miércoles, 7 de julio de 2010

necesitamos una nueva gobernanza y geopolítica para nuestro conflictivo mundo


Adolfo Castilla*
Jueves 31 de Diciembre de 2009

Los términos Gobernanza y Geopolítica son antiguos y fueron populares hace años. En los últimos tiempos han vuelto a ser usados generalizadamente, cada uno de ellos por motivos distintos. Gobernanza es el más arcaico y, a parte de su origen griego y su primer uso atribuido a Platón, parece que fue reintroducido hacia el siglo XIV por los franceses, como ha ocurrido en muchas otras ocasiones en el terreno de las palabras. Gouvernance se utilizó entonces como denominación del arte o manera de gobernar y para hacer referencia al buen gobierno de algunos reyes. Del francés pasó a otros idiomas occidentales tales como el inglés, el español y el portugués.

Probablemente porque entendido de esa forma no añadía nada al término “gobierno”, más simple y coloquial, su uso se fue perdiendo hasta fechas tan recientes como los primeros años 90, en los que reapareció con un significado más específico. Fueron los americanos los que se acordaron de él y comenzaron a utilizarlo en esas fechas para designar una nueva forma de gobernar el mundo en una época de fuerte globalización de las actividades económicas, mayor interacción entre gobiernos de todo el mundo, mayores responsabilidades sociales y más interrelaciones estado-mercado-sociedad civil amén de una forma distinta de entenderse caracterizada por el trabajo en red. También ha sido utilizado desde entonces para referirse al management y el liderazgo de las grandes multinacionales y en parte para el manejo de las ONGs y otras instituciones modernas.


En España sonaba mejor el término cercano de “gobernabilidad”, pero se cuenta que fueron los mejicanos los que potenciaron el término “gobernanza” por su cercanía al inglés “governance” y por estar desde antiguo en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Cuando se estaba traduciendo al español a finales de los 90 el informe del Club de Roma “Governance in an era of Globalization” el equipo español que la supervisaba tuvo fuertes quejas del equipo mejicano y hubo que poner al final el término menos significativo entonces para nosotros de “gobernanza”.


En cuanto a Geopolítica, la cosa es más simple, cualquier manual de Geografía Política explica que fue el geógrafo sueco Rudolf Kjellén el que introdujo el término en 1916 en su libro “El Estado como organismo viviente”. El alemán Friedrich Ratzel aportó con anterioridad el concepto de “Espacio Vital” necesario para la supervivencia de un país y contribuyó sin utilizarlo a dotar de significado al término Geopolítica como concepto relacionado con la expansión de los países y con la conveniencia de que las fronteras de los países fueran dinámicas y cambiantes. Posteriormente otros autores alemanes y políticos y militares anglosajones (ingleses y americanos) desarrollaron y aplicaron el concepto y lo utilizaron con profusión en los años del colonialismo e imperialismo de los siglos XIX y XX. La Alemania nazi en los años anteriores a la segunda guerra mundial y Japón, Rusia y otros países en los años 30 y 40 del pasado siglo, también se adscribieron a él para dotarse de un poder mundial y extender su presencia allende sus fronteras.


Aparte de su significado formal de conjunto de conocimientos o ciencia que relaciona las decisiones políticas con el espacio geográfico y con los habitantes de un país, la Geopolítica es más conocida como práctica de las relaciones de poder de unos países con otros, expansión de unos a costa de otros y dominio e influencia. El control de los recursos naturales, especialmente los energéticos, la presencia en otros países y la protección de las fronteras propias lejos de ellas, han sido temas tradicionales de la Geopolítica. Es la forma cómo unos países compiten con otros para obtener presencia, poder e influencia. Las ideas de dominio de otros y de apropiación de sus recursos naturales, como hemos dicho, han formado parte de esta materia, históricamente y en las actualidad.

 

En tiempos recientes fue Kissinger el que potenció de nuevo el término aunque decididamente con un sentido distinto. Este asesor del Pentágono y Secretario de Estado con Richard Nixon en 1973 estaba interesado en una estabilidad global en el mundo en la que los intereses nacionales estuvieran protegidos y representados, así como en las nuevas relaciones entre los Estados Unidos y China y en general en el equilibrio de poder en un mundo multipolar.

La Nueva Geopolítica


Mucho más reciente es la aparición de lo que se ha llamado “La Nueva Geopolítica”, tema tratado por autores diversos y difundido ampliamente en Internet y otros medios. Un primer artículo con ese título fue publicado por Michael Klare en la revista Monthly Review en 2003 (1). En la misma revista y en diversas otras han ido apareciendo otros relacionados con la misma cuestión.


Lo que explicó Klare, profesor de Seguridad Mundial y Paz en el Hampshire College de Amherst, Massachusetts en su trabajo fue la Geopolítica de los Estados Unidos bajo la presidencia de Bush de la que ha formado parte la intervención militar en Irak. Para este autor, no hay duda de que Oriente Próximo, incluyendo el Golfo Pérsico, la zona del Mar Caspio y todo lo que él llama Eurasia constituye una región mundial disputada por las grandes potencias. Del petróleo que se concentra en esta zona (más del 70 % de las reservas mundiales) dependen las economías de las grandes economías mundiales y Norteamérica no puede dejar de estar presente allí. A otros países como China, Rusia o Japón y por supuesto Europa, les ocurre lo mismo, con lo que la Geopolítica como competencia de poder entre países está de nuevo entre nosotros. El mundo pivotará en los próximos años sobre Oriente Próximo y Eurasia y desde luego no sería extraña la continuidad y escalada de grandes conflictos armados en la zona.


El mismo tema ha sido tratado en fecha más reciente (2006) por John Bellamy Foster, editor de la misma Monthly Review y profesor de Sociología de la Universidad de Oregon. Su trabajo titulado The New Geopolitics of Empire hace una revisión histórica de la teoría y práctica de la Geopolítica, mencionando a los tres autores que la perfeccionaron como área de conocimientos en el periodo de entre guerras: Halford Mackinder en el Reino Unido, Karl Haushofer en Alemania y Nicholas John Spykman en los Estados Unidos (2). Concluye que la Geopolítica nunca ha dejado de practicarse en este último país y que existe una continuidad en ella que pasa de un presidente a otro. Parecen existir, según lo que este autor explica, unas leyes no escritas ni explicadas que indican lo que el imperio americano tiene que hacer para no perder la supremacía mundial. Las guerras e intervenciones armadas que tanto mal causan son tributos que hay que pagar para mantener la hegemonía y el poder mundial y, desde luego, para tener acceso a las fuentes energéticas y a las materias primas fundamentales. Desde antiguo, por otra parte, la importancia estratégica de Eurasia y Oriente Próximo ha sido señalada por la mayor parte de los teóricos de la Geopolítica.


También ha utilizado el mismo título el conocido economista de la Universidad de Columbia Jeffrey Sachs en un artículo publicado en Scientific American. Su tesis es que para evitar las guerras y otros conflictos la nueva Geopolítica debería buscar la sostenibilidad y preocuparse por las consecuencias ecológicas de nuestras actividades económicas (3).


El estado del mundo


Reflexionar sobre el estado actual del mundo y sobre su futuro puede llenarnos hoy de angustia y preocupación profunda. Los problemas y conflictos de todo tipo no son pequeños ni tienen fácil solución, ya se trate del terrorismo, de los conflictos armados de todo tipo, de la escasez y desigual distribución del agua y la energía, del hambre en el mundo, de la inmigración, de los estados fallidos, de los nacionalismos sin fundamento y, en fin, del deterioro medioambiental y el cambio climático.

 

Se podría decir que necesitamos hoy más que nunca una nueva Gobernanza y una nueva Geopolítica. Algunas tendencias actuales muestran lo complicado de la situación.

Desde hace años se nota en el mundo un incremento de relevancia y poder de naciones hasta ahora consideradas en vías de desarrollo o formando parte de economías planificadas centralizadamente. El fenómeno es en principio de carácter económico y está basado en el volumen de actividad alcanzado por países como China, India, Rusia, Brasil o México, pero de lo económico se pasa a lo político y estas naciones reclaman ya su lugar en la organización y el gobierno del mundo. Dicho fenómeno está relacionado también con la adopción de todos estos países, parcial o totalmente, de la economía de mercado y de su incorporación al comercio internacional. La marcha hacia un mundo multipolar es señalada por todos los autores y analistas actuales, existiendo diferencias entre ellos en cuanto al diagnóstico y al resultado final al que se llegará. Para algunos es la pérdida de peso y hegemonía de los Estados Unidos y para otros, tales como Fareed Zakaria, no es tanto un descenso de USA como un ascenso de otros países (Rise of the rest) (4).


El tema de la multipolaridad es una cuestión ampliamente debatida en el seno de un área de conocimientos tan amplia y bien definida como las Relaciones Internacionales (RRII) en la que trabajan y han trabajado autores muy destacados. Zakaria, que es un periodista que escribe sobre asuntos internacionales, no forma realmente parte de ellos aunque sus libros gozan de cierta notoriedad.


Entre los verdaderos expertos existen opiniones contrapuestas. Stanley Hoffman, por ejemplo, escribió hace unos años que hablar de multipolaridad era prematuro (5). La complejidad ha sido señalada como una característica del mundo del futuro por autores como Joseph S. Nye y Robert O. Kehoane, y, especialmente el primero, ha hablado de tres niveles para explicar el reparto de poder entre los Estados y otros actores. En el nivel superior ligado a lo militar el mundo es unipolar. En el segundo, ligado a lo económico, el mundo es ya multipolar, con Estados Unidos, Europa y Japón representando dos tercios del PIB mundial y China acercándose velozmente a ellos. El tercer nivel, por fin, formado por agentes no gubernamentales de todo tipo y relacionado con las transacciones internacionales, es muy disperso y no cabe en él hablar de hegemonía, unipolaridad o multipolaridad. La turbulencia de las relaciones políticas en la actualidad ha sido también señalada por J. Rosenau.


Otros expertos orientan sus debates al nuevo gobierno del mundo (o gobernanza) necesario para la resolución de problemas como la persistencia de la pobreza, el cambio climático, la identidad y los nacionalismos, el terrorismo y otros, ya citados anteriormente.


Las Naciones Unidas, con todas sus unidades asociadas, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Tribunal de Justicia de La Haya así como los llamados G-8, G-20 y otras instituciones internacionales, son antiguas y requieren cambios. Algunos países y gobernantes piensan que necesitan ser sustituidos por otros o reformados drásticamente.


La democracia parlamentaria occidental no es aceptada por todos los países del mundo. Tras la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989 y las posteriores ilusiones de “final de la historia” (uno más, y no el más importante, de los temas de discusión de los expertos en aquella época) y de convergencia de todo el mundo en un único sistema de organización política y económica, los desarrollos posteriores muestran tendencias diversas tales como: vuelta a situaciones típicas de la “guerra fría”, formas de gobierno con gran atractivo como el Capitalismo de Estado de China, enfrentamientos radicales a lo occidental como el practicado por los países islámicos o socialismos de antiguo o nuevo cuño como los preconizados por Cuba y Venezuela con orientación también a la ruptura y el enfrentamiento con la cultura occidental y su forma de vida.


El resurgir de los nacionalismos de todo tipo, muchos de ellos con intenciones independentistas, y los ataques diversos al sistema de estados-nación es otro fenómeno actual. Según Samuel Huntington, el famoso profesor de Harvard (fallecido el 24 de diciembre de 2008), autor del libro
El choque de civilizaciones. La reconfiguración del orden mundial, los enfrentamientos del futuro serán más identitarios que ideológicos (8). Tema ampliamente tratado por Castells en el segundo tomo de su famosa obra La Era de la Información (9).

Habrá por otra parte conflictos y enfrentamientos diversos relacionados con la escasez de recursos, con la desigualdad, la pobreza y el subdesarrollo, con las migraciones mundiales, con la vida en las mega-ciudades, y con el terrorismo y el crimen organizado, asuntos a los que habrá que prestar una atención especial.


También, y por último, hay tendencias relacionadas con la aparición de nuevos actores y nuevos poderes no estatales y agentes muy diversos a nivel mundial. Precisamente lo “no estatal” puede ser una característica destacada en un futuro próximo en relación con los temas de seguridad. Guerras no convencionales, como el terrorismo, intervención contra la piratería, intervenciones en conflictos regionales no estatales en los que no hay gobiernos ni autoridades con las que negociar y otras características difíciles de manejar.


Los hechos constatados


El reciente libro de Eamonn Kelly, un futurista que ha sido director de la empresa de Consultoría GBN (Global Business Network) con sede en San Francisco,
La Década Decisiva, comienza de una forma muy brillante. Cuenta la respuesta dada a Nicolás Maquiavelo por Pandolfo Petrucci, Señor de Siena, a una pregunta sobre su actuación irregular en asuntos de gobierno de su ciudad. Parece ser que Maquiavelo (1469- 1527), como segundo canciller de Florencia, recibió el encargo del consejo de gobierno de la ciudad de que investigara los motivos por los que Petrucci era tan inconstante en su comportamiento y tan propenso a la intriga. La contestación dada por el gobernante de Siena, citada por Kelly en el primer capítulo de su libro, impresionó a Maquiavelo en su época y nos impresiona a nosotros hoy, más de quinientos años después. La contestación fue: “Como deseo cometer cuantos menos errores posibles, llevo mi gobierno día a día y manejo mis asuntos hora a hora, porque los tiempos son más poderosos que nuestros cerebros”.

Los tiempos son siempre poderosos y es por eso por lo que los hechos proporcionan más información que las ideas. La realidad de la vida nos puede indicar si los análisis y las tendencias anteriores son ciertos. Las recientes reuniones de los gobernantes mundiales nos dan pistas de por dónde van las cosas.


El mundo es ya multipolar como se deduce de los encuentros del G-20, aunque no hay todavía método de trabajo y nadie sabe cómo se gobernará el mundo con esa y otras nuevas instituciones. Las decisiones conjuntas son muy complicadas como se constata una y otra vez.


La reciente reunión mundial en Copenhague sobre cambio climático muestra de nuevo ese mundo al que vamos en el que el poder de decisión y actuación estará en las manos de los países más poblados y con economías más boyantes al estar poco a poco saliendo de su condición de emergentes. China, Rusia e India se han puesto de acuerdo con los Estados Unidos al margen de todos los demás países presentes. Esta será la fórmula para las decisiones futuras.


Las Naciones Unidas hace tiempo que son un convidado de piedra y Europa pierde presencia y poder día a día. Algunos de los países que forman parte de la UE dan la impresión de estar a las puertas de entrar en una nueva categoría: la de países en “vías de subdesarrollo”.


Las terceras vías intentadas una vez más, en esta ocasión por países como Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Irán y otros, son fuentes adicionales de dificultad para el gobierno del mundo. La Geopolítica se centra hoy en el Próximo Oriente y es ahí donde radica la seguridad del mundo. No se detendrán allí fácilmente los conflictos armados actuales y es probable la escalada a enfrentamientos mucho mayores.


La hegemonía de un país como los Estados Unidos que ha hecho uso de ella hasta ahora para el bien y para el mal comienza a desaparecer, con la terrible duda de si eso será mejor o peor para el mundo.


Barack Obama sigue siendo para todos “la gran esperanza negra”, pero en actuaciones internacionales relacionadas con el poder de su país parece no poder prescindir de esas leyes no escritas que siguen todos los presidentes norteamericanos. Son leyes que tienen que ver, como se ha dicho anteriormente, con la supervivencia de los Estados Unidos como potencia mundial y con la protección de su forma de vida.


Es muy probable además, en relación con cualquier país, que no se pueda bajar la guardia en el mundo actual. La Geopolítica como instrumento para intervenir en otros países, tener presencia en regiones diversas, proteger los intereses propios y defenderse en definitiva, puede que sea una necesidad y una obligación. No olvidemos que enfrente de nosotros podemos tener competidores o enemigos que tengan las ideas más claras al respecto y que directamente nos ataquen e interfieran en nuestros derechos legítimos.


Las ideas y los hechos pues coinciden en mostrar un futuro conflictivo, complejo y difícil para nuestro planeta en el que no hay razones sólidas para pensar que no se producirán guerras y enfrentamientos graves como los vividos en el pasado. Sería necesario que todos, absolutamente todos los pueblos, todas la culturas y todas las civilizaciones del mundo tomaran conciencia de la necesidad de formas nuevas de gobierno y enfoques adecuados para resolver las cuestiones de poder e influencia. Es una pena que ante el panorama actual no se abran camino entre nosotros una Gobernanza guiada por la responsabilidad social y una Geopolítica inspirada por la sostenibilidad y la ecología.


Notas al pie

(1) Michael Klare, “The New Geopolitcs”, Monthly Review, Volumen 55 Número 3
(2) John Bellamy Foster, “The New Geopolitics of Empire”, Monthly Review, Volume 57, Número 8
(3) Jeffrey Sachs, “The New Geopolitics”, Scientific American, Junio de 2006
(4) Fareed Zakaria, The Post-American World. W. W. Norton & Company, New York, 2008.
(5) Stanley Hoffman, “El estado de las cosas”, la vanguardia Dossier, nº 3, octubre-diciembre, 2002
(6) Joseph S. Nye, La paradoja del poder norteamericano, Taurus, Madrid, 2003
(7) James A. Rosenau, Turbulence in World Politics. A Theory of Change and Continuity,
Havester/Wheatsheaf, Londres 1990
(8) Samuel P. Huntington, ¿Choque de Civilizaciones?. Editorial Tecnos, Grupo Anaya, Madrid, 2003.
Manuel Castells, La Era de la Información (Volúmenes, 1, 2 y 3), Alianza Editorial, Madrid, 1998.


* http://www.tendencias21.net/Prospectiva/

domingo, 27 de junio de 2010

trasladan municiones a Israel con vistas a posible ataque contra irán

Manlio Dinucci*

Arabia Saudita no permitirá que los bombarderos israelíes atraviesen su espacio aéreo para atacar las instalaciones nucleares iraníes. Eso fue lo que declaró el príncipe Mohamed Ben Nawaf, enviado de Riyadh a Londres, desmintiendo así la información publicada en The Times.

¿Significa eso el fin de la alarma? En lo absoluto. Nadie en Washington ha desmentido la información, proveniente del Pentágono, de que un ataque israelí contra instalaciones nucleares iraníes ha sido «planificado con el consentimiento del Departamento de Estado estadounidense» y que otro corredor aéreo está previsto, principalmente en función del ataque contra Bushehr, a través de Jordania, Irak y Kuwait. Pero los hechos, más que las palabras, están demostrando que intensifican los preparativos para un posible ataque contra Irán.

El ministro de Defensa [israelí] Ehud Barak, de visita en Washington, obtuvo nuevamente grandes cantidades de suministros militares, en especial de bombas Jdam fabricadas por la firma estadounidense Boeing. 

Se trata de bombas de gran poder que, al agregárseles un dispositivo de cola con direccionamiento por GPS, pueden ser lanzadas a más de 60 kilómetros del objetivo y se dirigen automáticamente hacia él.

Esas mismas bombas fueron equipadas recientemente con un sistema de direccionamiento por láser que las hace más precisas aun. Según el diario israelí Haaretz, esas bombas ya fueron utilizadas durante la segunda guerra contra el Líbano, en 2006, y en la operación Plomo fundido desatada contra Gaza en 2008.

Barak también pidió a Washington que aumente en un 50% los «depósitos de urgencia» que las fuerzas armadas estadounidenses crearon en Israel en diciembre pasado, por decisión de la administración Obama. Haaretz reporta que esos depósitos contienen misiles, bombas, municiones para la aviación, vehículos blindados y otros armamentos, catalogados en el momento de su llegada, para garantizar un «acceso fácil y rápido a la parte israelí».

Parte del armamento destinado a los «depósitos de urgencia» seguramente proviene, aunque no se ha dicho, de Camp Darby, la base logística del US Army (situada en Italia, entre Pisa –que cuenta con un aeropuerto para uso civil y militar, con personal exclusivamente militar en la torre de control– y Livorno, puerto comercial. NdT.). Según el Global Security, hace tiempo que la 31ª Escuadra de Aprovisionamiento de esa base es también responsable de los depósitos situados en Israel, una especie de sucursal de Camp Darby que garantizó el aprovisionamiento de las fuerzas israelíes durante sus ataques contra el Líbano y Gaza.

Entre las municiones que Estados Unidos está entregando a Israel se encuentran las «ojivas penetrantes pesadas», como las Blu-117 de una tonelada, adaptadas para ataques contra los búnkeres iraníes. Se trata de las mismas armas que desde hace meses han venido acumulándose en la base estadounidense de Diego García, a la que han sido enviados los bombarderos B-2 capaces de atravesar las defensas antiaéreas.

Según Dan Plesh, director del Centro de Estudios Internacionales de la universidad de Londres, «los bombarderos estadounidenses ya están preparados para destruir 10 000 objetivos en Irán en pocas horas». Y, tras esas tranquilizadoras declaraciones, Arabia Saudita está potenciando sus 150 caza-bombarderos F-15, proporcionados por Boeing, con las tecnologías más avanzadas, las que aumentan su eficacia en los ataques nocturnos y los capacitan para actuar en operaciones conjuntas con la fuerza aérea estadounidense.

*http://www.ilmanifesto.it

jueves, 24 de junio de 2010

la imprescindible banca pública

Juan Torres López*

Por mucho que se quiera disimular, es bastante evidente que una causa principal de la crisis en la que nos encontramos es el comportamiento de la banca privada en los últimos decenios.

Su papel tradicional de intermediaria entre el ahorro y la inversión productiva se ha modificado sustancialmente. Atraída por las grandes oportunidades de beneficio que proporciona la ingeniería financiera contemporánea, la banca se ha convertido en el suministrador principal de fondos para los mercados especulativos y para ello no ha dudado en utilizar todos los medios a su alcance.

Su continuada y también evidente vinculación con los paraísos fiscales, con los grandes fraudes fiscales y contables, con las mayores estafas y con los negocios más sucios de los últimos tiempos, incluidos los que tienen que ver con el terrorismo, la trata de personas, el tráfico de armas o de drogas, la destrucción del medio ambiente o la financiación a todo tipo de dictadores... es una muestra de que los banqueros de hoy día no tienen prejuicio alguno con tal de ganar dinero.

El privilegio que supone que la banca pueda crear dinero (y por tanto obtener beneficio y poder) cada vez que concede un préstamo lo ha utilizado para lograr que se dictaran las normas legales que le han permitido ampliar este tipo de actividades sin que ni siquiera se pueda considerar que todo ello es ilegal, aunque transgreda la ética y repugne socialmente, como señaló el Tribunal Supremo español en una sentencia relativa al comportamiento de Botín y del Banco de Santander.

Gracias a ello, la banca es cada vez más rentable y aumenta su control sobre el resto de los negocios, sobre los medios de comunicación, sobre las universidades y los políticos pero paralelamente a ello ha ido dirigiendo la financiación hacia actividades menos productivas, impulsando y sosteniendo el modelo de crecimiento que nutre y rentabiliza mejor la inversión financiera pero no el que crea más actividad empresarial y más abundante y mejor empleo. Y así se ha convertido en uno de los principales factores que causan la creciente inestabilidad financiera y el escaso rendimiento de las economías que han llegado a su momento culminante con la crisis que estamos viviendo.

Algo común a todos los países pero que en España se ha producido aún en mayor medida porque la banca tiene todavía más poder político como consecuencia del que acumuló durante la dictadura, que la democracia no ha sabido o querido limitar y que ha utilizado para lograr que nuestra economía dependa de los banqueros en mayor medida que las de nuestro alrededor.

Ese poder ha sido el que igualmente ha utilizado la banca para evitar que los gobiernos tomen cualquier tipo de medida orientada a controlar el desorden y la especulación financieros que han provocado la crisis y para hacer, por el contrario, que en lugar de pedirle cuentas destinen miles de millones de dinero público a lavarle la cara a sus balances y hacer que salgan de rositas del caos que han originado con su conducta avariciosa e irresponsable.

La consecuencia, en fin, es que ahora miles de empresas cierran y despiden a sus trabajadores por falta de financiación mientras que los banqueros y la gran patronal que no sufre este problema se dedican a reclamar reformas que solo están orientadas a aumentar más sus beneficios.

Para disimular esta situación los banqueros se empeñan en convencer a la gente, con la inestimable complicidad de autoridades nacionales e internacionales, de que el problema que hay que resolver está en el mercado de trabajo, en las pensiones o en el gasto público. Una mentira flagrante porque lo que realmente ha provocado y sigue provocando la caída de la actividad empresarial y del empleo es la falta de financiación y este es el principal problema que hay que solucionar para salir de verdad de la crisis.

Pero teniendo en cuenta que los bancos privados están descapitalizados, o que dedican los recursos que están generando para seguir especulando o a ir limpiando sus balances, será imposible recuperar la financiación simplemente confiando en que vuelva a proporcionarla la banca privada.

Por eso es imprescindible, y ahora mucho más urgente que nunca, que los estados dispongan de banca pública capaz de sustituir la inacción privada a la hora de proporcionar la financiación sin la cual es imposible que se recupere y mantenga la actividad económica, los negocios y el empleo.

Pensando simplemente en el caso español, hay varias fórmulas que son técnicamente viables para lograr este objetivo, entre las cuales creo que merece especial atención la propuesta que acaba de realizar ATTAC España a propuesta de su Consejo Científico: la nacionalización de las cajas de ahorros y la utilización la red de oficinas de Correos que hoy día prestan servicios bancarios para crear una confederación de bancos públicos, de propiedad mixta, una parte mayoritaria procedente del Estado y otra de impositores, clientes o incluso de instituciones privadas con vocación de servicio público, y con la misión de garantizar el imprescindible flujo de crédito a la actividad económica.

ATTAC propone que esta banca pública se constituyera siguiendo principios de banca ética, renunciando al afán de lucro, manteniendo la obra social y sujetándose a los principios de la responsabilidad social, la transparencia y la atención preferente a los sectores sociales con mayores dificultades para acceder a la financiación bancaria: medianas y pequeñas empresas, microempresas, familias de baja renta, jóvenes emprendedores y mujeres. También considera que es imprescindible la presencia de los poderes públicos y los intereses sociales en sus órganos de dirección y control pero garantizándose que sean conformes con principios de estricta democracia, de pluralidad y plena transparencia, y particularmente, que existan contrapoderes efectivos que eviten la concentración indeseada de poder o la mera imposición de cuotas partidistas.

La propuesta que ATTAC España ha presentado al gobierno y a todos los grupos parlamentarios establece que la banca pública así creada asumirá como horizonte a medio y largo plazo su progresiva renuncia al sistema de reserva fraccionaria para introducir y tratar de generalizar sistemas de financiación innovadores que no provoquen los problemas de inestabilidad e incremento artificial de deuda que están asociados al privilegio de creación de dinero por esa vía del que goza la banca privada. Y que en todo caso, esta banca pública dedicada al crédito en la economía productiva tendría limitada y controlada la actividad puramente financiera que llevan a cabo la mayor parte de las actuales cajas de ahorro, y completamente prohibida la utilización de filiales y sociedades extraterritoriales domiciliadas en centros financieros offshore, conocidos como notorios paraísos fiscales.

Como he señalado más arriba, disponer de banca pública es hoy imprescindible y urgente a corto plazo para restablecer la financiación y salir de la crisis pero además de ello es el único instrumento con el que se puede hacer posible el cambio de modelo productivo que pretende el partido socialista y el gobierno. ¿Cómo va a financiarse un nuevo tipo de actividad económica sostenible, innovadora, generadora de empleo decente y de calidad, igualitaria, respetuosa con el medio ambiente... si la banca privada que podría hacerlo orienta los recursos que maneja hacia la ganancia rápida que nunca podrá obtener creando riqueza productiva sino especulando y jugando solo con papel en los mercados financieros?

Por ello, ATTAC propone que la nueva banca pública estaría destinada preferentemente a financiar la puesta en marcha de un nuevo modelo productivo basado en el desarrollo regional entendido como el que fomenta la generación y uso sostenible de recursos endógenos, el sostenimiento de los servicios públicos esenciales como la enseñanza y la salud, la puesta en marcha de las políticas sociales y de igualdad, y en particular las de apoyo a los servicios de dependencia, la potenciación del emprendizaje y del capital-riesgo, el desarrollo de nuevos tipos de actividades o sectores profesionales y empresariales, la I+D+i pública y privada, la actividad de las pequeñas y medianas empresas, el microcrédito o el incremento de la productividad en el sector público, por citar los que se podrían considerar más importantes y prioritarios.

En lugar de hacer frente a los problemas de financiación que atascan a nuestras empresas y consumidores, los poderes financieros, el Banco de España y el Fondo Monetario Internacional solo piensan en empoderar aún más a los banqueros y en darle nuevos privilegios y recursos sin hacer absolutamente nada para que vuelvan a disponer del crédito que necesitan. Solo van buscando la privatización progresiva de las cajas de ahorros para que los bancos privados se vayan haciendo paulatinamente con ellas y con el segmento de mercado que ocupan. Simplemente se disponen una vez más a robarnos la cartera delante de nuestra propia cara. Eso será lo que ocurra si los ciudadanos no lo impedimos, si los partidos progresistas y los sindicatos siguen narcotizados en brazos de Morfeo y no ayudan a que los ciudadanos sigan disfrutando de lo que es suyo y de los derechos personales y sociales que les corresponden.
* http://www.fundacionsistema.com

jueves, 10 de junio de 2010

en defensa del déficit público


La Comisión Simpson-Bowles, amparada en las farisaicas enaguas de la reducción del déficit público, acaba de declarar –por boca de su Presidente- que propondrá recortes a la Seguridad Social. (Quizás, para rememorar su ecológico pasado, el ex Senador Alan Simpson se da a la prometeica tarea de podar la Seguridad Social). La congelación del gasto público por parte de Obama constituye otro sacrificio simbólico a los dioses del déficit. La mayoría de los observadores cree que la referida decisión no tiene vuelta atrás pero, ¿qué ocurriría si la tuviera? La respuesta es que una reducción demasiado grande del déficit público puede destruir la economía (o lo que queda de ella) y conducirnos, en un par de años, a una Gran Depresión.

Precisamente por eso la fobia al déficit que predomina en Wall Street, en la prensa, entre algunos economistas y prácticamente, entre todos los políticos es, en realidad, uno de los mayores peligros al que nos enfrentamos actualmente. No se trata, tan sólo, de los pensionistas: ¡todos estamos amenazados! De hecho recortar el déficit público sin reconstruir, previamente, el engranaje del crédito privado es un camino, casi seguro, a la estagnación, a la recesión e incluso a una posible Gran Depresión. Asimismo, obsesionarse demasiado en garantizar recortes del déficit público a largo plazo, también puede contribuir a obstruir aquello que es necesario hacer para reestablecer un crecimiento fuerte y una recuperación del empleo.

Dicho crudamente: sólo hay dos maneras posibles de lograr crecimiento económico a largo, generando déficit público o concediendo préstamos bancarios. Los Gobiernos y los bancos son, de hecho, las dos únicas instituciones con poder para crear algo de la nada. Si de lo que se trata es de aumentar la capacidad de inversión, necesariamente, uno de esos dos grandes motores financieros tiene que ponerse en marcha.

Para el ciudadano de a pie el déficit público es, pese a su mala reputación, mucha mejor idea que los préstamos privados. De hecho es una forma de que el dinero llegue –limpio de polvo y paja- a sus bolsillos, listo para empezar a gastar cuando quiera y en lo que quiera… incluso, para saldar sus deudas. Eso es lo que, técnicamente hablando, se llama un “aumento del patrimonio financiero líquido”. Para la gente de la calle eso es bueno pero para los bancos no, porque no ganan nada…

Y eso es, precisamente, lo que explica las fobias clásicas de las bolsas, de las grandes empresas y de los economistas de derechas. A los banqueros no les gusta nada el déficit fiscal porque compite con los préstamos bancarios como fuente de crecimiento. Cuando un banco presta, sus ganancias también lo hacen porque hay intereses que alguien tiene que pagar e incluso, si la deuda no puede ser saldada, puede terminar habiendo un activo financiero –en forma de inmueble, fábrica o empresa- del que se terminará apropiando el banco. Aparentemente sencillo ¿verdad?

Pues no tanto, porque aunque todo esto debería resultar evidente, suele permanecer opaco. Y suele permanecer opaco porque legiones de esbirros de Wall Street –coordinados, sobre todo, por la Fundación Peter Peterson pero también por el ex Contralor General David Walker; el ala derecha del Partido Demócrata, con Robert Rubin a la cabeza y numerosas iniciativas “bipartidistas”, como la Coalición Concordia o el Comité para un Presupuesto Federal Responsable- trabajan arduamente para generar la mayor confusión pública posible en estos asuntos. De hecho, todos esos irresponsables no expresan, jamás, la más mínima autocrítica por la crisis financiera que se originó en Wall Street y les estalló en sus narices. Al contrario, ellos siempre advierten -con un cinismo impresionante- que los Gobiernos podrían ser generadores de “subprimes” y de “Pirámides Ponzi” [NDT: timos], cosas que no son ciertas.

Ésas son, también, las persona a las que les encanta la vieja cantinela de que la Seguridad Social está en “bancarrota” o aquella otra de que la “pesada carga” del déficit público “la terminarán pagando nuestros nietos” o decir que “estamos endeudados hasta las orejas”. Todas esas idioteces no son más que parte de una de las mayores campañas de desinformación de todos los tiempos.

Dicha campaña se fundamenta en lo que muchos llaman “sentido común”. De hecho es fácil vender como “sabiduría casera” que los Gobiernos no pueden, como las familias, “vivir por encima de sus posibilidades”. El problema es que los Gobiernos no son como las familias: éstas últimas dependen de las rentas para saldar sus deudas, y los Gobiernos no.

Además, en el peor de los casos, los deudores privados pueden quebrar: la bancarrota es una protección que brindan las sociedades civilizadas como alternativa al sistema penitenciario. La otra es que, si se trata de hipotecas, los deudores pueden hacer entrega de los bienes que no han podido pagar y punto.

En el caso de los Gobiernos no hay riesgo de impago. Por eso gastan dinero (y pagan intereses) sin importarles demasiado. Lo curioso es que, a diferencia de los deudores privados, no necesitan liquidez. Como le gusta subrayar al agudo economista Warren Mosler, el funcionario de Hacienda que firma los cheques de la Seguridad Social no sabe quién es y mucho menos conoce el teléfono del colega que recaudó esos impuestos. De hecho si usted, de repente, desea pagar sus propios impuestos en dinero contante y sonante, el Gobierno de turno le dará un recibo y ya le cobrará. Como es la fuente de dinero, siempre está ahí.

Quizás por eso los Gobiernos gastan impunemente. Se trata, además, de gastos sin costo ya que la inflación se puede eliminar, por ejemplo, vía depreciación de la moneda nacional. El gasto suntuario –por ejemplo, en aventuras militares innecesarias- seca las fuentes reales de recursos pero lo bueno es que ningún Gobierno puede quebrar jamás en la moneda que él mismo controla. Las moratorias de deuda ocurren, solamente, cuando los Gobiernos que las decretan no controlan la moneda en la que se endeudan –como Argentina, que tenía deuda en dólares o ahora Grecia que, aunque todavía no ha decretado una moratoria de pagos, debe en euros. Sea como fuere, cuando la soberanía es un hecho real, la bancarrota es un hecho irrelevante. Cuando Obama afirma, inopinadamente, que Estados Unidos “no tiene dinero”, dice algo sin sentido y por ende peligroso: me pregunto si él mismo se lo cree.

Tampoco es cierto que el déficit público sea una herencia envenenada para las generaciones venideras. De hecho, más bien, nunca termina de pagarse ni se terminará de hacerlo. Las deudas personales se son contraídas durante la vida del deudor o incluso a su muerte pero son difícilmente heredadas. El déficit público, por el contrario, siempre está ahí porque los Gobiernos nunca mueren y aún en el improbable caso de que lo hicieran (como consecuencia de una guerra o de una revolución) nadie heredaría ese fardo.

El déficit público siempre aumenta. Estados Unidos siempre ha tenido –salvo en seis cortas ocasiones seguidas, todas ellas, de recesión- presupuestos deficitarios. Ello, lejos de suponer una pesada carga, ha constituido la espoleta del crecimiento económico. Los títulos de deuda pública, a diferencia del endeudamiento privado –que únicamente transfiere rentas de una parte del sector privado a otra- alimentan la liquidez de las empresas.

Los que son una amenaza para la solvencia son los intereses. Una reciente proyección del Centro de Presupuesto y Prioridades Políticas –basada en simples declaraciones de la Oficina Presupuestaria del Congreso (que es un gabinete encargado de realizar análisis presupuestarios para el Congreso de Estados Unidos)- afirma que el pago de intereses de la deuda pública frisará el 15% del PIB en 2050, lo que supondría un déficit total de, aproximadamente, un 300%. El problema es que eso es, sencillamente, imposible. Si los intereses se pagasen a personas que lo más lógico es que gastasen en bienes y servicios generadores de empleo, entonces estaríamos hablando de una forma de gasto público como otra cualquiera. Pagos de intereses de esa categoría afectarían a la economía tanto como la movilización para la Segunda Guerra Mundial. Lo más irónico del asunto es que, mucho antes de llegar a esos extremos, alcanzaríamos pleno empleo con una inflación creciente que dispararía el crecimiento económico y estabilizaría la deuda. Lo que en ese improbable caso probablemente haría la Reserva Federal sería garantizar el pago de intereses manteniendo los tipos de interés a corto a precios muy bajos.

¿Y qué decir de los extranjeros? ¿Acaso es cierto que nos hacen un favor comprándonos títulos de deuda? Para hacer eso China, por ejemplo, tiene que vendernos bienes sin que nosotros [NDT: Estados Unidos] podamos venderles nada a cambio. Eso supone un esfuerzo para China; un esfuerzo que Pekín está dispuesto a realizar porque tiene razones para ello: exportar productos industrializados promueve la formación de la fuerza de trabajo, las transferencias de tecnología y mejora de la calidad de los productos manufacturados. Todo esto activa, además, la generación de empleo. Pero esas son cosas de los chinos.

Para China los títulos de deuda son una especie de tesoro sin valor. Pekín no puede hacer gran cosa con ellos. China ya importa todas las materias primas, maquinaria y aeronaves que puede utilizar y si quisiera más, compraría más. Entonces, a menos que Pekín decida cambiar su política de exportación, su stock de títulos de deuda estadounidense seguirá creciendo… y nosotros [NDT: Estados Unidos] vamos a seguir pagando los intereses que esos títulos generan, pero no con un esfuerzo real, sino digitando números en ordenadores… y eso no cuesta nada: ni ahora ni nunca. (Si los chinos acumulasen los intereses, podrían ayudarnos a crear empleo. Así que el hecho de comprar muchos bienes a los chinos implica que tendremos que ser muy imaginativos y audaces si lo que realmente deseamos es crear todo el empleo que necesitamos). Una última cuestión ¿China podría vender sus dólares? En principio podría hacerlo comprando, por ejemplo, deuda griega (lo que revalorizaría el euro frente al dólar). Lo que ocurre es que, si se reflexiona bien, no da la impresión de que a ningún burócrata chino eso le parezca una buena idea.

Lo que es cierto para el Gobierno como un todo, también lo es para sus partes. Lo es, por ejemplo, para la Seguridad Social, que ni puede declararse en quiebra ni dejar de pagar por las buenas, salvo que el Congreso decida –o digamos mejor, que el Congreso, siguiendo las recomendaciones de la Comisión Simpson-Bowles- decida cerrar el grifo. El argumento que vincula la viabilidad de la Seguridad Social a una supuesta curva descendente de las cotizaciones sociales es definitivamente falaz y tiene motivaciones políticas de fondo. Ese planteamiento es una farsa. El primero en emplearlo fue Franklin Delano Roosevelt quien, así, pretendía proteger a la Seguridad Social de los intentos de recorte. Paradójicamente, su argumento terminó sirviendo para todo lo contrario: ahora se ha convertido en una recurrente forma de generar ansiedad  y en el mejor argumento para evitar la expansión universal del sistema de Seguridad Social.

La Seguridad Social es un programa público que se financia a partir de las cotizaciones. Promueve, por consiguiente, la circulación de recursos en un lapso determinado de tiempo. La principal circulación no va, como suele creerse, del joven hacia el mayor puesto que incluso si la Seguridad Social no existiera alguien se ocuparía de los ancianos. Lo que suele argumentarse, de hecho ocurría, más bien, antiguamente: los más jóvenes se ocupaban de sus mayores. Desde que la Seguridad Social existe eso ya no es igual: la transferencia real, efectiva, se da de los padres que tienen hijos hacia los que no los tienen y de los jóvenes cuyos progenitores han fallecido hacia los padres que no tienen descendencia. En ambos casos se trata de una distribución equitativa, progresiva y sobre todo sostenible. Es cierto que hay un problema con el coste de la asistencia médica pero, también, que ese no es un problema de la Seguridad Social. No es algo que, por consiguiente, deba resolverse a través de recortes en la asistencia sanitaria, precisamente porque, si por algo se caracteriza la asistencia sanitaria pública es por su bajo coste. Ése es precisamente el problema que explica que la Seguridad Social sea odiada, desde hace décadas, por los peores depredadores de Wall Street.

El déficit público y el endeudamiento están interconectados. El endeudamiento contribuye, de hecho, a la reducción del déficit. Eso es lo que ocurrió durante toda la década de los 90. Un colapso en el crédito genera, sin embargo, mayores gastos e impagos: eso es lo que está ocurriendo ahora. Como los bancos no pueden prestar el déficit aumenta. El único problema es hacia dónde se orienta ese déficit: ¿hacia inversiones productivas que reconstruyen el país -como durante el New Deal- o hacia acumulaciones improductivas de capital, en un clima de inseguridad y de desempleo, que más bien podrían estar siendo invertidas en la generación de empleo?

Si se pudieran revivir los endeudamientos, ¿sería bueno volver a endeudarse? Siempre que haya buenas razones, por qué no. Los Gobiernos suelen estar, por definición, burocratizados y tener pesadas conducciones políticas. Operan, fundamentalmente, en los ámbitos del derecho y de la regulación. Los bancos privados, por el contrario, al estar descentralizados y ser competitivos, suelen tener mucha mayor flexibilidad. Un buen sistema bancario conducido por gente competente, con buen criterio para los negocios y que conozca a su clientela, es bueno para cualquier economía. El hecho de que usted tenga que pagar los intereses que genera una deuda también puede constituir un elemento de motivación para seguir invirtiendo.

El problema es que actualmente no existe ese tipo de banco. Lo que hay es un cártel dirigido por una plutocracia incompetente cuyos tentáculos llegan hasta las faltriqueras de los Estados. Para que un crédito tenga retorn hay que descontar las deudas impagables, que ahora se han convertido en exorbitantes; restaurar la renta privada (creando empleo) y el sistema de garantía (o sea, el valor de los bienes inmuebles) pero, sobre todo, hay que reestructurar el sistema financiero. Hay que intervenir los bancos, combatir el fraude, generar incentivos para préstamos orientados al ahorro energético, a la construcción de infraestructuras y a otros sectores [productivos estratégicos]. Una posibilidad alternativa es promover la creación de un sistema bancario nuevo y paralelo, que es lo que se hizo durante el New Deal [NDT: en Estados Unidos] con la banca pública e incluso, con las promociones sociales de vivienda protegida (Fannie Mae y Freddie Mac [NDT: los dos bancos de inversión en los que se originó la crisis financiera actual] salieron de ahí)…

De todos modos, hasta que no se emprenda una reforma financiera seria, el déficit presupuestario es la única manera de recuperar la senda del crecimiento económico. No es necesario que éste sea de su agrado; simplemente usted tiene que ser consciente de que hace falta para recuperar el crecimiento y el empleo y de que, además, va a hacer falta durante mucho tiempo: por lo menos, hasta que se diseñe un plan estratégico de inversiones en energía y en medio ambiente parcialmente financiado por un sector financiero reformado, restaurado y disciplinado.
James K. Galbraith *

Pero más allá de mis impresiones y deseos personales es muy posible que la actual histeria imperante -en relación con el déficit público- no sea más que una cortina de humo orientada a desviar la atención de las disfunciones estructurales que caracterizan al actual sistema bancario: sería la única forma de detener una reforma financiera. Si ese fuera el caso, lo que yo me preguntaría es si eso es intrínsecamente bueno. Porque puede serlo pero también puede no serlo…



domingo, 6 de junio de 2010

no es solo la economía, es la democracia


Juan Torres López *

Muchos critican algunas medidas que reclama Mariano Rajoy para reducir el gasto público, como reducir la subvención a los sindicatos, los gastos electorales o ministerios, porque son “el chocolate del loro”.

Pero son mucho más que eso. No las propone porque crea que de esa manera se va a reducir sustancialmente el déficit. Lo hace como parte de una estrategia bien calculada de debilitar la acción pública y todo aquello que refuerza la capacidad de respuesta y defensa de los trabajadores y de la ciudadanía en general.

Por eso centran también la reforma laboral en el debilitamiento de la negociación colectiva.

Ni siquiera buscan más beneficios, que podrían obtenerlos con más actividad y con mayor empleo, sino más poder.

Por eso lo que verdaderamente está en juego con la respuesta que los especuladores están logrando imponer a la crisis que ellos mismos han provocado es la democracia y la posibilidad de que los poderes representativos se enfrenten con garantías a los del mercado.

Los grandes financieros y los poderes económicos han conseguido vencer a los gobiernos y están logrando que éstos no solo no adopten ni una sola de las medidas reformadoras que habían previsto sino que, además, lleven a cabo programas de ajuste que, si no se frenan, van a suponer una nueva derrota histórica de las clases trabajadoras.

El procedimiento ha sido sibilino, casi diabólico. Los gobiernos tuvieron que dedicar billones de euros a salvar a los bancos para evitar que su quiebra hiciera saltar por los aires el sistema financiero internacional y a programas de apoyo a la actividad para que las economías no colapsaran. El resultado inevitable fue, o un incremento ingente de la creación de dinero en Estados Unidos y Reino Unido, o de la deuda pública.

Pero años atrás los bancos privados lograron establecer el criterio de que los bancos centrales no pueden financiar a los gobiernos. Era la manera de garantizarse para ellos el gran negocio de la deuda pública cuando se produjera y al mismo lograr que ésta fuera sustituida paulatinamente por la privada, mucho menos controlada y más rentable para la banca.

Así, cuando los gobiernos han incurrido en déficit para hacer frente a la crisis que los bancos provocaron resultaba que eran esos mismos bancos quienes podían financiarlos para que dispusieran de recursos suficientes.

Se ha generado un negocio redondo en lo financiero y en lo político.

Por un lado, los bancos privados han estado recibiendo dinero barato, al 1% más o menos, de los bancos centrales con el objetivo de que pudieran volver a financiar enseguida a las empresas y familias. Pero en lugar de ello, los bancos dedican ese dinero a suscribir la deuda de los gobiernos que se emite al 4 o 5% o a seguir especulando.

Y no solo eso. Buscando siempre ganar mucho más, los bancos y los grandes fondos especulativos enseguida comenzaron a manifestar que algunos gobiernos (contra los que se disponían a tomar posiciones especulativas) no iban a poder pagar la deuda, o incluso a lanzar rumores sin fundamento simplemente para hacer creer que su situación era mucho peor que la real. Y así obligaban a que subiera el interés al que los gobiernos debían emitir la deuda, alcanzado a veces, como en el caso griego, incluso el 10%.

De esa forma los bancos están obteniendo beneficios multimillonarios, pero no solo eso.

Puesto que ahora disponen de una situación de privilegio frente a los gobiernos, porque éstos deben recurrir necesariamente a ellos para obtener recursos, les pueden imponer condiciones políticas draconianas.

Ese es el origen de los planes de ajuste que los gobiernos que han cedido a estos chantajes están aplicando y que van buscando, sobre todo, disminuir la capacidad de respuesta de los trabajadores.

Si de verdad se quisiera dinamizar la actividad económica y el empleo no se frenaría la demanda, ni se permitiría que el dinero de los bancos vaya a otro sitio que no sean las empresas y familias. Si verdaderamente se quisiera crear condiciones para cobrar la deuda en el futuro no se debilitaría la capacidad potencial de crecimiento de las economías.

De hecho, si no fuera porque en realidad es dramático se podría calificar de cómico el modo de actuar de las agencias de rating que se usan para llevar a cabo esta extorsión a los gobiernos. Primero dicen que van a bajar la calificación si éstos no aplican el ajuste porque entonces “los mercados” no confiarán en su deuda pública y deberán emitirla más cara. Pero cuando aplican el ajuste, las mismas agencias, como ha pasado en España con Fitch, rebajan la calificación porque dicen que se reduje la expectativa de crecimiento…. ¡como consecuencia de la aplicación del ajuste!

Lo que hay detrás de todo ello está bastante claro por mucho que quieran disimularlo. Los bancos y los grandes especuladores no quieren que se cambie ni una coma de las condiciones de plena libertad en las que actúan en los mercados internacionales. Lo de imponer algún impuesto en algún lugar concreto es lo de menos. Lo importante es la libertad de movimientos y eso es lo que quieren mantener.

Pero saben perfectamente que en esas condiciones las crisis se van a hacer cada vez más reiteradas y fuertes y por eso tratan de evitar que haya vías de respuesta social. Lo que les podría incomodar en el futuro es que haya poderes representativos a través de los que la ciudadanía pudiera hacer frente y responder a lo que está por venir y que no es otra cosa que un continuo desorden financiero y una pérdida de estabilidad y de bienestar.

No nos engañemos. No hay razones de fondo, ni científicas ni siquiera para aumentar los beneficios empresariales que justifiquen la reducción del gasto público (que en su gran mayoría y directa o indirectamente termina yendo a las cuentas de las empresas), la reforma laboral que se prepara, la privatización de servicios o de las pensiones. Solo se busca privilegiar la capacidad de acción de las grandes empresas y de los financieros. Buscan ganar más, como siempre, pero ahora necesitan hacerlo sin trabas políticas porque para incrementar sus beneficios van a tener que hacer cada vez más barbaridades y destrozar de modo más evidente la economía, el medio ambiente y la justicia social.

Lo que está en juego, pues, no es solo una cuestión salarial, ni un tijeretazo más o menos grandes a los gastos de Estado. Lo que peligra es la democracia y la libertad.

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sábado, 29 de mayo de 2010

¿qué mercados financieros?

Vicenç Navarro *

El lenguaje que se utiliza para explicar la crisis es un lenguaje que aparenta ser neutro, meramente técnico, cuando, en realidad, es profundamente político. Así, se nos dice que los “mercados financieros” están forzando a los países de la Unión Europea y, muy en especial, a los países mediterráneos –Grecia, Portugal y España– e Irlanda, a seguir políticas de gran austeridad, reduciendo sus déficits y deudas públicas, con el fin de recuperar la confianza de los mercados, condición necesaria para alcanzar la recuperación económica. Como dijo hace unos días Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo (BCE): “La condición para la recuperación económica es la disciplina fiscal, sin la cual los mercados financieros no certifican la credibilidad de los estados” (Financial Times, 15-05-10).

La realidad, sin embargo, es muy distinta. Estas medidas de austeridad, promovidas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y por la Unión Europea (UE), están creando un gran deterioro de la calidad de vida de las clases populares, pues están afectando negativamente su protección social y están destruyendo empleo, dificultando su recuperación económica. Así ha ocurrido en Lituania, donde su PIB ha disminuido un 17% y su desempleo ha alcanzado el 22% de la población activa (véase mi artículo ¿Quién paga los costes del euro? en www.vnavarro.org). Una situación semejante ocurrirá en los países citados anteriormente.

Parecería, pues, que son los mercados financieros los que están imponiendo estas políticas a los gobiernos. Ahora bien, ¿qué quiere decir “los mercados financieros”? En teoría, en la dogmática liberal que domina los establishments europeos (el Consejo Europeo, el BCE y la Comisión Europea, así como en los gobiernos de la mayoría de los países de la UE), los mercados son procesos de libre comercio entre agentes financieros –los bancos– que obtienen beneficios para compensar sus riesgos, pues se asume que existen riesgos en tales mercados. Pero tal retórica no define la realidad, pues tales entidades –los bancos– operan dentro de ámbitos e instituciones enormemente proteccionistas de sus intereses, en los que el riesgo, en general, brilla por su ausencia. En realidad, los mal llamados mercados tienen muy poco de mercado. Son bancos con mucho beneficio y poco riesgo. Y lo que está ocurriendo muestra la certeza de este diagnóstico.

En EEUU, donde existe amplio consenso sobre el hecho de que la crisis financiera fue iniciada por los comportamientos de Wall Street, la crisis bancaria fue resuelta con la aportación a los bancos de casi un billón de dólares pagados por el Estado, que benefició enormemente a los banqueros y a sus accionistas, consiguiendo incluso más beneficios de los que tenían antes de la crisis. La obscenidad de tales beneficios y las prácticas deshonestas y criminales de los banqueros (causantes de la crisis) explica su enorme impopularidad y la de tales medidas, que no repercutieron favorablemente sobre la población que vio cómo sus estándares de vida disminuyeron debido a la crisis provocada por los bancos. No fueron los mercados, sino los bancos y sus políticos en el Congreso (con nombres y apellidos conocidos) y en las administraciones Clinton, Bush y Obama (también con nombres y apellidos conocidos), los que crearon la crisis, salvaron a los bancos y ahora llaman a la austeridad.

Una situación casi idéntica está ocurriendo en la UE. Los comportamientos especulativos de la banca europea fueron consecuencia de decisiones políticas que desregularon la banca, decisiones que se tomaron especialmente, no sólo en Wall Street, sino también en los centros financieros, principalmente la City de Londres y en Fráncfort, consecuencia de la enorme influencia de la banca sobre los gobiernos británico y alemán. La mal llamada “ayuda” del FMI-EU (de 750.000 millones de euros) a los países con dificultades no es una ayuda a las poblaciones de aquellos países, sino a los bancos (y muy en especial a los alemanes y franceses) para asegurarles que los estados les pagarán las deudas con los intereses confiscatorios que han exigido. En realidad, si los mercados financieros fueran mercados de verdad (y, por lo tanto, hubiera competitividad y riesgo en su comportamiento), los bancos tendrían que absorber sus pérdidas en inversiones financieras fallidas. Si el Gobierno de Grecia, por ejemplo, fuera a la bancarrota, la banca alemana tendría que absorber las pérdidas de haber tomado la decisión de comprar bonos del Estado griego.

Ahora bien, esto no ocurre en los mal llamados mercados financieros debido a que hay toda una serie de instituciones que protegen a los bancos. Y la más importante es el FMI, que presta dinero a los estados para que los pague a los bancos. De ahí que, como en EEUU, los bancos nunca pierden. Las que pierden son las clases populares, pues el FMI exige a los gobiernos que extraigan el dinero para pagar a los bancos de los servicios públicos de tales clases populares. Lo que el FMI hace es la transferencia de fondos de las clases populares a los bancos. Esto es lo que se llama “conseguir la credibilidad de los estados frente a los mercados”.

Estas transferencias, sin embargo, además de ser profundamente injustas, son enormemente ineficientes. El fracaso de las políticas de austeridad propuestas por el FMI en los países en crisis es bien conocido, lo que explica el descrédito de tal institución. El FMI, desde la época Reagan, es la organización financiera que ha impuesto más sacrificios a las clases populares de los países que han recibido “su ayuda”, con resultados económicos altamente negativos, tal como ha denunciado correctamente Joseph Stiglitz. No son los mercados, sino los intereses bancarios y sus aliados –entre los que destacan el FMI y el BCE– los que están imponiendo estos sacrificios. Al menos, llamemos a los culpables por su nombre.

http://www.vnavarro.org

lunes, 24 de mayo de 2010

la física cuántica arroja una nueva visión de los procesos sociales


Alicia Montesdeoca *

La unidad social no viene dada por la homogeneización del pensamiento, sino por aquella expresión colectiva que permite que el conocimiento alcanzado sea fruto de la experiencia común, en la que cada sujeto es protagonista y aporta, con sus vivencias, un matiz diferente, con lo que se obtiene una intensidad mayor del color del producto social logrado.

La pregunta permanente se abre paso a través de las mentes y, en su desarrollo, trata de buscar explicaciones para comprender y a la vez explicar. Este proceso, que es colectivo, siempre, en algún momento, encuentra una forma de salir a la superficie. El vehículo puede ser un individuo o un grupo. En ambos casos, estarán vinculados a la realidad que se conceptúan, y que se sintetizan, y, por lo tanto, son recolectores de los frutos que han sido cultivados en el campo de la mente social.

El conocimiento es, pues, un producto fruto de la experiencia, gestada y nutrida por todos, aunque no se tenga conciencia de ello, porque, aunque lo pretendamos, nunca se es consciente de todos los acontecimientos simultáneos en los que estamos involucrados. En este contexto, también, hemos de enunciar aspectos que ayuden a encontrar una comprensión mayor, para acabar con la percepción falsa de límites, separaciones, divisiones o fronteras.

Llegar a comprender la verdadera naturaleza del ser humano y de su entorno supone adentrarnos, a través de la maraña densa que la historia, interpretada por la ciencia, la filosofía y las religiones, ha construido sobre aquella.

Ken Wilber, en la introducción a su obra “La conciencia sin fronteras” dice: “Es como si nuestra percepción habitual de la realidad no fuera más que una isla insignificante, rodeada por un vasto océano de conciencia, insospechado y sin cartografiar, cuyas olas se estrellan continuamente contra los arrecifes que ha erigido a modo de barreras nuestra percepción cotidiana” .

Fronteras

Este autor parte del principio de que existe una unidad de conciencia o identidad suprema, la cual constituye la naturaleza y condición de todos los seres sensibles, pero, paulatinamente, vamos limitando nuestro mundo y nos apartamos de nuestra verdadera naturaleza al establecer fronteras.

“Efectuamos, dice, una división artificial en comportamientos de lo que percibimos: sujeto frente a objeto, vida frente a muerte, mente y cuerpo, dentro y fuera, razón e instinto, y así recurrimos a un divorcio causante de que unas experiencias interfieran con otras y exista un enfrentamiento entre distintos aspectos de la vida”.

La importancia de esta forma bipolar de divisiones que establecen líneas de conocimiento, “es que siempre tendemos a tratar la demarcación como si fuera real, y después manipulamos los opuestos así creados. Aparentemente, jamás cuestionamos la existencia de la demarcación como tal. Y como creemos que ésta es real, imaginamos tercamente que los opuestos son irreconciliables, algo que está para siempre separado y aparte”.

Visión cuántica de la sociedad

Con la física cuántica, sin embargo, empezamos a entender que la realidad que observamos ni está dividida, ni es previsible. El universo visto desde la física subatómica no tiene fronteras, ni se puede medir con exactitud cómo va a conducirse.

Así se descubre que, en los comportamientos de un sistema formado a partir de la construcción de “metademarcaciones”, sólo existen probabilidades, es decir, sólo se pueden ofrecer conjeturas. Con la enunciación de su principio de incertidumbre, Heisenberg pone de manifiesto el fin del “marco rígido”, el desplome de las viejas demarcaciones establecidas por la física clásica. Admitiendo la incertidumbre se admite, también, la posibilidad de cambio y de construcción de nuevas realidades, se tiene presente la potencia de la realidad, lo contingente.

Gary Zukav, en La Danza de los Maestros, considerada la mejor obra divulgativa de la física cuántica, dice: “La mecánica cuántica nos enseña que nosotros no estamos separados del resto del mundo, como habíamos creído. La física de las partículas nos enseña que el resto del mundo no es algo que permanece ocioso allá afuera. Por el contrario, es un brillante campo de continua creación, de transformación y, también, de aniquilamiento. Las ideas de la nueva física pueden dar lugar a que se produzcan experiencias extraordinarias cuando son captadas en su totalidad”.

Si proyectamos filosóficamente las conclusiones de la mecánica cuántica, podemos afirmar que no sólo influimos en nuestra realidad sino que, en cierta medida, la creamos. Es decir, podemos afirmar que materializamos ciertas propiedades en la sociedad porque elegimos medir esas propiedades.

El famoso físico John Wheeler escribió: “Al universo ¿lo atrae, de alguna manera, a la existencia la participación de los participantes?... El acto vital es el acto de participación. Participador es el nuevo concepto incontrovertible ofrecido por la mecánica cuántica. Derrota el término observador, de la teoría clásica, que designa al hombre que está seguro detrás de un grueso cristal protector y observa lo que ocurre a su alrededor sin participar en ello. Esto es algo que no puede hacerse en la mecánica cuántica”

Causa y efecto de la experiencia

Desde estas aportaciones teóricas, podemos precisar, con mejor luz, que el objeto social, tomado para el análisis, es causa y efecto de la experiencia individual y colectiva: esta experiencia se va construyendo con cada acción (entendiendo ésta como acto consciente e inconsciente; voluntario e inducido; físico y mental). De esta manera, también podemos percibir que cada presente es una captación instantánea de todos los presentes, el cual interpretamos con los recursos cotidianos de nuestro espacio tiempo.

En consecuencia, cualquier comunidad, en cualquier presente, es producto de los factores que laten en ese instante, con su propia impronta derivada de los elementos que están interactuando, para la configuración de esa realidad: económica, política, cultural.

Cada presente está impregnado así de la “información” necesaria para reproducir, en cualquier instante o en cualquier condición, el impulso de la vida con sus ciclos. Desde esta perspectiva, las sociedades se configuran como macro-células de un gran organismo planetario, sujeto a las mismas leyes de la materia cósmica que se encuentra en el universo.

Nuevo conocimiento y viejas creencias


Toda esta reflexión nos hace descubrir las contradicciones que existen entre las ideas que sugieren el nuevo conocimiento y las creencias que existen sobre lo que conocemos y cómo lo conocemos.

En primer lugar, el sujeto del conocimiento se siente el “observador de la realidad”. Una realidad que está fuera de sí mismo y a la que puede conocer objetivamente. Sin embargo, según señala en su obra “Languages of the brain” el neurocirujano de Stanford Kart Pribram, ese ser, en apariencia individual, que se presenta como sujeto porque se siente en ese instante “el observador”, desconoce que su cerebro es un holograma que interpreta un universo holográfico.

Y es que con la física cuántica aparece también el concepto de realidad como un todo que no se puede fragmentar para ser explicado, tal como ocurre con un holograma. También, la realidad aparece como potencia para la creación, donde se dan, simultáneamente, infinitas posibilidades de formas de expresión, que se concretan según la voluntad del actor, el cual actúa como atractor extraño de dichas posibilidades.

Para la física cuántica, cualquier realidad es posible, pero, según sea el “observador-participador” sólo se concreta una: todo es posible y sólo hay una concreción; todo es posible aunque se concrete sólo una expresión. El potencial cuántico depende de las interacciones entre las “partículas” del sistema y el contexto.

Si proyectamos los principios de la mecánica cuántica al escenario de lo social, podemos concluir que cualquier estructura se sostiene porque no se cuestiona. Las realidades son alimentadas por la rigidez de los pensamientos que se adueñan de nuestra capacidad de conocer, y que, como verdaderas murallas, nos impiden acceder a una comprensión mayor de aquella realidad última que perseguimos, incansablemente, los humanos de todos los tiempos.

La comprensión de esto nos lleva a observar la realidad a partir de su potencia de creación, no sólo de su concreción temporal, y a mirar, críticamente, la posible arbitrariedad de aquel pensamiento que se sostiene con afán categorizador, porque limita las posibilidades de conocimiento, de creación y de cambio, impidiendo que se despliegue toda aquella otra realidad que no está dentro de su ángulo de focalización.

El pensamiento social, de espaldas al conocimiento científico


Por eso, las valoraciones sociales que hoy se hacen y que marcan profundamente la acción, no dejan de responder a una ilusión: la ilusión de que estamos viviendo un progreso lineal. Una linealidad que somete a la sociedad y a sus individuos a la creencia misma en dicha ilusión y que se retroalimenta con una formación a-crítica, generadora de conductas individualistas.

Las opciones sociales, nunca fruto de la elección personal sino del discurso con mayor autoridad y prestigio temporal, no suelen ser cuestionadas por las ciencias humanas, que se limitan a relatarlas. Las ciencias humanas, también, quedan atrapadas en ese discurso y en la ilusión evolucionista (lineal), a pesar de los nuevos conocimientos sobre la realidad que provienen, fundamentalmente, de las nuevas ciencias físicas y biológicas.

Las consecuencias prácticas son trascendentales. Tomada “la realidad social”, como un universo aislado, estático, inercial y previsible, se cae en el análisis de los valores “imperantes” en bloque. De esta forma no se tiene en cuenta la coyuntura en la que los valores se producen, dándoseles categoría de absolutos y pensando siempre que son consecuencia de un proceso civilizador. Este análisis no considera la importancia de las creencias en las bondades del modelo imperante, sostén imprescindible para la existencia de dicho modelo.

Es el precio del desarrollo, se afirma, dando por sentado que las consecuencias no deseadas son fruto de una ley de compensación natural contra la que no se puede hacer nada. Una afirmación que se niega a mirar las distorsiones que se producen a causa de la propia visión fragmentadora o categorizadora que la caracteriza.

Como consecuencia, se adopta una perspectiva del presente que juzga el aquí y ahora con una concepción determinista y trágica del ser humano y de sus funciones sociales. Al sujeto se le supone, aparentemente por consenso, sin esencia alguna que le sirva de timón, gobernado por los valores especulativos, sin intereses que no sean los propuestos por el mercado, sin impulsos de proyección, sin potencial ni esperanza para construir algo distinto al ideal que se predica. En definitiva, sin capacidad de reacción.

Agujero negro social


Con esta visión funcional, el sujeto parece quedar atrapado por las leyes del sistema y engullido por un enorme “agujero negro” de “no vida”. Esta visión abarca, mecánicamente, al sujeto de todas las culturas, de todos los estratos sociales, que de esta forma queda convertido en una abstracción esperpéntica: el ciudadano es un tipo sin alma; una marioneta sin voluntad, movida por los vientos de la especulación y el mercantilismo, gobernada por un discurso vacío del que permanentemente se hacen eco, multiplicando sus efectos, los llamados “medios de comunicación”.

Es como si la “muerte de Dios” por decreto, incluyera la desaparición del sujeto como expresión de un espíritu con voluntad creadora. Ese sujeto sin espíritu, sin voluntad, sin sentimientos, es un ente vacío, robotizado, dirigido con mando a distancia (a cuanta más distancia de él mejor se le dirige): de ahí a carecer de responsabilidad en sus actos no hay ni un paso.

Luego nos sorprendemos de “la desidia y del conformismo existentes”, de los niveles que alcanzan los conflictos, de las características que adoptan las violencias, de la magnitud de los integrismos, de la masiva aceptación de las políticas neo-nazis... de los modos suicidas con que nuestros jóvenes “viven a tope” sus mejores años: cada vez se les dificulta más el encuentro con la identidad, también las referencias para alimentarla. Todo ello porque la mirada adolece de un grado intenso de miopía para ver a lo lejos y en múltiples direcciones

domingo, 16 de mayo de 2010

la crisis griega y los economistas

Dean Baker *

En su Teoría general, Keynes dijo guasonamente que el mundo está regido por ideas de economistas muertos hace mucho tiempo. Me acordé de esta broma cuando escuché a un parlamentario alemán replicar airadamente a la sugerencia de que el BCE (Banco Central Europeo) debería perseguir una tasa de inflación algo más elevada. Quien hizo la sugerencia fue Oliver Blanchard, uno de los más destacados macroeconomistas del mundo. Por lo demás, proponía un objetivo de mayor inflación en su calidad de economista en jefe del Fondo Monetario Internacional.

No hay nada intrínsecamente malo en discrepar de un economista, por excelente que sea o haya sido su trabajo. Pero lo que resultaba llamativa era la naturaleza de la discrepancia. El parlamentario se limitó a reponer: “la inflación nunca ha resuelto nada”.

Es una enormidad de juicio. ¿Se lo dijeron sus padres? O, como decíamos en el Chicago de mi infancia, “¿te lo contó tu mama?”.

Blanchard y otros que abogan por un objetivo de mayor inflación disponen de buenas razones para argüir que una mayor inflación podría resultar de mucha ayuda para resolver la crisis económica mundial. Para empezar, una tasa mayor de inflación erosionaría el valor real de la deuda. Eso beneficiaría a todos los deudores, hogares, empresas y países.

En el caso de los hogares, decenas de millones de propietarios de vivienda, en los EEUU y en todas partes, han visto desaparecer buena parte de sus activos con el colapso de la burbuja inmobiliaria. Una tasa modesta de inflación comenzaría a elevar los precios de las viviendas, restaurando el valor de los activos de esas familias. También reduciría la carga que representan sus pagos hipotecarios mensuales, si los salarios crecieran acordes con la inflación. Eso no sólo sería beneficioso para esas familias; una carga deudora aligerada permitiría a las familias gastar más, lo que ayudaría a recuperar la economía.

Lo mismo vale para muchas empresas que ahora se enfrentan a cargar deudoras insoportables. Además, el saber que los precios de los bienes que venden subirán un 3-4% anual les haría más atractiva la inversión. 

Por último, una tasa moderada de inflación puede contribuir mucho a aliviar la carga deudora soportada hoy por muchos países. En 10 años, una tasa de inflación del 3% reduciría el valor real de la deuda en un 26%; una inflación del 4%, en un 34%. La modesta inflación de los años 40, 50 y 60 fue un factor de gran importancia en punto a hacer razonablemente manejable la gigantesca deuda contraída por los EEUU en la II Guerra Mundial.

La inflación puede también ser de mucha ayuda para permitir a los países de la eurozona con costes laborales excesivos (por ejemplo, Grecia, Portugal y España) y ajustar más esos costes. Si los salarios de los países más competitivos se mantienen a la par con, o aun exceden, la inflación de la eurozona, mientas que los salarios de los países en apuros no crecen tan rápidamente, entonces eso contribuiría a a que estos últimos restauraran más rápidamente sus niveles de competitividad.

Este tipo de argumentos son los que Blanchard y otros han avanzado a favor de permitir una tasa de inflación algo más elevada. Pero al parlamentario alemán eso le traía sin cuidado, porque, de una u otra forma, él ya sabía que “la inflación nunca ha resuelto nada”.

Las políticas fundadas en asertos irreflexivos (dimanantes de enseñanzas de economistas muertos hace mucho) serán tan destructivas hoy como lo fueron en la primera Gran Depresión. En Europa, diríase que este drama se está representando con el propósito de dañar realmente a Grecia. No ofrece duda: Grecia tiene que poner orden en su caos fiscal. (¿Hay alguna razón por la que nadie abogue ahora por un programa de amnistía fiscal como forma de reducir la deuda griega y mostrar que se va en serio en punto a terminar con la evasión fiscal global?) Sin embargo, se espera que equilibre su presupuesto precisamente en medio de la peor crisis de los últimos 70 años.

Lo mismo vale para Portugal, España y otras economías europeas en apuros. Políticas de tipos contractivo en esos países lo único que harán será empeorar su crisis y, de hecho, empeorar también las perspectivas de los países financieramente saneados. Menos importaciones españolas y griegas significan menos exportaciones alemanas y francesas. Por lo demás, una presión bajista lo suficientemente intensa sobre esas economías traerá verosímilmente consigo en algún momento una reestructuración de la deuda. La carga de la deuda crece, a medida que las economías encogen, y tal parece ser el plan que se ha trazado el centro económico de Europa.

Podría haber cierta justicia en el hecho de que los planes de austeridad diseñados por Alemania terminen vengándose de ella, pero sería mucho mejor ver a los alemanes concibiendo políticas económicas racionales. Tal hubiera alguna excusa en los años 30 para las malas políticas económicas; después de todo, Keynes no había publicado todavía la Teoría general (que apareció en 1937). Pero no hay la menor excusa en nuestros días: las ideas de Keynes se conocen desde hace mucho y se han difundido ampliamente. Es una tragedia y un ultraje que las gentes que toman decisiones de política económica se limiten a repetir, tan gratuita como irreflexivamente, trasnochados clichés, en vez de poner empeño en diseñar políticas capaces de hacer frente a la crisis que está desarrollándose ante nuestras narices.

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