lo mismo con Gadafi y la amenaza que pende sobre muchos Estados puede relanzar la carrera armamentística. Rusia, que no es precisamente un país desarmado, ya ha anunciado que iba a reforzar sus tropas. Pero esto puede ir incluso más lejos: si Libia tuviera armamento nuclear jamás habría sido atacada. Desde luego, esta es la razón por la que no se ataca a Corea del Norte. La izquierda que apoya la intervención en Libia debería pues darse cuenta de que la consecuencia de la ingerencia humanitaria es el relanzamiento de la carrera armamentística y a largo plazo, la creación de lógicas de guerra.
Sin embargo, esta intervención militar contra Gadafi ¿no podría considerarse un mal menor?
Hay que pensar en las consecuencias. Ahora que las fuerzas occidentales están comprometidas es evidente que tendrán que llegar hasta el fin, derrocar a Gadafi e instalar a los rebeldes en el poder. ¿Qué va a pasar entonces? Libia parece dividida. Si hay resistencia en Trípoli ¿Occidente va a ocupar el país y embarcarse en una guerra sin fin como en Irak o Afganistán? Pero, imaginemos que todo va bien: la coalición se deshace de Gadafi en unos cuantos días, los rebeldes toman el poder y el pueblo libio está unido. Todo l mundo está contento ¿y después? No creo que Occidente vaya a decir: “Ya está, hemos hecho esto porque somos buenos y respetamos los derechos del Hombre. Ahora podéis hacer lo que queráis”. ¿Qué pasará si el nuevo gobierno libio parece demasiado musulmán o no limita correctamente los flujos migratorios? ¿Creéis que se les va a dejar actuar? Es evidente que después de esta intervención el nuevo gobierno libio será prisionero de los intereses occidentales.
Si la intervención militar no es la solución, entonces ¿qué hacer?
En primer lugar habrían debido ensayarse honestamente todas las soluciones pacíficas. Quizás no habría funcionado, pero respecto ha habido una voluntad manifiesta de rechazar estas soluciones. Es desde luego una constante en las guerras humanitarias. Por lo que respecta a Kosovo habían propuestas serbias muy detalladas para llegar a una solución pacífica pero fueron rechazadas. Occidente incluso impuso condiciones que hacían imposible cualquier negociación, como la ocupación de Serbia por tropas de la OTAN. En Afganistán, los talibanes propusieron hacer juzgar a Ben Laden por un tribunal internacional si se les aportaban pruebas de su implicación en el atentado del World Trade Center. Estados Unidos lo rechazaron y bombardearon. En Irak, Saddam había aceptado el retorno de los inspectores de la ONU así como numerosas condiciones enormemente apremiantes. Pero nunca era suficiente. En Libia, Gadafi había aceptado un cese el fuego y había propuesto el envío de observadores internacionales. Los observadores no fueron enviados y se ha dicho que Gadafi no había aceptado el cese el fuego. Occidente también rechazó la propuesta de mediación de Chávez, que sin embargo fue aprobada por numerosos países latinos así como por la Organización para la Unidad Africana. Respecto a esto me enfurezco cuando oigo a gente de izquierda, en Europa, denunciar la horrible Alianza Bolivariana que sostiene al dictador Gadafi. ¡Esta gente no ha comprendido nada! Los dirigentes latinos son personas en el poder con importantes responsabilidades. No son izquierdistas insignificantes que parlotean en su rincón. Y el gran problema de estos dirigentes es la ingerencia de los Estados Unidos; cuanto menos puedan los Estados Unidos hacer lo que quieran en cualquier parte del mundo, mejor será para todos los países que intentan emanciparse de su tutela y para todo el mundo.
El hecho de rechazar sistemáticamente las soluciones pacíficas ¿significa que la ingerencia humanitaria es un pretexto?
Sí, pero funciona con respecto a los intelectuales, tengo más dudas con respecto a la reacción de los pueblos europeos. ¿Van a apoyar a sus dirigentes en el ataque contra Gadafi? A nivel de los pueblos son las guerras por la seguridad las que gozan de una mayor legitimidad; cuando hay, por ejemplo, una amenaza contra nuestras poblaciones, nuestras formas de vida, etc. Pero aquí y en Francia, con todo este clima islamofóbico que hay (que no apruebo, pero que existe) ve a explicarles que vamos a luchar en Cirenaica por unos insurgentes a los que vemos gritando “« Allah U Akbar »&hellip ¡es contradictorio! A nivel político la mayoría de partidos apoyan la intervención. Incluso en la izquierda, trotskistas como Mélenchon. Todos andan con la flor en el fusil. Los más moderados apoyaban únicamente una zona de exclusión aérea, pero si Gadafi envía sus tanques hacia Benghazi ¿qué hacemos? Durante la Segunda Guerra mundial los alemanes perdieron muy rápidamente l control aéreo, pero resistieron todavía varios años. Sin lugar a dudas los moderados debían pensar que, en la medida en que el objetivo es el derrocamiento de Gadafi, se iría más allá del establecimiento de una zona de exclusión aérea. La izquierda, incapaz de apoyar verdaderas soluciones alternativas, está atrapada por la lógica de la ingerencia humanitaria y se ve obligada a apoyar a Sarkozy. Si la guerra se termina rápido y bien, el presidente francés se encontrará en buena posición para 2012 y la izquierda le habrá allanado el camino. Puesto que esta izquierda no asume un discurso coherente opuesto a las guerras, se ve obligada a ir a remolque de la política de ingerencia.
¿Y si la guerra va mal?
Es penoso, pero el único partido francés que se ha opuesto a la intervención en Libia es el Frente Nacional. Ha invocado especialmente la amenaza de los flujos migratorios y lo ha aprovechado para desmarcarse de la UMP y del PS diciendo que el nunca había colaborado con Gadafi. Si la guerra en Libia no funciona como está previsto ello podría beneficiar al Frente Nacional en 2012.
Si la injerencia humanitaria no es más que un pretexto ¿cual es el objetivo de esta guerra?
Las revoluciones árabes han sorprendido a los occidentales que no estaban suficientemente bien informados de lo que ocurría en el Magreb y en Oriente Medio. No pongo en entredicho que haya buenos especialistas de la cuestión, pero con frecuencia no son suficientemente escuchados a un cierto nivel de poder y desde luego se quejan de ello. Ahora pues, puede que los nuevos gobiernos egipcio y tunecino no se alineen con los intereses occidentales y, por consiguiente, podrían ser hostiles a Israel. Para asegurarse el control de la región y proteger a Tel-Aviv, los occidentales probablemente quieran deshacerse de los gobiernos ya hostiles a Israel y a los occidentales. Los tres principales son Irán, Siria y Libia. Puesto que este último es el más débil se le ataca.
¿Puede funcionar eso?
Occidente soñaba con dominar el mundo, pero desde 2003, con el fiasco irakí, se ve que no es capaz de ello. Antes, los Estados Unidos podían permitirse derrocar dirigentes que ellos mismos habían llevado al poder, como Ngô Dinh Diêm en Vietnam del Sur en los años 60. Pero Washington ya no tiene la posibilidad de hacer esto hoy en día. En Kosovo, Estados Unidos deben arreglárselas con un régimen mafioso. En Afganistán todo el mundo dice que Karzaï es un corrupto pero no tienen alternativa. En Irak también deben acomodarse con un gobierno que está lejos de convenirles totalmente. De bien seguro que el problema también se presentará en Libia. Un irakí me dijo una vez: “En esta parte del mundo no hay liberales en el sentido occidental del término, excepto algunos intelectuales bastante aislados”. Como Occidente no puede apoyarse en dirigentes que compartan sus ideas y defiendan totalmente sus intereses, intenta imponer dictaduras por la fuerza. Pero evidentemente esto crea un desfase con las aspiraciones de la base popular. Además, este procedimiento resulta un fracaso y la gente no debería engañarse acerca de lo que pasa. Occidente, que creía poder controlar al mundo árabe con marionetas como Ben Alí y Mubarak, se diría de pronto: “Todo era falso ¿vamos ahora a apoyar la democracia en Túnez, en Egipto y en Libia? “ Es tanto más absurdo teniendo en cuenta que una de las grandes reivindicaciones de las revoluciones árabes es el derecho a la soberanía. Dicho de otra forma ¡no a la injerencia! Occidente debe resignarse: el mundo árabe, lo mismo que África y el Caribe, no le pertenece. De hecho, las regiones donde Occidente interviene más son las menos desarrolladas. Si se respeta su soberanía estas regiones podrán desarrollarse, como lo ha hecho Asia y como sin duda lo hará América latina. La política de injerencia es un fracaso para todo el mundo.
¿Cuál es la alternativa entonces?
En primer lugar hay que saber que la política de injerencia necesita un presupuesto militar importante. Sin el apoyo de Estados Unidos y su presupuesto militar delirante, Francia y Gran Bretaña no se habrían comprometido. Bélgica, todavía menos. Pero todos estos medios puestos a disposición no caen del cielo. Este presupuesto se basa en préstamos de la China que conllevan déficits US y todo tipo de problemas económicos. Raramente se piensa en ello. Además, se nos repite constantemente que no hay dinero para la educación, la investigación, las pensiones, etc. ¡Y de repente aparece una gran cantidad de dinero para hacer la guerra en Libia. Una cantidad ilimitada, puesto que no se sabe cuanto tiempo va a durar esta guerra! Por otra parte ya se está gastando dinero para nada en Afganistán. Hace falta, por lo tanto, otra visión política y, a mi parecer, suiza es un buen ejemplo. Este país consagra su presupuesto militar únicamente a la protección de su territorio. Los suizos tiene una política de no intervención coherente, puesto que su ejército, por principio no puede salir de su territorio. Podría decirse que Suiza deja que Gadafi masacre a los insurgentes pero, en primer lugar, ella nunca ha cometido un genocidio u otras masacres, incluso si su política puede ser criticada a otros niveles (banca o inmigración). Y, en segundo lugar, si todo el mundo hiciera como Suiza, por las razones que ya he explicado anteriormente, el mundo iría mucho mejor. Las guerras y los embargos siempre tienen consecuencias desastrosas. A mi parecer, la mejor alternativa es la cooperación con distintos países, sean cuales sean sus regímenes. A través del comercio, pero no el de armas evidentemente, las ideas circulan y las cosas pueden evolucionar, sin guerra. Se pueden discutir las modalidades: comercio justo, ecológico, etc. Pero el comercio es una alternativa mucho menos sangrienta que las sanciones y los embargos, que son la versión soft de las guerras humanitarias.
* http://es.wikipedia.org/wiki/Jean_Bricmont
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